Capítulo 39. Reta59
Colgó el teléfono de prepago y lo volvió a meter en el cajón de su escritorio.
Giró la llave para bloquearlo y la guardó en la caja fuerte.
Esperaba que la fiscal hubiera aprendido la lección y no diera problemas.
No quería repetir la amenaza, y mucho menos tener que cumplirla.
Por lo que sabía de ella, era una tía decidida, pero también inteligente, y creía que habría captado el mensaje.
Por suerte, la llamada había llegado a tiempo, antes de que pudiera mostrar el contenido del sobre en los juzgados y todo saltara por los aires.
El juicio debía terminar con Hervás en prisión como único culpable de tortura y asesinato.
Punto. Solo entonces podría respirar tranquilo y comenzar de nuevo, como ya hiciera un par de años atrás.
Por aquel entonces había viajado a Colombia por negocios. Llevaba meses colaborando con un nuevo socio, y la alianza estaba dando muy buenos resultados. Tocaba cerrar algunos acuerdos y conocerse, por fin, cara a cara.
El colombiano resultó ser un tipo excéntrico, con una risa contagiosa y un diente de oro que brillaba cada vez que sonreía, dándole un aspecto de capo de película. Y siempre iba acompañado de varios guardaespaldas armados, como si viviera en una guerrilla constante.
Él le siguió el juego desde el primer momento. Rio sus bromas y juntos brindaron, bebieron, se fueron de putas... Ambos sabían lo que era tener que ganarse la vida a base de trabajar duro. Se entendían e hicieron buenas migas.
Una noche, entre risas y copas de aguardiente, dejándose llevar por el ambiente y la camaradería, le confesó a su anfitrión que a él lo que le gustaba era ir a apostar de vez en cuando.
—Suelo ir al casino, pero también a cosas más... ilegales, ya sabes —dijo bajando la voz—. Peleas de perros. Auténticos combates, sangrientos, salvajes.
Lo contó como si acabara de contar una hazaña digna de respeto, pero el colombiano, lejos de impresionarse, soltó una carcajada burlona y le dio una palmada en la espalda.
—Ay, compadre... —dijo entre risas—. ¿Y eso le parece fuerte? No, hombre, no. Yo le voy a mostrar lo que es salvaje. Una experiencia única, algo que no se le olvide jamás.
Se sintió intrigado al instante y quiso saber más, pero su socio no estaba dispuesto a desvelar todo tan pronto.
—Solo le diré una cosa —añadió bajando la voz—. Descubrirá al ser humano en su estado más puro. Su esencia, su capacidad... y también su dolor.
Pensó que sería algún tipo de ritual o ceremonia extraña. Le quedaban aún unos días en Colombia y la verdad era que tenía ganas de emociones fuertes. Así que ¿por qué no? Las negociaciones habían ido muy bien y no quería estropear la buena sintonía entre ellos por negarse a participar.
Dos noches después, lo llevaron a las afueras de Bogotá, a una finca custodiada por varios hombres armados.
Lo guiaron por un pasillo estrecho hasta una sala oscura, desde la que, a través de un cristal, se podía ver el centro del recinto.
El colombiano se sentó a su lado con su habitual sonrisa.
Tras una señal suya, se encendieron las luces del otro lado del cristal, y entonces lo vio: un hombre desnudo dentro de una jaula metálica.
Estaba sucio, débil, y apenas podía mantenerse erguido.
Jadeaba, su voz era apenas un susurro, pero le pareció que suplicaba.
A su lado, de pie, un tipo grande y fuerte con la cara cubierta por una máscara.
—¿Qué es todo esto? —preguntó sin salir de su asombro.
Su anfitrión sonrió y le explicó las reglas del juego como quien enseña a jugar a un juego de mesa.
—Ese tipejo lleva días sin comer ni beber, lo justo para tenerlo donde lo queremos: suplicando —dijo con naturalidad—. Hay muchas salas como esta, todas con vistas al mismo escenario. En cada una, un grupo selecto de jugadores hace sus apuestas. El que le atina se lleva la plata.
—¿Acertar el qué? No entiendo.
—Ahora lo verá.
El colombiano sacó una tablet . En la pantalla aparecieron varias opciones, como si fuera un menú interactivo.
—Por ejemplo —comenzó a explicar—, el prisionero quiere agua, y el verdugo se la va a dar, pero con condiciones. Solo podrá beber si se autolesiona antes. Los jugadores pueden apostar qué va a elegir. ¿Lo hará? ¿Se echará atrás? ¿Qué parte del cuerpo elegirá? ¿Aguantará el dolor?
No daba crédito. Volvió a mirar al prisionero, que temblaba y apenas podía mantenerse en pie.
—Mire, para que lo vea. Voy a jugarme cien millones de pesos colombianos en una apuesta con tres opciones: cortarse una oreja, un dedo o un pezón. El verdugo se las trasladará al prisionero y vemos qué decide. Si le atino, me llevo cinco veces más.
Tecleó algo en su tablet con rapidez. Al otro lado del cristal, el verdugo revisó su propio dispositivo, abrió una caja de herramientas y sacó unas tijeras de jardinería que le tendió al prisionero.
Después, se inclinó y le susurró algo al oído.
El hombre, fuera de sí, lanzó un gemido gutural y se arrinconó en la jaula.
El verdugo aprovechó para colocar frente a él un botellín de agua, lo bastante cerca para tentarlo, pero demasiado lejos para que lo pudiera alcanzar.
Él no era capaz de apartar la vista. Estaba impactado, pero también sentía cómo una corriente parecida a la adrenalina recorría su cuerpo. No era exactamente placer, aunque tampoco era repulsión. Era fascinación. Pura y dura fascinación.
Tras unos minutos en los que tan solo se oyeron los sollozos del prisionero y el sonido metálico de las tijeras temblando en su mano, el hombre se arrodilló, apoyó el brazo sobre el suelo de la jaula, respiró hondo y, con un grito desgarrador, se cortó el meñique de un tajo seco.
El grito que lanzó fue inhumano. El verdugo rio entre dientes, le vació la botella sobre la boca, sin ni siquiera dejarle sujetarla, y le dio un trapo para que se cubriera la herida, que sangraba a borbotones.
—¡Hijueputa cabrón! Me hizo perder cien millones —exclamó el colombiano, que había apostado a que se cortaría una oreja.
El resto de la velada fue igual de brutal.
En una de las pruebas, la apuesta consistía en adivinar cuántos segundos aguantaría el prisionero antes de empezar a convulsionar por culpa de las descargas eléctricas.
El recinto estalló en vítores y gritos de alegría cuando alguien clavó los treinta y siete segundos exactos.
En otra, los jugadores tenían que adivinar el número de uñas que lograrían arrancarle antes de que perdiera el conocimiento.
Entre apuesta y apuesta, el colombiano bebía, bromeaba y se jactaba de sus ganancias, eufórico, mientras él permanecía callado, clavado en su asiento, observando, asimilando.
Había algo en aquel escenario que lo atraía como un imán.
Era consciente de que todo lo que estaba viendo era una total y absoluta aberración, pero sentía una fuerza invisible que lo empujaba a no apartar la mirada.
No era solo morbo. Era otra cosa. Una conexión primitiva, salvaje, animal.
El hecho de poder poner precio al sufrimiento ajeno le había parecido, al mismo tiempo, monstruoso y alucinante, y tenía que reconocer que había experimentado sensaciones nuevas, inquietantes, excitantes...
Tanto, que lo habían dejado hipnotizado.
No se trataba solo de matar, sino de mostrar los límites del ser humano.
Volvieron al recinto varias noches después.
Distinta víctima, distintas pruebas, pero el mismo verdugo.
El ambiente era tan violento como en la ocasión anterior, pero esta vez, sin embargo, algo cambió para él.
Dejó de ser un mero espectador para empezar a apostar, anticipando los movimientos del prisionero, tratando de adivinar cuáles eran sus límites al dolor.
Sintió cómo algo dentro de él se había activado y disfrutó de cada apuesta.
El colombiano lo observaba con atención y, cuando vio que su socio español seguía fascinado, le lanzó una propuesta inesperada:
—Esto está creciendo, y lo estamos llevando a otros países —explicó mientras encendía un puro—.
La gente está dispuesta a pagar por algo real, emocionante, bestial...
Y esto lo es —asintió con seguridad—. Si quiere, podría ser nuestro hombre en España.
El veinte por ciento de lo recaudado con la entrada y las apuestas sería para usted.
Hizo un cálculo mental rápido y concluyó que estaban hablando de muchísimo dinero. Pero también había riesgo.
—Yo no sabría ni por dónde empezar a organizar todo esto. Me viene demasiado grande —se excusó, aunque la idea le rondara la cabeza.
—Tendrá mi respaldo, que para eso me llevaré un buen pellizquito.
—Sonrió mostrando su diente de oro—. El verdugo siempre es el mismo, y de las víctimas me encargo yo: vagabundos de la zona a los que nadie echará de menos.
Y podrá decidir quién puede acceder al juego y quién no. Confío en usted, socio. Piénselo bien.
Durante unos días no pensó en otra cosa.
El dinero que ganaría era muy tentador, sí, pero no era solo eso.
Era la fascinación que le había creado aquella mezcla de poder y control.
Era algo distinto, algo grande, adictivo.
Solo cuando su socio le aseguró que no estaría solo y que siempre contaría con su apoyo y protección, aceptó.