Capítulo 32. El juicio - Día 5
Laia cruzó el control de la entrada de la Audiencia Provincial de Gipuzkoa con paso firme. Lo había hablado con Iker y, aunque él no terminara de verlo claro, ella no tenía dudas: tenía que contar lo que había averiguado sobre Aroa Gutiérrez.
Aún quedaban quince minutos para que comenzara la sesión, y agradeció no encontrarse con ningún otro miembro del jurado.
Pasaron unos minutos hasta que vio pasar a la letrada de la Administración de Justicia.
Llevaba el cabello cobrizo recogido en una coleta alta, zapatos planos y la carpeta de siempre bajo el brazo.
Cuando Laia se acercó, la recibió con una sonrisa cordial.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Necesito hablar con la jueza Solozábal, por favor. A solas.
—¿Tiene relación con el juicio? —preguntó con curiosidad.
—Sí, y es importante. Creo que puede afectar a la imparcialidad del jurado.
No hizo falta añadir más. La letrada le indicó que la siguiera y la condujo hasta el despacho de la magistrada. Mientras ella esperaba fuera, la letrada entró e informó a la jueza. Unos minutos después, la invitaron a pasar.
Carmen Solozábal todavía no se había puesto la toga, y a Laia le pareció una mujer distinta.
Llevaba un jersey de cuadros en tonos rojos y unos pantalones azul marino, y las gafas de pasta que usaba durante las sesiones y que le daban un aire de catedrática descansaban sobre la mesa.
Pensó que, si se la hubiera cruzado por la calle, jamás hubiera imaginado que se trataba de una jueza.
—Buenos días. Tome asiento, por favor —la saludó la magistrada con tono afable—. ¿Qué es eso que quiere contarme?
—He descubierto algo que creo que debe saber. Aroa Gutiérrez, la miembro del jurado, es nieta de la primera víctima del asesino de Gros, Josefa Reboredo.
Tanto la jueza como la letrada arquearon las cejas con asombro.
—La oí hablar por teléfono —continuó Laia un tanto nerviosa—. Dijo algo que me hizo sospechar, y quise corroborarlo. Deberán verificar que estoy en lo cierto, pero creo que sí. Pensé que debía contarlo.
—Ha hecho lo correcto, sin duda, y le doy las gracias por su sinceridad.
—¿Qué ocurrirá con ella ahora?
—Primero debemos hacer las comprobaciones pertinentes, pero puede que tenga que abandonar el jurado si se confirman las sospechas.
Laia asintió.
—Puede volver con sus compañeros.
Después, la jueza se giró hacia la letrada:
—Encárgate de que la policía judicial compruebe esta información lo antes posible, por favor. Y da el aviso de que la sesión se retrasa. Gracias.
Laia se dirigió a la sala reservada para los miembros del jurado.
Sus compañeros ya estaban allí, incluida Aroa, que miraba absorta la pantalla de su móvil.
Se acomodó en su sitio y fingió normalidad.
Algunos leían el periódico, otros se entretenían con sus teléfonos y el resto charlaba de cosas intrascendentes.
—¿Qué pasa hoy? —preguntó Irene al cabo de un buen rato—. Ya llevamos más de media hora de retraso. Es raro.
—Estarán tomándose un café, como si no tuviéramos otra cosa que hacer que perder el tiempo —respondió Monti.
Diez minutos más tarde, la letrada de la Administración de Justicia tocó la puerta y entró en la sala.
—Buenos días. Ha surgido un contratiempo y la sesión comenzará con retraso. En cuanto estemos listos, vendré para avisarles.
—¿Qué contratiempo? —preguntó Rosi con curiosidad.
—Lo siento, no puedo darles más detalles. Les agradezco su paciencia.
Se marchó sin añadir nada más, dejando la sala sumida en especulaciones y ceños fruncidos. Pasó más de una hora, en la que algunos se pasearon por allí mientras otros protestaban sin cesar. De pronto, la puerta se abrió de nuevo. Era un auxiliar judicial.
—¿Aroa Gutiérrez? ¿Puede acompañarme, por favor?
Todos se giraron hacia ella. Aroa alzó la vista de su móvil y sus mejillas se encendieron al sentir que sus compañeros le clavaban la mirada. Se encogió en el asiento, como si quisiera volverse invisible. Parecía un ratoncito asustado.
Guardó el móvil en el bolso y se levantó avergonzada.
Siguió al auxiliar en silencio, mientras el resto de los miembros la miraban con asombro.
Las manos le empezaron a sudar y comenzó a temblar en cuanto llegaron al despacho de la jueza.
Carmen Solozábal y la letrada de la Administración de Justicia la observaban desde detrás del escritorio, y se sintió intimidada.
—Tome asiento, por favor. Necesitamos hablar con usted sobre algo importante, y le agradeceré que conteste con sinceridad. ¿Es usted nieta de Josefa Reboredo, la mujer asesinada presuntamente por el criminal conocido como el asesino de Gros en el año 2008?
La joven se estremeció y sus manos comenzaron a temblar.
—Sí, señora —reconoció al cabo de unos segundos en los que pensó que iba a desmayarse.
—En ese caso, existe una causa sobrevenida de incompatibilidad.
Comprendo que no lo mencionara al inicio del juicio, ya que en ese momento este caso no parecía tener ninguna relación con aquellos crímenes.
Pero el pasado viernes, cuando la defensa sugirió un posible vínculo entre ambos casos, su obligación era comunicar esta circunstancia.
—Perdón —susurró Aroa a punto de echarse a llorar.
—¿Podría decirme por qué no lo hizo?
—Porque mi madre no me dejó —admitió finalmente—. Dice que, si Lander Foronda sale culpable, nadie investigará los crímenes del asesino y nunca sabremos quién mató a mi abuela. Además, me da vergüenza que todo el mundo sepa quién soy.
La jueza la observó en silencio durante unos segundos y decidió no ser demasiado dura con ella. Aroa era muy joven, demasiado quizá, y tenía muchas cosas que aprender aún.
—Está bien. Pero debe saber que, en un jurado, la imparcialidad es esencial. Usted no puede formar parte de él en un caso que podría estar vinculado, aunque sea de manera remota, con el asesinato de un familiar. ¿Lo comprende?
Aroa asintió avergonzada y abandonó el despacho deseando desaparecer cuanto antes. La jueza se levantó y comenzó a ponerse la toga.
—Habrá que notificar al primer suplente que pasa a formar parte del jurado. Y vamos a empezar ya la sesión, que es muy tarde.
—No tan deprisa —la detuvo la letrada—. La abogada de la defensa ha solicitado hablar contigo antes y ha pedido que el fiscal esté presente también.
Carmen suspiró con resignación y le pidió al auxiliar que los hiciera pasar y que cerrara la puerta tras ellos.
Silvia Legarre entró en el despacho acompañada de Daniel Vilariño. Saludaron a la jueza y a la letrada con educación y tomaron asiento frente a ellas.
—¿Qué desea exponerme, abogada?
—Verá, anoche tuve conocimiento de cierta información que considero relevante para el procedimiento. Está vinculada con una persona que ya ha prestado declaración.
—¿Qué tipo de información? —intervino el fiscal frunciendo el ceño.
—Indicios de un posible conflicto de intereses.
—¿Está planteando la anulación de ese testimonio? —quiso saber la jueza.
—No. Basándome en el artículo 707 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, solicito que dicha persona vuelva a ser llamada a declarar, esta vez, en relación con esta información. Considero que el contenido es lo suficientemente serio como para considerar una nueva comparecencia.
—¿Estamos hablando de un documento, una grabación, un informe...?
—De un vídeo, señoría. Puedo mostrárselo ahora.
Silvia extrajo el portátil de su maletín, lo encendió y reprodujo el vídeo que Greta había encontrado la noche anterior. Mientras lo veían, se fijó en la expresión de sus acompañantes: la jueza y la letrada mostraron sorpresa, pero no el fiscal. Daniel Vilariño parecía más molesto que sorprendido.
—De acuerdo —dijo la magistrada cuando Silvia paró el vídeo—. Remítaselo a la letrada para que iniciemos el proceso de verificación. Si se confirma, no tendré inconveniente en autorizar que vuelva a ser llamado a declarar.
Carmen Solozábal se puso en pie y se volvió a quitar la toga. La colgó en la percha y cerró el armario. Luego se giró hacia ellos.
—Dadas las circunstancias procesales extraordinarias que se han producido hoy, la vista queda aplazada hasta mañana.