Veredicto Capítulo 41. El asesino de Gros
70%

Capítulo 41. El asesino de Gros

EL ASESINO DE GROS

Fue un terrible mazazo ver cómo, dieciséis años después, los crímenes que había cometido en el pasado volvían a salir a la luz de una manera tan escandalosa.

Habían pasado muchas cosas desde entonces, y él ya no era el mismo hombre.

No había resultado sencillo, pero había logrado enterrar su oscura historia bajo capas de normalidad, reconstruyendo su vida desde los cimientos.

Y, contra todo pronóstico, había conseguido salir adelante.

Ahora llevaba una existencia tranquila, sin sobresaltos, lejos de aquella versión de sí mismo que prefería no recordar.

La noticia lo alcanzó como una bofetada, y lo que leyó en la prensa lo dejó de piedra.

En la Audiencia Provincial de Gipuzkoa se estaba celebrando un juicio por asesinato en el que la estrategia de la defensa había resultado tan sorprendente como disparatada: la abogada del acusado se había sacado de la chistera la teoría de que el verdadero culpable era él, el asesino de Gros, ni más ni menos.

Fue muy duro volver a protagonizar los titulares. Las teorías se multiplicaban y la alarma social no tardó en prender.

—¿Crees que ha podido ser él? ¿Que después de dieciséis años ha decidido volver a matar? —le preguntó ella mientras desayunaba, con el especial del periódico dedicado a la figura del asesino entre las manos.

—No lo creo. —Sentía una presión casi asfixiante en el pecho, aunque procuró fingir normalidad—. Después de tantos años, es probable que incluso esté muerto.

—Eso espero, porque no se merece otra cosa. Un tipo que mata al tuntún, entrando en las casas de la gente y dejando mensajitos macabros en la boca de sus víctimas, no puede estar bien de la cabeza.

—Eso nunca lo sabremos —murmuró él, apenas audible, mientras se centraba en su taza de café para evitar mirarla.

—Ya te lo digo yo. Lo que hizo solo pudo haber sido obra de un puto trastornado. Y no solo sufrieron las consecuencias sus víctimas. Al resto nos afectó mucho también.

—¿A qué te refieres?

—A la histeria colectiva que provocó —explicó ella dejando el periódico sobre la mesa con un gesto de disgusto—.

En 2008 yo tenía veinticuatro años y aún vivía con mis padres.

El primer asesinato fue muy impactante para todos, pero después del segundo, mi madre se puso como una loca, entró en pánico y me prohibió salir de noche.

No fui la única. A mis amigas les pasó lo mismo.

Nos decían que al asesino le daba igual una víctima que otra, que vivíamos demasiado cerca de Gros como para andar solas por ahí, que era mejor no arriesgarse...

Al final, nos metieron el miedo en el cuerpo.

Quedábamos solo de día y nunca íbamos solas a ninguna parte.

Empezamos a vivir siempre alerta, como si el peligro estuviera a la vuelta de cada esquina.

¿Te imaginas cómo era vivir así? Todo el tiempo con la sensación de que algo terrible podía pasarte en cualquier momento.

Él asintió lentamente, tratando de parecer comprensivo mientras la culpa lo carcomía por dentro.

—Solo espero no tener que volver a vivir nada igual —sentenció ella.

Él se levantó de la mesa con el estómago encogido.

Murmuró una disculpa y se encerró en el baño.

Una vez dentro, apoyó la espalda contra la puerta, se dejó caer y comenzó a sollozar tapándose la cara con las manos.

Nunca había medido las consecuencias de sus actos más allá de las que había ocasionado a sus víctimas directas.

Estaba tan cegado por que aquellas tres personas pagaran por lo que habían hecho que, en su afán de venganza, no había sabido ver ninguna otra cosa al margen de su propia tragedia.

Ahora, tras escuchar lo que había vivido ella, entendía lo egoísta que había sido él.

De todo aquello habían transcurrido ya muchos años y no estaba dispuesto a que el pasado le explotara en la cara y destruyera lo que había construido: una vida tranquila y feliz.

Sin embargo, el caso de Lander Foronda lo había puesto todo patas arriba.

Lo más probable era que el chico le hubiera puesto el pendrive a su víctima en la boca para despistar a la policía e intentar irse de rositas, desenterrando al asesino de Gros y sacándolo a la palestra, algo que no pensaba permitir. Por eso, decidió actuar.

Debía tomar cartas en el asunto.