Capítulo 42. Karmele
KARMELE
Por mucho que Karmele insistiera, Néstor no le dio permiso para faltar a ninguna sesión del juicio más con la excusa de estar recabando material para el especial sobre Silvia Legarre.
El miércoles por la mañana lo pasó entero en el juzgado, aguardando sin éxito a que comenzara la sesión. No supo que quedaba suspendida hasta que la letrada de la Administración de Justicia les dio el aviso. Por mucho que preguntaron, no consiguieron descubrir los motivos.
Por la tarde, volvió a centrarse en su investigación sobre Silvia, decidida a averiguar, de una vez por todas, qué se escondía detrás de su repentino abandono de la fiscalía y por qué había mentido.
Pero, a última hora, cuando seguía tan perdida como al principio, recibió una llamada de Néstor. Estaba furioso.
—¿¡Adónde andas mirando, Beltrán!? —le soltó en cuanto descolgó—. ¡Se nos han adelantado!
—¿De qué hablas?
—Acaban de publicar que una miembro del jurado ha tenido que ser sustituida porque resultó ser la nieta de la primera víctima del asesino de Gros. ¿Cómo se te ha podido escapar algo así?
Karmele tuvo que morderse la lengua. Llevaba días enfrascada en el pasado de Silvia Legarre, persiguiendo conexiones, buceando en archivos, revisando hemerotecas..., y había descuidado todo lo demás.
El jueves quiso enmendar su error y siguió con atención el sexto día del juicio.
La segunda comparecencia del jefe de la investigación y la revelación de su animadversión personal hacia los Foronda, junto con el testimonio del propio Lander, le proporcionaron material suficiente para escribir una buena crónica.
A media tarde, tras revisarla y pulirla, se la envió a Néstor.
Pero sabía que no sería suficiente. El director del Donostia Press se había empeñado en publicar un segundo especial, y ella no tenía prácticamente nada.
El caso de Antonio Hervás había resultado ser una total pérdida de tiempo.
Y lo que había conseguido sobre Silvia no pasaba de ser un puñado de datos inconexos y sospechas sin fundamento.
Con eso no podía escribir nada que valiera la pena. Mucho menos un especial.
Consciente de que al día siguiente terminaría el juicio, decidió hacer un último esfuerzo.
Llamó de nuevo a Josune, su contacto en la Policlínica, por si había conseguido averiguar algo más.
Pero la respuesta fue que no había nada nuevo.
Colgó decepcionada y volvió a revisar todo lo que tenía.
Incluso hizo un último intento desesperado de contactar con antiguos compañeros de Silvia en la fiscalía, pero no logró sacar nada en claro.
Silvia seguía siendo una muralla inexpugnable.
Eran casi las diez de la noche cuando apagó el ordenador.
Estaba agotada y le dolían las cervicales tras tantas horas en la misma postura.
Se puso en pie, estiró los brazos y el cuello, y fue hasta la cocina.
Metió unas rodajas de calabacín y un par de pechugas de pollo en la freidora de aire y esperaba frente a la encimera cuando sonó el timbre.
Se sobresaltó. No esperaba a nadie, y menos a esas horas.
Se acercó a la puerta y la abrió casi de inmediato.
Lo primero que vio fue un sobre pequeño de color sepia sobre el felpudo.
Alzo la vista rápidamente y vio a un chico, alto y delgado, alejándose escaleras abajo.
Vestía una sudadera verde militar y unos vaqueros gastados.
Aunque no vio su cara, le pareció que debía de ser bastante joven.
—¡Eh, oye! —lo llamó desde el rellano, pero el chico no se detuvo ni se giró—. ¡Oye, tú!
El muchacho siguió bajando las escaleras mientras decía algo que Karmele no llegó a entender muy bien.
Con el sobre a sus pies, lo observó de cerca y lo recogió con cautela.
Escrito a mano, solo figuraba su nombre.
Sin sello y sin remitente. Estaba cerrado y parecía contener algo más sólido que papel en su interior.
Cerró la puerta y regresó a la cocina. Lo dejó sobre la mesa y fue a por su móvil.
No era la primera vez que recibía documentación sensible de forma anónima, y tenía por costumbre documentar cualquier cosa que le pareciera extraña antes de tocarla demasiado.
Encendió la cámara y fotografió el sobre desde distintos ángulos.
Después, lo abrió con cuidado, deslizando una tijera por un lateral.
El interior estaba acolchado, y lo primero que vio fue un pendrive pegado con un trozo de celo anaranjado.
Antes de despegarlo, lo fotografió también.
Lo sacó e hizo una última foto del dispositivo.
Encendió el ordenador sintiendo cómo la adrenalina recorría todo su cuerpo. Insertó el pendrive y contuvo el aliento. Solo había un archivo: un .txt sin nombre, sin fecha... y sin metadatos.
Lo abrió con el corazón bombeando con fuerza.
El texto no ocupaba más de media página.
Lo leyó con rapidez y se quedó de piedra.
Volvió a leerlo, esta vez más despacio y asimilando bien toda la información, y la sensación de estar ante algo grande no se desvaneció ni un ápice.
A Néstor le iba a encantar. Mucho más que cualquier especial sobre Silvia Legarre.
Sin perder el tiempo, hizo una copia del archivo de texto y la guardó en el escritorio del ordenador.
Después, expulsó el pendrive de forma segura, apagó el equipo y miró la hora.
Las diez y diez de la noche. Demasiado tarde.
Pero antes de enseñárselo a Néstor, había alguien más a quien debía mostrárselo.
Alguien cuya opinión era de vital importancia para dar veracidad a la información que había recibido.
Volvió a meter el pendrive en el sobre y lo guardó en el bolso. Cogió la chaqueta del perchero y salió de casa con la esperanza de que esa persona no estuviera dormida aún y aceptara recibirla.
A pesar de la hora.
Y después de tanto tiempo.