Veredicto Capítulo 34. Antonio
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Capítulo 34. Antonio

ANTONIO

La noche anterior apenas había conseguido pegar ojo.

La videollamada con la periodista lo había removido por dentro, desenterrando recuerdos y sensaciones que creía superados.

Pensaba que lo había dejado todo atrás, sepultado bajo años de asfixiante rutina carcelaria, pero estaba claro que no.

Hacía tiempo que no sentía esa mezcla de furia e impotencia y, con una nitidez sorprendente, volvieron a su mente las imágenes, el olor y la horrible escena que se encontró esa noche en el pabellón.

No le había contado todo a la periodista y se revolvió en su litera preguntándose si había hecho bien.

Si aquella videollamada hubiera tenido lugar años atrás, cuando aún creía que merecía la pena luchar, no habría dudado en contarle la verdad y tratar de ponerla de su parte.

Pero ahora, a punto de cumplir su condena, ¿de qué le iba a servir remover toda esa mierda? De nada.

Cuando todo sucedió llevaba ya algunos años al frente del local de apuestas y máquinas tragaperras.

Cara al público, era un negocio completamente legal, y él, un empresario más.

Por detrás, sin embargo, había decidido arriesgarse, y comenzó a organizar timbas de póker ilegales en la trastienda.

Al principio no eran gran cosa: unos pocos clientes que se dejaban unos dineros mientras bebían, fumaban y charlaban animadamente.

Pero la voz se corrió, y el negocio comenzó a crecer.

Las timbas empezaron a llenarse y llegaron nuevos interesados, tipos a los que no solo les gustaba el juego, sino que lo necesitaban.

Cuanto más ganaban, más querían apostar.

Y cuanto más perdían, más desesperados estaban por recuperar lo perdido.

Antonio se dio cuenta de que ahí había filón y decidió jugársela y ofrecerles algo distinto: peleas de perros en directo.

Las ventajas eran evidentes: más espectáculo, más emoción, más salvajismo...

y también más adicción. Alquiló un pabellón medio abandonado en Oiartzun, a unos quince kilómetros de Donostia, lo adecentó y comenzó a organizar las peleas.

Igual que había ocurrido con las timbas de póker, el boca a boca hizo su labor y cada vez comenzó a presentarse más gente.

—Se te está llenando esto de chusma —le soltó uno de los jugadores más antiguos señalando a un par de camellos de medio pelo que acababan de entrar en el recinto—. Como esto siga así, yo me bajo del carro.

Antonio sabía que tenía razón. Ciertos jugadores con pasta y ganas de apostarse cantidades obscenas de dinero habían dejado de aparecer por no dejarse ver en según qué ambientes y con según qué gente.

El pabellón ya no era sitio para ellos: demasiado ruido, demasiado público y poca discreción.

Por eso, decidió ir más allá y montar cámaras para retransmitir las peleas por circuito cerrado.

De esta manera, solo él tendría el control sobre quién podía acceder al sistema.

Como no entendía demasiado de informática, contrató a alguien que no hacía preguntas para que le montara el tinglado: cámaras, sistema de emisión en directo, autorización de accesos y gestión de apuestas online .

Aprendió lo justo para poder apañarse solo y comenzó con la aventura.

Se dejó una pasta en todo ello, casi la totalidad de lo que había ganado con las timbas de póker, pero mereció la pena.

En muy poco tiempo, el negocio despegó, y no tardó en recuperar lo invertido para después comenzar a tener ingresos más importantes.

El pabellón siguió llenándose de gente de barrio, trapicheros, niñatos, vividores...

Todos pegados a la valla, gritando, apostando, creando un ambiente cargado de adrenalina que generaba más emoción.

Mientras tanto, los peces gordos lo veían desde la comodidad de su casa o su despacho, copa en mano, disfrutando del espectáculo desde una posición privilegiada y con el anonimato asegurado, ya que ni siquiera él conocía la identidad de los que se conectaban al sistema.

Eran clientes que venían recomendados por gente de su plena confianza: habituales en las timbas o en las peleas, tipos que sabían distinguir a un apostador serio de un simple curioso, y a él con eso le bastaba.

Por cada uno de ellos creaba un usuario y una contraseña, y nunca pedía nombres ni hacía preguntas.

Intuía que detrás de cada nickname había personas con apellidos ilustres, empresarios, políticos, banqueros, abogados...

No lo sabía con seguridad, pero tampoco le importaba. Cuanto menos supiera, mejor.

Un día, el usuario Reta59, uno de los más activos de la plataforma online y cuyas apuestas solían mover cantidades indecentes de dinero, contactó con él a través del chat interno de la aplicación con la que se gestionaba el juego.

Quería alquilarle el pabellón para organizar un evento puntual, solo por una noche.

No dio más detalles y Antonio tampoco se los pidió.

Lo único que tenía que hacer era dejar el local listo y entregar las llaves a un mensajero la mañana del evento.

A cambio, recibiría un sobre con veinte mil euros en metálico.

Y había una condición: durante el evento, un informático de su organización tomaría el control del sistema de cámaras, por lo que nadie que no fuera autorizado —Antonio incluido— podría acceder a la retransmisión.

Por lo tanto, él no podría ver, grabar ni controlar nada.

Antonio dudó. La propuesta era, cuando menos, extraña.

Nadie le había pedido alquilar el pabellón antes, y las condiciones lo hacían desconfiar, pero la cifra era muy tentadora y, lo que se le requería, muy sencillo de hacer: limpiar, entregar unas llaves y mirar para otro lado durante unas horas. No tardó en decidirse y aceptó.

El día del evento, Antonio lo dejó todo listo en Oiartzun.

Fregó el suelo, ventiló el lugar y se encargó de que no quedara ni rastro de las peleas de animales.

A media mañana, un joven con uniforme de una empresa de mensajería se presentó en su local de apuestas y tragaperras con un sobre que le entregó a cambio de las llaves.

Poco después, recibió un mensaje de Reta59 pidiéndole las claves de administrador del circuito cerrado, tal y como habían acordado.

Antes de despedirse, le aseguró que al día siguiente otro mensajero le devolvería las llaves y ahí acabaría todo.

Esa noche, en la trastienda del local, se jugaba una timba de póker muy concurrida.

Antonio intentó centrarse en la partida, pero tenía la cabeza en Oiartzun.

¿Qué clase de evento se estaría celebrando?

¿Por qué tanto secretismo? ¿Qué tipo de gente habría acudido al pabellón?

Cuando la partida terminó y los últimos clientes se marcharon, unos más contentos que otros, lo recogió todo y se encerró en su despacho.

La curiosidad que sentía era demasiado fuerte y, a pesar de saber que tenía prohibido conectarse al sistema de cámaras, lo intentó.

Tecleó el usuario y la contraseña del administrador varias veces, pero no lo consiguió.

Acceso denegado. Tal y como le habían advertido, habían capado su entrada y ni siquiera podía ver el panel de control.

El hecho de que hubieran cumplido su advertencia no hizo más que acrecentar su interés, y recordó que existía una alternativa para ver en directo lo que ocurría en el recinto: una cámara de seguridad extra, independiente del resto del sistema.

«Quizá no la uses nunca, pero si el servidor falla en medio de una retransmisión, al menos podrás acceder a esta cámara.

No tiene sonido, pero evitarás dejar colgados a los usuarios», le había dicho el tipo que contrató para instalar el sistema de grabación.

Buscó entre los cajones las instrucciones para conectarse a esa cámara y, debajo de la garantía de la última tragaperras que había comprado, las encontró.

Siguió los pasos, cruzó los dedos... y conectó. Estaba dentro.

La imagen tardó en cargar. Tras varios segundos, una persona desnuda, atada de pies y manos a una camilla metálica, apareció en pantalla.

El prisionero temblaba y respiraba con dificultad.

El pecho se le hinchaba y deshinchaba con una rapidez agónica, estaba empapado en sudor y, por la expresión de su cara y su cuerpo, parecía estar profiriendo gritos desgarradores, aunque Antonio no podía oírlo.

A su lado, un hombre grande, de espaldas anchas y brazos fuertes.

Vestía de negro y llevaba la cara cubierta con una especie de máscara.

En la mano derecha sostenía unos alicates.

En la izquierda, una tablet . El grandullón observaba la pantalla con atención.

De pronto, sonrió y asintió levemente. Depositó la tablet en una mesa repleta de todo tipo de instrumental y se acercó a la camilla.

Con movimientos pausados, como si estuviera disfrutando del momento, se inclinó sobre el prisionero y, sujetándole con fuerza la mano temblorosa, le arrancó la uña del dedo meñique.

El prisionero pareció enloquecer de dolor.

Antonio abrió los ojos como platos y se le cortó la respiración.

¿Qué cojones era lo que estaba viendo? Se levantó de golpe, con el corazón a mil.

Tiró la silla hacia atrás y apagó el ordenador de un manotazo.

Cerró los ojos con fuerza tratando de borrar aquella imagen de su mente, pero ya era tarde. Se le había grabado a fuego.