Veredicto Capítulo 60. Silvia #2
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Capítulo 60. Silvia #2

—Este otro tampoco tiene desperdicio —dijo Josean reproduciendo el siguiente.

Silvia volvió la vista a la pantalla, aunque no necesitaba verla para imaginar lo que mostraría.

Efectivamente, en las imágenes aparecía ella, primero, limpiando la escena y, después, preparándolo todo para que pareciera obra del asesino de Gros.

Con esas grabaciones, Josean los tenía bien agarrados.

—Siempre has sabido lo que ocurrió esa noche —murmuró Silvia más para sí que para él.

—Así es, aunque no lo supe de inmediato.

Cuando todo pasó estaba de viaje. Llegué un viernes por la mañana y Maite me contó que un amigo de Lander había sido asesinado en nuestro piso unos días antes, y que la policía aún no había detenido a nadie.

No lo dudé. Revisé las grabaciones de esa fecha en concreto y me llevé una sorpresa enorme al descubrir lo que había pasado.

Ver lo que Mikel y tú hicisteis me puso los pelos de punta.

A punto estuve de sacarles provecho a esas imágenes cuando Maite irrumpió llorando en mi despacho para decirme que Lander había sido acusado del crimen.

No sé qué esperaba que hiciera yo, pero al ver que no pensaba mover un dedo por él, te llamó a ti y te pidió ayuda.

Josean esbozó una sonrisa y continuó.

—La situación se presentaba de lo más interesante.

Tu hijo había matado al chaval, tú lo habías ayudado a encubrirlo y mi mujer había acudido precisamente a ti para que defendieras a nuestro hijo.

No pude resistirme a quedarme quieto y observar cómo te las ingeniabas ante semejante panorama.

Y tengo que reconocer que tu jugada fue brillante.

Cargarle el muerto a un asesino que ya nadie recordaba fue brutal, y enviar un pendrive como si fueras él para desmentirlo en el último momento, todavía más.

De esa manera, Lander sería condenado con total seguridad, tú quedarías como la pobrecita que intentó todo para salvar a su cliente y Mikel estaría a salvo. Realmente inteligente.

—¡Te equivocas! Yo no envié ese pendrive —se defendió Silvia furiosa—. Te juro que no lo hice. Y nunca quise que Lander fuera a prisión. Al contrario: asumí su defensa para librarlo, para que ninguno de los dos pagara por ese asesinato y pudieran seguir con sus vidas. Pero salió mal.

—¿Y por qué tendría que creerte? —le preguntó Josean alzando una ceja—. ¿Por qué ahora, si ya me mentiste antes?

Silvia frunció el ceño. No entendía a qué se refería. Apenas había tratado con él. ¿Por qué aseguraba que le había mentido? ¿Cuándo?

Josean vio su desconcierto y no tardó en sacarla de dudas.

—Mira, Silvia. Sé que Borja no solo chantajeó a Lander con el vídeo de la violación. También lo hizo con Mikel. Pero en lugar de dinero, le pidió otra cosa: unos documentos.

Hizo una breve pausa mientras Silvia lo miraba sin pestañear.

—Mikel se los entregó después de quitártelos a ti, a pesar de que me aseguraste que no los tenías. Dos veces.

El impacto fue brutal. Silvia se llevó una mano a la boca y dejó escapar un grito ahogado. Por primera vez, entendía el papel de Josean Foronda en toda la historia. Y sintió verdadero pavor.

—¡Tú eres Reta59! ¡Oh, Dios...! —dijo notando que se mareaba.

Él la sujetó por el brazo para sostenerla, pero ella se apartó enseguida, como si el contacto con él le quemara la piel.

—Por fin mostramos todas nuestras cartas —dijo él con una media sonrisa.

Ni se había inmutado por la reacción de ella—.

La primera vez que me mentiste fue el día que dejaste el maletín en el cuarto de contadores de aquella casa.

Te lo pregunté bien claro: ¿existe alguna otra copia de la documentación?

Me aseguraste que no. Años más tarde, me llamaste asustada.

Un desgraciado que luego resultó ser el padre de Borja te había pedido esos documentos y estabas en apuros.

Te lo volví a preguntar: ¿tienes la documentación?

Y volviste a decirme que no, que en su día nos habías entregado todo lo que tenías. Pero, de nuevo, era mentira.

—Tú atropellaste a Tirso Miranda —concluyó Silvia aún en shock .

—No exactamente, pero sí, fuimos nosotros —afirmó Josean como si matarlo hubiera sido un trámite más—.

Ese día sospeché que mentías, y que no eras de fiar.

Por eso, te pinché el teléfono. Desde entonces, he grabado todas tus llamadas: aquella en la que Mikel te contaba que había hecho algo muy grave, y también la de hoy, en la que te ha dicho que iba a confesar.

Puedes dar gracias de que lo haya interceptado a tiempo, a menos de diez metros de la comisaría.

A Silvia le costaba asimilar todo lo que estaba escuchando. Se giró hacia el coche y miró a Mikel, que los observaba sin entender qué estaba sucediendo.

—Eres despreciable —logró decir tras unos segundos—.

Lo que vi en ese vídeo es aberrante, inhumano, cruel.

¿Cómo podéis torturar a esos hombres a sangre fría y escribir las normas del juego en un documento como si fueran las reglas del parchís?

¡Son personas! ¡Como tú y como yo! Me das asco, Josean Foronda. Eres un monstruo.

Josean soltó una carcajada.

—¿Acaso no lo somos todos? —replicó con sarcasmo—. Vale, no al mismo nivel, pero no creo que haga falta recordarte lo que tu hijo y tú lleváis ocultando tanto tiempo. O lo que esos dos le hicieron a esa pobre chica.

Silvia se quedó callada. Lo miró con odio, rabia y asco.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó sin apartarle la mirada. Quería marcharse y perderlo de vista cuanto antes. Hacer como si nada de aquello hubiera ocurrido.

—Muy sencillo. Vas a destruir todo lo que tienes contra mí.

Todo. Pero esta vez, sin mentiras ni engaños.

Para asegurarme de que lo haces, lo comprobaré con mis propios ojos.

Cuando eso ocurra, yo haré lo mismo: destruiré todo lo que tengo contra ti y tú serás testigo.

Así podremos seguir con nuestras vidas con la certeza de que ninguno se la jugará nunca al otro.

—Y el único que pagará será Lander. —Seguía doliéndole que fuera el único en cargar con sus pecados.

—Te repito que a Lander le vendrá bien una temporada a la sombra. Quizá así se le quiten las ganas de traicionar a los suyos —dijo Josean con frialdad—. Con buena conducta, si es que algún día aprende lo que es eso, en unos pocos años estará fuera. Pero no seré yo quien lo esté esperando.

Silvia deseó tener tiempo para pensarlo, para ordenar las ideas y buscar otra salida, pero Josean la tenía contra las cuerdas y lo sabía.

Consciente de que no tenía escapatoria, se vio obligada a aceptar y sellar un pacto con la peor persona que había conocido nunca, alguien capaz de justificar la condena de su propio hijo por violar y traicionar, mientras dormía tranquilo cada noche habiendo ideado y ejecutado un juego en el que se torturaba a seres humanos de la manera más atroz.

Josean Foronda tenía una doble moral que le revolvía las entrañas. Se creía juez y verdugo, exento de cualquier castigo, mientras el resto de los mortales tenía que pagar por sus pecados.

—Una cosa más —dijo él dando una última instrucción a modo de despedida—. Espero que seas capaz de atar en corto a tu hijo, no vaya a ser que le dé otra vez por hacerse el héroe, confiese y termine jodiéndolo todo. ¿Queda claro?

Silvia no respondió. Subió al coche y arrancó. Ante la atenta mirada de Mikel, pisó el acelerador, consciente de que no tenía otra salida que aceptar lo que Josean Foronda le había ofrecido.

Si pactar con el diablo y abandonar a Lander a su suerte era la única forma de salvar a su hijo y salvarse también ella, aprendería a cargar con ese peso.

Y lo haría por el resto de su vida.