Veredicto Capítulo 26. Karmele
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Capítulo 26. Karmele

KARMELE

La noche anterior, cuando Karmele descubrió que Silvia Legarre había fingido problemas en el embarazo para dejar la fiscalía, decidió que tenía que indagar más a fondo en el tema.

Su olfato de periodista casi nunca le fallaba y, esta vez, le indicaba sin lugar a dudas que había algo raro en esa historia.

Debía seguir su instinto e investigar. Por eso, a la mañana siguiente, nada más levantarse, cogió el teléfono y llamó a Néstor para avisarle de que iba a estar demasiado ocupada como para ir a cubrir la cuarta sesión del juicio. Tendría que enviar a otra persona.

—No me jodas, Karmele —gruñó él malhumorado—. ¿Y a quién mando yo ahora?

—Solo será esta mañana. Manda a cualquiera de los becarios, tampoco es para tanto.

—Espero que merezca la pena lo que sea en lo que estés metiendo el morro.

—No te lo puedo asegurar. Quizá no encuentre nada interesante, pero tendré que intentarlo, ¿no?

Néstor colgó el teléfono sin despedirse, y Karmele supo que, viniendo de él, ese gesto equivalía a un «sí».

Se preparó unas tostadas y un bol con copos de avena con leche y desayunó frente al ordenador, leyendo las últimas noticias.

Era algo que siempre hacía antes de empezar la jornada.

Estar bien informada de lo que estaba ocurriendo en el mundo, y más concretamente a su alrededor, era imprescindible en su profesión.

Y ella no contemplaba la idea de empezar el día de otra forma.

Al cabo de casi una hora y tras haber repasado todos los medios digitales que solía consultar a diario, se puso a bucear en internet.

El objetivo no era otro que recopilar todas las noticias que mencionaran el cambio de fiscal en el juicio de Antonio Hervás.

Quería comparar versiones, ver si en algún medio se mencionaba algo distinto a lo que se publicó en el suyo.

Hizo una búsqueda exhaustiva, pero el resultado no fue demasiado fructífero.

Apenas media docena de artículos hablaban del tema, y en todos repetían la misma versión: el juicio se había suspendido por una indisposición de la fiscal.

Los medios más generosos ampliaban la información detallando que estaba embarazada de seis meses y que había sido trasladada de inmediato al hospital.

Ella sabía que no había ocurrido así, y también que la verdad de lo sucedido no la encontraría en las hemerotecas. Tocaba buscar por otro lado.

Releyó una de las noticias que había encontrado sobre el caso y subrayó el nombre de la abogada que había llevado la defensa de Antonio Hervás: Ana Ruiz.

La conocía, aunque hacía mucho tiempo que no hablaban.

Cinco o seis años atrás, Karmele escribió un reportaje sobre cómo la lentitud y la sobrecarga de trabajo en los juzgados afectaban tanto a víctimas como a acusados, alargando los procesos durante años.

Entrevistó a jueces, fiscales y abogados, entre los que se encontraba Ana Ruiz.

La abogada aportó una visión muy crítica sobre la falta de medios y las consecuencias de un sistema colapsado, y Karmele agradeció su sinceridad.

Era el momento de volver a contactar con ella.

Buscó el teléfono de su bufete en internet y llamó.

La secretaria la informó de que Ana estaba reunida con un cliente y que le devolvería la llamada en cuanto pudiera.

Mientras esperaba, Karmele se puso a buscar información personal sobre Silvia en la red. Instagram, Facebook, LinkedIn... Nada. No había absolutamente nada. Silvia Legarre debía de ser una persona muy celosa de su intimidad.

Probó suerte con los familiares. Iñigo Ajuria, el marido de Silvia, sí tenía presencia en redes.

Karmele entró en su perfil de Instagram y encontró varias fotos familiares que parecían sacadas de un catálogo de El Corte Inglés: el matrimonio, guapos, esbeltos, elegantes...

, y los dos hijos. El chico era tan alto y atractivo como su padre, y la niña apenas dejaba entrever que padecía algún tipo de discapacidad.

Una expresión peculiar, una postura forzada...

, detalles apenas perceptibles para el que no supiera que padecía una enfermedad rara.

El resto del perfil de Iñigo estaba centrado en su trabajo.

Publicaba consejos financieros y comentaba noticias relacionadas con distintas inversiones. Todo muy cuidado.

Intentó acceder al perfil de Mikel Ajuria, el hijo mayor, pero era privado, por lo que no pudo saber si había publicado algo sobre su madre o no.

Al cabo de un rato, sonó el teléfono. Era Ana Ruiz. Karmele la saludó con cortesía y la informó del motivo de su llamada: estaba preparando un artículo sobre Silvia Legarre y agradecería cualquier información que le pudiera dar.

—No sé si tu reportaje le hará mucha gracia, pero bueno, con lo que está ocurriendo estos días en los juzgados, dudo que le sorprenda que alguien quiera escribir sobre ella —reconoció la abogada.

—¿Os conocéis bien?

—No. Coincidimos en varios juicios cuando ella era fiscal. Siempre fue una gran profesional y, aunque estuviéramos en lados opuestos, siempre mantuvimos una relación cordial, pero no tanto como para afirmar que fuéramos amigas.

—Entiendo. ¿Y habéis mantenido el contacto desde que dejó la fiscalía?

—La verdad es que no. No la he vuelto a ver. Tengo entendido que se ha dedicado a cuidar de su familia desde entonces.

—Me gustaría que me contaras todo lo que recuerdes de cuando dejó de trabajar. Háblame de aquel caso en el que coincidisteis por última vez, el caso de Antonio Hervás.

—Déjame ver... —respondió Ana intentando hacer memoria—.

Yo defendía a Antonio, un pobre diablo acusado de asesinato.

Lo pillaron transportando un cadáver en el maletero durante un control rutinario de la Ertzaintza.

La cosa pintaba muy mal para mi defendido, pero la verdad es que desde el principio tuve la sensación de que era inocente o, al menos, no tan culpable como parecía.

Comenté con Silvia que todo parecía demasiado turbio, no sé, como si nos faltara información.

No hablamos mucho más porque no hubiera sido apropiado, pero recuerdo que se mostró de acuerdo conmigo.

A ella también le parecía un caso extraño.

—Un caso que dejó a medias.

—Exacto —respondió Ana—. Supongo que sabrás que estaba embarazada.

Parecía que todo iba bien, pero el segundo día de juicio, nada más llegar a los juzgados, pidió hablar con el juez.

Dijo que se encontraba mal y se marchó al hospital.

La sesión se suspendió y se tuvo que aplazar el juicio.

Cuando se supo que Silvia no lo retomaría, se designó a otro fiscal, pero eso no se hace de la noche a la mañana.

—¿No te pareció raro que lo dejara de forma tan repentina?

—Más raro me pareció lo que había sucedido la noche anterior.

—¿A qué te refieres? —Karmele estaba metida de lleno en la conversación.

—El primer día de juicio, por la noche, Silvia me envió un mensaje. Decía que había recibido información nueva sobre el caso. Algo que, según ella, lo cambiaba todo.

Karmele abrió los ojos de par en par, incapaz de ocultar su asombro.

—¿Nueva información? ¿De qué se trataba?

—Nunca lo supe. Al día siguiente llegó tarde a los juzgados y lo único que me dijo justo antes de marcharse fue que se había equivocado y que lo sentía. Que pensaba tener algo importante entre manos, pero que todo había sido un error.

Un escalofrío recorrió la espalda de Karmele. La historia se volvía cada vez más interesante.

—¿Y ya está? ¿No volviste a hablar con ella?

—No. Como te he dicho, se apartó del caso y de la fiscalía. Más adelante designaron a otro fiscal y se celebró el juicio con normalidad. Ella no volvió a aparecer por allí, al menos que yo sepa.

—¿Nunca pensaste en mostrarle al juez el mensaje de Silvia?

—Sí, pero desapareció.

—¿Cómo dices?

—Fue algo muy extraño. Al día siguiente de haberlo recibido, busqué el mensaje en mi móvil para releerlo, pero ya no estaba.

Karmele imaginó a Ana alzando los hombros en un gesto de incomprensión.

—¿Y qué pasó con el acusado?

—No pudieron probar de forma concluyente que asesinara a la víctima, pero fue condenado por transportar el cadáver en el maletero con intención de deshacerse de él.

Su versión fue siempre la misma: negaba haber cometido el crimen, aunque todo apuntaba en esa dirección.

Le cayeron catorce años. Aún sigue en la cárcel.

Karmele guardó silencio unos segundos. Después, se atrevió a formular la pregunta que llevaba rato ardiéndole en la garganta:

—Oye, Ana, ¿me podrías enviar el expediente del caso? —Cruzó los dedos y cerró los ojos con fuerza, rezando para que la respuesta fuera un «sí».

—Me encantaría ayudarte, de verdad, pero no puedo hacer eso. La confidencialidad, la protección de datos... Ya sabes cómo funciona esto.

—¿Y no hay nada que puedas darme? —Karmele no quería rendirse tan pronto.

—Puedo pasarte la sentencia, algunas notas personales, mis propios informes del caso... Incluyen la versión que dio el acusado durante todo el proceso. Te valdrán para orientarte.

—Te lo agradezco mucho —dijo Karmele con sinceridad—. Solo una cosa más: el día que Silvia dejó el juicio a medias, según los medios, fue trasladada al hospital. ¿Recuerdas si fue en una ambulancia o si la llevó alguien?

—Creo recordar que el juez se ofreció a llamar a una ambulancia, pero Silvia rechazó el ofrecimiento. Dijo que podía conducir. Salió por su propio pie del juzgado y yo misma la vi montándose en su coche.