Capítulo 30. Karmele
KARMELE
Ana Ruiz, la abogada defensora en el caso que Silvia dejó a medias antes de abandonar la fiscalía para siempre, cumplió su palabra.
Apenas quince minutos después de colgar, Karmele recibió un email con la información del caso de Antonio Hervás.
Pasó las siguientes dos horas sumergida en la documentación y, aunque no quería abusar de la generosidad de la abogada, decidió llamarla de nuevo.
—Perdona que te moleste otra vez, Ana, pero hay algo más que me gustaría preguntarte. ¿Crees que habría alguna posibilidad de que pudiera entrevistarme con Antonio?
—Claro, podrías presentar una solicitud por escrito justificando el motivo de la entrevista y esperar a que él la acepte. Pero ten en cuenta que la autorización puede tardar entre tres y diez días en llegar.
—Es demasiado —se lamentó la periodista. Néstor se subiría por las paredes si supiera que estaba perdiendo el tiempo con un caso que quizá no llevaba a ninguna parte.
—¿Tiene que ser de manera presencial?
—Hombre, por teléfono no es lo mismo —admitió Karmele apenada—, pero si es más rápido...
—Podrías probar con una videollamada, que es algo intermedio. Y si la solicito yo, como su abogada, será más rápido, seguro.
—¿Harías eso por mí?
—Dicen que hay que tener amigos hasta en el infierno, y tener a una buena periodista de tu parte puede ayudar en según qué casos. —Al otro lado de la línea, Ana pareció sonreír—. Quizá más adelante me cobre el favor.
—De acuerdo, trato hecho.
—Voy a ver qué puedo hacer y te digo algo cuanto antes. Pero te advierto que llevo muchos años sin contactar con él. No sé si querrá hablar conmigo —aclaró—. Por curiosidad, dime algo antes: ¿qué esperas encontrar en este caso que tenga que ver con Silvia Legarre?
—Probablemente nada. Me ha llamado mucho la atención el mensaje que te envió para después decirte que se había equivocado, pero quizá fue tan solo eso, un error. De todas formas, no pierdo nada por investigar un poco.
Al cabo de una hora, Karmele recibió un correo de la abogada en el que le explicaba que había resultado bastante sencillo concertar una videollamada con Antonio para esa misma tarde, a las siete.
Como la había solicitado en calidad de abogada, en un principio se conectarían los tres, pero después ella se desconectaría para dejarlos hablar a solas.
Karmele dio pequeños saltos de alegría por toda la cocina. Era obvio que se estaba desviando del objetivo principal, pero el caso de Antonio tenía algo que le resultaba llamativo, y quizá lo que descubriera ahora le serviría para un reportaje futuro.
A las siete en punto, se conectó a la videollamada.
Ana ya estaba en línea y Antonio tardó un par de minutos más en aparecer en la pantalla.
Karmele lo observó con atención. Era un hombre que rondaría los sesenta años, con una calva prominente y el rostro surcado de arrugas por el paso del tiempo.
Era la primera vez que lo veía, pero intuyó, por la tristeza de su mirada, que los años en prisión le habían pasado factura.
A su espalda, se podía adivinar una sala de paredes grises con un par de sillas metálicas al fondo.
Parecía un lugar frío y muy poco acogedor.
—Hola, Antonio. ¿Qué tal? —lo saludó Ana—. Supongo que te habrá sorprendido esta videollamada después de tanto tiempo, pero la he solicitado porque quiero presentarte a Karmele Beltrán. Es periodista y le gustaría entrevistarte, si no tienes inconveniente.
—¿A mí? ¿Y para qué va a querer entrevistarme a mí?
—Será mejor que ella misma te lo explique. Con vuestro permiso, os dejo solos para que podáis hablar con tranquilidad. Me alegro de verte y que sigas bien, Antonio.
Hizo un gesto con la mano y se desconectó. Karmele, fiel a su estilo, decidió ir directa al grano y ser franca con el hombre que la miraba con una mueca de extrañeza desde el otro lado de la pantalla.
—Hola, Antonio. Me gustaría hacerte algunas preguntas sobre tu caso. Pero antes de nada quiero que sepas cómo he llegado hasta él: estoy escribiendo un artículo sobre Silvia Legarre, la fiscal que participó en tu juicio y que tuvo que ser sustituida en el proceso. ¿La recuerdas?
—¿Cómo no hacerlo? Mantuve mis esperanzas puestas en ella durante muchos de los años que he pasado aquí encerrado, hasta que me cansé.
—¿En ella? ¿Qué podría hacer ella para ayudarte? —preguntó Karmele desconcertada.
—Decir la verdad, para empezar.
—No te entiendo, Antonio. ¿Podrías explicarte mejor?
El hombre suspiró con resignación.
—¿Qué es lo que sabes sobre mi caso?
—No mucho, la verdad. Te agradecería que me lo explicaras tú.
Antonio volvió a suspirar, pero comenzó con el relato.
—Vamos a ver... Yo tenía un local de apuestas y máquinas tragaperras, entre otras cosas, y también tenía alquilado un pabellón en Oiartzun donde organizaba peleas de perros. Antes de que digas nada de que eso es algo ilegal, ya me condenaron por ello.
Karmele alzó los brazos y le mostró las palmas de las manos. Quería transmitirle que ella no estaba allí para juzgar, sino para escuchar.
—Un día alguien se puso en contacto conmigo por internet para alquilarme el recinto.
Me dijo que quería organizar un evento privado y que quería usar el pabellón durante una noche.
No me dio detalles de qué tipo de evento era y yo no se los pedí.
A cambio, cobraría veinte mil euros. Solo tenía que dejar el sitio limpio y darle las llaves a un mensajero, y él me entregaría el dinero en metálico.
Sencillo y sin complicaciones. Y ahí hubiera acabado todo si no fuera por lo que ocurrió la noche en cuestión.
—¿Qué ocurrió? —Karmele se inclinó hacia la pantalla con los ojos bien abiertos.
—Que me engañaron. A altas horas de la madrugada, cuando imaginé que el evento ya se había terminado, fui al pabellón para comprobar que lo hubieran dejado todo en orden.
Pensé que encontraría vasos por el suelo, botellas...
, no sé, cosas de esas. Pero lo que había era un cadáver.
Un tío desnudo, muerto, en mitad del recinto.
Me dio un ataque de pánico. No podía respirar y te juro que pensé que moriría ahí mismo, pero no.
Poco a poco, conseguí tranquilizarme. Cogí el móvil e intenté contactar con el tipo que me lo había alquilado, pero fue imposible.
¡El muy cabrón! —Golpeó la mesa con rabia y la imagen se tambaleó—.
Desesperado, decidí deshacerme del cuerpo antes de que apareciera nadie, pero me pillaron en un control.
Ya es mala suerte darte de bruces con un control de la Ertzaintza cuando llevas un muerto en el maletero.
—¿Por qué no acudiste a la policía cuando lo encontraste?
—¿Y decirles qué? —preguntó alterado—. ¿Que había alquilado el pabellón donde organizaba peleas de perros ilegales a un desconocido y cobrando en negro?
¿Que no tenía ni idea de para qué lo querían y que, oh, sorpresa, me había encontrado un cadáver en medio?
Nadie me habría creído. Cuando me pillaron conté toda la verdad y, por supuesto, nadie me creyó.
—Lo siento mucho.
Antonio se inclinó hacia la cámara y bajó la voz.
—Mira, yo sé lo que puede parecer desde fuera, pero me tendieron una trampa.
Estoy convencido de que había gente muy poderosa detrás de todo esto.
Gente capaz de comprar jueces, policías y a quien hiciera falta —dijo con rabia—.
No sé qué pasó exactamente esa noche en el pabellón, pero lo taparon cargándome a mí con el muerto.
Fue todo un complot, y les salió redondo.
Karmele se quedó en silencio. Antonio parecía convencido de haber sido el cabeza de turco de una conspiración. Habría repetido esa versión tantas veces que había terminado creyéndosela, pero sonaba a película barata. En los documentos de Ana no había nada que la sustentara. Absolutamente nada.
—¿Y qué pinta Silvia Legarre en todo esto? —preguntó volviendo al motivo que la había llevado hasta él.
—Ella podía haber contado lo que sabía. Estoy seguro de que conocía la verdad. Le mandó un mensaje a mi abogada diciendo que tenía algo que lo cambiaba todo. Seguro que descubrió quiénes estaban detrás, qué habían hecho y por qué. Podría haberlo contado y demostrar mi inocencia, pero se achantó.
—Bueno, quizá eso sea mucho imaginar, ¿no crees?
—Conseguí su dirección personal gracias a un amigo al que le pagué por seguirla, y le escribí un montón de cartas durante años —continuó Antonio ignorando el comentario de la periodista—.
En todas le pedía que hablara, que mostrara esa información, pero me llegaron todas de vuelta, sin abrir.
Cuando empecé a sospechar que ella también estaba metida en el ajo, decidí no enviar ni una más.
Y ahora ya no quiero saber nada, ni de ella ni de nadie.
Me queda poco para salir y lo único que quiero es terminar mi condena en paz.
La conversación se alargó unos minutos más.
Antonio seguía aferrado a la idea de un gran complot en el que incluía a Silvia Legarre como encubridora, y Karmele sintió una punzada en el estómago.
¿Había ahí una historia que contar? ¿Existía realmente una conspiración como la que él describía?
Se despidió agradeciéndole que hubiera hablado con ella y apagó el ordenador con más dudas que certezas: ¿estaba ante una buena historia o ante alguien con demasiada imaginación?
Lo único de lo que sí estaba segura era de que el tiempo se le echaba encima y aún no había escrito ni una sola línea del especial sobre Silvia Legarre.