Capítulo 25. Silvia
SILVIA
Terminada la cuarta sesión del juicio, Silvia no abandonó inmediatamente los juzgados. Esperó a que Carmen Soto recogiera sus cosas y salieron juntas. Había reservado mesa para las dos en el restaurante del hotel Londres, con vistas a la playa de la Concha.
Se conocían desde hacía muchos años y habían trabajado juntas en varias ocasiones.
Carmen siempre le había parecido una profesional rigurosa, poco dada a dejarse influir por presiones externas, con una mirada analítica y una capacidad extraordinaria para leer entre líneas.
Además, tenía un don especial para dirigirse al jurado: sabía cómo traducir conceptos complejos en ideas claras y emplear ejemplos precisos que se entendían a la perfección.
Charlaron animadamente mientras esperaban a que les sirvieran la comida, disfrutando de unas inmejorables vistas a la bahía de la Concha.
Silvia le explicó que necesitaba reforzar la idea de que una psicóloga experta en asesinos en serie, con un currículum tan brillante como el suyo, afirmara que no era ningún disparate pensar que el asesino de Gros pudiera haber vuelto para cometer este crimen también.
—Todos los presentes en la sala lo han oído, pero necesito que lo oiga el resto de la población también. Quiero que esté en boca de todos, no solo de los miembros del jurado, sino también de sus familiares, sus amigos, sus vecinos...
—¿Y qué propones?
—Me gustaría que la prensa te entrevistara.
Hay una periodista que me interesa especialmente.
Tiene buena reputación, y la gente la respeta.
Se ciñe a los hechos con rigor, y su trabajo suele generar impacto.
Este fin de semana publicó un especial sobre el asesino de Gros, y creo que sería perfecto que pudiera entrevistarte.
—Me parece bien. Si puede ayudar a crear contexto y sembrar una duda razonable, cuenta conmigo.
Silvia cogió el teléfono de inmediato e hizo una llamada al periódico Donostia Press .
Pidió hablar con Karmele Beltrán, alegando que tenía una entrevista que ofrecerle, pero la administrativa que la atendió le respondió que Karmele estaba volcada en otro tema y que no se encontraba en la redacción.
Consciente de que el tiempo jugaba en su contra, prefirió no dejarle ningún mensaje.
En su lugar, se puso en contacto con un periodista de El Diario Vasco en quien también confiaba.
El hombre se mostró interesado de inmediato y concertaron la cita para esa misma tarde.
Después de pagar la cuenta, Silvia y Carmen se despidieron en la puerta del restaurante. Prometieron volver a verse pronto, cuando todo aquello hubiera terminado.
Al llegar a casa, nada más cruzar el umbral, oyó unos pasos rápidos acercarse a ella.
—¡Ay, Silvia, que me tienes en ascuas! —Greta se plantó frente a ella con su energía habitual. Llevaba puesto un delantal de flores y sujetaba un estropajo en la mano. La casa olía a bizcocho de chocolate recién hecho. Lo más probable era que hubiera estado cocinando con Maialen—. ¿Cómo ha ido?
Silvia sonrió, agradecida por el entusiasmo sincero de Greta.
—Muy bien. He conseguido tumbar la declaración de una testigo muy importante.
—¡Toma ya! ¡Eres la mejor!
Silvia prefirió no entrar en detalles, pero Lander había resultado imprescindible para lograrlo. Mientras preparaban el juicio, en uno de los encuentros que había mantenido con él en la cárcel de Martutene, le explicó que el testimonio de Asun Bravo podía resultar fatal para la defensa.
—¿Y van a creer a una borracha antes que a mí?
—¿Borracha? —preguntó Silvia sorprendida—. Cuéntame eso.
Lander le explicó que el olor a anís que la mujer desprendía cada vez que coincidían en el ascensor la delataba, así como su forma de hablar, arrastrando las palabras con un deje pastoso.
También le relató el día en el que se lio una buena porque se había quedado dormida en el sofá dejando el fuego encendido.
Si no fuera porque él llamó a los bomberos, habría ardido todo el edificio.
—Un día, en el portal, se le cayó una botella de Anís del Mono delante de mí. Sonrió como si nada y, cuando fue a meterla en la bolsa, vi que llevaba otras tres más. ¡Se ponía fina la tía!
Silvia no necesitó oír nada más. Llamó a su detective de confianza y lo puso a seguir a Asun Bravo. Cuando recibió el informe en el que se detallaban sus salidas nocturnas al contenedor de vidrio, sonrió por primera vez desde que había asumido la defensa de Lander.
Tenía lo necesario para desacreditar a la testigo que más daño les podía hacer y no pensaba desaprovechar la ocasión.