Veredicto Capítulo 33. Laia #2
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Capítulo 33. Laia #2

Laia asintió y agradeció la información con una sonrisa educada.

Salió del hospital y se sentó en un banco cercano.

Cerró los ojos unos segundos y las imágenes del día del accidente vinieron a su mente: el coche estampado contra el árbol, el cuerpo de Josefa en el suelo, el rostro pálido de la conductora del vehículo...

¿Era posible que la joven fallecida fuera ella?

No podía ser. Ella misma había comprobado que estaba bien.

Un poco mareada, pero consciente y sin ningún daño aparente. ¿Cómo iba a morir ese mismo día?

Muerta de curiosidad, sacó el móvil del bolso y comenzó a buscar en internet cualquier noticia relacionada con el accidente.

Tenía la fecha, el nombre de una de las víctimas y el lugar, y no tardó en dar con varias noticias breves en medios locales.

Todas repetían lo mismo: un vehículo se había salido de la calzada y había chocado contra un árbol, llevándose por delante a una anciana.

La conductora, cuyas iniciales eran L. M.

R., había fallecido poco después, de camino al hospital.

¿¡Cómo!?

Aquello no encajaba con los recuerdos que tenía ella.

Entró en la hemeroteca digital de El Diario Vasco y buscó las esquelas publicadas al día siguiente del accidente, el 12 de octubre de 2007.

Entre las ocho pertenecientes a Donostia, una llamó su atención de inmediato.

Coincidía con las iniciales y con la edad aproximada de la joven. Se llamaba Laura Morales Ruiz.

Pero lo que vio a continuación hizo que se le helara la sangre.

La esquela de Laura no era una esquela individual, sino doble. Laura Morales Ruiz y su madre, Rosario Ruiz Blanco. Fallecidas el mismo día.

Se quedó paralizada. ¿Podía ser que hubieran ido juntas en el coche y murieran a causa del accidente?

No, era imposible. Recordaba con nitidez cómo se había acercado al vehículo, cómo había hablado con la joven.

Estaba consciente, respondía con claridad...

y estaba sola. De eso no tenía ninguna duda.

Entonces, ¿cómo era posible que madre e hija fallecieran el mismo día? ¿Existían coincidencias tan macabras?

Seguía absorta en ese pensamiento cuando un WhatsApp entró en su móvil. Era del grupo del jurado, enviado por Jontxu. El mensaje solo contenía un enlace a un diario digital. Laia lo pulsó sin pensar y el titular la golpeó de lleno:

INESPERADO GIRO EN EL JUICIO DE LANDER FORONDA: LA NIETA DE UNA VÍCTIMA DEL ASESINO DE GROS ESTABA EN EL JURADO La joven ha sido retirada del juicio tras descubrirse el vínculo

Se llevó una mano a la frente y se quedó inmóvil durante varios segundos.

Lo que le faltaba. ¿Habría sido algún compañero el que había hablado con la prensa?

¿O alguien del juzgado? No lo sabía. Ni quería saberlo.

Antes de que el WhatsApp empezara a echar humo, lo silenció.

Imaginaba cuáles serían los comentarios de sus compañeros y no tenía intención de leerlos.

Intentando calmarse y olvidarse de algo que ya no tenía remedio, volvió a fijar la atención en la esquela. Seguía sin encontrarle una explicación lógica y esa incertidumbre le generaba una sensación desagradable, como de desasosiego. Nunca le había gustado no entender las cosas, la ponía nerviosa.

Releyó la esquela varias veces y fue entonces cuando reparó en un detalle que se le había pasado por alto: en el año 2007 aún era habitual incluir la dirección del fallecido. Memorizó la calle y la buscó en Google Maps. Estaba en el barrio de Egia, uno de los más antiguos de la ciudad.

Con la mente aún agitada por el mensaje de Jontxu y la incómoda sensación de haberle hecho una faena a Aroa, decidió seguir ocupada para pensar en ello lo menos posible.

Si iba a casa y se dejaba caer en el sofá con el móvil en la mano, acabaría metiéndose en redes, leyendo titulares, comentarios... , y alimentando su culpa. Mejor no.

El fallecimiento de la joven y su madre no tenía ninguna relación con lo que había estado investigando, pero la curiosidad que sentía era tan grande que, a falta de nada mejor que hacer, buscó en su móvil qué autobús la acercaría a Egia.

Cuarenta minutos después, se encontraba frente a un edificio de cuatro plantas, con la fachada de color granate y varias macetas grandes rodeando el portal.

¿Qué podría decir si alguien le abría la puerta?

Estaba pensando en ello cuando, de pronto, la puerta del portal se abrió y un niño de seis o siete años salió corriendo con un balón bajo el brazo.

Aprovechó para entrar y subir al segundo piso.

Se detuvo frente a la puerta correspondiente y respiró hondo antes de tocar el timbre. Tardaron unos segundos en abrir.

Una mujer de unos cuarenta y cinco años apareció al otro lado. Llevaba ropa deportiva, una cinta en el pelo, y estaba empapada en sudor. Laia dedujo que estaría haciendo ejercicio frente al televisor.

—Perdona que te moleste. Estoy buscando a algún familiar de Laura Morales Ruiz. Tengo entendido que vivió aquí hace muchos años.

La mujer frunció ligeramente el ceño, tratando de hacer memoria.

—Supongo que sería la hermana del antiguo dueño del piso, Sergio Morales. Fue él quien nos lo vendió hace ya muchos años.

Laia asintió. Sabía por la esquela que Laura tenía un hermano. Era el único familiar al que se mencionaba, además de primos y demás parientes cuyos nombres no aparecían.

—¿Y sabes dónde podría localizarlo?

—Pues creo que se fue a vivir a Francia, pero no sé mucho más.

—Gracias igualmente —dijo Laia.

Se giró con intención de marcharse, pero justo antes de comenzar a bajar las escaleras, dudó. Aun a riesgo de parecer una entrometida, se dio la vuelta y lanzó una última pregunta:

—Sé que Laura y su madre murieron hace muchos años y, si no me equivoco, el mismo día. ¿Tienes idea de lo que les ocurrió?

La expresión de la mujer se endureció ligeramente.

—La verdad es que no tengo ni idea. Alguna vez he oído que fue una desgracia lo que les pasó, pero no sabría darte detalles. No me interesa demasiado la vida de los demás, y no tengo por costumbre ir preguntando por ahí.

Laia se sintió aludida de inmediato y notó cómo se le encendían las mejillas. Forzó una sonrisa educada, se despidió con un leve gesto de cabeza y bajó las escaleras sin decir nada más.

En cuanto salió del portal, queriendo quitarse el mal sabor de boca que le había dejado la contestación de la mujer, sacó el móvil y llamó a su hermano. Iker respondió al primer tono, como de costumbre.

—Dime, hermanita.

—¿Cenas hoy en casa de los aitas? —preguntó intuyendo la respuesta.

—Claro, igual que ayer y que mañana. ¿Por?

—Porque tengo muchas cosas que contarte.

—¿Sigues en modo Jessica Fletcher? —bromeó Iker entre risas.

—Algo así. En media hora estoy ahí.

Colgó, guardó el móvil en el bolso y echó a andar con paso firme. No había descubierto nada realmente útil en toda la tarde, pero al menos había logrado mantener la mente ocupada. Y, tal y como estaban las cosas tras su revelación en el juzgado, eso ya era bastante.

Laia Ortiz

ANOTACIONES - DÍA 5 DEL JUICIO

JUICIO LANDER FORONDA

17.04.2024 – miércoles

SESIÓN

No ha habido sesión.

MIEMbrOS DEL JURADO

Aroa ha sido expulsada por tener un vínculo directo con el caso.

Uno de los ingenieros, Jokin, la sustituirá.

El grupo se me ha echado encima por haber ido a la jueza con el cuento, pero tenía que hacerlo.

PREGUNTAS

Las mismas que hasta ahora.

PORCENTAJE DE CULPABILIDAD

Lo ocurrido hoy no ha hecho variar la percepción de los miembros del jurado en cuanto al caso. Este día no cuenta. Solamente ha servido para una cosa → ahora les caigo peor a mis compañeros (bastante peor).

Y seguro que Aroa me odia.

Pero no me arrepiento. Era mi deber.