Capítulo 45. Laia
LAIA
Los miembros del jurado se dirigieron en silencio hacia la salida del edificio.
Era al mediodía, y la fase del juicio oral acababa de concluir.
Lo que quedaba ahora era lo más difícil: la deliberación.
Tendrían que encerrarse en una sala, aislados del mundo, sin teléfonos móviles ni contacto alguno con nadie.
Por eso, debían aprovechar esas últimas horas de libertad antes de comenzar el encierro.
Fueron a comer a un bar situado a un par de manzanas del juzgado.
Todos menos Ramón y Monti, que se marcharon por su cuenta con el pretexto de estirar las piernas, aunque lo más probable era que no quisieran compartir mesa con el resto.
Pidieron el menú del día y, mientras comían, fue inevitable que surgiera el tema del artículo publicado esa misma mañana por el Donostia Press .
Tenían claro que, cuando la abogada y la jueza los habían advertido de no hacer caso a nada externo, se referían precisamente a ese artículo.
Pero ya era tarde. Lo habían leído todos.
Tras la comida, regresaron al juzgado. Estaban matando el tiempo en la salita de descanso cuando el sonido de unos pasos interrumpió el murmullo que flotaba en la sala.
La puerta se abrió y la jueza Solozábal entró acompañada de la letrada de la Administración de Justicia.
La magistrada saludó con un gesto breve.
—Señoras y señores del jurado. Ha llegado el momento de dar comienzo a la deliberación, para lo cual deben pasar a la sala contigua —explicó señalando la puerta lateral.
Los miembros del jurado se incorporaron y entraron en la sala, tomando asiento—.
En este sobre encontrarán el objeto del veredicto junto con las instrucciones necesarias para responder correctamente.
También les dejaremos folios en blanco, bolígrafos y un ordenador por si prefieren redactar el veredicto en formato digital.
La letrada depositó el material sobre la mesa y la jueza continuó:
—Lo primero que deben hacer es decidir quién de ustedes será el portavoz del jurado.
Será la persona encargada de leer el veredicto en voz alta cuando llegue el momento.
Después, lean con atención las instrucciones y podrán comenzar a deliberar.
Y les recuerdo, una vez más, que deberán valorar únicamente los hechos y pruebas presentados durante el juicio.
La letrada sacó una hoja y un bolígrafo del portapapeles, y se dirigió a ellos.
—Antes de recoger sus móviles, necesitamos que cada uno anote en esta lista un número de teléfono de contacto. Es solo por si tuviéramos que avisar a sus familiares en caso de que haya algún contratiempo durante la incomunicación.
Mientras iban rellenando la hoja uno a uno, la letrada fue introduciendo los teléfonos en una caja metálica con llave. Al terminar, recogió la lista y se dirigió a la puerta junto con la jueza.
—Mucha suerte —dijo la magistrada Solozábal antes de salir—. La puerta estará custodiada por un policía. Si tienen alguna duda, comuníquenselo y vendremos a ayudarles.
La primera parte fue sencilla. Todos estuvieron de acuerdo en que la portavoz debía ser Irene y a ella le pareció bien.
Irene cogió el dossier con las instrucciones y comenzó a leerlas en voz alta, mientras el resto la escuchaba con atención.
Después, repartió una copia del objeto del veredicto a cada uno de los miembros.
—Tenemos que responder a varias preguntas. Es decir, debemos valorar si determinados hechos han quedado probados durante el juicio o no, y argumentar nuestra respuesta. Votaremos a mano alzada, en orden alfabético, y yo seré la última.
—Para, para... —Monti la interrumpió con la lista de preguntas en la mano—. ¿Cómo que varias preguntas? ¿Esto qué es, un puto examen?
—¡Ya te digo! —lo apoyó Ramón con cara de hastío—. Y, encima, con redacción.
—Vamos a ver, estamos decidiendo el futuro de una persona, sus próximos veinte años. Habrá que currárselo un poquito, ¿no? —protestó Laia.
Ramón y Monti continuaron quejándose. Ambos habían dado por hecho que la deliberación sería tan sencilla como decidir si Lander había matado a Borja o no. Punto.
—Cuanto antes empecemos, antes terminaremos —zanjó Irene—. Recordad que, para que un hecho desfavorable al acusado quede probado, se necesitan al menos siete votos a favor. Y para los hechos favorables, con cinco votos es suficiente.
—Yo eso no lo entiendo muy bien —admitió Agustín un tanto avergonzado.
—Es sencillo. Para responder que sí a una pregunta que perjudica a Lander Foronda, como por ejemplo si mató a Borja, tenemos que estar casi todos de acuerdo.
Al menos siete de nosotros deberíamos votar a favor.
En cambio, si respondemos a una pregunta que le beneficia, como puede ser si hay dudas de que lo hiciera, bastaría con que cinco de nosotros estuviéramos de acuerdo en que existen esas dudas. ¿Lo entiendes ahora?
Agustín asintió y varios de sus compañeros hicieron lo mismo. Aunque solo él se había atrevido a preguntar, ahora todos lo tenían mucho más claro.
—Bien, pues vamos con las preguntas que están claras, y luego ya nos peleamos con las demás. ¿Os parece?
Comenzaron por las preguntas más sencillas.
¿Había quedado probado que Lander y Borja vivían juntos?
Sí, por unanimidad. ¿Que se conocieron en la universidad?
¿Que hubo un chantaje? ¿Que Borja apareció muerto en el salón?
Sí, sí y sí. Las respuestas se sucedieron con rapidez, sin suponer un problema.
Hasta que llegaron a una de las preguntas comprometidas, y las opiniones comenzaron a dividirse.
—¿Ha quedado probado que el acusado manipuló la escena del crimen? —leyó Irene en voz alta.
Monti y Ramón contestaron que sí al unísono, y Jokin estuvo de acuerdo con ellos, puesto que el propio Lander había reconocido que estuvo rebuscando el vídeo.
Rosi opinó que no era lo mismo buscar algo que alterar pruebas, y Agustín la apoyó.
La conversación fue tomando un tono que no auguraba nada bueno, hasta que Ramón la cortó de golpe.
—Pasa a la siguiente —le ordenó a Irene con tono autoritario—. Nos van a dar las mil, y yo tengo trabajo.
Laia puso los ojos en blanco. No entendía cómo podía ser tan egoísta.
—La siguiente pregunta no es mejor —advirtió Irene—. ¿Ha quedado probado que Lander Foronda mató a Borja Miranda?
La sala quedó en silencio. Jontxu soltó un suspiro. Marta se masajeó las sienes, mientras Jokin se levantaba para comenzar a pasearse por la sala... Agustín fue el primero en atreverse a hablar.
—Me vais a perdonar, pero yo no lo veo claro. Ese chico no parece mala gente, y sus palabras me han parecido sinceras.
—¡Tú te crees a cualquiera! —Monti alzó la voz—. ¿Y si no ha sido él, quién ha sido entonces? ¿El asesino de Gros? ¡Pero si ha tenido que salir él mismo a negarlo para que no le carguen con el muerto! ¿Qué más necesitas para ver que ha sido todo un puto teatro?
—Ese pendrive lo ha podido enviar cualquiera —intervino Laia negando con la cabeza—. Cualquiera puede hacerse pasar por el asesino. Escribe lo que le da la gana, ¿y ya está? ¿Tenemos que creérnoslo?
—Bueno, cualquiera no. —Rosi lamentó tener que llevarle la contraria a Laia—. Lo ha enviado alguien que conocía datos muy concretos de la investigación. Y es una posibilidad que haya sido el asesino de Gros.
—¿Y lo de que no debemos tener en cuenta nada que no se haya probado en el juicio? Nos lo han repetido hasta la saciedad. Debemos dejarlo fuera y no es lo que estamos haciendo.
La sala se quedó en silencio de nuevo. Esta vez, durante más tiempo.
—Yo digo que sí lo mató —soltó Jontxu de repente.
Todos lo miraron con sorpresa.
—Pero ¿queriendo? Una cosa es asesinato y otra homicidio.
—Solo digo que lo mató. —Jontxu se encogió de hombros.
—Pues qué suerte tenerlo tan claro —le reprochó Laia.
—Yo al principio también lo tenía clarísimo.
—Rosi tomó la palabra—. Para mí, Lander era culpable.
Después, según fue avanzando el juicio, cambié de opinión por completo.
Estaba convencida de que había sido el asesino de Gros.
Segurísimo. Pero ahora..., ahora ya dudo hasta de mi nombre.
Llevo un par de noches sin dormir, y esta responsabilidad me está pesando demasiado.
Agustín y Marta reconocieron que ellos tampoco estaban durmiendo bien. Antes de que la conversación derivara en un rosario de lamentos, Laia la cortó por lo sano.
—Cuando esto termine, puede que haya un inocente en la cárcel o un asesino en la calle, dependiendo de lo que se decida aquí. Así que, por favor, centrémonos.
Nadie contestó. Eran conscientes de la responsabilidad que cargaban sobre los hombros.
Un peso que, desde el inicio del juicio, no había hecho más que crecer.
Al principio, todos pensaron que podrían con ello, que no sería tan difícil escuchar a los testigos, analizar las pruebas y tomar una decisión.
Ahora, sin embargo, se habían dado cuenta de lo equivocados que estaban.
De su veredicto dependían veinte años de la vida de un hombre.
Y, si en algo coincidían todos ellos, era en que ojalá no les hubiera tocado estar allí.