Veredicto Capítulo 43. El juicio - Día 7 #2
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Capítulo 43. El juicio - Día 7 #2

Silvia notó cómo algunos miembros del jurado esbozaban una sonrisa. Vilariño no podía mencionar directamente el artículo publicado esa mañana, pero había logrado hacerlo de manera indirecta. Y se los estaba metiendo en el bolsillo.

—La maniobra de la defensa habría sido brillante, si no fuera porque no se sostiene —continuó—.

Ha tratado de colarnos una versión tan disparatada que no hay por dónde cogerla.

Y permítanme que lo diga con claridad: ha sido muy poco considerada al hacerlo.

Sacar a la palestra a un asesino que sembró el pánico solo por intentar que su defendido se vaya de rositas me parece muy egoísta.

La policía, el juez instructor del caso y yo mismo decidimos en su día ocultar esta información para no convertir la ciudad en un hervidero de miedo e histeria colectiva.

Ella, en cambio, no ha tenido ningún problema en hacerlo. Pero la jugada no le ha salido bien.

Vilariño, poco a poco, se fue acercando al jurado.

—Señoras y señores del jurado. Lander Foronda imitó unos crímenes del pasado porque los conocía bien y porque era lo bastante inteligente como para hacerlo.

Lo hizo para despistar a la policía. Para ganar tiempo.

Para que personas como ustedes dudaran. Pero no se dejen engañar.

Tuvo la oportunidad, tuvo el motivo y, principalmente, tuvo la sangre fría.

No estamos aquí para juzgar lo que pasó hace dieciséis años, sino para decidir qué ocurrió la madrugada del 21 de mayo de 2022.

Y sobre eso, no hay duda: Lander Foronda mató a Borja Miranda.

Todo lo demás —el pendrive , el dedal...

— no es más que ruido. Una cortina de humo que el acusado ha utilizado para tratar de eludir su responsabilidad.

Hizo una última pausa y su voz se volvió más grave.

—Tal y como ya consta en el escrito de acusación, la fiscalía solicita una pena de veinte años de prisión por un delito de asesinato, solicitud en la que me ratifico —aclaró—.

Hoy les pido que valoren los hechos con la razón, y que no se dejen engañar por el espectáculo.

Borja Miranda no murió por casualidad. Murió porque alguien decidió acabar con su vida.

Ese alguien está aquí sentado y se llama Lander Foronda. Hagan justicia. Gracias.

Se giró hacia la magistrada con determinación.

—Es todo, señoría.

Daniel Vilariño regresó a su asiento y Silvia tomó su lugar en el centro del estrado. Respiró hondo y comenzó:

—Señoras y señores del jurado. Estamos llegando al final, y créanme cuando les digo que estar aquí, frente a ustedes, conlleva una enorme responsabilidad. Porque lo que ustedes decidan en este juicio marcará para siempre la vida de una persona.

Hizo una breve pausa, se ajustó la toga y continuó.

—Lander Foronda, mi defendido, ha sido juzgado por partida doble en esta sala, y fuera de ella también.

Carga con un apellido que, para muchos, representa privilegio, abuso y corrupción.

Pero no se puede juzgar a alguien por los actos de su padre.

Y, lamentablemente, eso es justo lo que hizo quien dirigió la investigación, Javier Larrañaga, pues tenía motivos personales para querer que lo declararan culpable.

Desde el inicio, Lander tuvo que enfrentarse a una investigación subjetiva, parcial, en la que se desechó cualquier línea que no lo señalara a él.

Una investigación chapucera, hecha rápido y mal, donde se ocultaron pruebas y se manipularon informes.

Las personas que decidieron mentir, a ustedes, a nosotros, a la ciudad entera, se presentan ahora como los salvadores, alegando que no querían crear una histeria colectiva.

Pero yo me pregunto: ¿y dónde queda el derecho a la verdad?

¿Quién decide qué debe conocer la población o el jurado y qué no?

Volvió a hacer una pausa y se acercó un par de pasos al jurado.

—Mi compañero —dijo refiriéndose al fiscal, consciente de que a Vilariño ese término no le iba a agradar en absoluto— ha afirmado que Lander quiso imitar al asesino de Gros.

Pero ¿cómo iba a conocer el dato del dedal si era un detalle que nadie conocía excepto el equipo investigador?

Es imposible que lo supiera. Y el fiscal lo sabe.

Por eso, ha hecho lo más cómodo: convertirlo en una supuesta filtración.

Pero ¿filtrado por quién? ¿Cuándo? ¿Cómo?

Nadie lo sabe. Porque esa filtración no existe.

Es solo una conjetura, una suposición muy conveniente para la acusación.

Bajó la mirada por un instante antes de continuar.

—Han de tener muy presente que deben juzgar únicamente lo que han escuchado y visto en esta sala.

Solo aquí. Olvídense de lo que circula en redes o lo que se publica en la prensa.

Desde el inicio se les indicó que debían atenerse exclusivamente a las pruebas practicadas en el juicio, y les ruego que lo tengan muy presente, ahora más que nunca.

Se detuvo unos segundos, pensativa.

—Señoras y señores, en este caso no hay solo dudas razonables: hay mucho más que eso.

Hay procedimientos irregulares, decisiones altamente cuestionables, sesgos deliberados y numerosas anomalías más que no se pueden pasar por alto.

Esto ha sido, desde el principio, un auténtico despropósito, un sinsentido.

Y cuando hay dudas, no se puede condenar.

No se debe condenar. Y no lo digo yo, lo dice la ley.

Silvia respiró hondo por última vez y procedió a concluir su alegato.

Había defendido la inocencia de Lander hasta el final.

Había hecho un buen trabajo, rozando la victoria con los dedos incluso habiendo comenzado el juicio con todo en contra.

Sin embargo, el artículo de Karmele Beltrán había dinamitado lo que tanto le había costado conseguir, y tenía todas las de perder.

Seguía convencida de la inocencia de Lander y confiaba en su estrategia, pero las circunstancias habían cambiado.

Debía ser honesta consigo misma y admitir que la condena era, en ese momento, la opción más probable.

Por eso, como último recurso y con un nudo en el estómago por Lander y por su madre, decidió ofrecer al jurado una alternativa menos desproporcionada.

—Si, aun así, después de todas las cuestiones que la acusación no ha podido aclarar, consideran que Lander es culpable, les ruego que se pregunten si lo ocurrido fue realmente un asesinato o, en todo caso, un homicidio. Lo que hubo, como mucho, fue un enfrentamiento, pero no un crimen premeditado.

Se giró un instante hacia Lander, le dedicó una sonrisa cálida y volvió a mirar al jurado.

—Decidan con justicia y con rigor —dijo para terminar—. En sus manos está no cometer ningún error ni tampoco una injusticia. Gracias, señoría.

La jueza Solozábal asintió y dio las gracias a la abogada. Luego, se dirigió al acusado:

—Señor Foronda, antes de que el jurado se retire, tiene usted derecho a hacer uso de la última palabra, si así lo desea.

Lander miró a Silvia, y ella asintió ligeramente con la cabeza, animándolo a hablar.

Ya le había explicado que podía dirigirse al jurado con unas palabras breves, siempre que no ofendiera ni faltara al respeto a nadie y se ciñera a lo que fuera pertinente.

Él se incorporó ligeramente en su asiento y miró al frente.

Estaba nervioso. Aun así, su voz sonó firme.

—Solo quiero que sepan que yo no maté a Borja —comenzó sin poder disimular la angustia—.

Llevo casi dos años encerrado por algo que no hice.

Dos años de mi vida que nadie me va a devolver.

La policía se empeñó en señalarme desde el primer momento, sin una sola prueba sólida.

—Bajó la mirada, respiró hondo y su voz se quebró levemente al continuar—.

Lo que siento es impotencia. Y miedo también.

Miedo a pagar por los errores de otros, no por los míos.

He podido cometer muchos en esta vida, seguro.

Pero no este. Lo digo ahora y lo repetiré siempre: nunca he matado a nadie.

Lander bajó la cabeza y murmuró un último «gracias» apenas audible. Era como si, tras su intervención, se hubiera desinflado por completo.

La jueza esperó unos segundos y luego se dirigió al jurado:

—Señoras y señores del jurado, con esto concluye la fase del juicio oral.

Dentro de unas horas, se les entregará el objeto del veredicto con las instrucciones necesarias.

Hasta entonces, pueden descansar. Y recuerden: deben basarse únicamente en las pruebas presentadas, practicadas y debatidas en esta sala.

Nada de lo que hayan leído, oído o comentado fuera del juicio debe influir en su decisión. Nada.

Miró a los ojos a cada uno de los miembros del jurado antes de concluir.

—Tienen una gran responsabilidad. Y estoy segura de que estarán a la altura.