Capítulo 44. Borja
BORJA
Borja estaba sentado en las escaleras de la plaza Harrobieta, en su barrio, cuando sonó su móvil.
Era casi la hora de cenar y, como cada día, estaba fumándose un cigarro y bebiendo unas cervezas con sus colegas.
Ninguno de ellos había seguido estudiando tras dejar el instituto, y lo de buscar curro lo preferían dejar para más adelante.
Todos los días, tanto por la mañana como por la tarde, solían quedar para patinar, echar unas risas y pasar el rato.
Vio que era su madre la que llamaba y puso cara de fastidio.
Últimamente, se estaba poniendo muy pesada con lo de encauzar su vida y hacer algo provechoso.
Llevaba tiempo dándole la brasa con lo mismo: que tenía que espabilar y construirse un buen futuro.
Según ella, pasar los ratos muertos con sus amigos sin hacer nada no era una opción.
Además, siempre terminaba el discurso con la misma frase: «Vas a acabar igual que tu padre».
Pero Borja hacía tiempo que pasaba de sus comentarios, y de ella también.
Descolgó y se dio cuenta de que su madre estaba llorando. Era un llanto roto, desconsolado.
—Ama, ¿qué pasa? —preguntó extrañado.
Su madre tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz salió entrecortada, desgarrada.
—Borja, cariño... El aita ha tenido un accidente. Ven a casa, por favor.
Ni siquiera se despidió de sus amigos. Se levantó de un salto y salió disparado, calle abajo, sin mirar atrás.
Al llegar a casa, encontró a su madre hundida en el sillón, con la cara desencajada y los ojos irritados de tanto llorar.
A su lado, una pareja de ertzainas. La agente le acariciaba el hombro y trataba de convencerla para que se bebiera la tila que había sobre la mesa.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está mi padre?
Borja agradeció que no se anduvieran con rodeos. La respuesta fue directa: un vehículo lo había embestido a gran velocidad, causándole la muerte en el acto. El conductor se había dado a la fuga y aún no lo habían identificado.
Sintió que la ira lo invadía y su reacción fue, quizá, un tanto desmedida. Empezó a golpear la pared con los puños, sin parar. Su madre gritó y los ertzainas intentaron sujetarlo, calmarlo, pero él solo quería arrancarse a golpes aquel dolor que sentía por dentro.
Los días siguientes fueron un caos. Reconocer el cadáver, firmar papeles, preparar el funeral...
Borja vivió esos días como si no fuera él, como si estuviera viviendo la vida de otra persona.
Iba y venía por inercia, sin pensar, sin sentir.
No quería ver a nadie, ni siquiera a sus amigos, y tan solo quería estar aislado en su habitación.
Hasta que un día alguien llamó a la puerta.
Eran unos hombres que venían a reclamar las deudas de su padre.
Tirso había conseguido aplazarlas mientras estaba en la cárcel, pero ahora que estaba muerto, era su familia quien se tendría que hacer cargo de ellas.
Lo único que hizo su madre fue echarse a llorar. No tenían suficiente dinero para afrontar aquello y no podía más. Por eso, Borja tuvo que tomar las riendas y hacerse cargo de la situación. Fue al banco y, aunque apenas entendía de números, hipotecó la casa. Su madre firmó sin protestar.
Con el problema resuelto de forma temporal, pero siendo muy consciente de que tarde o temprano todo les estallaría en la cara y podrían perder la casa, decidió revisar la carpeta que su padre había escondido en un doble fondo del armario.
Leyó una por una las cartas que Antonio le había enviado a la fiscal y no tardó en convencerse de algo que ya había sospechado desde el principio: el atropello de su padre no podía haber sido un accidente.
Era demasiada casualidad que justo lo atropellaran cuando estaba a punto de conseguir la información que comprometería a los peces gordos que, según él, estaban involucrados.
Y de algo estaba seguro: si alguien se había tomado la molestia de cargárselo, era porque estaban frente a algo muy grande.
Y no solo eso. Para haber hecho algo así, debían de estar cagados.
En ese mismo instante decidió que él continuaría con el plan, pero lo haría a su manera.
No sería tan torpe como lo había sido su padre y pensaría cada paso con calma, con cabeza.
Terminaría lo que Tirso había empezado, no solo por él, sino también por su madre y por él mismo.
Porque si alguien se había creído con derecho a matar a una persona solo para que no saliera a la luz toda su mierda, lo mínimo que se merecía era que le jodieran bien y, de paso, le sacaran toda la pasta.
Sabía que, sin la información que tenía la fiscal, no podría hacer nada.
Su padre había muerto intentando conseguirla, así que, si quería llegar hasta esos documentos, tenía que encontrar otra manera.
Pasó una semana entera vigilando el chalet donde vivía Silvia Legarre con su familia y no necesitó más para sacar dos conclusiones: tenían mucha pasta y él nunca podría acceder a ese chalet.
Cualquier intento de entrar activaría las alarmas, y podría acabar muy mal si no conseguía escapar a tiempo.
Con la opción del allanamiento descartada, trató de buscar una alternativa.
Tenía que obtener esa información sin que la fiscal se enterara y lo vio claro: la clave estaba en su hijo.
Tenían más o menos la misma edad. Quizá acercándose a él podría ganarse su confianza y conseguir que lo invitara a casa.
Dejó de vigilar a Silvia y comenzó a vigilarlo a él, a Mikel Ajuria.
Debía encontrar el mejor momento para abordarlo y entablar conversación con él, pero, tras un par de semanas observándolo, no le quedaron dudas: era imposible.
Mikel estudiaba en una universidad privada a la que él no tenía acceso, y su círculo de amistades era muy cerrado.
Con unas rutinas muy definidas, entre semana se movía entre las clases, las prácticas en un bufete de abogados y el gimnasio, privado también, por supuesto.
Y los fines de semana, solía ir con su novia o con sus amigos de siempre a bares que a él siempre le habían parecido de pijos.
Con todo esto, tuvo que rendirse a la evidencia y admitir que nunca conseguiría ser amigo de Mikel y que este lo invitara a su casa.
Tocaba cambiar de estrategia, y solo se le ocurrió una: llegar hasta Mikel a través del único de sus amigos que sí parecía accesible, Lander Foronda.
Lo conocía de haberlo visto en los medios por el escándalo de la constructora de su padre, y se movía en un entorno mucho más asequible.
Además, parecía un buen tipo, mucho menos estirado que el resto de los amigos de Mikel.
Estudió a Lander con atención y descubrió que, además del de Mikel, tenía otro grupo de amigos con el que se movía por la universidad pública, todos estudiantes de Criminología.
Sabía que no podía hacerse pasar por uno de ellos porque lo pillarían enseguida, así que simuló estudiar Psicología en la facultad de enfrente.
Con un poco de morro y mucha labia, consiguió acercarse a Lander e integrarse en su círculo.
Una vez dentro, sin embargo, no tardó en darse cuenta de que tampoco así conseguiría su objetivo.
Mikel y Lander eran muy amigos, sí, pero en su relación solo había espacio para ellos dos, y Lander nunca mezclaba un grupo con el otro.
Las cosas no estaban saliendo como él esperaba.
Tenía la amistad de Lander, pero poco más.
Le dio otra vuelta al asunto y se le ocurrió un nuevo plan: proponer al grupo de Lander grabar la recreación de distintos crímenes para venderlas en la Deep Web .
Se inventó que tenía un amigo que controlaba del tema y que les ayudaría a colocar el material con el que ganarían dinero, y consiguió convencer a todos de que era una buena idea.
La primera parte estaba hecha, pero faltaba la segunda, la más complicada: conseguir que Mikel participara en uno de esos vídeos.
Si lograba grabarlo en alguna situación comprometida o directamente cometiendo una ilegalidad, lo podría chantajear con eso.
Y algo le decía que Mikel estaría dispuesto a rebuscar entre los papeles de su madre con tal de mantener, frente a su novia, su familia y el bufete, la imagen de novio ideal, hijo ejemplar y futuro abogado impecable.
Pero tampoco funcionó. Mikel no quiso saber nada del tema y Lander no fue capaz de convencerlo.
El tiempo pasaba y Borja seguía sin acercarse a su objetivo.
Y, además, se había metido en un lío absurdo de vídeos y recreaciones que no le valía para nada, pero que tenía que mantener para no levantar sospechas.
Harto de que todo le saliera mal, decidió que haría un último intento de acercarse a Mikel.
Sabía que él y Lander se veían todas las semanas en casa de este último.
Si quería tener una oportunidad, por mínima que fuera, tenía que forzar la situación para estar ahí.
Fingió haberse quedado sin casa e interpretó su papel con convicción: una casera sin escrúpulos, una tía que quería llevárselo a La Rioja, tener que dejar el curso a medias...
Y coló. Lander aceptó acogerlo en su casa hasta final de curso.
Iba a vivir en un casoplón con vistas a la playa de la Concha y ni siquiera tendría que pagar un duro.
Solo había una condición: los sábados no podía estar allí.
Mierda.
Y ya no pudo quitárselo de la cabeza. ¿Qué hacían Mikel y Lander para que nadie más pudiera estar presente? ¿Qué tenían de especial esos encuentros? Lander lo había vetado, así que no podría verlo con sus propios ojos, pero había otros modos de descubrirlo.
Una tarde, aprovechando que Lander había salido, instaló varias cámaras ocultas por la casa. Las escondió entre libros, figuras y jarrones. Cada una llevaba incorporada una tarjeta micro-SD que después revisaría conectándolas a su portátil mediante un lector de tarjetas.
En las primeras grabaciones no encontró nada destacable: Lander y Mikel fumándose un porro, jugando a la consola, charlando de cosas intrascendentes, bebiendo cerveza hasta terminar bastante borrachos...
En una ocasión, sentados en el sofá, se metieron una raya de algo que Borja no supo identificar, pero no le pareció gran cosa.
Lo de drogarse estaba a la orden del día, y él necesitaba algo más.
Hasta que, un día, la suerte le sonrió.
El vídeo comenzaba más tarde de lo habitual, y tanto a Mikel como a Lander se les notaba bastante pasados de vueltas. Sin duda, habían comenzado la fiesta antes. Lander sacó unas cervezas, pusieron música y siguieron bebiendo entre risas.
Borja subió el volumen del ordenador. Quería escuchar lo que decían.
—¿Y tu compi de piso? —oyó que preguntaba Mikel.
—Borja sabe que los sábados son nuestros —respondió Lander—. Se lo dejé muy claro cuando se vino, así que no vendrá. Tenemos la guarida para nosotros solos.
Borja se acercó aún más a la pantalla del ordenador, deseoso de saber qué era lo que esos dos hacían cuando estaban a solas en su «guarida».
Lo siguiente fue ver cómo se fumaban un porro. Después, Lander sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña bolsa con varias pastillas. Cada uno se tomó una y siguieron bebiendo. El vídeo habría quedado en una noche de desfase más si no fuera porque, media hora después, subieron la apuesta.
Borja reprodujo esa parte del vídeo varias veces. Ahí estaba lo que llevaba tanto tiempo buscando. El premio gordo. No, mejor aún: oro puro.
Saltó de alegría al ver que lo había conseguido.
Pero se detuvo en seco al darse cuenta de algo más: ese vídeo no solo valía para cumplir su principal objetivo, chantajear a Mikel, sino que también le servía para chantajear a Lander.
Ambos estarían dispuestos a darle lo que hiciera falta con tal de que no viera la luz.
¿Y qué tenía Lander que pudiera interesarle a él? Dinero, mucho dinero.
En ese preciso instante, lo vio claro. Iría primero a por Lander.
Le enseñaría el vídeo y le pediría dinero a cambio de no hacerlo público.
Unos tres mil euritos le vendrían de maravilla.
No, mejor cinco mil. Y, después, iría a por Mikel.
A él no le pediría dinero, sino algo mucho más valioso: los documentos del caso de Antonio Hervás, los mismos por los que había muerto su padre.
De esa manera, lo tendría todo.
Eufórico porque la jugada le hubiera salido redonda, decidió retirar todas las cámaras que había instalado. Ya no las necesitaba. Además, suponía que, en cuanto Lander descubriera sus intenciones, lo echaría a patadas, y él no quería dejar ningún rastro.
Fue sacándolas una a una: la del jarrón, la que estaba escondida en la vitrina, la de detrás del reloj de pared...
Cuando se agachó para recuperar la que había colocado detrás del rúter del wifi, algo le llamó la atención.
Justo al lado, casi pegado al cableado, había un pequeño objeto negro, perfectamente camuflado.
Lo cogió, lo observó unos segundos y dudó.
¿Era eso parte de su equipo? Lo comparó con sus dispositivos y le pareció que no. ¿Sería una pieza del propio rúter?
Decidió dejarlo en su sitio y se obligó a no pensar más en ello. Tenía una misión y no pensaba distraerse.
En breve pondría en marcha su plan y, esta vez, tenía todas las de ganar.