Veredicto Capítulo 46. Lander
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Capítulo 46. Lander

LANDER

Era domingo por la noche. Lander entró en casa deseando pegarse una ducha.

Había pasado la tarde con unos amigos, dando un paseo por la playa y cenando algo por el centro.

A ellos les encantaba callejear por Donostia, pero a él cada vez le gustaban menos las calles tan abarrotadas y llenas de turistas.

Cerró la puerta con un empujón suave, dejó su mochila en la entrada y se descalzó dejando sus chanclas tiradas de cualquier manera.

Oyó el repiqueteo del teclado del ordenador de Borja y lo saludó desde el pasillo.

Fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y lo vació de un trago.

Al entrar en el salón, vio a su compañero sentado a la mesa del comedor.

Desde que se había mudado, habían acordado que ese sería su escritorio.

Borja estaba en silencio, concentrado en la pantalla de su portátil.

—Me voy a la ducha, que estoy lleno de arena.

—Espera —lo detuvo Borja—. Hay algo que quiero que veas.

Lander se acercó y Borja giró la pantalla del portátil hacia él. Con unos clics rápidos, abrió un archivo de vídeo, lo puso a pantalla completa y adelantó el cursor hasta más o menos la mitad.

Lander frunció el ceño. Al principio no entendía qué estaba viendo. Luego reconoció el salón de su casa y a las dos personas que aparecían en él. Se quedó petrificado.

—¿Qué cojones es esto? —Abrió los ojos de par en par—. ¿De dónde ha salido este vídeo?

Borja no respondió. Solo le hizo un gesto con la mano, señalando a la pantalla, para que se concentrara en el vídeo.

Lander observó en silencio cómo Mikel y él se fumaban un porro, reían, bebían...

Después apareció la bolsa de pastillas, y Borja adelantó el vídeo hasta llegar al minuto exacto.

Fue entonces cuando a Lander se le encogió el estómago mientras notaba cómo se le formaba un nudo que le oprimía también el pecho.

Apenas recordaba lo ocurrido esa noche, pero no quería ver más.

—¡Páralo! ¡Para eso ahora mismo!

—¿Ahora que se pone interesante? —respondió Borja con un tono burlón. Lander lo miró desconcertado. Nunca le había hablado así—. No, no. Míralo bien, porque no tiene desperdicio.

Lander sintió que comenzaban a sudarle las manos.

—¿Lo has grabado tú?

—Claro, ¿quién si no? —respondió Borja sin inmutarse.

—¿¡Y con qué puto derecho me grabas en mi casa!? ¿Te hago un favor dejándote vivir aquí y me lo pagas espiándome?

—Sigue, sigue mirando —replicó Borja ignorando la pregunta de Lander—. Ahora viene lo mejor.

Lander volvió a mirar a la pantalla, vio unos minutos más y se dio cuenta de que era peor de lo que había imaginado.

—¡Bórralo ahora mismo!

—Eh, no te enfades. —Borja se mostraba muy tranquilo—. Si tú quieres, yo lo borro. Eso sí, te va a costar una pasta.

—¿¡Cómo!? —estalló Lander incrédulo—. ¿Me estás chantajeando?

—Lo has pillado a la primera. Estoy ante una oportunidad cojonuda y no la pienso desaprovechar.

Lander no reconocía a la persona que tenía delante. Había algo en su tono, en su expresión, en la forma en que sonreía... Algo que nunca antes había visto en él. Parecía otra persona.

—¡Eres un hijo de puta! —Lander levantó el brazo y le mostró el puño, incapaz de contener la rabia.

—Tranquilo, fiera. Vamos a dejar las cosas bien claritas antes de que te líes a hostias, porque esto tiene muy fácil solución.

—Se acomodó en la silla, disfrutando del momento—.

El tema es el siguiente: tengo un vídeo muy jugoso que podría haceros mucho daño a ti y a tu amigo Mikel.

Estarás de acuerdo en que, si esto sale a la luz...

—Dejó la frase en el aire—. Así que estas son mis condiciones: borrar el vídeo te va a costar cinco mil euros, para mañana, y no se lo puedes contar a nadie.

Ni a tus padres ni a nadie, mucho menos a Mikel.

Si lo haces o si no me pagas, lo subo a la red, y os tendréis que atener a las consecuencias.

Lander apretó los dientes y lo miró con odio.

—Y antes de que te pongas en modo matón de barrio y pienses en hacerme algo, te diré que esta no es la única copia. Si me pasa algo, el vídeo verá la luz de igual manera. Lo tengo todo preparado. Así que más te vale hacer lo que te digo, porque es lo que más te conviene.

—¡Lárgate de mi casa! —gritó Lander aguantándose las ganas de soltarle un puñetazo.

Borja cerró el portátil y lo metió en su mochila con calma. Se dirigió a la puerta, pero, justo antes de cruzarla, se giró con una media sonrisa.

—Mañana a las cinco de la tarde en punto estaré aquí. Espero que tengas el dinero. ¡Ah! Y de esto nada a nadie. ¿Me has oído? A nadie.

El portazo retumbó en su cabeza cuando Borja se marchó.

Lander se dejó caer en el sofá y se frotó los ojos, como si estuviera atrapado en una pesadilla de la que no conseguía despertar.

Una mezcla de rabia, miedo y asco le revolvía el estómago.

¿Cómo no lo había visto venir? Borja, a quien había llegado a considerar un amigo, lo había traicionado grabándolo a escondidas en su propia casa.

Y, encima, ahora lo chantajeaba. Valiente hijo de puta.

Quiso llamar a Mikel, contárselo todo, pero no podía arriesgarse. Borja se lo había dejado muy claro y, ahora que había visto cómo era de verdad, lo creía muy capaz de cumplir su amenaza. Lo único que podía hacer era conseguir el dinero y pagar. No tenía otra opción.

No pegó ojo en toda la noche y, ya de madrugada, decidió enviarle un mensaje a Borja para pedirle que lo arreglaran de otra manera, pero este no cedió.

Su último mensaje antes de que apagara el móvil no dejaba lugar a dudas: «Me vas a dar los cinco mil euros.

Los dos sabemos que no te conviene que haga público el vídeo».

A la mañana siguiente no fue a clase y se quedó en casa esperando a que llegara su madre.

Cuando la vio entrar con varios táperes de comida en una bolsa, se acercó a ella y la abrazó.

Maite se sorprendió por el gesto. Ella lo achuchaba siempre que podía, pero Lander no era muy de abrazos. Esa vez, sin embargo, se aferró a ella.

—¡Cariño! —exclamó Maite apretándolo entre sus brazos—. ¿Qué ocurre? ¿Va todo bien?

Lander cerró los ojos y alargó el momento más de lo habitual. Su madre le acarició la espalda con ternura. Después, sin poder explicarle para qué eran, le pidió los cinco mil euros.

—Siento mucho tener que acudir a ti, pero necesito que confíes en mí y no hagas preguntas.

Maite salió del piso de Aldapeta y se dirigió al centro de la ciudad.

Tenía una cuenta a su nombre de la que no tenía que dar explicaciones a nadie, ni siquiera a su marido, y pensaba utilizarla.

Cuando dejó de trabajar, Josean empezó a ingresarle cada mes una cantidad fija para sus gastos personales: ropa, gimnasio, peluquería, cenas con las amigas...

Desde que estalló el escándalo de la constructora, apenas había tocado ese dinero, y había más que suficiente.

Se acercó a la caja del banco y solicitó cinco mil euros sin titubeos.

Nadie preguntó nada. Era su cuenta y su dinero.

Poco después, regresó al piso y se lo entregó a Lander. Le habría gustado saber más, que su hijo confiara en ella lo suficiente como para contarle qué estaba pasando, pero no insistió. Le tendió el sobre sin dudarlo, segura de estar haciendo lo correcto.

A las cinco en punto, Lander se tensó al oír el ruido de la cerradura.

Había pasado todo el día encerrado en casa y sin hablar con nadie más que con su madre.

Borja entró como si nada, usando su juego de llaves sin molestarse siquiera en llamar.

No se saludaron. En cuanto Borja cruzó la puerta del salón, Lander dejó el sobre con el dinero encima de la mesa.

Solo quería acabar con aquello y no tener que verlo nunca más.

Borja lo abrió con una sonrisa, miró dentro y asintió satisfecho.

—¿Eres tan miserable que te vas a poner a contarlo? —preguntó Lander con los puños apretados.

—Bueno..., supongo que me puedo fiar, ¿no?

Volvió a sonreír y Lander tuvo que contenerse. Le hervía la sangre. Le daban ganas de partirle la cara allí mismo.

—Lárgate de mi casa. Devuélveme las llaves y desaparece.

—¿No me vas a pedir que borre el vídeo? —preguntó Borja con cierto retintín.

—¿Para qué? Dudo mucho que vayas a hacerlo.

—Tienes razón, pero no te preocupes. Has cumplido tu parte, así que estamos en paz. Ese vídeo se quedará donde está. Bien guardadito. Pero si cuentas algo de todo esto, ya sabes dónde terminará, a la vista de todos.

Borja metió el sobre en la mochila que llevaba colgada al hombro y se dirigió a la que había sido su habitación con tranquilidad.

—¿¡Qué haces!? —le gritó Lander desde el pasillo—. Te he dicho que te largues de una vez.

—Tendré que recoger mis cosas, ¿no?

—¡Ni recoger tus cosas ni hostias! Deja las llaves en la entrada y lárgate de una puta vez.

Borja no quiso caldear más la situación y, sin decir una palabra más, se marchó.

Lander se quedó en silencio. Sabía que tardaría mucho en perdonarse por haber sido tan incauto, tan imbécil. Rabia, odio, vergüenza... Borja lo había engañado como a un tonto, y así era precisamente como se sentía.

Al día siguiente, volvió a la universidad como si nada hubiera pasado, aunque por dentro seguía con las tripas revueltas. Lo único que quería era olvidar a Borja cuanto antes, enterrarlo en su memoria y seguir adelante, pero no iba a ser tan fácil.

El ambiente entre la gente del grupo estaba un poco enrarecido. Vega seguía quedando con ellos con normalidad, en los descansos y al terminar las clases, pero hacía días que no se sabía nada de Amaia. No contestaba a los mensajes y ya llevaba demasiado tiempo sin aparecer por la facultad.

—¡Pues sí que estamos bien! —protestó June—. ¿Y qué pasa con Borja? ¿Se ha esfumado igual que Amaia?

—No caerá esa breva —respondió Kerman sin ocultar lo poco que Borja le gustaba.

Se giraron hacia Lander. Si había alguien que supiera acerca de Borja, ese era él, pero Lander les aseguró que ni sabía nada ni quería saberlo. Ya no vivían juntos.

Se miraron extrañados unos a otros. Querían saber qué había ocurrido, pero Lander se cerró en banda. Casi sin despedirse, recogió su mochila y se marchó.

A finales de esa semana, el viernes por la mañana, el grupo se sentó en unos bancos frente al campus. Charlaban sobre los planes para el fin de semana cuando sonó el móvil de Lander. Lo sacó del bolsillo y, cuando vio de quién se trataba, murmuró con rabia:

—Joder...

Todos alcanzaron a ver el nombre de Borja iluminado en la pantalla e intercambiaron miradas incómodas. Lander colgó, pero el móvil volvió a sonar casi al instante. Parecía que Borja estaba dispuesto a insistir.

Con la mandíbula tensa, Lander contestó mientras se alejaba unos metros del grupo.

—¿Qué quieres? —preguntó de malas maneras—. Te dije que no me llamaras.

—Ya lo sé, perdóneme usted —respondió Borja en tono burlón—. Pero es que he estado pensando y creo que fui demasiado generoso, tío. Este vídeo vale más. Me vas a tener que hacer un segundo pago.

—¿¡Cómo!? Estarás de coña, ¿no? No pienso hacerlo. ¿Me has oído? ¡No!

—Vale, perfecto, pero ya sabes lo que va a pasar, ¿verdad? Lo verán tus padres, los padres de Mikel, su novia, los profesores... Todos.

—¡Mira, hijo de puta! —gritó Lander levantando la voz. Borja se estaba riendo de él y eso lo enfurecía—. ¡Te voy a matar! Como te pille, te juro que te mato. ¿Me has oído? ¡Te mato!

Lander levantó el brazo y lanzó el móvil contra el suelo con todas sus fuerzas.

El teléfono rebotó en el pavimento y la pantalla se hizo añicos.

Todos los del grupo se volvieron hacia él, incrédulos ante una reacción tan violenta.

Nadie reaccionó. No sabían qué hacer ni qué decir mientras él se agachaba, recogía el móvil del suelo y lo guardaba en el bolsillo de la cazadora.

Después, sin decir una sola palabra, vieron cómo se alejaba de ellos sin mirar atrás.

Esa noche el grupo había quedado, como hacía cada viernes.

Con unas cervezas en la mano, comentaban el estallido de rabia de Lander, la forma en la que había gritado y cómo había destrozado el teléfono, cuando lo vieron entrar en el bar.

Llegaba tarde, con la capucha puesta y cara de pocos amigos.

Le hicieron un hueco y se sentó en silencio.

Hablaron de cosas sin importancia, tratando de suavizar el ambiente, hasta que Vega sacó el tema de las grabaciones. Estaban en poder de Borja y debían recuperarlas, pero seguían sin saber nada de él, ni tampoco de Amaia.

Clavaron la mirada en Lander.

—¿Y yo qué queréis que haga? —pregunto él molesto.

—Pues que nos digas qué coño os ha pasado. Porque si hoy no ha venido, está claro que es por vuestra bronca.

—No es asunto vuestro.

—¿Cómo que no? —insistió Paule—. Nos hemos pegado una currada tremenda y, sin Borja, estamos jodidos, porque él tiene todo el material.

Así que tú dirás. ¿Todo a la mierda por una pelea?

Un poco egoísta por tu parte, ¿no? Aunque solo sea por el resto, podrías hacer un esfuerzo e intentar arreglarlo con él, en lugar de pensar solo en ti.

Lander se levantó de golpe.

—Iros todos a la mierda —fue lo último que dijo antes de alejarse sin mirar atrás.

El grupo se quedó en silencio, atónito. Nadie dijo nada. No reconocían a ese Lander. Nunca lo habían visto así, tan enfadado, tan rabioso. No sabían qué demonios había pasado entre Borja y él, pero lo estaba pagando con ellos, y no era justo.

Lander se largó de allí asqueado, sin saber muy bien qué hacer: si dejarlo pasar y tratar de olvidarse de lo ocurrido o, por el contrario, ir en busca del malnacido de Borja y darle, de una vez por todas, su merecido.