Veredicto Capítulo 35. Silvia #2
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Capítulo 35. Silvia #2

Salieron de casa como cada mañana, llevó a Mikel al colegio y esperó frente a la puerta hasta verlo entrar.

Después, arrancó el coche de nuevo y condujo hasta los juzgados.

Como si estuviera custodiando el santo grial, salió del coche con el maletín bien sujeto bajo el brazo.

Sabía la magnitud de lo que había en su interior y no podía evitar agarrarlo con fuerza.

Sintió la vibración de su teléfono móvil justo cuando estaba a punto de subir las escaleras centrales de entrada al juzgado.

Se detuvo, sacó su BlackBerry de última generación y miró la pantalla.

Mostraba un número que parecía extranjero, y los últimos cuatro dígitos le llamaron la atención: 7777. Descolgó.

—¿Sí? ¿Dígame?

—Detente. No entres en los juzgados —le ordenó una voz distorsionada desde el otro lado de la línea. Sin duda, era una voz manipulada con un modulador. Imposible saber si era hombre o mujer. Imposible identificar la edad o el acento.

—¿Perdón? —respondió ella desconcertada.

—No entres en el edificio. Da la vuelta y dirígete a tu derecha. Cruza la carretera y entra en la calle Manterola. Busca el número 7.

—¿Cómo dices? ¿Por qué iba a hacer eso? ¿Quién eres?

—Alguien que puede hacerle mucho daño a tu familia y que se va a encargar de que la persona que te ha hecho llegar la información que llevas en el maletín pague por habértela entregado.

Silvia se quedó paralizada y agarró aún con más fuerza el maletín.

—Esta información va a ver la luz y todos los depravados que formáis parte de esto terminaréis entre rejas —se encaró ella.

No oyó nada al otro lado de la línea durante unos segundos. Por un momento, pensó que la llamada se había cortado, pero no tardó en descubrir que no era así.

—Mira en tu móvil. Te hemos enviado una foto.

Sin colgar la llamada, Silvia bajó lentamente la mano que sostenía el teléfono y abrió la aplicación de mensajes.

Tenía un nuevo SMS, enviado desde el número de los sietes.

Dentro, una imagen. La abrió con un mal presentimiento y tardó apenas un segundo en reconocer la escena: era su hijo Mikel en el patio del colegio.

Vestía la ropa que ella había elegido para él esa misma mañana.

Se tapó la boca con una mano y dejó escapar un sonido ahogado. Las piernas le temblaban, se tambaleó y tuvo que apoyarse en la pared de piedra del juzgado para no desplomarse. Le costaba respirar.

—Tú eliges si quieres que le hagamos daño o no —continuó la voz metálica—. Si quieres mantenerlo a salvo, haz exactamente lo que te decimos. Ve a la calle Manterola número 7 y entra en el portal.

Silvia no respondió. Estaba demasiado aterrada como para discutir o preguntar nada. Su instinto de madre se impuso a todo lo demás y, sin soltar el teléfono, comenzó a cruzar la calle.

Apenas unos segundos después, se plantó frente al número 7 de la calle Manterola, un edificio situado en una calle perpendicular al juzgado.

Tenía cuatro plantas, con balcones forjados de hierro negro y miradores altos enmarcados por madera blanca.

A un lado del portal, un garaje cerrado; al otro, un pequeño comercio con la persiana aún a medio subir.

En cuanto se acercó a la puerta de entrada, el zumbido del portero automático sonó, y solo tuvo que dar un pequeño empujón para abrirla y entrar. La estaban vigilando. Lo sabía.

—Al fondo, a la izquierda, hay un cuarto de contadores. Deja el maletín en el suelo y cierra la puerta.

—En el maletín tengo documentación personal, anotaciones...

—No se te ocurra sacar nada —la interrumpió la voz metálica.

Silvia obedeció sin decir una palabra. Recorrió el portal de techos altos y baldosas de colores sintiendo cómo el contacto con el maletín le abrasaba la mano.

Al llegar al fondo, abrió la puerta metálica del cuarto de contadores.

Olía a humedad y había mucho polvo, y dejó el maletín en el suelo, junto a una caja de fusibles.

—¿Existe alguna otra copia de la documentación?

Silvia tragó saliva. Le temblaba el cuerpo, pero logró mantener la voz firme.

—No, ninguna —mintió haciendo acopio del coraje que le quedaba.

Después, como si el mero hecho de haber sido capaz de mentir le diera fuerza, se atrevió a levantar la voz.

—¡Más os vale no tocar a mi hijo!

—Tranquila. Tu hijo está perfectamente, y lo seguirá estando si cumples las reglas.

Silvia contuvo unas ganas enormes de gritar. Amenazándola con hacerle daño a Mikel, la tenían justo donde querían.

—¿Qué reglas? —preguntó con rabia.

—Nunca revelarás el contenido de esos documentos. Nunca. A nadie. Si lo haces, lo sabremos. Y entonces iremos a por ti y a por los tuyos.

Silvia no respondió. Sabía que la estaban observando y no quería darles el gusto de verla derrumbarse.

—Ahora —continuó su interlocutor con un tono frío y amenazante—, ve al juzgado y abandona el juicio con cualquier excusa.

—No puedo hacer eso.

—Claro que puedes, y lo vas a hacer. ¿O quieres que te repita lo que ocurrirá si no lo haces?

Apretó los dientes contra su labio inferior. Quería gritar, llorar, coger el teléfono y estrellarlo contra la pared, pero debía mantener la calma. Inspiró hondo varias veces.

—Recuerda —dijo la voz al otro lado a modo de despedida—. Si tú cumples, nosotros cumplimos.

La llamada se cortó de repente. Silvia guardó su móvil en el bolso con manos temblorosas, regresó rápidamente a los juzgados y se metió en un baño. Con la espalda apoyada contra los fríos azulejos de la pared, se desmoronó. Necesitaba recuperar el aliento y decidir qué debía hacer.

Al cabo de un rato, se recompuso y pidió hablar con el juez. Cuando este la recibió en su despacho, improvisó lo mejor que pudo.

—No me encuentro bien. Necesito que me vea un médico —dijo cubriéndose el vientre con ambas manos.

El magistrado la observó con preocupación.

—Ahora mismo llamo a una ambulancia.

—No, no es necesario. Puedo conducir. Gracias.

Antes de que nadie pudiera decir nada más, recogió sus cosas y salió del despacho. Al atravesar el pasillo, se cruzó con la abogada de Antonio Hervás. Sabía que le debía una explicación y se detuvo apenas un segundo.

—Lo siento. Creía que tenía algo importante, pero me equivoqué. Ha sido un error.

Ni siquiera esperó a ver la reacción de la abogada. Sabía que no se lo creería y que sospecharía de su repentina retirada. Ana no era tonta, pero ella no podía hacer otra cosa. Solo rezar para que no indagara demasiado y no la metiera en problemas.

Se dirigió a su coche con paso rápido, arrancó y condujo directa al colegio de Mikel.

Necesitaba comprobar con sus propios ojos que estaba bien.

Atravesó los pasillos hasta llegar a su clase, llamó a la puerta y, al entrar, lo buscó con la mirada.

Lo encontró al fondo, con un pincel en la mano y la bata llena de manchas de pintura, concentrado en el mural que decoraría el escenario para la obra de teatro.

Sintió cómo una oleada de alivio le recorría el cuerpo.

Se recompuso y, con una excusa vaga, convenció a la profesora para llevárselo antes de tiempo.

Pasaron el resto del día juntos, en casa, jugando, cocinando y leyendo.

Y al día siguiente también. Silvia estaba demasiado asustada y necesitaba tenerlo junto a ella en todo momento.

Cuando Iñigo llamó desde el extranjero para ver qué tal iba todo, Silvia disimuló, haciendo como si no hubiera pasado nada.

—He visto a Mikel un poco raro estos días y no está yendo al cole —le explicó a su marido—. Y por fin he decidido darte la razón y tomarme un descanso.

Durante esos días, Silvia no dejó de pensar en lo que había ocurrido.

Siempre se había considerado una mujer fuerte, firme en sus convicciones, alguien que creía en la justicia y en la verdad, en hacer lo correcto incluso cuando era la opción más difícil.

Pero esta vez todo era distinto. Esta vez le habían dado justo donde más dolía.

Su familia era para ella lo más sagrado, y no pensaba ponerla en peligro, ni por este caso ni por ningún otro.

Le dolía admitirlo, pero ellos habían ganado y ella había perdido.

Aunque, en el fondo, ¿garantizar el bienestar y la seguridad de los suyos no era una forma de ganar también?

Convencida de que era lo correcto, pidió cita en la Policlínica con su ginecóloga. Le explicó que llevaba un par de días sin ir a trabajar, pero que ya se encontraba mejor. Aun así, solicitó la baja médica alegando que el nivel de estrés en la fiscalía era demasiado.

—Claro, es lo mejor que puedes hacer ahora —respondió la ginecóloga con una sonrisa amable—. Tomártelo con calma y descansar. Ya sabes que, con un niño y una recién nacida en casa, no será tan fácil hacerlo.

Silvia asintió sin imaginar que aquella decisión que parecía temporal, una pausa, acabaría siendo irreversible.

Con la llegada de Maialen y el posterior diagnóstico de su enfermedad —además del miedo que se le había metido en el cuerpo por que pudieran atentar contra su familia—, su vida daría un vuelco tan grande que la fiscalía quedaría atrás para siempre.

Y, con ella, el caso de Antonio Hervás también. Al menos en apariencia.

Porque nunca destruyó la documentación.

En su despacho, detrás de un cuadro y empotrada en la pared, la caja fuerte guardaba en su interior un gran secreto que ella conservaría por precaución, y también por estrategia.

Si algún día las cosas se torcían, si volvían a amenazarla o alguien se atrevía a tocar a los suyos, tendría con qué defenderse.

Esa sería su última bala.

Y no dudaría en utilizarla si era necesario.