Capítulo 39. Reta59 #2
Apenas una semana después, aterrizaron en Alemania, uno de los países europeos donde el colombiano ya había puesto en marcha La resistencia humana en un viejo matadero reconvertido en escenario.
Quería que viera cómo otros, antes que él, habían aceptado la propuesta y les había salido bien.
En Alemania todo funcionaba a la perfección.
Los protocolos, la seguridad, la discreción...
Sin embargo, había una gran diferencia: algunos habían pagado una enorme suma de dinero por presenciar el juego en directo, pero la mayoría de los espectadores no estaba allí, sino en sus casas.
Veían la retransmisión y jugaban en tiempo real desde la comodidad y el anonimato de su hogar, en pantallas de alta definición.
El futuro estaba en las retransmisiones en streaming , y las cifras de participación y las cantidades apostadas eran abrumadoras.
Le gustó esa nueva fórmula. Quizá en Colombia, Bolivia o Venezuela se podían tomar ciertas licencias sin que la policía interviniera, pero en Europa era distinto, y no podía arriesgarse. Necesitaba un sistema limpio y sin fisuras.
Bajo la supervisión y el respaldo del colombiano, comenzó a organizarlo todo para ponerlo en marcha en su ciudad.
Al ser su primera vez, decidió escoger un lugar que estuviera ya preparado, y el recinto donde se celebraban las peleas de perros le pareció una buena opción: estaba en una zona alejada, discreta, y contaba con un circuito cerrado de transmisión.
Él mismo se había conectado en múltiples ocasiones desde su casa para ver las peleas y apostar en directo.
Le propuso al dueño alquilarlo solo por una noche a cambio de una buena suma de dinero y, como era de esperar, aceptó.
Conocía bien a los tipos como aquel. Con un buen fajo de billetes de por medio, decían a todo que sí.
—Tiene que quedar todo bien amarrado —insistió el colombiano—. Si algo se tuerce, debe haber alguien a quien culpar.
Hervás encajaba como un guante en ese papel y, por ese lado, se quedó tranquilo. Si salía bien, habría más veces, siempre en una localización distinta.
Lo más difícil fue decidir quiénes serían los espectadores, tanto los que acudirían in situ como los que tendrían el privilegio de poder conectarse desde sus casas y apostar.
No era una invitación que se pudiera hacer a cualquiera.
Era algo muy distinto a ver cómo se mataban dos perros de presa.
Esta era otra liga. Y necesitaba gente sin escrúpulos ni conciencia, con estómago.
Lo pensó mucho, eligió bien, hizo llamadas, dejó caer promesas de algo único, irrepetible... Y lo consiguió.
La noche del evento, para cuando el militar bielorruso que el colombiano siempre contrataba como verdugo llegó al recinto, todo estaba preparado.
El prisionero, también: un vagabundo captado en la frontera de Irún, cuya ausencia nadie notaría.
Al principio, las apuestas apenas se movieron, y Reta59 sabía por qué.
La mayoría de los espectadores estaban tan impactados que no lograban reaccionar.
Pero bastaron un par de pruebas más para romper el hielo.
La adrenalina comenzó a circular como un veneno dulce por sus venas, y las apuestas se dispararon.
Todo marchaba a la perfección hasta que una de las cámaras se encendió de pronto.
El piloto rojo de la parte delantera parpadeó, y el verdugo detuvo el juego de inmediato.
A través del teléfono, contactó con el colombiano, que estaba sentado al lado de Reta59, y exigió explicaciones.
Trataron de tranquilizarlo, pero no lo consiguieron.
Ante la posibilidad de que fuera una trampa y de que pudieran estar siendo grabados por alguien ajeno a la organización —quizá la policía—, el verdugo, fuera de sí, se negó a continuar.
Comenzó a golpear todas las cámaras y a arrancarlas de sus soportes. Todas.
No les quedó más remedio que abortar. Se llevaron las cámaras dejando la instalación con los cables sueltos y, rápidamente, eliminaron cualquier posible rastro digital.
En cuanto al cuerpo, sabían que sacarlo de allí era un riesgo demasiado alto, así que optaron por dejarlo.
Lo prioritario era poner a salvo a los espectadores que habían acudido al pabellón.
Antes de marcharse, sin embargo, el verdugo, por si acaso, cogió un soplete y quemó las yemas de los dedos del prisionero, que apenas tenía un halo de vida.
Pese al fracaso, no hubo represalias por parte del colombiano.
—No todo ha salido mal —le dijo con su habitual calma—. La plata se movió bien mientras duró el juego, y hemos dejado a toda esa gente con la miel en los labios. Se la dimos a probar y se la arrancamos de cuajo, y eso es bueno para el negocio. Querrán más, y nosotros estaremos ahí para dárselo.
—¿Y si tiran del hilo y nos pillan?
—Usted por eso no se preocupe. Nos hemos cubierto las espaldas —dijo con una gran seguridad—. Ahora tómese un descanso y, cuando las aguas se calmen, volveremos a la carga. Si surge algún problema mientras tanto, use el celular que le di, comuníquese conmigo y lo arreglaremos.
Reta59 metió la mano en el bolsillo del pantalón y rozó con los dedos el pequeño teléfono móvil que guardaba como un tesoro. Era un número de prepago extranjero, acabado en varios sietes. El colombiano se lo había dado como línea directa y segura.
Un par de días después de la celebración del juego, supo que Hervás había sido descubierto transportando el cadáver del prisionero en el maletero de su coche y respiró aliviado. El pobre diablo se había metido en la boca del lobo él solito. Ahora sí que no iba a poder salir airoso de la situación.
Pensó que la suerte le había sonreído y que todo acabaría ahí, al menos por un tiempo, pero no.
Uno de los participantes, alguien en quien había confiado y que sabía demasiado, empezó a dar señales de debilidad.
Comenzó a comportarse de manera extraña hasta que, una noche en la que habían bebido de más, explotó.
—Lo he intentado, pero no puedo con esto...
—le confesó con expresión de angustia—. Cierro los ojos y lo revivo todo con una nitidez aterradora.
¿Y los gritos? No me los puedo sacar de la cabeza.
¡No puedo! Las torturas fueron terribles, y me despierto por las noches, sudando, reviviéndolo todo.
Además, hay un pobre desgraciado que va a ir a la cárcel por algo que no ha hecho, y nosotros aquí, bebiendo como si nada.
¡No es justo! Solo un monstruo sería capaz de callarse lo que pasó esa noche, y yo no lo soy.
Lo siento, pero voy a contarlo. Lo he escrito todo y tengo la grabación. No puedo seguir callando.
Reta59 se vio acorralado, pero logró frenarlo a base de amenazas.
Durante un tiempo, consiguió mantenerlo a raya, sin que se saliera del tiesto.
El día en que comenzó el juicio de Hervás, sin embargo, el traidor, al que siempre había considerado un amigo, cumplió su amenaza y le entregó un sobre con la información a la fiscal del caso.
Por suerte, lo tenía vigilado desde hacía tiempo y supo en tiempo real lo que había hecho.
Sopesó asaltar la casa de la fiscal esa misma noche y recuperar los documentos, pero habría levantado demasiadas sospechas.
Por eso, llamó al colombiano para pedirle ayuda.
Después de seguir sus instrucciones, todo había acabado bien.
—La información ya está en mi poder —le confirmó al día siguiente, después de recoger el maletín del cuarto de contadores donde lo había dejado la fiscal—. Creo que no hablará, por la cuenta que le trae.
—Bien. Ya hemos entrado en su celular y borrado todo lo relacionado con el caso. Ahora debemos esperar a que todo se calme.
—¿Y el traidor? ¿Va a ser castigado? —preguntó él temiendo la respuesta. Esperaba que las consecuencias para su amigo no fueran demasiado drásticas.
—¡Claro, compadre! —respondió su socio con una sonrisa—. El juego no perdona. Nadie sale de él sin escarmiento.
Tres semanas después, recibió una nueva invitación del colombiano para conectarse a otra sesión de La resistencia humana que se celebraría en una ubicación distinta, quizá en Europa, en América o en Asia, donde su socio había comenzado a expandir el negocio también.
Le sorprendió recibirla sin haberla solicitado, pero en cuanto se estableció la conexión y la imagen apareció en su televisor de sesenta pulgadas, lo comprendió todo.
Desnudo, atado de pies y manos y colgado de un poste, la próxima víctima no era ningún vagabundo.
Era su amigo, del que no se sabía nada desde hacía unos días.
Por primera vez desde que se había asociado con el colombiano, Reta59 sintió verdadero miedo por haberlo hecho.
En lo más profundo.
De corazón.
Aunque en el fondo, él también creía que el traidor se lo merecía.