Capítulo 33. Laia
LAIA
La puerta se abrió y la letrada de la Administración de Justicia entró en la sala de descanso de los miembros del jurado por segunda vez esa mañana.
—Debo informarles de que Aroa Gutiérrez ha sido apartada del jurado por una causa de incompatibilidad y será sustituida por el primer suplente, Jokin Sanz.
Jokin, uno de los ingenieros, levantó la mano con discreción para que la letrada lo identificara.
—Muy bien, señor Sanz, a partir de ahora forma parte del jurado popular como titular —aclaró con su habitual tono institucional.
—¡Ay, la Virgen! ¿Qué clase de incompatibilidad? —preguntó Rosi intrigada.
—Lo siento, no puedo darles esa información.
—¿Esto invalida algo de lo que hemos escuchado hasta ahora? —quiso saber Irene.
—No. Esto no cambia nada. Solo que se verá modificada la composición del jurado. Nada más.
—¿Y empezamos ya, o qué? —A Ramón le afectaba más el retraso que lo que hubiese ocurrido con Aroa.
—No, lo siento. La sesión de hoy se suspende hasta mañana, que comenzará a la hora habitual. Además de este, ha habido otros contratiempos —se excusó—. Les agradecemos su colaboración y su paciencia. Pueden irse.
La letrada no esperó a oír las reacciones.
Cerró la puerta tras de sí y se marchó antes de que comenzaran las protestas.
El silencio apenas duró dos segundos. Algunos empezaron a quejarse por la suspensión de la sesión y otros por la expulsión de Aroa.
Todos querían saber qué había ocurrido con ella.
Laia escuchó las especulaciones en silencio, dudando si decir la verdad o no.
Durante todo el proceso se había quejado de la falta de información, de los secretos, de las medias verdades...
Si ahora callaba y no les contaba lo que sabía sobre Aroa, estaría haciendo con sus compañeros exactamente lo mismo que tanto le había molestado.
El jurado tenía derecho a saberlo todo, y estaba claro que, si no hablaba ella, nadie lo haría.
Además, las especulaciones no eran buenas: sus compañeros empezaban a elucubrar teorías absurdas, y era mejor cortar por lo sano.
—Aroa es nieta de Josefa Reboredo, la primera víctima del asesino de Gros —les dijo con voz firme—. Lo descubrí por casualidad y se lo he contado a la jueza.
Sintió todas las miradas clavadas en ella y, durante unos segundos, nadie dijo nada. Se habían quedado boquiabiertos con la revelación.
—Te ha faltado tiempo para ir a chivarte —le reprochó Monti con acritud.
—Era una incompatibilidad clara. Tenía que contarlo.
—No tenías que hacerlo —insistió él—. Lo has contado porque te ha dado la gana y porque te gusta dártelas de justiciera. ¿Qué más da quién fuera su abuela?
—Pues claro que da —replicó Laia con severidad—. Su voto podría estar condicionado por eso. Podría querer que no condenaran a Lander para que se reabriera el caso del asesino de Gros. O justo lo contrario, que lo condenaran rápido para pasar página de una vez. En cualquier caso, no sería imparcial.
Los miembros del jurado comenzaron a recoger sus cosas y a marcharse a sus casas. Algunos habían manifestado abiertamente su desacuerdo con lo que Laia había hecho. Otros no habían dicho nada, pero Laia notaba en sus miradas la desaprobación.
—Entiendo que lo hayas contado —le dijo Jokin al pasar por su lado—, pero menuda putada me has hecho.
Laia abrió la boca para contestar, pero Jokin no esperó su respuesta.
—¿Tú también crees que no debería haber dicho nada? —le preguntó a Irene buscando un poco de apoyo.
—No sé, Laia... —respondió ella dudando—. Tiene sentido lo de la incompatibilidad, sí, pero ¿Aroa? Quizá otro miembro sí podría votar movido por sus intereses y tratar de convencernos a los demás, pero Aroa...
—Aroa habría hecho lo que le dijera su madre, y sigo pensando que era mi deber contarlo.
—En ese caso, no le des más vueltas —sentenció Irene—. Solo espero que la prensa no se entere de quién es. Me daría mucha pena por ella.
Laia salió de la Audiencia Provincial de Gipuzkoa sintiéndose más revuelta que nunca. Sabía que había hecho lo correcto, pero la reacción de sus compañeros la había descolocado. No esperaba aplausos, aunque tampoco que la miraran como a una traidora.
Sabía que, si pasaba la tarde sin hacer nada en concreto, terminaría atrapada en una espiral de pensamientos que no la llevarían a ninguna parte. Por eso, decidió mantenerse ocupada, como había hecho los días anteriores.
Tratando de dejar atrás el malestar que sentía, caminó hasta el Koh Tao Café, cerca de la plaza Gipuzkoa.
El local tenía un encanto especial: muebles vintage rescatados de distintas épocas, libros apilados en las estanterías y paredes cubiertas de grafitis y obras de arte de todo tipo.
Durante el día, ofrecían desayunos y meriendas espectaculares —café recién hecho, bowls de cereales y frutas, batidos, dulces caseros...
—, y muchos viernes por la noche, el espacio se convertía en escenario de música en vivo, donde los donostiarras cambiaban los batidos y los zumos por un buen cóctel.
Se sentó en una mesa pequeña, junto a la ventana, pidió unas tostas de salmón con queso y disfrutó sin prisa de cada bocado.
Después llegó el café moka acompañado de un par de cookies de chocolate, sus favoritas.
Mientras saboreaba el contraste perfecto entre lo salado y lo dulce, sacó el cuaderno y se puso a anotar lo que sabía hasta el momento sobre el asesino de Gros.
La principal incógnita seguía sin resolverse: ¿eran víctimas al azar o habían sido elegidas por algún motivo?
¿Qué relación podía haber entre ellas? Anotó posibles hilos de los que tirar: ir al antiguo trabajo de Kepa y hablar con sus compañeros, aunque no sabía exactamente qué preguntar; buscar a los exmiembros de la banda Garraxi, disuelta tras la muerte de su cantante; llamar directamente a Aroa y preguntarle por su abuela, aunque dudaba mucho que lograra sacar algo en claro de esa conversación...
Volvió a repasar sus notas buscando conexiones invisibles y concluyó que tan solo había una coincidencia, y estaba cogida por los pelos: dos de las víctimas habían estado en el mismo lugar, el mismo día, justo antes de que ocurriera un accidente.
¿Hacia dónde podía tirar con solo esa información?
No había ningún motivo lógico para que esa coincidencia tuviera importancia, pero en ausencia de nada más, decidió ir al hospital.
Josefa Reboredo había resultado herida en el accidente y tal vez hubiera un parte, un informe o un dato nuevo al que nadie más le había prestado atención.
Cogió el autobús de la línea 28, famoso porque el grupo de música La Oreja de Van Gogh le había dedicado una canción en su primer álbum, que unía el centro de la ciudad con la zona de hospitales.
Al llegar al Hospital Universitario de Donostia, cruzó la entrada principal y se dirigió directamente al área de administración.
Era por la tarde y agradeció que los pasillos estuvieran tranquilos.
Se detuvo frente al mostrador, donde dos administrativas estaban concentradas en las pantallas de sus ordenadores.
Esperó hasta que una de ellas le hizo un gesto para acercarse.
—Buenas tardes. Vengo buscando información sobre un accidente que ocurrió hace ya muchos años, el 11 de octubre de 2007. ¿Es posible acceder a algún informe de aquel día?
Ambas mujeres se miraron entre sí con extrañeza, como si Laia hubiera pedido algo disparatado.
—Lo siento, pero la ley de protección de datos nos impide facilitar ningún tipo de información.
—Lo entiendo —asintió Laia. Era la respuesta que esperaba—.
Pero no busco datos confidenciales. De hecho, ya los conozco.
El nombre de la persona que resultó herida es Josefa Reboredo, una mujer de edad avanzada que fue atropellada ese día.
Con gusto le preguntaría a ella misma por el tema, pero falleció poco después.
—¿Y para qué necesitas esa información? —preguntó la otra, aún con desconfianza.
Laia habría preferido no tener que mentir, pero era su única opción.
—Soy abogada y estoy trabajando en un caso muy similar.
Ya sabéis, de oficio. —Esperaba que ese detalle las pusiera de su lado—.
Mi clienta también es una señora mayor que ha sido atropellada, y me sería muy útil conocer casos parecidos: lesiones, posibles secuelas, indemnizaciones...
La mujer es encantadora, una mujer que se ha pasado toda la vida trabajando.
Y ahora, con esta desgracia, va a necesitar cuidados, rehabilitación...
Me temo que cualquier ayuda que le consiga será poca.
Las administrativas volvieron a intercambiar una mirada. Una parecía más reacia, pero la otra se encogió de hombros.
—Chica, total... Ya tiene los datos de la paciente y eso ocurrió hace mil años. No creo que por esto vayamos a meternos en líos.
Laia vio cómo la administrativa que tenía delante se ponía a teclear. Después de unos segundos, alzó la vista y dijo en voz baja:
—Josefa Reboredo, ochenta y dos años. Entrada a urgencias el 11 de octubre de 2007. Atropello leve. Tensión alta, algunos rasguños..., nada grave. Le dieron el alta ese mismo día.
Laia frunció el ceño. Ella recordaba los gritos de la mujer, tendida en el suelo.
—¿Ese mismo día? —preguntó extrañada.
—Así es. Este atropello parece ser mucho menos grave que el de tu clienta. No sé si te servirá como ejemplo.
—Tenía entendido otra cosa, pero me habré equivocado. Desde luego, esto fue una tontería comparada con lo que le ha pasado a mi clienta.
—Bueno, algo más que una tontería sí que fue —opinó la administrativa—. Murió una joven en el siniestro. Pero a la señora no le pasó nada. Eso sí te lo puedo asegurar.