Capítulo 29. Lander
LANDER
Como cada sábado, Lander pensaba quedar con Mikel para dar una vuelta por ahí, echar unos tragos y terminar la noche en su casa. Estaba acabando de vestirse cuando le entró una llamada al móvil. Era Mikel.
—Lo siento, tío, pero hoy no voy a poder quedar contigo. Elene me acaba de preparar una encerrona de mil pares de narices.
—¿Encerrona? ¿De qué tipo?
—Ha organizado por sorpresa una cena con sus padres. Llevaba tiempo queriendo que me conocieran. Le he estado dando largas, pero esta vez no me voy a poder escapar.
—Buah, qué putada —respondió Lander entre risas—. La Barbie te tiene bien cogido por las pelotas.
—No me ha hecho ninguna gracia, no te creas. Después me escapo un rato y estamos.
Lander se había quedado sin plan. Amaia le había propuesto muchas veces hacer algo juntos: ir al cine, tomar unas cañas...
Cualquier excusa era buena para pasar tiempo con él.
Pero Lander lo tenía claro: prefería quedar con Vega.
Además, un par de días antes, en la cafetería del campus, habían estado a punto de besarse.
Si no fuera porque Kerman había aparecido de la nada cortándoles el rollo, seguro que habrían acabado enrollados.
Cogió el móvil para enviarle un WhatsApp. No quería parecer demasiado ansioso y escribió un mensaje que sonaba casual: «¿Plan para esta noche?». Vega respondió rápido. «He quedado con unos colegas. Vente si quieres». Lander habría preferido estar con ella a solas, pero era mejor eso que nada.
Quedaron en el quiosco del Boulevard. Para cuando Lander llegó, Vega ya estaba allí.
Y estaba espectacular. Llevaba cazadora y minifalda de cuero, medias de rejilla, botas militares y una camiseta de los Ramones rota que dejaba ver el piercing de su ombligo.
El eyeliner negro le enmarcaba la mirada y, esta vez, en lugar de pintarse los labios de negro, se los había maquillado de un color rojo oscuro que le quedaba genial.
Se saludaron y Vega echó a andar.
—¿Adónde vamos? —preguntó Lander.
—A la zona del Bata.
Vega se refería a la discoteca Bataplán, símbolo de la noche donostiarra, situada en un enclave privilegiado frente a la bahía de la Concha. Allí solía acabar las noches de fiesta buena parte de la juventud donostiarra, después de haber tomado unas copas en los bares cercanos.
En menos de cinco minutos, llegaron al bar Norte y se dirigieron directamente al fondo del local, donde cuatro tíos estaban sentados en una mesa.
Eran todos mayores que ellos, e iban vestidos casi igual: el pelo muy corto, cazadora bomber , pantalón con dobladillo y botas militares.
Lander se fijó especialmente en uno de ellos.
Llevaba el pelo rapado al cero, el tatuaje de un dragón en el cuello y unos pectorales muy musculados, que se le marcaban incluso bajo la camiseta.
Lander se sintió fuera de lugar desde el principio, pero Vega no pareció notarlo. Los saludó con familiaridad y les presentó a su amigo con un simple «este es Lander».
Ninguno de ellos pareció especialmente interesado en saber más y siguieron charlando.
El bar se fue llenando y el ambiente festivo se intensificó cuando uno de los camareros anunció el pistoletazo de salida de una promoción muy particular: los dados. El juego era sencillo: cada vez que se pedía una copa, se lanzaba un dado, y el número que salía marcaba el precio de la consumición.
Vega llevó la voz cantante desde el principio. Se adueñó del dado y convirtió cada tirada en un pequeño espectáculo. Subida a la barra, feliz de acaparar todas las miradas, celebraba con euforia cada vez que sacaba un número bajo y sus acompañantes estallaban en vítores.
Lander intentó integrarse, charlar con los del grupo, pero se sentía cada vez más desubicado. Ella iba y venía: a veces le susurraba algo al oído, se apoyaba en él, le rozaba la pierna..., pero luego desaparecía sin más.
En una de esas idas y venidas, lo abordó por la espalda, lo rodeó con un brazo y le susurró:
—Luego tú y yo nos vamos por ahí, ¿vale?
Vega le guiñó un ojo y volvió a desaparecer entre la multitud. A Lander le bastó con eso. Dio por hecho que esa noche, por fin, acabaría con ella.
Pasó casi media hora sin volver a verla.
Al principio no le dio importancia, pero empezó a ponerse nervioso.
¿Dónde se había metido? Salió a buscarla, miró en la barra, buscó en una especie de reservado...
, pero no estaba. Se detuvo frente al baño.
La puerta estaba entreabierta. La empujó con suavidad y entonces la vio.
Vega estaba allí, enrollándose con el tío del dragón en el cuello. Él la empujaba contra la pared mientras la besaba y la acariciaba con ansias por debajo de la ropa. Y ella le correspondía gimiendo con cada empujón. La escena era muy salvaje, y Lander se quedó petrificado.
De pronto, Vega lo vio, pero no se sobresaltó. Tampoco se apartó.
—¿Qué pasa?
Él tardó en reaccionar.
—Yo... Pensaba que tú y yo... —dijo sintiéndose ridículo.
Vega soltó una carcajada. El tipo de la cabeza rapada seguía lamiéndole el cuello como si nada.
—Piensas demasiado. —Vega cerró la puerta de un puntapié, dejando a Lander plantado.
Salió del local sin decir nada a nadie. Se sentía un imbécil y estaba furioso. Cerraba los puños con fuerza y tenía la mandíbula rígida. Caminó sin rumbo durante un rato y acabó en un bar cualquiera, donde se pidió un cubata. Y después otro.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí cuando sonó su móvil.
—¿Dónde andas? Ya estoy libre, y necesito un trago —le dijo Mikel—. ¡Los padres de Elene me han freído a preguntas!
Veinte minutos después, Mikel llegó al bar donde Lander había terminado ahogando sus penas. En cuanto lo vio, supo que algo no iba bien. Lander le contó lo ocurrido.
—Esa zorra se ha reído de mí. Iba de enrollada y no es más que una guarra.
—Olvídala, tío —le respondió Mikel pidiendo un par de tragos más—. Nos pillamos una buena y que le den. Mañana ni te acordarás.
Siguieron bebiendo y Lander pasó de la pena a los comentarios irónicos, y de ahí a las carcajadas. Mikel también empezaba a notar los efectos del alcohol y celebraba cualquier tontería que soltaba su amigo. En algún momento de la noche, decidieron que podrían continuar la fiesta en casa de Lander.
No tardaron en llegar. Subieron en el ascensor riéndose por cualquier estupidez y, ya en el salón, pusieron música y se sirvieron unas cervezas.
—¿Y tu compi de piso? —preguntó Mikel.
—Borja sabe que los sábados son nuestros. Se lo dejé muy claro cuando se vino, así que no vendrá. Tenemos la guarida para nosotros solos.
Mikel soltó una carcajada, se lanzó sobre el sofá y encendió la tele, mientras Lander decidía pasar del alcohol a algo más.
Un rato después, consciente de que llevaban un buen viaje encima, Lander se incorporó, sonrió y le dijo a su amigo:
—Ya sé qué podemos hacer para terminar bien la noche.