Capítulo 31. Silvia
SILVIA
Greta estaba a punto de terminar su jornada cuando Iñigo y Mikel entraron por la puerta.
Aún se percibía en el aire el dulce aroma del bizcocho de chocolate que había preparado con Maialen.
Con una sonrisa, saludó a los hombres de la casa y les ofreció un trozo, pero ambos lo declinaron.
Mikel, con el rostro cansado, prefirió subir a su habitación hasta la hora de cenar.
Maialen fue detrás. Quería aprovechar cada minuto con su hermano antes de que volviera a desaparecer.
—¿Seguro que no quieres un trozo? —le preguntó a Iñigo, sosteniendo el plato con sus rechonchas manos.
—Gracias, Greta, tiene una pinta estupenda, pero voy a salir a correr. Si queda algo después de cenar, me lo comeré encantado.
—Ya sabes lo que dicen, ¿no? Correr es de cobardes —bromeó ella con su gracia habitual llevándose un trozo a la boca.
Iñigo soltó una carcajada y se marchó. Greta era única e irradiaba una alegría que no siempre se respiraba en aquella casa.
—¿Te vas ya? —le preguntó Silvia a Greta en cuanto se quedaron solas.
—Sí, así te quedas un rato tranquila. Con Mikel jugando con Maialen y tu marido trotando por ahí, al menos podrás tener un ratito para ti.
—Gracias, Greta. Por todo —le dijo con sinceridad—. Por cuidar tan bien de Maialen, por ser tan amable, por llenar esta casa de alegría... Estoy feliz de tenerte aquí.
—Y yo de teneros a vosotros. Llegué a esta casa en un momento de mi vida complicado y, aunque nunca te lo haya contado, me habéis ayudado mucho a salir del bache. Ahora estoy encantada.
Silvia frunció el ceño intrigada.
—¿Y eso?
—Otro día te lo cuento —dijo haciendo un gesto evasivo—. Este es tu momento, y seguro que prefieres darte un baño de espuma con muchas burbujas, rollo Pretty Woman , antes que escuchar mis miserias.
—No digas tonterías. ¿Nos tomamos un café?
—¡Vale! —respondió Greta enseguida—. Pero con un trozo de bizcocho, ¿eh?
Silvia preparó un par de cafés y se sentaron en la mesa de la cocina a charlar, como tantas otras veces. Aunque esta vez fue distinto. Greta parecía estar a punto de compartir algo muy privado.
—Año 2017 —comenzó a decir dándole un tono misterioso a la historia—.
Llevaba dos años con mi novio Jon y estaba a punto de casarme.
La boda sería el 24 de junio, San Juan. Ciento cincuenta invitados, una ermita pequeñita, un coche antiguo de alquiler precioso, el ramo de flores más bonito que puedas imaginar, un vestido de novia talla XXL que me sentaba como un guante... Todo.
Silvia la escuchaba con la boca abierta. Greta nunca le había hablado de ningún novio, mucho menos de un marido. Alguna vez había mencionado que vivía sola con su gato, por lo que algo se tuvo que torcer.
—Un mes antes, las chicas me prepararon una despedida de soltera. Ya sabes, con bandas de esas que ponen «Te casaste, la cagaste», y esas cosas. Eso sí, les avisé de antemano que no pensaba ponerme ninguna diadema de penes. Que a una le gusta la ropa alegre, pero tampoco hay que pasarse.
Greta hizo un gesto con la mano que dejaba claro que por ahí no pasaba, y a Silvia le entró la risa.
—La noche fue genial. Risas, kalimotxo , bailoteo... Hasta que, sobre las cuatro de la mañana, a mi prima Yoli le llegó un mensaje. Una amiga suya juraba haber visto a mi novio entrando en un portal, agarrado de la mano con otra. Otra que no era yo, claro.
—¿Y qué hiciste?
—Mi prima insistió tanto en que debíamos ir a comprobarlo que nos pusimos en modo detective, pero a lo cutre —explicó con una sonrisa amarga—.
Nos despedimos del resto alegando que era tarde y que estábamos muy cansadas.
Cogimos un taxi y nos plantamos en la dirección.
Escondidas detrás de unos coches, tuvimos que esperar un buen rato hasta que los vimos salir.
Yoli encendió la cámara del móvil de inmediato y les sacó varias fotos besándose frente al portal.
Ella le metía mano y él parecía encantado.
Después, se despidieron y cada uno se fue por su lado, mientras yo seguía en shock .
Un rato después, hice de tripas corazón y le envié un mensaje de lo más normal: «Hola, bichito, me lo estoy pasando genial con las chicas.
¿Tú qué tal?». Y va el tío y me responde: «En la cama desde las diez.
Me has despertado. Mañana hablamos. Te quiero». ¿Cómo te quedas?
—Lo siento mucho —dijo Silvia acariciándole el hombro.
—Uy, espera. Que ahora viene lo mejor. Yoli empezó a decirme que tenía que cancelar la boda, que ese desgraciado se merecía lo peor...
Y yo le dije que no. Que no pensaba anular nada.
Con lo que me había costado encontrar novio y montar la boda de mis sueños, como hay Dios que yo me casaba.
Y te puedes imaginar cómo se puso mi prima: «¡Tú estás loca!
¿Cómo vas a casarte con un tipejo que te pone los cuernos?
». Y yo, erre que erre. —Greta hizo una pausa.
Gesticulaba con mucho ímpetu y necesitaba un descanso.
Después continuó—: Yoli no lo entendía, y no espero que alguien como tú lo entienda tampoco.
Sois mujeres guapas, altas, delgadas..., y podríais tener a cualquier hombre a vuestros pies.
Yo tenía veintinueve años y estaba igual de gorda que ahora.
Que sí, que ya sé que lo de gorda ya no se lleva y ahora somos curvy , pero para el caso es lo mismo.
Nunca había tenido novio hasta que empecé con él, que tampoco era Richard Gere, no te creas.
Pero era resultón, y me hacía reír. Y yo quería tener mi boda de cuento, irme de viaje de novios y, sobre todo, tener hijos. ¡Cómo me gustaría tener hijos!
—Serías una madre estupenda, no lo dudes. —Silvia estaba convencida de ello.
—Mi príncipe azul resultó no ser tan azul. ¿Y qué pasa? Me trataba muy bien, nos lo pasábamos genial juntos y formaríamos una familia con una mini-Greta y un mini-Jon que serían la alegría de mis días —dijo con una sonrisa melancólica—. Además, yo ya lo sabía.
—¿Qué era lo que sabías? ¿Que te era infiel?
—Pues claro. Lo imaginaba desde hacía tiempo. Yoli simplemente me puso delante la oportunidad de verlo con mis propios ojos y cometí el error de aceptar. —Su expresión cambió de repente—. Seguro que te parezco muy cutre, ¿no? Estarás preguntándote dónde está mi dignidad.
En la mente de Silvia reaparecieron unas imágenes que había querido olvidar, pero que ahora emergían con nitidez.
En ellas, Iñigo salía de un apartamento en Suiza que no era el suyo, agarrando de la cintura a una mujer que no era la suya.
Sintió unas ganas horribles de confesar que la entendía mejor de lo que creía, que ella misma había vivido algo parecido, y que por ser alta, guapa y delgada no se estaba a salvo de nada.
Dudó en sincerarse y compartir con ella lo que tanto le había costado olvidar y que nunca le había contado a nadie.
Pero, al final, prefirió no hacerlo. Le daba demasiada vergüenza admitirlo en voz alta, y no quería ver la decepción en los ojos de Greta.
—No me pareces cutre en absoluto —le aseguró—. Tu dignidad está donde tú quieras que esté y, si querías casarte con él a pesar de todo, tenías todo el derecho a hacerlo. Lo que no entiendo es qué pasó para que esa boda no se celebrara.
—Mi prima. Eso pasó. Me dijo que no permitiría que hiciera semejante idiotez y les enseñó las fotos a mis padres, a mis amigas y a todo pichichi. Sabía que, después de eso, no habría marcha atrás.
—¿Y a ella qué más le daba? —preguntó Silvia indignada.
—¡Eso mismo digo yo! Según ella, solo quería protegerme.
Pero el resultado fue que tuve que cancelarlo todo y me quedé compuesta y sin novio, como se suele decir.
Desde entonces, no he vuelto a estar con nadie, y mis óvulos me están gritando que me espabile si no quiero que se me pase el arroz.
Y ella, la muy cochina, está casada y tiene tres hijos.
Pero ¿sabes qué? Que son muy feos, los tres. Superfeos.
Silvia soltó una gran carcajada y le llevó unos segundos parar de reír.
Greta era una bomba. Sabía que ella la admiraba, sobre todo por su figura esbelta y por la seguridad que proyectaba ante los demás, pero Silvia también sentía admiración por Greta.
Su alegría, su desparpajo y su forma de sobrevivir con humor eran inigualables. Era imposible no quererla.
—¿De qué habláis? —preguntó Iñigo al entrar en la cocina y verlas tan animadas. Con la camiseta mojada de sudor y el pelo revuelto, a ambas les pareció que estaba todavía más atractivo que antes de salir a correr.
—Ah, nada importante —respondió Greta con una sonrisa—. De lo asquerosos y miserables que podéis llegar a ser los hombres a veces. Y también de las primas llamadas Yoli. ¡Lo peor de lo peor! Si tienes una, ¡aléjate!
Se levantó de la silla, cogió su bolso y añadió:
—Y, ahora sí, me largo, que ya va siendo hora.
Greta se marchó con una sonrisa dibujada en el rostro. Le había venido bien sincerarse con Silvia. No solo no la había juzgado, sino que la había escuchado de verdad. Su jefa molaba, molaba mucho. Siempre se había mostrado cercana y jamás la había hecho sentir de menos por ser distinta.
Al llegar a su piso, se puso el pijama de cerezas, cenó algo ligero y se acomodó en el sofá junto a su gato.
Encendió el ordenador portátil y empezó a buscar noticias sobre el juicio.
Una página la llevó a otra y un artículo a otro.
Hasta que, pasadas un par de horas, dio con un vídeo de YouTube que captó toda su atención.
No era reciente, pero sí muy interesante.
—Pero ¿qué tenemos aquí? —murmuró inclinándose hacia la pantalla.
Lo reprodujo varias veces, pausó, volvió a mirar. Y entonces, lo vio claro.
Se levantó de un salto. Agarró el portátil y las llaves del Fiat Punto anaranjado, y salió de casa a todo correr sin siquiera quitarse el pijama. Subió al coche y puso rumbo al chalet de los Ajuria, en Igeldo.
Eran las once de la noche cuando Silvia le abrió la puerta, sorprendida por su visita.
—¡Ay, Silvia! —exclamó Greta a modo de saludo.
Entró sin pedir permiso, arrastrando las pantuflas a juego con el pijama de cerezas por el parquet, y se fue directa al salón. Colocó el portátil sobre la mesa y lo abrió con rapidez.
—¡Tienes que ver esto!