Capítulo 24. El asesino de Gros
EL ASESINO DE GROS
Tras cometer su primer asesinato, se vio invadido por una mezcla confusa de emociones.
La primera de ellas fue la sorpresa. Matar a la anciana había resultado ser muy sencillo, más de lo que esperaba.
Cuando asimiló que ya estaba hecho y que había salido bien, llegó la euforia, el orgullo por haber sido capaz de hacer lo que consideraba justo.
Sentía que, al fin, había tomado las riendas, dando un paso decisivo hacia esa paz que desde hacía tanto buscaba y que lo alejaría del pozo oscuro en el que había estado atrapado durante demasiado tiempo.
Sin embargo, aquella sensación se desvaneció enseguida, dando paso a la duda.
¿Habría dejado algún cabo suelto? Repasó cada detalle del plan una y otra vez: las plantillas en las botas, el traje, el bate de béisbol...
Había sido muy meticuloso, pero ¿había pasado algo por alto?
Después de la duda llegó el miedo, un temor asfixiante a que lo descubrieran y vinieran a por él.
¿Qué sabía la policía? ¿Hacia dónde habían dirigido la investigación?
Obsesionado con descubrirlo, comenzó a buscar cualquier información relacionada con el crimen.
Informativos de radio, artículos de prensa, programas de televisión...
Cuando las noticias comenzaron a aparecer, comprobó que no se había equivocado al imaginar que el pendrive generaría un gran desconcierto.
Los medios que se hacían eco de la noticia hablaban de él.
«Macabro hallazgo en el cuerpo de una anciana asesinada», «El misterioso mensaje que desconcierta a la Ertzaintza», decían los titulares.
Sin embargo, para su sorpresa, la cobertura mediática fue menor de lo que había anticipado.
Esperaba que el asesinato acaparara portadas y abriera debates, pero la noticia no tardó en quedar relegada a un segundo plano.
Apenas un par de menciones breves en los noticieros y algunos artículos en las secciones locales.
El caso no había generado el impacto que él esperaba y eso lo dejó desconcertado, aunque no fue lo único que llamó su atención: no había ni una sola mención al dedal.
Era como si ese pequeño objeto que para él tenía un significado profundo, casi tanto como el mensaje en el archivo de texto, no existiera.
Pensó que tal vez la policía lo considerara irrelevante, quizá suponiendo que la anciana lo tenía en la mano mientras cosía y no lo había soltado al morir.
Tres semanas después, con la noticia casi olvidada en los medios, decidió que estaba listo para ejecutar su segundo asesinato. Esta vez la elección también fue sencilla, dejando su víctima más joven para el final.
Como la vez anterior, comenzó con un meticuloso seguimiento.
Su objetivo era un hombre de mediana edad, casado y con dos hijos universitarios que solo pasaban los fines de semana en casa.
La familia vivía en un chalet unifamiliar, una vivienda funcional y discreta, sin grandes pretensiones.
El pequeño jardín frontal, delimitado por un seto bien recortado, era lo único destacable.
Tanto él como su mujer trabajaban fuera de casa y tenían horarios predecibles.
El hombre regresaba todos los días sobre las ocho, excepto los lunes y los miércoles, cuando tenía ensayo del coro.
Su mujer, por el contrario, entraba y salía varias veces por la tarde.
Sin embargo, los jueves eran diferentes: una amiga pasaba a recogerla para cenar juntas en un restaurante del centro, y nunca volvía antes de las once.
Ese detalle fue crucial para decidir que aprovecharía ese momento para actuar.
La ausencia de la mujer le daba el margen perfecto para entrar, ejecutar su plan y desaparecer sin dejar rastro.
En esta ocasión no había ascensor, por lo que tuvo que salir de casa preparado: las plantillas pegadas a las suelas de las botas, los guantes bien puestos, el uniforme de policía municipal ajustado y la bolsa de deporte con el bate de béisbol en su interior.
Llegó a su destino un poco antes de las ocho y aparcó el coche a una distancia prudente, ni muy cerca ni muy lejos.
Agazapado en el asiento trasero, observó con paciencia, hasta que vio cómo su objetivo llegaba puntual, caminando sin prisa hacia la puerta principal.
Parecía despreocupado, y sintió aún más ganas de darle su merecido.
Un cuarto de hora después, la esposa se marchó acompañada de la amiga que había ido a recogerla.
Esperó por precaución quince minutos más y salió del coche con la bolsa al hombro.
Su víctima no mostró la menor desconfianza ante la explicación que le dio por el interfono.
Había ensayado cada palabra a conciencia, y el hombre abrió la puerta sin titubear, sin ni siquiera extrañarse de que el guardia municipal acudiera a su casa solo, sin compañero.
Era sorprendente lo sencillo que resultaba ganarse la confianza de alguien con el uniforme adecuado y una mentira bien construida.
Una vez dentro, el individuo lo condujo hasta el salón y lo invitó a tomar asiento.
En un momento dado de la conversación, le pidió si podía traerle un vaso de agua.
El hombre aceptó y se fue hacia la cocina.
Justo entonces, él se puso en marcha. Se levantó con rapidez, abrió la bolsa de deporte y sacó el bate de béisbol.
Se colocó junto a la puerta del salón y se puso en posición de ataque, sosteniendo el bate con ambas manos y alzándolo sobre su cabeza.
El tiempo pareció ralentizarse mientras esperaba en silencio, y se concentró al máximo.
No podía fallar. En cuanto el hombre regresó al salón, lo golpeó con todas sus fuerzas.
Esta vez también, el impacto fue bestial.
Oyó cómo el cráneo de su víctima se partía con un sonido seco y lo vio caer al suelo como un muñeco de trapo.
A juzgar por la sangre que brotaba de su cabeza, estaba muerto, pero decidió asegurarse, por precaución.
Tras una breve comprobación, constató que no tenía pulso. Bien.
Sin perder un solo segundo más, sacó del bolsillo de su chaqueta el dedal y el pendrive , y los colocó cada uno en su sitio: el primero, en la mano de la víctima, cerrando los dedos a su alrededor, y el segundo, en su boca, introduciéndolo con precisión.
Esta segunda vez no había sido nada sencillo elegir la palabra adecuada y había dudado durante días entre dos: « INSENSATO » y « COBARDE ».
Ambas definían a la perfección al hombre que yacía a sus pies, y era difícil decidirse.
Tras echar una moneda al aire, el azar había determinado que la palabra elegida fuera « INSENSATO ».
Cuando terminó, el reflejo del espejo de la entrada reveló pequeñas salpicaduras de sangre en su rostro y otras más dispersas sobre el traje.
Mantuvo la calma. Guardó la chaqueta y el bate en la bolsa de deporte y se dirigió al baño.
Utilizando agua y jabón, eliminó cualquier rastro visible con cuidado de no dejar ni una sola huella.
Más le valía no cometer ni un solo error.
Regresó al vestíbulo, se echó la bolsa al hombro y salió de la casa cerrando la puerta con un suave clic tras de sí. Era tarde, y aprovechó la oscuridad de la noche para cruzar el pequeño jardín frontal y caminar hasta su vehículo sin ser visto.
Esa noche, al llegar a casa, se metió en la ducha y observó cómo el agua caliente borraba los rastros de sangre que habían quedado en su piel.
Después, puso una lavadora con la ropa ensangrentada.
Con el sonido rítmico de la máquina de fondo, se tomó dos Orfidales y se tumbó en la cama, exhausto.
Antes de caer en un sueño profundo, imaginó la reacción de los medios ante el nuevo crimen.
Se preguntó si la policía sería capaz de interpretar el mensaje del pendrive o si continuarían dando palos de ciego.
Y también estaba el dedal. ¿Les llamaría la atención o volvería a pasar desapercibido?
¿Habría alguien en la investigación con la perspicacia suficiente para reconocer el patrón y encajar las piezas?
Con esas preguntas resonando en su mente, el sueño terminó por vencerlo, dejando paso a una sensación que se acercaba bastante a la satisfacción.