Veredicto Capítulo 34. Antonio #2
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Capítulo 34. Antonio #2

Comenzó a pasearse por el despacho. «Hostia puta, ¡no me jodas!

», repetía una y otra vez. Lo primero que le vino a la cabeza era que debía llamar a la policía, pero desechó la idea de inmediato.

Si hablaba, quienquiera que fuera Reta59 se lo llevaría por delante, estaba seguro.

Siguió paseándose de un lado a otro, buscando una explicación.

Tal vez lo había malinterpretado todo. ¿Y si era un montaje?

¿Una escenificación? ¿Un maldito teatro?

Volvió al ordenador con las manos temblorosas y decidió volver a conectarse a la cámara auxiliar.

No podía con la incertidumbre y necesitaba saber.

La imagen tardó unos segundos en aparecer.

Cuando por fin se cargó, el corazón se le aceleró aún más.

El hombre de la máscara estaba encima del prisionero y lo estaba estrangulando.

A su lado, una pantalla mostraba una cuenta atrás.

Ocho, siete, seis... Cuando el contador llegó a cero, el verdugo disminuyó la presión.

El prisionero, con los ojos en blanco y desesperado por llenar sus pulmones, aspiró una bocanada de aire entre toses.

La imagen de la pantalla parpadeó durante una fracción de segundo y, de pronto, el verdugo se detuvo, como si hubiera notado que algo no iba bien.

Se volvió hacia la cámara auxiliar y su mirada se clavó en el objetivo.

Antonio sintió un pinchazo de puro pánico en el pecho. Lo estaba mirando fijamente.

El verdugo comenzó a gesticular, furioso. Señalaba la cámara extra con insistencia. Después, sacó un móvil del bolsillo, hizo una llamada y comenzó a discutir acaloradamente con alguien, sin dejar de señalar la cámara.

Antonio apagó la pantalla de golpe y desenchufó el cable del ordenador invadido por una sensación de pavor.

Le costaba respirar por el impacto y sentía los latidos de su corazón como si fueran martillazos golpeándole las sienes.

Se desplomó sobre la silla e intentó ordenar sus pensamientos.

¿Lo habían descubierto? ¿Sabrían que se había conectado?

Y, después de lo que había visto, ¿qué se suponía que debía hacer?

¿Llamar a la policía? ¿Salir corriendo? ¿Hacer como si nada y ya está?

Volvió a pasearse por el despacho. No podía quedarse allí parado.

Necesitaba saber, asegurarse de que todo había terminado y de que no habían dejado ni rastro de lo ocurrido.

Pero no debía precipitarse. Llegar al pabellón cuando todavía el hombre de la máscara y el prisionero estaban allí sería un error descomunal. Por eso, esperó un par de horas.

Al cabo de ese tiempo, cuando la ciudad dormía, con las llaves de repuesto en el bolsillo, se subió al coche y condujo en silencio los quince kilómetros que separaban su local del pabellón.

Al llegar, encontró el lugar sumido en un silencio absoluto.

Ni un alma, nada. Abrió la puerta despacio, con cautela, y un olor ácido le golpeó de lleno.

Prefirió no encender las luces y avanzó alumbrando con la linterna del móvil. Y entonces lo vio.

El prisionero seguía allí, tendido sobre la camilla, desnudo, muerto.

Estaba empapado, aunque no pudo determinar si era sudor, orina o si lo habían sumergido en el barreño de agua fría que aún había a un lado.

Tenía contusiones y magulladuras por todas partes, especialmente en la zona del cuello.

Sus uñas, tanto las de las manos como las de los pies, habían desaparecido.

Y no solo eso. Al acercarse a él, vio que tenía las yemas de los dedos quemadas, abrasadas.

Se le revolvió el estómago y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no vomitar. El hedor y la visión del cuerpo torturado eran demasiado. Se desplomó en el suelo, cerró los ojos y se concentró en respirar. Tenía que tranquilizarse. Si no, no podría pensar con claridad.

Al cabo de unos minutos, cuando consiguió recuperar el control, cogió el móvil, entró en la aplicación de chat y escribió a Reta59.

El mensaje fue claro y conciso: «¿¡Qué mierdas habéis hecho aquí!

? ¿Quién es este tío?». La respuesta no tardó en llegar y fue aún más clara que su mensaje: «No vuelvas a contactar conmigo».

Apenas unos segundos después, el chat se cerró y apareció un texto en la pantalla: «Usuario inexistente».

Antonio se quedó helado mirando el móvil. Lo habían dejado solo con un cadáver en mitad de su pabellón. Nadie vendría a llevárselo, nadie limpiaría el lugar. Nadie. Por eso, decidió que tendría que hacerlo él y comenzó encendiendo las luces para ver con claridad a qué se estaba enfrentando.

A un lado del cuerpo, estaba el barreño de agua que ya había visto antes y, al otro, una mesa con restos de comida, insectos muertos, varias jeringuillas desechables, cuchillas y otros utensilios que no alcanzaba a identificar.

Alzó la vista y descubrió algo aún peor: se habían llevado todas las cámaras.

Habían cortado los cables y las habían arrancado de sus soportes a golpes. Todas. Incluida la auxiliar.

Entendió que tenía dos opciones: llamar a la policía, contar lo que sabía y rezar para que le creyesen, o limpiarlo todo, deshacerse del cadáver y cruzar los dedos para que nadie descubriera lo ocurrido.

Eligió lo segundo, y le salió mal.

Muy mal.

Después de limpiar el pabellón a conciencia, consiguió meter el cuerpo en el maletero de su coche y se dirigió hacia el parque natural de Peñas de Aya con el objetivo de encontrar un lugar apartado donde cavar un agujero y enterrarlo.

Pero nunca llegó. A la salida de Oiartzun, uno de los controles de alcoholemia de la Ertzaintza, más frecuentes en esa época por ser temporada de sidrerías, lo detuvo.

El estado de nerviosismo extremo que mostraba Antonio llevó a los ertzainas a registrar también el vehículo. Ahí fue cuando todo se fue al garete.

Decidió contar lo que sabía en comisaría y repitió una y mil veces que no tenía nada que ver y que había sido tan solo un cabeza de turco, pero a la policía le faltaron motivos para creer su versión: no había ningún testigo que corroborara nada de lo que decía, el usuario Reta59 no existía, y las conversaciones mantenidas con él, tampoco.

Nunca se encontró ningún vídeo que explicara lo que había sucedido esa noche en el pabellón, y tampoco pudo demostrar que los veinte mil euros que hallaron en su caja fuerte, junto con otro montón de dinero más, provenían del pago de ese supuesto alquiler y no de las timbas ilegales de póker que organizaba en la trastienda.

Con todo ello, Antonio fue condenado a catorce años de cárcel.

Con el paso del tiempo, se convenció de que Reta59 debía de ser alguien con mucho dinero y mucho poder también, y que lo que fuera que había ocurrido esa noche en su pabellón lo habían presenciado personas que pagaban por ver atrocidades que no se atreverían ni a nombrar en voz alta.

Pero ¿cómo demostrarlo?

Antes del juicio, su abogada fue franca con él:

—No hay nada que hacer, Antonio. No hay pruebas que sostengan tu versión. Te van a declarar culpable. Quizá no de asesinato, pero sí de otros delitos graves.

Ardió de rabia solo de pensar en ellos, los peces gordos.

Se habían salido con la suya y lo habían abandonado.

El mensaje de la fiscal Silvia Legarre, sin embargo, le devolvió la esperanza.

Esa información de la que hablaba lo esclarecería todo.

Por fin sabría quién estaba detrás de Reta59 y qué ocurrió esa noche, y podría demostrar su inocencia.

Pero la esperanza le duró solo lo que tardó la fiscal en presentarse en el juzgado, echarse atrás alegando que todo había sido una equivocación y largarse para no volver.

Y ahora ya, a esas alturas, de poco le valía que una periodista viniera a remover la mierda.