Capítulo 37. Lander
LANDER
Desde su ingreso en prisión, Lander había aprendido a sobrevivir en un mundo que no era el suyo.
Lo peor no era la falta de libertad. Lo peor eran las miradas, los rumores y el miedo.
Un miedo constante que se le había instalado en lo más hondo de su ser y que no lo abandonaría hasta que estuviera fuera de esos enormes muros de piedra.
En un mundo que prefería no haber conocido, pronto aprendió a no levantar la voz, a no hacer preguntas y a no confiar en nadie.
Y, sobre todo, a callar. Aun así, ser el hijo de Josean Foronda no ayudaba.
Ser el presunto asesino de su compañero de piso, tampoco.
Muchos días le costaba recordar qué día de la semana era, de qué mes.
Pero los últimos días habían sido diferentes.
El juicio había supuesto un paréntesis extraño dentro de su encierro.
Una forma de romper la opresiva rutina de la cárcel, aunque la presión de las miradas del jurado, de los periodistas y de los curiosos lo habían hecho sentirse como un animal enjaulado.
Quizá incluso más cautivo que dentro de la propia prisión.
Había aguantado todas las declaraciones con estoicismo.
Y, sobre todo, había soportado las mentiras.
La sarta de afirmaciones falsas que había tenido que escuchar sin poder levantarse y gritar que no eran ciertas lo había consumido por dentro.
Pero esta vez sería distinto. Por fin le tocaba hablar.
Por primera vez, sería él quien contara la verdad.
Silvia le había explicado que tenía derecho a no declarar contra sí mismo y a no confesarse culpable.
Por lo tanto, podía elegir a quién quería responder: a la defensa, a la acusación, a ambos o a ninguno.
Él lo tenía claro: quería hablar, pero acordaron que solamente respondería a su abogada.
No sabían por dónde podía salir Vilariño, y exponerse a sus preguntas era demasiado arriesgado.
Habían preparado el interrogatorio a conciencia. Sabía lo que quería decir y cómo debía hacerlo. Estaba preparado.
El testimonio anterior había vuelto a dejar en evidencia al jefe de la investigación, esta vez por su inquina hacia los Foronda. Era un buen momento para hablar y romper su silencio.
Tras un descanso de veinte minutos, la sala fue llenándose de nuevo poco a poco.
Tal y como había solicitado la defensa al inicio del juicio, Lander sería el último en testificar, y la expectación era enorme.
Lo haría desde su sitio, sin necesidad de levantarse ni de ocupar la silla de los testigos.
Silvia, sentada a su lado, encendió el micrófono.
Dirigiéndose a la magistrada, le pidió permiso para tutear al acusado.
La jueza Solozábal no puso objeción y aceptó la petición.
Silvia se volvió hacia Lander y apoyó su mano en el brazo del chico, en un gesto apenas imperceptible para el resto, pero de vital importancia para él. Sabía cómo tranquilizarlo.
Y entonces, por primera vez en todo el juicio, le habló directamente delante de todos los presentes.
—Lander —dijo con suavidad, mirándolo a los ojos—, vamos a ir poco a poco. Sé que hay muchas cosas que quieres explicar, y vas a poder hacerlo, ¿de acuerdo? Solo tienes que responder con sinceridad.
Lander asintió.
—Vamos a empezar por tu relación con Borja. Sabemos, porque lo hemos escuchado aquí, cómo os conocisteis. Pero dime: ¿de verdad fuisteis tan amigos desde el principio?
—Sí, lo fuimos —respondió Lander. Era la primera vez que oían su voz en la sala y el silencio era absoluto—.
Fue él quien se acercó a mí en la cafetería del campus, y desde el principio me pareció un buen tipo.
Nos hicimos amigos enseguida, y le presenté a mi grupo.
A ellos también les cayó bien. Empezó a salir con nosotros y, unos meses después, me dijo que tenía que dejar su piso y no tenía adónde ir.
Me pidió quedarse conmigo hasta que encontrara otra cosa y le dije que sí.
—¿Y qué tal fue la convivencia? ¿Cuándo empezaron los problemas?
—La convivencia fue bien durante unos meses, hasta que un día me chantajeó. No me lo podía creer. Parecía otra persona. De un día para otro se había transformado.
—Háblanos del vídeo con el que te chantajeó. Nunca ha sido hallado, por lo que no puede ser considerado una prueba en este juicio. Pero dime, ¿era tan grave como para que la policía piense que lo mataste por eso?
—Borja me grabó haciendo algo ilegal. Me amenazó con subirlo a las redes y quise evitarlo a toda costa.
Desde que mi padre se hizo famoso por sus chanchullos, todo el mundo me conoce.
Y a los medios les habría encantado la historia: el hijo de uno de los hombres más odiados de la ciudad cometiendo una ilegalidad, y encima en un cementerio.
Me habría caído una denuncia, además de la humillación que tendría que soportar por haber hecho una estupidez como esa.
Por eso, le di a Borja los cinco mil euros, creyendo que ahí acabaría todo.
—¿Y acabó?
—No. Volvió a por más, pero esta vez no se lo di. Si lo hubiera hecho, habría habido una tercera vez, una cuarta...
—Háblame del día de su muerte. Según los miembros de tu grupo, te reuniste con ellos sobre las once de la noche, pero luego te marchaste enfadado. ¿Sabían ellos lo del chantaje?
—No. Decidí no contarles nada por varias razones —explicó—. La primera, que me daba vergüenza reconocer que no tuve ningún problema en conseguir cinco mil euros y dárselos casi al momento.
Hizo una pausa y bajó la mirada unos segundos.
—Sé cómo suena eso, pero al que anda justo de dinero le revienta ver que al de al lado le sobra.
Yo no llevo una vida de lujo como mi padre, ni voy presumiendo de lo que tengo, pero si les decía que le había soltado cinco mil euros a Borja como quien paga una multa de aparcamiento, me iban a ver de otra manera.
Silvia asintió levemente, animándolo a seguir.
—Y tampoco quería que nadie del grupo se fuera de la lengua.
Eso de confiarle un secreto a alguien y pedirle que no se lo cuente a nadie...
nunca funciona. Lo sé yo y lo sabe todo el mundo.
El secreto se habría convertido en rumor, y habrían empezado las especulaciones: qué contenía el dichoso vídeo, por qué había pagado tanto...
La bola se haría cada vez más grande y volvería a ser el centro de atención.
—De acuerdo. Volvamos a la noche en cuestión. ¿Qué pasó cuando te reuniste con tus amigos? —recondujo Silvia.
—Sabían que Borja y yo nos habíamos enfadado, pero no sabían por qué. No quise contarlo, me presionaron y me largué.
—¿Fuiste directo a casa?
—No. Me fui al parque de Aiete a estar tranquilo un rato. Es un lugar al que suelo ir..., solía ir bastante a menudo. Me gusta ese sitio, me da tranquilidad. Me fumé un par de porros sentado en un banco y, cuando me harté, me fui a casa.
—Has visto las imágenes de las cámaras. No son nada nítidas y la policía ha determinado que no son concluyentes, pero dime: ¿eres tú la persona que se ve en esas imágenes?
—Sí, soy yo —respondió sin dudar.
—Bien. ¿Qué ocurrió cuando llegaste a casa? ¿Qué hora era?
—Llegué sobre la una y diez, una y cuarto de la madrugada, y encontré a Borja muerto en el salón.
Corrí hacia él y vi el charco de sangre.
No tengo ni idea de primeros auxilios, pero coloqué mis dos manos sobre su pecho y comencé a presionar, una y otra vez.
Es lo que suelen hacer en las películas —añadió encogiéndose de hombros—.
No sé cuánto tiempo estuve así, pero no conseguí nada.
—Según la policía, tardaste al menos siete minutos en llamar a emergencias. Es mucho tiempo para estar intentando reanimar a alguien. ¿Hiciste algo más? Esa noche declaraste que te habías quedado en shock .
—Sí, eso fue lo que dije..., pero no era verdad.
Cuando vi que Borja no reaccionaba, que estaba muerto, me puse a buscar su móvil y su ordenador.
Quería recuperar el vídeo. Pero allí no había nada.
Entonces llamé al 112. No quería contar lo del chantaje para que no pensaran que había sido yo.
Y justo eso fue lo que pensaron cuando lo descubrieron por mi móvil.
—¿Manipulaste algo en la escena del crimen?
—Nada. Solo traté de encontrar el vídeo, pero allí no había ni rastro de sus dispositivos. Solo quedaba el cable del portátil.
—A lo largo de la investigación, ¿notaste que la policía te diera el beneficio de la duda en algún momento?
—Para nada. Fueron educados conmigo, pero me señalaron desde el minuto uno.
Para ellos, yo ya era culpable. Ni siquiera se plantearon otra opción.
De hecho, esa misma noche, mientras me cambiaba de ropa y se la entregaba para que la analizaran, escuché a dos ertzainas hablando mientras creían que yo no los oía.
Uno le dijo al otro que no le extrañaba nada, que «de tal palo, tal astilla».
Y el otro le contestó que los hijos de puta, por lo general, engendran más hijos de puta.
Silvia hizo una pausa a propósito. Quería que el jurado asimilara bien las últimas palabras de Lander.
—¿Tenías costumbre de apagar el ordenador cuando no estabas en casa o solías dejarlo encendido?
—Casi nunca lo apagaba. Dejaba la sesión abierta para las copias de seguridad y la sincronización de los trabajos de la universidad en Google Drive.
—¿Conocías la historia del asesino de Gros? ¿La habías estudiado en clase?
—Sí. La estudiamos en la asignatura de Perfilación Criminal. El profesor nos mostró varios casos de asesinos en serie con patrones similares, y uno de ellos fue el del asesino de Gros.
—¿Se mencionó algo sobre un dedal en esas clases?
—En absoluto. Si el profesor hubiera conocido ese dato, estoy seguro de que lo habría compartido con nosotros. Pero no lo hizo.
Silvia respiró hondo. La siguiente era, sin duda, la pregunta más importante de todas.
—Lander, ¿mataste tú a Borja Miranda?
—No —respondió con rotundidad.
—¿Sabes quién lo hizo?
—No. Solo sé que no fui yo.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
Lander se irguió en su asiento. Esta vez no miró a Silvia. Se giró ligeramente y clavó la mirada en el jurado.
—Porque yo era la opción más rápida y sencilla. Y porque quien tenía el deber de buscar la verdad prefirió no hacerlo.
Silvia le cogió la mano a la vista de todos y la apretó con afecto.
—Esto es todo, señoría. Hemos terminado.