Capítulo 36. El juicio - Día 6
El reloj marcaba las nueve de la mañana en punto cuando dio comienzo la sexta sesión del juicio.
Los miembros del jurado ocupaban sus asientos en silencio.
Parecían más tensos de lo habitual y se les veía cansados.
El día anterior no había habido sesión, suspendida primero por la expulsión de un miembro del jurado y después por un contratiempo del que nadie les había querido decir nada.
El proceso se estaba alargando y los días pesaban cada vez más.
Silvia Legarre había llegado temprano. El descubrimiento de Greta había resultado ser muy beneficioso para su estrategia, y no pensaba desaprovecharlo.
A Lander, sin embargo, no había querido contarle demasiado.
Tan solo le explicó que había dado con una información relevante que jugaba a su favor.
Él no preguntó de qué se trataba. Simplemente asintió con un leve movimiento de cabeza.
El proceso estaba siendo emocionalmente devastador.
Aun así, que el juicio se alargara un día más no le parecía una mala noticia.
Cualquier cosa era mejor que estar en la cárcel.
Un murmullo leve recorrió la sala cuando la jueza Solozábal tomó asiento y ordenó al auxiliar que hiciera pasar al testigo. Silvia se sentía más que preparada para interrogar a la única persona que lo haría por segunda vez.
Todos los ojos se volvieron hacia la puerta lateral de la sala.
La figura que apareció hizo que los miembros del jurado, así como parte del público, se miraran entre sí, confusos.
Era el ertzaina Javier Larrañaga, jefe de la investigación policial, el mismo al que Silvia había acusado de incompetente por no haber seguido todas las líneas de investigación y de mentiroso por haber ocultado pruebas.
Larrañaga entró con paso firme y tomó asiento. No parecía estar de muy buen humor.
Silvia se levantó despacio, se colocó frente a él y pidió la venia después de que la magistrada lo presentara. Comenzó el interrogatorio.
—Buenos días, oficial. Gracias por volver a comparecer.
Larra asintió con un leve movimiento de cabeza.
—Preferiría no andarme con rodeos e ir al grano, si me lo permite. Así que le voy a hacer una pregunta directa: ¿sabe usted que existe un vídeo en YouTube en el que aparece portando una pancarta?
—No sé de qué vídeo me habla —respondió él frunciendo el ceño.
—No es un vídeo reciente. Se grabó hace unos años, durante una manifestación que recorrió varias calles de la ciudad. En las imágenes se ve claramente cómo usted sostiene una pancarta junto a otras personas. ¿Recuerda el motivo de esa protesta?
Larra se revolvió en su asiento. El primer interrogatorio había sido muy agresivo, y todo indicaba que este no sería distinto.
—No se preocupe —se anticipó Silvia—. Se lo recordaré.
El lema que figuraba en la pancarta era: «Lurberri, devuélvenos la Parte Vieja».
Y el grito que coreaban los manifestantes una y otra vez era «Foronda kanpora », que significa, literalmente, «Foronda fuera».
Aclárenos una cuestión, por favor. Ese Foronda al que se refiere, ¿es el padre del acusado?
—Sí —Larra lo admitió visiblemente incómodo.
—Permítame explicar algo al jurado. —Silvia se giró hacia ellos—.
Lurberri es una gestora inmobiliaria muy cuestionada por sus prácticas.
Su objetivo principal es adquirir pisos en la Parte Vieja de Donostia para transformarlos en apartamentos turísticos, desplazando a los vecinos de toda la vida.
En el año 2021, el medio Donostia Press destapó que el verdadero propietario de esta empresa, a través de sociedades interpuestas, es el empresario Josean Foronda, padre de mi defendido.
Algunos miembros del jurado asintieron, dando a entender que conocían esa información. Otros, como Laia y Jontxu, levantaron las cejas y se mostraron sorprendidos.
—Dicho esto, ¿puede explicarnos qué hacía usted en esa manifestación?
—Protestar, como el resto —respondió él con firmeza—. Esa gestora ha hecho mucho daño. Ha transformado uno de los barrios más emblemáticos en un avispero de turistas, donde no hay más que ruido y masificación.
—¿Tiene usted alguna vinculación personal con el barrio?
—Yo crecí en la Parte Vieja.
—¿Considera que las prácticas de esa gestora son... agresivas?
—No es que lo considere. Es que lo son.
—Ya... ¿Y usted lo sabe porque...?
Silvia dejó la frase suspendida en el aire a fin de que Larra explicara su verdadera motivación para estar en aquella manifestación.
Pero él se mantuvo en silencio, dispuesto a responder solo si la pregunta era directa.
Silvia entendió el juego y decidió dar la explicación por él.
Después de que Greta le enseñara el vídeo, había tirado del hilo y venía preparada.
—Tengo entendido, oficial, que su madre, hasta hace unos años, residió en la vivienda en la que usted se crio.
Es decir, en su casa de toda la vida. Poco a poco, la empresa Lurberri fue haciéndose con las propiedades del edificio, pero su madre se negaba a abandonar su hogar.
En vista de esto y a falta de ese piso para poder convertir todo el bloque en apartamentos turísticos, comenzaron las presiones.
Primero, obras interminables en las viviendas colindantes.
Después, cortes de luz y agua aparentemente accidentales, averías en el ascensor...
Pero eso no fue todo. ¿Qué ocurrió debido a una fuga de gas?
—Mi madre se intoxicó mientras dormía —reconoció Larra con rabia—. Tuvo que ser hospitalizada.
—Lamento mucho oír eso. —Silvia se mostró sincera—. Espero que se haya recuperado.
—Sí, ahora está bien.
—¿Sigue su madre viviendo allí o se tuvo que marchar de la Parte Vieja?
—Vivir allí se convirtió en una pesadilla. Tuvo que vender el piso y ahora vive conmigo.
—Debo reconocer que no me sorprende que usted participara en cualquier manifestación que se hiciera en contra de Lurberri. Yo, en su situación, también lo haría. Pero, respóndame a una pregunta: cuando se grabó ese vídeo en 2021, ¿sabía usted quién estaba detrás de Lurberri?
—Claro, como todo el mundo después de que se destapara el escándalo.
—El 21 de mayo de 2022 usted acudió al domicilio de la cuesta de Aldapeta, donde se encontró el cuerpo sin vida de Borja Miranda.
A su lado estaba Lander Foronda, su compañero de piso y quien realizó la llamada a emergencias —explicó Silvia dirigiendo el rumbo del interrogatorio por el cauce que más le convenía—.
¿Cuándo supo usted que Lander era hijo de Josean Foronda? ¿En qué momento los relacionó?
—Pues... no lo recuerdo con exactitud, pero supongo que esa misma noche. El apellido Foronda no es tan común, y me suena que alguno de los presentes lo mencionó. No sabría decirle si fue algún sanitario, la policía uniformada, el forense... No lo sé.
Silvia dio un par de pasos hacia él y le sostuvo la mirada con firmeza. Era el momento de recapitular.
—Vamos a ver. Usted acude a un escenario donde encuentra, junto a un cadáver, al hijo del hombre al que lleva años considerando el responsable del sufrimiento de su familia.
Y, casi desde el principio, lo señala a él como culpable, descartando otras líneas de investigación y ocultando información.
¿Tenemos que creernos que su animadversión pública hacia Josean Foronda no influyó en su criterio?
La tensión en la sala se podía cortar con un cuchillo. Todos los presentes habían fijado la mirada en Javier Larrañaga.
—Le aseguro que no influyó —respondió con rotundidad.
—¿Ni siquiera un poco?
—He trabajado en multitud de casos con absoluta profesionalidad, y este no fue una excepción. —Tenía los puños apretados y hablaba con firmeza—. Además, había pruebas suficientes.
—¿Suficientes o convenientes? —añadió Silvia mientras notaba cómo varios de los miembros del jurado asentían mostrándose de acuerdo con ella.
Larra la miró irritado. Sabía que no podía negar la ocultación del pendrive porque había quedado más que demostrada.
—No dudo de que sea un buen profesional, oficial, pero también es humano.
Y es comprensible que sintiera rabia hacia quien causó tanta angustia a su madre.
Verla abandonar el hogar donde se criaron, hospitalizada por una fuga de gas...
No es tan descabellado pensar que quisiera que pagara el hijo, ya que el padre no lo iba a hacer.
—¡Le he dicho que no! —exclamó Larra alzando la voz—. ¡Y no le voy a permitir que cuestione mi profesionalidad! Hice lo que tenía que hacer. ¡Ni más, ni menos!
—No, oficial —replicó ella con contundencia—. Ahí se equivoca. Lo que tenía que hacer era informar a sus superiores del conflicto de intereses y apartarse de la investigación, en lugar de continuar con el caso y decidir, a la primera de cambio, que mi defendido era culpable.
Silvia se giró con decisión hacia la magistrada, sin concederle a Larrañaga la posibilidad de contestar. Disfrutaba dejándolo con la palabra en la boca.
—No hay más preguntas, señoría. —Era consciente de que sus últimas frases ya habían sido lo suficientemente contundentes y no necesitaba más.
La jueza Solozábal esperó unos segundos y le dio permiso al fiscal para interrogar al testigo. Daniel Vilariño se levantó despacio y se colocó frente a Larrañaga. Esta vez fue mucho más breve que la anterior ocasión en la que lo había interrogado.
—¿Considera usted que los indicios para detener al acusado eran sólidos?
—Sí, lo eran —Larra utilizó un tono más calmado.
—¿Cree que, a pesar de su situación personal con respecto a la familia del acusado, actuó conforme al procedimiento y con la profesionalidad que exige su cargo?
—Sin ninguna duda.
—Usted no llevó esta investigación en solitario. Hubo más agentes, un juez instructor, un fiscal... Puede que usted tuviera un conflicto personal con el caso, pero el resto no. ¿Estuvieron todos ellos de acuerdo con su conclusión respecto a la culpabilidad del acusado?
—Así es. A ellos les daba igual si el acusado se llamaba Lander Foronda o Perico el de los palotes. Y, aun así, lo vieron tan claro como yo.
Vilariño asintió con una leve sonrisa, satisfecho con la contundencia de la respuesta.
—No hay más preguntas, señoría.