Capítulo 43. El juicio - Día 7
Era viernes, el último día de juicio, y Silvia se despertó antes de que sonara el despertador. El momento de exponer sus conclusiones en un alegato final sólido, trabajado y sin fisuras había llegado, y se sentía preparada.
El juicio había comenzado con todo en su contra: un acusado señalado por la opinión pública, un jurado que parecía tener ya su veredicto decidido y un fiscal con una acusación que, a simple vista, parecía irrebatible.
Pero ella había sabido jugar sus cartas, destapando pactos de silencio, presentando nuevas teorías y, sobre todo, sembrando la duda.
Cada sesión había sido una oportunidad, y cada testimonio, una rendija por la que dejar entrar la duda razonable.
Tras un desayuno ligero, se dio una ducha larga con agua bien caliente. Se secó el pelo con esmero y se maquilló con precisión, repasando cada detalle frente al espejo. Después, eligió uno de sus trajes más elegantes. Era un día muy importante, y debía estar perfecta.
Iñigo había vuelto la noche anterior de Suiza y sería él quien se encargaría de darle el desayuno a Maialen y quedarse con ella hasta que llegara Greta.
Mientras guardaba en el maletín el borrador del alegato que ya se sabía de memoria, Mikel salió de su habitación.
— Egun on , ama —saludó dándole un beso en la mejilla—. Voy contigo al juzgado.
Ella asintió, lo miró con ternura y aprovechó para repasar sus apuntes una última vez mientras su hijo terminaba de desayunar.
Cuando estuvo listo, bajaron al garaje y se subieron al coche.
Le habría encantado ir en moto. El viento golpeando el casco, el rugido constante del motor y la sensación de volar sobre el asfalto siempre le habían ayudado a ordenar sus pensamientos.
Esa mañana, sin embargo, las prendas que vestía no eran las más adecuadas para subirse a una moto.
Se ajustó el cinturón y, en ese preciso instante, oyó el sonido de una notificación. Miró la pantalla del móvil. Era un WhatsApp de Greta: «Tienes que ver esto, Silvia. Lo siento mucho».
Intrigada, pulsó el enlace que acompañaba al mensaje. La redirección la llevó a una página del Donostia Press . El artículo, firmado por Karmele Beltrán, llevaba por título: «¿Y ahora qué?».
Silvia comenzó a leerlo.
¿Y AHORA QUÉ?
Por Karmele Beltrán
Anoche, sobre las diez, alguien dejó un sobre en el felpudo de mi casa. Sin remitente, sin sello. Tan solo mi nombre escrito a mano. Dentro, un pendrive pegado al interior. Nada más. Al conectar el dispositivo al ordenador, apareció un único archivo: un .txt sin nombre, sin fecha y sin metadatos.
¿Les suena?
Era un mensaje breve, conciso y directo, y venía firmado por alguien que asegura ser el asesino de Gros.
El mismo que durante meses sembró el pánico en la ciudad y del que no habíamos vuelto a saber hasta ahora.
Sus afirmaciones son claras: no ha vuelto ni volverá.
Mató hace dieciséis años a esas tres personas porque se lo merecían, pero no es ningún asesino en serie.
Lo único que quiere —y cito textualmente— es que lo dejen en paz.
Antes de sacar ninguna conclusión, quise contrastarlo con alguien que conoce hasta el último detalle de este caso: Anselmo Dávila, el jefe de investigación de la Ertzaintza que dedicó buena parte de su trayectoria profesional a encontrar a este asesino.
Hoy en día está retirado, pero recuerda con claridad cada aspecto del caso.
El presunto asesino de Gros, tratando de demostrar su identidad, detalla en el texto que recibí datos que no figuran en ningún informe oficial, como el contenido del costurero de Josefa Reboredo, la postura en la que quedó Kepa Muñoa o el programa de televisión que estaba viendo Gorka Téllez en el momento del ataque.
El juicio por el asesinato de Borja Miranda entra hoy en su fase final. La defensa de Lander Foronda ha sostenido casi desde el primer momento que el crimen es obra del asesino de Gros, pero el autor de este mensaje lo niega.
El pendrive no puede ser incorporado al juicio como prueba válida y no tiene valor procesal: al haber sido entregado de forma anónima y extraoficial, sin custodia judicial, policial ni pericial, no es posible garantizar su autenticidad ni su procedencia.
¿Esto qué quiere decir? Que son ustedes los que deben juzgar esta información.
Pueden pensar que se trata de un imitador, de alguien que participó en las investigaciones y por eso conoce los detalles o, simplemente, de un bromista con ganas de divertirse.
Pero también pueden pensar que es auténtico y que lo ha enviado el mismísimo asesino de Gros.
Y Anselmo Dávila lo tiene claro: «Es él».
Silvia comenzó a golpear el volante mientras gritaba de impotencia. No se podía creer que el artículo que echaba por tierra su defensa se hubiera publicado justo antes de las deliberaciones. A su lado, Mikel la miró asustado.
—Ama, ¿qué pasa?
Silvia le resumió la situación en pocas palabras, mientras arrancaba el coche con brusquedad y pisaba el acelerador.
—Si los miembros del jurado leen este artículo antes de encerrarse a deliberar, mi defensa se irá al garete —dijo rabiosa.
Al llegar a los juzgados, ni se detuvo a saludar al personal de seguridad. Se despidió de Mikel con un gesto rápido y se fue de inmediato al despacho de la magistrada Solozábal. Llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta.
—Señoría, necesito hablar con usted. Es urgente —dijo con la respiración agitada—. El artículo publicado por el Donostia Press puede poner en entredicho todo el juicio. Contiene información que no se ha expuesto en la sala y que puede influir de forma directa en la percepción del jurado.
La jueza alzó la vista de los papeles que tenía sobre la mesa. Silvia continuó:
—Necesito pedir la suspensión del juicio.
—Comprendo su preocupación y no se la discuto.
El momento en el que se ha publicado es, cuando menos, muy poco oportuno.
Pero no voy a suspender el juicio por ello —sentenció—.
El artículo no tiene ningún valor probatorio y no aporta hechos nuevos respecto al caso que nos ocupa.
El jurado debe ceñirse exclusivamente a las pruebas presentadas, practicadas y debatidas en el juicio.
Nada más. Si es necesario, se lo recordaremos, pero no puedo permitir que una noticia periodística condicione el curso de un juicio.
Silvia asintió en silencio, con la mandíbula apretada, y salió del despacho sintiendo una gran frustración.
Se metió en el baño, cerró la puerta con pestillo y se sentó sobre la tapa del inodoro.
Necesitaba pensar, calmarse, asimilar. Al cabo de unos minutos, se levantó con decisión.
Lo único que podía hacer, llegados a este punto, era mantener su versión con firmeza hasta el final, y actuar como lo había hecho siempre: con temple, con estrategia, sin mostrar debilidad.
Entró en la sala con expresión serena y saludó a Lander como si todo marchara según lo previsto.
Los miembros del jurado comenzaron a entrar y se volvió ligeramente hacia ellos, tratando de adivinar en sus rostros si alguno había leído el artículo de Karmele Beltrán.
Algunos parecían cansados mientras otros mantenían el semblante de siempre, y no pudo sacar nada en claro.
Tras los trámites iniciales, la jueza dio la palabra al fiscal para que iniciara su alegato final.
Daniel Vilariño se puso en pie con elegancia.
Su imagen era, una vez más, impecable, y lucía una sonrisa en los labios.
Sin duda, sabía que los últimos acontecimientos jugaban a su favor, y mucho.
Se colocó frente al jurado y dio inicio a su último acto, su gran final.
—Señoras y señores del jurado —comenzó en un tono solemne—.
Hoy concluye un proceso doloroso. No solo para la familia de Borja Miranda, sino para todos los que confiamos en la justicia.
Ha llegado el momento de que juzguen los hechos, las evidencias presentadas en la sala, y determinen si el acusado, Lander Foronda, es culpable más allá de toda duda razonable.
Hizo una pausa breve y continuó.
—La noche del 20 al 21 de mayo de 2022, Borja Miranda fue asesinado de un golpe en la cabeza.
Fue su compañero de piso, Lander Foronda, quien llamó al 112.
Pero no lo hizo de inmediato, sino siete minutos después.
El acusado alegó que, tras intentar reanimarlo, quedó en estado de shock , pero en esta sala ha reconocido que mintió.
Antes de la llamada, buscó el móvil y el ordenador de la víctima, intentando eliminar cualquier rastro del chantaje que, según él mismo ha admitido, Borja le estaba haciendo.
Y es aquí donde llegamos al móvil del crimen: el chantaje.
Lander Foronda pagó cinco mil euros sin pestañear.
No lo digo yo, lo ha dicho él. Y lo hizo para evitar que se difundiera un vídeo cuya existencia ni siquiera se ha podido demostrar.
El pago, en cambio, ha quedado acreditado.
Borja no se conformó. Pidió más. Y ese fue el detonante para que el acusado actuara con rabia, miedo o despecho.
»Es ahora cuando llegamos a lo más llamativo de este caso: la puesta en escena.
El acusado manipuló la escena del crimen para que pareciera obra de otra persona: un asesino cuyo modus operandi conocía bien porque lo había estudiado en la carrera de Criminología.
Tanto, que conocía detalles como el del dedal en la mano de las víctimas, un dato que, supuestamente, solo conocían quienes participaron en la investigación del caso, pero que, a todas luces, parece haberse filtrado.
La abogada de la defensa, de una manera muy inteligente, todo hay que decirlo, ha aprovechado esta representación tan cuidadosamente planificada para crear una película con suspense, drama y misterio, resucitando al asesino de Gros.
Un asesino que, según parece, ni ha regresado de las catacumbas para matar, ni tiene intención de hacerlo algún día.