Capítulo 40. Antonio
ANTONIO
A lo largo de los años de condena en la cárcel de Martutene, a Antonio le habían cambiado de compañero de celda en numerosas ocasiones. Al principio lo llevaba peor, pero con el tiempo había terminado por acostumbrarse. Era lo que tocaba.
Entre los funcionarios y también entre los presos, tenía fama de ser un tipo tranquilo.
No se metía en líos, intentaba no hacer ruido y no era demasiado exigente con sus compañeros de celda.
Mientras no se metieran con él y respetaran sus silencios, se adaptaba.
Tumbado en su litera, sonrió al recordar al único compañero que jamás respetó sus silencios, pero que acabó siendo con el que mejor se entendió: Tirso, el charlatán.
Tirso había nacido en algún rincón de Extremadura y llegó con su familia a Irún cuando apenas tenía diez años. Juerguista, vividor y bastante zángano, de joven cambió de trabajo como quien cambia de chaqueta: albañil, fontanero, camarero..., y ninguno le duró demasiado.
A los veintiséis años dejó embarazada a su novia, una chica donostiarra con la que acabó casándose más que por amor, por no oír a su suegra —según contaba entre risas—.
Como era de esperar, la paternidad no hizo que sentara la cabeza.
Siguió saliendo, bebiendo y enredando, hasta que acabó metiéndose en líos.
Robos, fraudes, estafas... Tirso era de los que te vendían un bolígrafo por veinte euros y encima le terminabas dando las gracias.
Con el paso de los años, comenzó a pasar más tiempo dentro de la cárcel que fuera y, en una de esas estancias, allá por el año 2019, cuando Antonio ya llevaba buena parte de su condena cumplida, les tocó compartir celda.
El comienzo no pudo ser peor. Tirso irrumpió como un torbellino, y a Antonio le horrorizó la idea de pasar los próximos años con aquel caradura que no se callaba ni debajo del agua.
No llevaba ni dos minutos en la celda y ya estaba bromeando, soltando chascarrillos, canturreando...
Antonio, que no soportaba semejante incontinencia verbal, sintió que le habían metido una bomba de relojería en la celda.
Le molestaba todo de él: que siempre estuviera de buen humor, que siempre tuviera que hacer la gracia, que no pudiera estarse quieto ni un segundo...
Pero Tirso no parecía darse cuenta. Y si lo notaba, le daba igual.
Antonio no sabría decir cuándo se produjo el cambio, pero, poco a poco, terminó acostumbrándose a él.
Incluso comenzó a disfrutar de su compañía.
Tirso siempre tenía alguna anécdota graciosa, alguna confidencia inesperada o un comentario jocoso que acababa por sacarle una sonrisa.
Y Antonio se dio cuenta de que el tiempo, que normalmente pasaba muy despacio entre aquellas cuatro paredes, transcurría mucho más rápido desde que lo tenía como compañero.
—Con lo acojonado que estaba yo cuando me pusieron contigo..., ¡y al final te voy a echar de menos cuando salga de aquí! —le soltó Tirso una noche entre risas.
—¿Acojonado? ¿Por qué?
—¿Por qué va a ser? Pregunté en el patio qué habías hecho para acabar entre rejas y me dijeron que torturar y matar a un tío. ¡Casi me cago encima!
—No te creas todo lo que te digan —respondió Antonio antes de darse la vuelta en su litera, zanjando la conversación.
Por mucho que Tirso insistió, Antonio no le contó nada de lo que le había pasado. La etapa de inconformismo, de rebeldía, de tratar de demostrar su inocencia había quedado atrás. Una tarde, sin embargo, sucedió algo que hizo que esto cambiara.
Antonio volvía del taller al que se había apuntado por iniciativa propia: «Apoyo a la reinserción».
Aún le quedaban varios años dentro, pero imaginar su vida fuera y planificar su salida le ayudaba a sobrellevar la condena.
El taller terminó cinco minutos antes y decidió pasar por su celda a dejar el cuaderno donde había estado tomando notas.
Al abrir la puerta, se encontró a Tirso sentado en su cama, rodeado de sobres y papeles desordenados.
—¿Se puede saber qué cojones estás haciendo? —le soltó Antonio en cuanto reconoció de qué se trataba.
—¡Eh, Antoñito, no me jodas! No te enfades, que me he topado con esto sin querer. Estaba buscando un mechero.
Antonio se acercó de un salto y le arrancó las cartas de las manos.
—Esto es algo privado. No tienes derecho a hurgar en mis cosas.
—Ya lo sé, tío, pero me han llamado la atención. Estaban todas sin abrir y dirigidas a la misma persona. ¿Quién es Silvia Legarre?
—Ya que te has tomado la libertad de abrirlas y leerlas, sabrás que no es mi novia precisamente —respondió él en tono seco.
Tirso insistió, pero Antonio estaba tan enfadado que no quiso ni mirarle. Se había entrometido en su intimidad, había cruzado una línea, y no pensaba perdonarlo. Durante varios días, apenas le dirigió la palabra. Tirso intentó disculparse varias veces, pero Antonio se mostró muy dolido.
—Joder, no lo hice con mala intención, te lo juro. Perdóname, tío, ya sé que la cagué.
Pasaron semanas antes de que la tensión empezara a aflojarse, y a Tirso le costó mucho esfuerzo volver a recuperar la confianza de Antonio. A base de respeto, paciencia y alguna que otra torpeza con buen fondo, al final, con un poco de insistencia, lo consiguió.
Una tarde, cuando las aguas se habían calmado y la relación entre ellos parecía estar mucho mejor, sin que Tirso se lo pidiera, Antonio comenzó a hablar.
Y lo contó todo. Lo que sabía, lo que intuía y lo que nadie había querido escuchar.
Todo. Cuando terminó, sintió como si se hubiera quitado un gran peso de encima.
—Joder, Antonio... ¡Aquí hay algo muy gordo! —exclamó Tirso fascinado con la historia—. ¿Crees que la fiscal esa consiguió la información y después se achantó cagada de miedo?
—No lo creo. Estoy seguro. Esa puta sabe quién es Reta59 y quién más estuvo detrás de todo, y no me extrañaría nada que ella estuviera metida en el ajo también.
—¡La madre que me parió! Tienes que hacer algo con todo esto, Antonio. ¡Es la hostia!
Tirso no podía pararse quieto. Daba vueltas por la celda, alterado, emocionado.
—No pienso hacer nada —le cortó Antonio tajante.
—Si de verdad hay gente tan gorda detrás, esa información es dinamita pura. Tienes que conseguirla y usarla para chantajearlos a todos y hacerte de oro a su costa. ¡Es lo que se merecen esos hijos de puta!
—Se merecen eso y mucho más, pero no pienso hacer nada. Ya salí escaldado una vez.
Tirso insistió. Sabía reconocer un buen negocio cuando lo tenía delante, sobre todo cuando se trataba de sobornar, chantajear o sacar tajada de alguna debilidad ajena.
Y esta historia era una oportunidad incomparable, mucho mejor que nada que hubiera tenido entre manos antes.
Pero Antonio no quería ni oírlo, y no cedió.
Tirso se despidió de su compañero de celda dos años después de haberse conocido, con la condena ya cumplida, las cartas de Antonio guardadas en el bolsillo delantero de la mochila y la firme decisión de que, si su amigo no pensaba aprovechar la oportunidad, lo haría él.
Chantajear no era ninguna novedad para alguien con su historial.
Lo había hecho antes y, aunque el objetivo siempre había sido gente de poca monta, un chantaje seguía siendo un chantaje, se mirase por donde se mirase.
Y esta vez, si de verdad había peces gordos involucrados, pensaba jugar bien sus cartas.
Por fin se desharía de todas sus deudas.
Su mujer lo recibió con el mismo escepticismo de siempre.
Se había acostumbrado a sus idas y venidas, a sus grandes promesas y a sus constantes fracasos, y ya no esperaba nada de él.
El recibimiento de su hijo fue algo mejor.
A pesar de haber cumplido ya la mayoría de edad, todavía creía en él.
Su relación había estado marcada por las ausencias, pero Tirso había conseguido mantener viva una chispa de complicidad entre ellos.
Además, podía afirmar con orgullo que su hijo se le parecía cada vez más.
No solo físicamente, sino también en la forma de ser.
Esa noche, en cuanto estuvieron a solas, Tirso le contó la historia de Antonio y la idea que tenía entre manos para salir beneficiados de todo aquello. Le habló con entusiasmo, como si hubiera dado con un plan maestro.
—Pero no sabemos qué pasó en ese pabellón ni quién se cargó al muerto —apuntó el chico.
—No, pero sí sabemos quién tiene esa información. —Alzó una de las cartas de Antonio, donde figuraban el nombre y la dirección de Silvia Legarre—. Esta tía es la clave. Ella tiene lo que necesitamos. Iremos a por ella. Y después, si todo va bien, a por los de arriba.
—¿Y si esa mujer no sabe nada?
—Entonces no habrá negocio, pero Antonio está convencido de que ella tiene la información, y yo también lo creo.
No sabía si estaba en lo cierto o no, pero deseaba que así fuera. Guardó las cartas con cuidado, se acercó a su hijo y le puso una mano en el hombro.
—Escucha, campeón. Esta vez va a salir bien. Vamos a ganar mucha pasta, pagaremos todas las deudas y todavía nos quedará dinero para vivir como reyes. ¿Me oyes? Nos lo merecemos. Solo tienes que confiar en mí.
Conseguir el número de teléfono de la antigua fiscal no fue difícil.
Tampoco lo fue localizar la dirección a la que Antonio había estado enviando sus cartas durante años.
Cuando Tirso llegó al lugar, se quedó boquiabierto.
Era un chalet enorme, de fachada de piedra, con un bonito jardín que rodeaba toda la casa.
A un lado, un coche de alta gama descansaba frente a la puerta del garaje. «Aquí hay pasta», murmuró embelesado.
Durante varios días la estuvo vigilando. La observó entrar y salir, llevar a su hija al colegio, volver con las bolsas de la compra... Todo normal. Cuando una mañana, el marido salió de casa con una maleta y se marchó, Tirso decidió que era el momento perfecto y la llamó.
—¿Silvia Legarre? No cuelgues. Tengo algo que decirte —soltó con voz firme y autoritaria.
—¿Quién eres? —preguntó ella nerviosa.
—Escúchame bien. Año 2010. Caso Antonio Hervás. Sabes cosas. Yo también. Durante el juicio te llegó información importante, y me la vas a dar si no quieres salir mal parada.
—Yo no recibí nada.
—Sí lo hiciste. Ambos lo sabemos.
—Te digo que no tengo nada. —Silvia se mostró firme.
—¡ Mecagüen Dios! —estalló él cabreándose—. No te vas a reír de mí, ni de Antonio tampoco. ¿Me oyes? Si no quieres que te arranque de cuajo ese pijama rosa de cuadros que llevas ahora mismo, prepara la información. Quiero nombres, ¿entendido? Y detalles. Todo bien clarito.
Vio cómo Silvia se giraba bruscamente hacia la cristalera, con el teléfono todavía en la oreja. A través del vidrio, la observó correr hacia la puerta y cerrar con llave. Después, activó la alarma y cerró las cortinas del salón de golpe. Tirso sonrió. Estaba asustada, y eso era bueno.
—No te vas a poder esconder tan fácilmente —se burló.
—¿Cómo te tengo que decir que no tengo nada? —alzó la voz.
—Claro que lo tienes, y me lo vas a entregar. Mañana a las siete de la tarde, te espero en Miramón, frente al hotel Arima. Más te vale traerlo todo. Y no hagas tonterías, no te conviene hacerme enfadar.
En cuanto vio a su hijo, Tirso le contó que todo iba según lo planeado.
—No le he dado opción —explicó orgulloso—. Mañana por la tarde me lo tendrá que entregar todo.
—¿Quieres que te acompañe, aita?
—Es mejor que no vengas. Me jugaría el cuello a que no va a hacer ninguna tontería como llamar a la poli, pero por si acaso, será mejor que vaya solo.
Tirso acudió nervioso a la cita del día siguiente, pero, sobre todo, excitado.
El corazón le latía con fuerza por la adrenalina, y sentía en el estómago ese cosquilleo inconfundible de cuando algo está a punto de salir bien.
Su intuición le decía que lo iba a conseguir, y tan solo estaba a un paso. Su vida iba a cambiar. Esta vez sí.
Llegó a Miramón, un barrio situado en la parte alta de Donostia que albergaba el parque tecnológico de la ciudad, en su vieja moto. Aparcó en un lugar discreto y se acercó al hotel Arima. Entonces la vio.
Estaba sola, frente a la entrada del hotel, mirando su reloj cada pocos segundos.
Era una mujer elegante y bien parecida, de esas que jamás se habrían fijado en un tipo como él.
Al ver la carpeta que llevaba bajo el brazo, Tirso no pudo evitar sonreír.
Ahí estaba lo que había ido buscando, y había sido muy fácil conseguirlo.
Un poco de investigación, una llamada, algo de presión y listo.
No le había hecho falta tener dinero ni estudios.
La clave estaba en tener huevos, y él los tenía. Bien puestos, además.
Comenzó a cruzar la calle saboreando el momento, imaginando cómo sería abrir esa carpeta junto a su hijo y planear los siguientes pasos.
Ya estaba casi al otro lado cuando oyó el rugido de un motor acelerando sin piedad.
Giró la cabeza, pero apenas tuvo tiempo de verlo: un coche negro venía directo hacia él, a toda velocidad. No tuvo ocasión para reaccionar.
El impacto fue brutal, y lo lanzó varios metros por el aire. Durante una fracción de segundo, le pareció que flotaba. Después oyó el crujido de sus huesos al estrellarse contra el asfalto. Y llegó el dolor. Y la sangre. Mucha sangre.
Su último pensamiento fue para su hijo, y recordó con una claridad sorprendente su última conversación:
—Esta vez sí, Borja. Esta vez va a salir todo bien, y te prometo que estarás orgulloso de mí. Ya lo verás.
Después, todo se volvió negro.