Veredicto Capítulo 38. Laia
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Capítulo 38. Laia

LAIA

Al terminar la sesión, los miembros del jurado se dirigieron a la sala de descanso. Algunos comenzaron a recoger sus cosas, mientras otros, sin prisa, se acomodaron en los asientos y se sirvieron un café.

Agustín, apenado, seguía sin creer que el acusado hubiera matado a nadie. Rosi arremetía contra el jefe de la investigación, alegando que se le había metido el chaval entre ceja y ceja desde el principio. Y otros, como Jontxu, seguían sin tomárselo demasiado en serio.

Laia escuchaba en silencio mientras recogía sus cosas. El episodio de Aroa era demasiado reciente y percibía cierto resquemor hacia ella. Mejor estar callada. Se puso la chaqueta, se despidió de ellos y salió de los juzgados.

Había quedado con Iker para comer y decidió ir andando desde la sede de la Audiencia Provincial de Gipuzkoa hasta su casa.

El cielo se había cubierto de nubes grises.

Era un día triste, como el ánimo que arrastraba ella.

El juicio estaba llegando a su fin y, desde el principio, todo había resultado demasiado confuso, caótico.

Su entusiasmo inicial y las ganas de realizar un buen trabajo se habían ido diluyendo por el camino, y no podía evitar un sentimiento similar al de la derrota.

Al llegar a casa, el aroma familiar de las alubias recién hechas de su madre la envolvió por completo.

—¡Ya era hora! —la recibió ella desde la cocina—. Venga, que se enfrían las alubias. Se las he comprado a Bittori, la del mercado de La Bretxa, y me ha dicho que son de Tolosa, de las buenas buenas.

Laia sonrió. Su madre era una extraordinaria cocinera, y parte de su secreto recaía en recorrerse todos los puestos del mercado hasta encontrar el mejor género.

—¿Qué tal ha ido hoy? —le preguntó Iker sentándose a la mesa.

—¿Quieres la versión corta o la larga? —Laia suspiró—. Tengo tal bombardeo de información en la cabeza que ya no sé ni por dónde me da el aire.

—¿No se tenía que haber terminado ya el dichoso juicio? —intervino su madre mientras servía una generosa ración de alubias con sacramentos a cada uno de sus hijos.

—Hoy debería haber sido la última sesión. Ahora estaríamos deliberando, pero se ha retrasado un día por varios contratiempos.

Iker la miró con una media sonrisa. Sabía que uno de esos contratiempos lo había provocado ella, pero prefirió no decir nada delante de su madre. Si se enteraba, no haría otra cosa que lamentarse por la pobre Aroa.

—¿Y tú qué? —Laia se dirigió a su hermano cambiando de tema—. ¿Has encontrado algo?

La noche anterior le había puesto al corriente de sus últimos descubrimientos, que no eran gran cosa.

—He seguido intentando encontrar una conexión entre las tres víctimas.

—Mejor harías en dejarte de investigaciones y tonterías en horas de trabajo —le reprendió su madre—. Te van a acabar echando.

—Tranqui, ama. Lo he hecho en mis ratos libres —mintió con desparpajo—. Además, ya sabes cómo es tu hija cuando algo no le cuadra. Puede llegar a ser muy insistente.

Laia sonrió. No le faltaba razón.

—Después de repasar todo lo publicado sobre Kepa Muñoa, he intentado relacionarlo con el cantante de rock , pero no he sido capaz de encontrar nada.

El nombre de Gorka Téllez no aparece por ningún lado en los datos de la empresa donde trabajaba Kepa, ni en el club cicloturista.

Se me ha ocurrido que, al ser cantante, quizá habrían coincidido en el coro Easo, donde cantaba Kepa, pero tampoco.

A Téllez le iba más el rock que las sinfonías y las óperas.

Además, creo que ni siquiera sabía solfeo.

Se juntó con unos colegas, montaron un grupo y se pusieron a tocar.

—¿Y si Gorka tuvo relación con los hijos de Kepa? —preguntó Laia.

—Lo he pensado, pero nada. Después de examinar cuatrocientas mil fotos en los perfiles de Facebook de los tres y del resto del grupo, no he encontrado nada. No hay ni rastro de los hijos de Muñoa en ningún concierto de Garraxi. Así que me he puesto con la vieja.

—¡Oye! —protestó su madre—. Viejos son los trapos.

—Vaaaale. Me he puesto con la anciana, pero ha sido todavía más difícil. Según la prensa de la época, salía poco de casa. Iba al centro de jubilados y poco más. Trataba con muy poca gente. Así que, hermanita, esto no hay por dónde cogerlo.

—¿Y qué os pensabais pues? —intervino su madre levantando la barbilla—. ¿Que ibais a poder relacionarlos vosotros cuando la policía no pudo? Anda que...

—Tienes razón, ama, y yo me planto. —Laia alzó los brazos mostrando las palmas de las manos en señal de rendición—.

Esto nos queda grande. No sé en qué momento pude pensar que iba a sacar algo en claro.

Coincidí con dos de ellos en el mismo sitio, cuando ocurrió un desgraciado accidente que presenciamos los tres, pero eso no significa absolutamente nada.

—Me ha dicho Iker que la chica murió —comentó su madre—. Pobre hija...

—Así es. Y no me lo explico. ¡Os juro que estaba bien! Tampoco entiendo que su madre falleciera ese mismo día. La esquela era de las dos. ¿Qué sentido tiene eso?

Su madre se santiguó varias veces con expresión sombría. Sin duda, se había imaginado a ella misma compartiendo esquela con su hija, y la imagen le pareció terrible.

—Puedes preguntárselo a su hermano —respondió Iker con una sonrisa—. Tengo su dirección en Francia.

—¿¡Qué!? ¿Cómo la has conseguido?

—Porque soy un hacha —fanfarroneó—. Y por la plusvalía de la venta del piso.

—Eres un artista. —Laia le dio una palmada en el hombro mientras su madre lo miraba con escepticismo, convencida de que le iría mucho mejor si dedicara tanto empeño a su trabajo, en lugar de perder el tiempo en otras cosas.

—De hecho, he encontrado dos plusvalías a su nombre: una por la venta del piso que compró él y otra por el que heredó de sus padres. Y en ambas viene la misma dirección de Hendaya.

Laia se quedó pensativa unos segundos. Se había dado por vencida en cuanto a las víctimas del asesino de Gros.

No tenía sentido seguir hurgando. Y el hecho de quedarse sin saber qué le ocurrió exactamente a la chica del accidente no le gustaba en absoluto.

No soportaba quedarse con la duda: si había malinterpretado sus palabras, si no había sabido ver la gravedad real...

Podía pasarse la tarde buscando a Sergio Morales Ruiz en redes sociales, escribirle un mensaje y esperar una respuesta que quizá nunca llegaría.

O podía plantarse en Hendaya en tan solo veinticinco minutos. Y eligió lo segundo.

Cogió las llaves del coche de su padre y se despidió de su madre y de su hermano. Aunque no lo encontrara, al menos pasaría la tarde en un lugar tan bonito como Hendaya, una ciudad de playa y frontera en continuo movimiento.

Aparcó cerca de la dirección que le había dado Iker.

Era un edificio de tres plantas, con contraventanas azules y un pequeño jardín delantero.

Desde el asiento del conductor, podía ver con claridad la puerta del portal.

Apagó el motor y sacó el móvil. Buscó el perfil de Laura Morales Ruiz en Facebook y se puso a husmear en él.

Su cuenta seguía activa, aunque no se publicaba nada desde 2007.

Comenzó a curiosear entre las fotos: viajes, cenas, encuentros con amigas...

y una imagen con fecha del 31 de diciembre de 2006 en la que Laura aparecía con dos personas más: una mujer en silla de ruedas y un joven.

Laia supuso que serían su madre y su hermano.

Los tres sostenían un matasuegras en la mano y sonreían a la cámara.

Pasaron los minutos y Laia dudó. ¿Debía acercarse al portal y tocar el timbre? ¿Qué le iba a decir? «Hola, no me conoces de nada, pero yo vi cómo tu hermana se estrellaba contra un árbol y hablé con ella antes de que muriera». No, no podía hacer eso. Parecería una lunática.

Estaba aún dándole vueltas cuando una pareja salió del portal junto a una niña de unos nueve o diez años.

Laia se incorporó en el asiento para verlos mejor.

Él era alto y de complexión atlética. Ella era más baja, pero tenía una figura estilizada también.

El pelo largo y liso le caía por la espalda, y unos pantalones ceñidos remarcaban su silueta.

La niña, en medio de ambos, llevaba una mochila rosa fucsia con grandes letras de colores y la foto de varios personajes de alguna serie de televisión.

Laia miró al hombre y volvió a mirar al móvil. Era él. No había duda. Lo reconoció de inmediato por la foto de aquella Nochevieja, aunque hubieran pasado bastantes años.

Los observó mientras avanzaban por la acera. Se bajó del vehículo y los siguió con discreción. Primero entraron en una frutería, luego en una carnicería. No parecían tener prisa. Al pasar por una cafetería cuyo logo era un gran croissant dorado, entraron y se sentaron en una mesa.

Esperó unos minutos en la acera, dudando en cómo abordar la situación.

Cuando más o menos lo tuvo claro, entró y se acercó a la mesa donde la pareja se había sentado junto a su hija.

La niña había abierto la mochila, había sacado un montón de papeles, pinturas y lápices que puso sobre la mesa y se entretenía pintando.

Se acercó con paso firme.

—Perdona, ¿tú eres Sergio, el hermano de Laura? —preguntó con una sonrisa en los labios.

Sergio alzó la vista sorprendido. Era raro que alguien lo relacionara con su hermana en Hendaya, y más aún después de tantos años. Su mujer también se giró hacia Laia y la observó con atención.

—Sí —respondió él tras una breve pausa—. ¿Nos conocemos?

—Tú a mí puede que no, pero creo que te vi alguna vez con ella. Laura y yo íbamos juntas a clase de spinning . Hace ya mil años.

Laura había subido a su perfil de Facebook algunas fotos con amigas durante una de esas clases. Laia cruzó los dedos. Esperaba no haber metido la pata.

Sergio asintió, aún desconcertado.

—Vaya memoria...

—Sí, tengo una habilidad especial para quedarme con las caras —dijo ella encogiéndose de hombros.