Veredicto Capítulo 35. Silvia
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Capítulo 35. Silvia

SILVIA

Iñigo le había insistido varias veces a lo largo del embarazo para que cogiera la baja laboral, pero ella prefería no hacerlo. Todavía le quedaban tres meses para que su niña naciera y necesitaba mantenerse activa.

—Tienes que parar, cariño —le había dicho él esa misma mañana mientras hacía la maleta para marcharse fuera hasta el sábado—. La fecha del parto se acerca y trabajas demasiado. Ahora que no tienes a Rocío dándote la tabarra, es buen momento para tomarte un descanso.

Sabía que su marido tenía razón, pero la idea de quedarse sola en casa mientras él viajaba a Suiza y Mikel estaba en el colegio le resultaba muy poco alentadora.

El comentario de Iñigo le hizo pensar en Rocío y se dio cuenta de que, en cierto modo, la echaba de menos.

No podía negar que sintió un alivio inmediato cuando se marchó.

Había estado meses cargando con su trabajo y con parte del de su compañera, y al fin podía respirar.

Pero el alivio se mezclaba con la pena. Ver a una amiga, muy buena profesional, viniéndose abajo de esa forma le parecía muy injusto.

Ahora que ya no estaba, todo era más fácil, pero la echaba en falta.

—Encima cada vez duermes peor y se te ve cansada —oyó que insistía él sacándola de sus pensamientos.

—Estoy embarazada, no enferma. —Se negaba a reconocer que comenzaba a notar los primeros dolores de espalda—.

Y necesito distraerme. Te prometo que en las últimas semanas me centraré en Mikel y en preparar la llegada de la niña.

Además, hoy comienzo un nuevo juicio. No es un buen momento para parar.

Iñigo puso los ojos en blanco. Ambos sabían que, tras ese juicio, vendría otro, y después otro más, hasta que el parto estuviera tan cerca que no le quedara más remedio que retirarse a descansar.

A Silvia le venía muy bien estar ocupada, aunque el caso que tenía entre manos, más que distraerla, la desconcertaba: un cuerpo brutalmente torturado hallado en el maletero de un coche; el acusado, un buscavidas amigo de las apuestas ilegales, con demasiado dinero en metálico y sin pruebas a su favor; y una historia absurda sobre un tal Reta59 y unas retransmisiones inexistentes.

Todo muy rebuscado. Y, sobre todo, la sensación de que algo no terminaba de encajar.

La versión del acusado no había por dónde cogerla, de eso no había duda, pero tampoco creía que todo fuera tan simple como para que el peso del crimen recayera solo en él. Antonio Hervás no parecía el tipo de hombre que tortura a otro durante horas hasta matarlo.

A lo largo de su carrera como fiscal había aprendido a leer la mentira en la voz, en los gestos, en la mirada.

Y también el remordimiento, la culpa o el dolor sincero.

Pero en Antonio solo había visto desesperación, angustia por verse envuelto en algo cuyas dimensiones, según él, alcanzaban niveles mucho mayores.

Además, seguían sin identificar a la víctima.

Ni huellas, ni documentación, ni denuncias de desaparición que encajaran con sus rasgos. Todo muy raro. Demasiado raro.

Como fiscal, su trabajo consistía en demostrar la culpabilidad del acusado más allá de toda duda razonable, y en este caso tenía las de ganar.

Todas las pruebas apuntaban en una única dirección, y cualquier tribunal lo consideraría culpable.

Debía pedir una condena ejemplar y lo haría, pero al finalizar el primer día de juicio, abandonó los juzgados sin poder quitarse de encima la sensación de que, cuando absolutamente todo apunta, de una manera tan obvia, en una única dirección, es porque alguien se ha esforzado en que así sea.

Esa tarde, recogió a Mikel de sus clases de judo a las siete. El niño salió corriendo del vestuario con el pelo alborotado y la mochila a medio cerrar. Estaba emocionado porque había conseguido ganar un combate contra un niño un par de años mayor que él.

—¡Tenías que haberme visto, ama! Le he hecho una llave nueva y ha caído como un saco. ¡Y eso que tiene nueve años!

—¡Qué bien, maitia ! Tu hermana y yo vamos a estar superseguras contigo —le respondió Silvia con una sonrisa.

Esa noche, en su chalet de Igeldo y después de darse un buen baño, Mikel hizo los deberes mientras ella preparaba unas empanadillas de atún para los dos.

Cenaron, leyeron juntos uno de sus cuentos favoritos y Silvia arropó a su hijo a la hora de dormir.

Después, se acomodó en el salón con una taza de té caliente entre las manos.

Lo saboreó, cerró los ojos unos segundos y disfrutó del silencio.

Cuando Maialen naciera, sabía que no habría muchas ocasiones como aquella.

Se descalzó y comenzó a masajearse los pies, cada vez más hinchados.

De pronto, sonó el timbre, algo que le pareció muy extraño.

Era muy tarde para recibir visitas. Con una mano, descorrió un poco la cortina para ver quién era a través del ventanal.

Junto a la puerta, distinguió una figura con el rostro cubierto por un casco de moto. Parecía un repartidor.

Se puso las zapatillas de casa y cruzó el jardín acariciando su vientre con la mano, un gesto instintivo que repetía casi sin darse cuenta.

Abrió la puerta con precaución y se acercó al motorista, pero este, sin mediar palabra, dejó caer un sobre de color sepia a sus pies, aceleró la moto y desapareció a toda velocidad.

Silvia se quedó paralizada ante la repentina y abrupta marcha del motorista.

Cogió el sobre con sumo cuidado, como si pudiera contener una bomba a punto de estallar.

De hecho, podía ser. Que un juez o un fiscal recibiera una carta bomba enviada por la banda terrorista ETA era algo que ya había ocurrido antes.

Entró en casa, cerró la puerta con llave y bajó las persianas.

Solo entonces, en la mesa del salón, se atrevió primero a oler el sobre, consciente de que un olor amargo podía delatar la presencia de un explosivo.

Al no detectar ningún olor específico, examinó el sobre con detenimiento y lo palpó con cautela.

Cuando creyó que no había peligro, lo abrió.

Dentro encontró varias hojas impresas y un objeto pequeño y rígido, envuelto en una bolsa de plástico transparente: un disco duro portátil.

Dejó el disco duro a un lado y comenzó a leer.

Revisó la primera hoja, la segunda, la tercera...

Poco después, cuando comprendió el contenido de los documentos, se puso pálida y se le aceleró el pulso.

Aquello demostraba que Antonio Hervás no mentía al asegurar que él tan solo era un simple peón, el rostro visible de una trama mucho mayor.

Avanzó de página en página con los labios entreabiertos y la respiración cada vez más agitada.

No daba crédito a lo que estaba leyendo.

—No puede ser —murmuró en voz baja, con los folios temblándole entre los dedos.

Nombres, fechas, ubicaciones, pagos. Una red perfectamente estructurada.

Reconoció en la lista a personas conocidas e influyentes, gente con dinero y también con poder: políticos, empresarios, deportistas, incluso alguna cara habitual de los medios.

Había coincidido con algunos en actos oficiales, y había quien le había estrechado la mano.

¿Quién de todos ellos sería Reta59? Con esa pregunta martilleándole la cabeza, pasó a la siguiente sección.

Allí, el nombre de un juego: La resistencia humana .

Más adelante, las reglas. A medida que las leía, sintió una punzada en el estómago, distinta a las sufridas a causa del embarazo.

Se llevó la mano a la frente y notó cómo el corazón le golpeaba el pecho demasiado fuerte.

Se obligó a parar, a respirar. Después, conectó el disco duro a su ordenador portátil.

Tan solo encontró un único archivo en su interior: un vídeo.

Lo abrió y adelantó la reproducción hasta la mitad, incapaz de esperar.

Lo que vio fue tan atroz, tan brutal, que soltó el ordenador de golpe, corrió hasta la cocina y, abrazándose el vientre con ambas manos, vomitó en el fregadero.

Se quedó allí unos segundos. Con Iñigo lejos de casa y Mikel y ella solos en el chalet, se sintió de pronto vulnerable, expuesta.

Activó la alarma de seguridad, cerró con llave todas las puertas y volvió al salón.

Recogió los documentos y el disco duro, se dirigió al despacho y los guardó en la caja fuerte.

El material que había recibido levantaría muchas ampollas.

Lo sabía. Estaba ante algo grande. Aquellos documentos podían destruir carreras, reputaciones, familias.

Pero también podían salvar a un hombre que estaba a punto de ser condenado injustamente.

No podía mirar hacia otro lado. Callar no era una opción. Silenciar aquello, tampoco.

Mientras subía al piso de arriba pensó en quién podía haberle enviado el sobre.

¿Quién querría que esa información saliera a la luz?

¿Y por qué se la había dado a ella y no a Ana Ruiz, la abogada de Hervás?

Solo se le ocurrió una explicación: fuera quien fuese, la conocía.

Sabía cómo actuaba y que no se acobardaría ante algo de semejantes dimensiones.

Se metió en la cama de su hijo y lo abrazó con ternura. Necesitaba tenerlo con ella, protegerlo. Antes de apagar la luz, cogió el móvil y le escribió un mensaje a Ana Ruiz:

«He recibido nueva información sobre el caso. Esto lo cambia todo. Mañana hablamos».

Al día siguiente, lo primero que hizo nada más levantarse fue extraer los documentos de la caja fuerte. Fotocopió las hojas una por una e hizo una copia del vídeo en un disco externo vacío. Cuando terminó, guardó las copias en la caja fuerte y los originales en su maletín.

Como si fuera un día más, despertó a su hijo, le preparó el desayuno y lo ayudó a vestirse mientras comentaban la obra de teatro que estaban preparando con Mrs. Logan en clase de inglés. A Mikel le habían asignado el papel de rana y no estaba demasiado contento por ello.