Veredicto Capítulo 27. El asesino de Gros
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Capítulo 27. El asesino de Gros

EL ASESINO DE GROS

El segundo asesinato causó un gran revuelo y, en esta ocasión, la prensa le dio una cobertura mucho mayor que la vez anterior.

Dos vecinos del mismo barrio, personas muy distintas entre sí, habían sido asesinadas con mes y medio de diferencia.

Había muchas similitudes entre los dos asesinatos, pero la más significativa era el pendrive encontrado en la boca de los cadáveres. Algo así no podía ser una coincidencia.

Los debates en los programas matutinos no tardaron en encenderse.

Los tertulianos discutían sobre los posibles significados del pendrive y la elección de las palabras que contenía.

Algunos decían que el asesino conocía bien a las víctimas y que se trataba de mensajes dirigidos directamente a ellas, otros creían que no eran más que un desafío directo a la policía y algunos incluso insinuaban que podía tratarse de una denuncia social más amplia.

Él analizó todas esas teorías con interés, sabiendo que ni siquiera estaban cerca de comprender su verdadero propósito.

Lo que más le impactó fue escuchar que se referían a él como un asesino en serie.

Técnicamente no era correcto. La definición criminológica establecía que un asesino en serie debía cometer al menos tres homicidios para recibir esa etiqueta, y él solo había ejecutado dos.

También le habían dado un nombre: el Asesino de Gros.

No se dio cuenta de ese detalle hasta que lo vio destacado en los titulares de los periódicos: sus dos primeras víctimas vivían en el mismo barrio de San Sebastián, en Gros.

Era una coincidencia en la que ni siquiera había reparado, aunque, pensándolo bien, tenía lógica que así fuera.

Al darse cuenta de que su tercera víctima también compartía esa particularidad, entendió que ese apodo ya no lo abandonaría.

Para la prensa, para la policía y para el imaginario colectivo, él sería siempre el Asesino de Gros.

Se tomó su tiempo para recopilar y analizar toda la información que se publicaba sobre los asesinatos.

Examinó cada detalle con detenimiento, intentando descifrar qué sabía la policía.

Cuando confirmó que seguían muy desorientados, sin una línea de investigación clara, supo que había llegado el momento de culminar su misión.

Era hora de ir a por su tercera víctima.

Como en las dos ocasiones anteriores, comenzó con un meticuloso seguimiento.

Se trataba de un chico joven, no demasiado fuerte, pero sí alto, tanto como él.

Durante la primera fase del plan, había recopilado datos básicos sobre el muchacho: nombre, edad, dirección, oficio, aficiones...

La mayor parte de esa información provenía de su cuenta de Facebook, lo que no dejaba de asombrarle.

El joven publicaba todo, sin ser consciente de lo vulnerable que lo hacía.

La red era un escaparate, pero también una trampa para aquellos incautos que no sabían cómo protegerse. Y este era uno de ellos.

El joven llevaba una vida mucho menos predecible que sus dos anteriores víctimas, y su rutina era un caos.

Tenía diversos empleos y su horario no era fijo, con distintos relevos y cambios de última hora.

Además, su pasión por la música lo llevaba a actuar los fines de semana con su banda, desplazándose a diferentes localidades para dar conciertos.

Y eso no era todo. Aunque el joven vivía solo, su apartamento no era para nada un lugar tranquilo: tenía la costumbre de pasar la noche acompañado de una chica distinta cada vez.

Cada entrada y salida de aquella casa sumaba una nueva pieza al rompecabezas, pero no le importó.

Estaba seguro de que, tarde o temprano, daría con el momento perfecto para actuar.

Tras un par de semanas de seguimiento, pensó que lo mejor sería abordarlo de madrugada, a la vuelta de algún concierto.

El joven estaría cansado y, casi con toda probabilidad, algo bebido.

Pero debía asegurarse de que estuviera solo.

Gracias de nuevo a Facebook, pudo conocer los detalles de los siguientes seis conciertos que daría el grupo, repartidos entre viernes y sábados por la noche.

Lo preparó todo para atacar tras el primero de ellos, pero el chico no regresó a casa solo.

La historia se repitió dos veces más, en las que no le quedó más remedio que retirarse, hasta que por fin llegó el momento que había estado esperando.

Era viernes de madrugada, sobre las dos y media, cuando el joven regresó de un concierto en el barrio de Amara.

Lo observó entrar al portal y esperó unos diez minutos, tiempo suficiente para que subiera a su apartamento.

El edificio era relativamente nuevo y el interfono contaba con cámara, por lo que se vio obligado a tocar el timbre vestido de guardia municipal.

No podía arriesgarse a que no le abriera la puerta.

Por suerte, la calle estaba desierta y nadie lo vio.

Unos segundos más tarde, vio la luz roja que indicaba que la cámara se había activado.

—¿Quién es? —oyó que decía una voz ronca y cansada al otro lado. El chico estaría deseando meterse en la cama.

—Policía municipal —respondió él con firmeza—. Queremos hacerle unas preguntas sobre los desperfectos ocasionados en el concierto de esta noche en el bar Koxka. Tenemos entendido que usted es miembro del grupo Garraxi.

—¿Desperfectos? ¿Qué desperfectos? —preguntó el joven molesto.

—Disponemos de un vídeo que lo corrobora.

No tuvo que añadir nada más. Un instante después, el zumbido del portero automático indicó que la puerta estaba abierta.

Entró y caminó con calma hasta el ascensor.

Solo tenía que subir dos pisos, pero ese breve trayecto era tiempo suficiente para pegar las plantillas a las suelas de sus botas y ponerse los guantes. El resto lo tenía todo preparado.

Al salir del ascensor, se encontró con un pequeño descansillo con cuatro puertas.

Una de ellas estaba entreabierta, la empujó con cuidado y entró.

El piso era diáfano, moderno, con techos altos y un diseño minimalista.

Nada más cruzar la puerta se encontró directamente en el salón, un espacio amplio donde un televisor enorme dominaba la pared de la sala.

Estaba encendido y emitía una pelea de boxeo, con los golpes y la voz del comentarista sonando a un volumen demasiado alto para la hora que era.

El joven, de espaldas, no se había percatado de su presencia, y sacaba una cerveza de un frigorífico retro que parecía más un adorno que un electrodoméstico. Él pensó que era la ocasión perfecta.

Mientras observaba cómo el chico abría la botella y daba un largo trago, sacó el bate de la bolsa con un gesto rápido.

Se acercó a él sin hacer el menor ruido y, con un movimiento preciso y calculado, descargó toda su fuerza en la parte posterior del cráneo.

El golpe fue tremendo, y un chorro de sangre salpicó su traje antes de que el cuerpo cayera al suelo con un ruido seco y pesado.

Por un instante, la visión de la sangre lo dejó paralizado.

No era la primera vez que la veía, ni mucho menos, pero el contraste del rojo oscuro con la alfombra de color beige lo impresionó.

El tintinear de la botella de cerveza rodando sobre el suelo le hizo reaccionar.

Respiró una bocanada de aire y recuperó de nuevo el control.

Pero, de pronto, creyó oír la respiración del joven, débil y entrecortada.

Su primer impulso fue dar un paso atrás, pero al ver que el chico movía ligeramente los dedos, comprendió que no podía dejar el trabajo sin terminar.

Marcharse con el chico aún con vida podría resultar un error fatal.

Por eso, apretó el bate con fuerza, se colocó junto al cuerpo y, sin vacilar, descargó un segundo golpe, aún más contundente, esta vez contra la sien.

El cráneo cedió bajo el impacto, dejando escapar un sonido definitivo que le hizo saber que esta vez no había vuelta atrás.

Después de comprobar durante varios segundos que no tenía pulso, lo volteó con rapidez.

Sacó del bolsillo de su chaqueta el pendrive y el dedal que había llevado consigo y los colocó cada uno en su sitio.

Recogió el bate y lo guardó en la bolsa.

Después, se quitó la chaqueta y la gorra, ambas salpicadas de sangre, y las introdujo allí también.

Sabía que esas manchas podían delatarlo si alguien lo veía.

Antes de salir, echó una ojeada rápida al entorno, asegurándose de que no quedaba ningún detalle fuera de lugar.

Cerró la puerta con suavidad, sin hacer apenas ruido, y abandonó el edificio con paso firme.

Al arrancar el motor, decidió no dirigirse directamente a su casa.

En lugar de eso, optó por dar varios rodeos, recorriendo calles y avenidas sin rumbo fijo.

Notaba el leve temblor del volante en sus manos y cómo su respiración era más rápida de lo normal.

Durante más de media hora condujo al azar recordando la palabra que contenía el archivo del pendrive , « INCOMPETENTE », un calificativo elegido con precisión, la definición exacta de lo que había demostrado ser su tercera víctima.

Matar al chico no había resultado sencillo, pero aun así consideraba que había sido un asesinato certero.

Podría haberse recreado más, prolongar el sufrimiento de su víctima al ver que no había muerto al instante o saborear el momento como haría un psicópata cualquiera, pero él no era un criminal que gozaba asesinando, ni un monstruo sediento de sangre.

No le gustaba matar. Simplemente era alguien buscando justicia, una justicia que nunca llegaría si no se la tomaba por su mano.

Al llegar a casa, borró cualquier rastro que pudiera vincularlo con los crímenes e ingirió su habitual dosis de somníferos.

Después, se metió en la cama, exhausto pero tranquilo.

A medida que las pastillas comenzaban a hacer efecto y los párpados se le iban cerrando, una extraña sensación de paz empezó a asentarse en su pecho.

Todo había terminado.