Capítulo 23. El juicio - Día 4
El cuarto día de juicio se presentaba especialmente animado por la cantidad de personas que iban a testificar.
La primera de ellas era, para Vilariño, una pieza clave: la vecina.
Su nombre era Asun Bravo, llevaba un par de años jubilada y residía en el mismo rellano que Lander.
Era una mujer menuda, de complexión bastante delgada, con los pómulos muy marcados bajo un rostro cubierto de arrugas.
Sus mejillas tenían un ligero tono rosado, como si fuera su color habitual.
Y su pelo, medio ondulado y teñido de un rubio ajado, pedía a gritos una buena sesión de peluquería.
El piso donde vivía había llegado a manos de su difunto marido por una inesperada herencia, y Asun siempre había desentonado entre el resto del vecindario.
Entró en la sala de vistas visiblemente nerviosa, mirando de reojo al público mientras avanzaba hasta su sitio.
A su paso, fue dejando un fuerte olor a tabaco que se extendió por buena parte de la sala.
Se acomodó en la silla, apoyó sus manos temblorosas sobre el regazo y se presentó respondiendo a las preguntas de la jueza.
Acto seguido, Vilariño se puso en pie con decisión y se acercó a ella.
—Con la venia, señoría. Buenos días, señora Bravo. ¿Puede decirnos dónde vive?
—En el número 38 de la cuesta de Aldapeta, en el último piso. Justo en el mismo rellano que él —dijo señalando a Lander.
—¿Desde cuándo reside allí?
—Cuarenta y cinco años, desde que me casé.
—¿Conocía usted al acusado?
—Sí, claro. A él y a sus padres. Fueron mis vecinos hace muchos años.
—¿Qué relación diría que mantenía con Lander?
—La de vecinos normales —respondió Asun encogiéndose de hombros—. Cuando nos cruzábamos en el portal, me saludaba siempre.
—¿Conoció también a la víctima?
—Sí, sí, también. Un chico moreno que vivió allí durante unos meses. Ese era más arisco, como más pasota. No me saludaba nunca.
—¿Recuerda la noche en la que murió?
—Claro, ¡menuda la que se lio! Ambulancias, policías... No era raro ver movimiento en esa casa. Los chicos y algún amigo entraban y salían como Pedro por su casa. Pero esa noche fue distinto. Enseguida me di cuenta de que había pasado algo grave.
—¿Eso a qué hora fue?
—Tarde, sobre la una y media o las dos de la madrugada.
—Cuéntenos lo que le dijo a la policía que vio esa misma noche, un poco antes.
—Sí. —Asun se frotó las manos. Seguía nerviosa y parecía estar deseando fumarse un cigarro—.
Bajé a tirar la basura sobre la medianoche.
A la vuelta, subí en el ascensor y, cuando salí en nuestro rellano, vi a Lander.
Bajaba por las escaleras. Iba vestido de negro, como siempre, y llevaba la capucha puesta.
—¿Está segura de que era él?
—Completamente. Lo saludé, pero parecía tener prisa y ni siquiera se giró.
—¿Notó algo más?
—Así es. —Asun frunció el ceño. Sabía que su testimonio era importante—. Me dio la impresión de que escondía algo bajo la sudadera. Estaba abultada por delante, como si llevara algo debajo, y lo sujetaba con ambas manos. Pero no pude ver qué era.
—¿A qué hora fue eso?
—Pues... las doce y cinco, doce y diez, más o menos. Lo que tardé en tirar la basura y volver.
—Bien. Hagamos un pequeño resumen: usted vio al acusado salir de su domicilio unos minutos después de la medianoche, con prisa, sin saludar y aparentemente ocultando algo bajo la sudadera.
—Eso es.
—Y esa misma noche, una hora y media o dos horas más tarde, llegó la ambulancia, la policía...
—Exacto.
—Gracias, señora Bravo. No hay más preguntas, señoría.
Silvia se puso en pie con calma, avanzó un par de pasos y se detuvo a pocos metros de la testigo. Le dedicó una sonrisa cordial y comenzó con varias preguntas sencillas.
—¿Diría usted que Lander Foronda es un mal vecino?
—No, no diría eso.
—¿Tuvieron ustedes algún problema de convivencia, discusión, queja o malentendido?
—No, ninguno. Su piso da hacia la bahía y el mío hacia atrás, así que, aunque hiciera ruido, desde mi casa apenas se oía nada.
—¿Recuerda el pequeño incidente ocurrido hace aproximadamente un año? Me refiero al incendio en su cocina.
—Ah..., sí. Solo fue un pequeño susto. Nada grave. —Quiso quitarle hierro al asunto—. Dejé la sartén en el fuego y me quedé dormida.
—¿Podría decirnos quién llamó a los bomberos esa noche?
—Fue él —dijo señalando a Lander—. Estaba entrando en casa cuando vio que salía humo por debajo de mi puerta. Me tocó el timbre, pero no lo oí. Así que llamó a emergencias.
—¿Y cómo es que se quedó dormida? ¿Estaba usted cansada? ¿O quizá indispuesta? —Silvia insistió con un tono suave pero firme.
—No lo recuerdo. Fue hace mucho tiempo —se excusó incómoda.
—Bien. Le haré otra pregunta, señora Bravo. ¿Por qué saca usted los residuos orgánicos, el papel y el plástico a plena luz del día y, sin embargo, espera a la medianoche para deshacerse de las botellas de vidrio?
Asun se quedó petrificada en su asiento. Varios miembros del jurado hicieron un gesto de sorpresa.
—¿No es cierto que, tres o cuatro veces por semana, usted baja de noche a echar varias botellas de anís al contenedor?
El día del incendio había estado bebiendo y por eso se quedó dormida, ¿verdad?
Desde entonces, su hijo la visita casi a diario para vigilarla, pero usted esconde las botellas para deshacerse de ellas cuando cree que nadie la ve.
Las mejillas, habitualmente sonrosadas por el alcohol, se le encendieron aún más. Esta vez por la vergüenza. Bajó la mirada con una expresión derrotada. No respondió.
—No quiero incomodarla, señora Bravo, pero debo hacerle una última pregunta. La noche en que murió Borja y usted asegura haber visto a Lander bajar por las escaleras, ¿volvía de tirar varias botellas de anís al contenedor?
—Sí... —admitió en voz baja—. Pero no estaba borracha. Yo sé que lo vi.
—Dice que vio bajar las escaleras a una persona de espaldas. Pero ¿le vio la cara en algún momento?
—Creo que sí.
—¿Cree? Al señor fiscal le ha dicho que está completamente segura de que era mi defendido, pero si no pudo verle la cara... Y encima había bebido... ¿Cómo puede estar segura de que era él? ¿O de que se tratara de esa misma noche?
Asun agachó la cabeza y se mantuvo en silencio.
—Le voy a decir una cosa. —Silvia utilizó un tono pausado y condescendiente—.
Yo la creo, pero entre lo que uno ve y lo que cree haber visto puede haber una gran diferencia, sobre todo si se está bajo los efectos del alcohol.
Quizá no fue ese mismo día, ni siquiera a esa hora, aunque usted lo crea.
Y un recuerdo teñido por el anís no puede marcar la diferencia entre la libertad o la condena de una persona.
—Silvia se giró hacia la magistrada—. No hay más preguntas, señoría.
La testigo se levantó de su asiento y, avergonzada, abandonó la sala.
La sesión continuó con la comparecencia de varios peritos.
El operador del servicio de emergencias 112 que atendió la llamada de Lander fue el primero en testificar.
Confirmó que recibió la llamada a la una y veintidós de la madrugada, y que el acusado, con la respiración entrecortada y temblor en la voz, dio el aviso de haber encontrado a su compañero inconsciente en el suelo del salón, sobre un extenso charco de sangre.
Aseguró que había tratado de reanimarlo, pero que no lo había conseguido.
La grabación, breve pero reveladora, se reprodujo en la sala. El jurado la escuchó con atención.
A continuación, llegó el turno del técnico de la Unidad de Delitos Informáticos, encargado de analizar el móvil de Lander, su portátil y el pendrive hallado en el cadáver.
Mostró en la pantalla algunos fragmentos significativos de los chats de WhatsApp entre el acusado y la víctima, que evidenciaban la existencia de un chantaje.
Acto seguido, con un lenguaje quizá demasiado técnico, detalló cómo, gracias a los registros del sistema, habían logrado precisar el momento justo en el que el pendrive hallado en la víctima se conectó al ordenador y se desconectó de él.
Esa información se guardaba de manera automática en la memoria caché y los registros del administrador.
El cuarto en testificar fue el forense responsable de la autopsia de Borja.
Consciente de que tenía que amoldar su discurso a personas que nada tenían que ver con la ciencia forense, se esforzó en usar un vocabulario sencillo y accesible para el jurado.
Explicó que la víctima falleció a causa de un traumatismo craneoencefálico severo, es decir, un fuerte golpe en la cabeza propinado con un objeto contundente.
Confirmó que no había signos de defensa ni otras lesiones en el cuerpo.
La muerte fue casi instantánea. Al preguntarle por la hora estimada del fallecimiento, aseguró que se situaba entre las once y media y las doce y media de la noche.
—¿Incluyó usted el pendrive en su informe? —le preguntó Silvia tal y como habían acordado cuando el forense se sinceró con ella y le contó la verdad de lo ocurrido.
—Sí, por supuesto. Figuraba en la primera versión que remití al juez instructor del caso.
—¿Y en la versión definitiva?
—No —dijo tras una breve pausa—. El juez Barros me pidió verbalmente que lo eliminara. Me dijo que podía inducir a error, generar confusión o dar pie a especulaciones sin fundamento. Que era mejor omitirlo.
—¿Y le pareció bien hacerlo?
—La verdad es que no —reconoció con honestidad—.
No me gustó tener que modificar el informe, pero lo hice.
Barros fue muy insistente, y yo tenía otros dos cuerpos esperándome sobre la mesa de autopsias.
Lo último que quería era entrar en discusiones.
Eliminé esa información y continué con mi trabajo, pero soy consciente de que no debí hacerlo, y no sabe cuánto me arrepiento.
Silvia le dio las gracias y no insistió más.
Carmen Soto, criminóloga experta en asesinos en serie, fue la última en intervenir.
Doctora en Psicología Criminal por la Universidad de Valencia, contaba con más de quince años de experiencia analizando perfiles de conducta criminal, y había colaborado con diversas unidades de investigación en casos complejos y mediáticos.
A petición de la defensa, la doctora Soto había estudiado en profundidad el crimen de Borja, realizando una comparación con los tres asesinatos anteriores atribuidos al asesino de Gros.
Su informe era extenso y minucioso, e incluía una evaluación técnica del modus operandi , un estudio sobre la firma criminal y un perfil psicológico tanto del autor de los crímenes como de Lander Foronda.
Silvia la había elegido a ella porque era la mejor.
Con voz segura, explicó al jurado el concepto del periodo de enfriamiento.
—El asesino puede contener sus impulsos y llevar una vida normal durante un tiempo. Pero el deseo de matar no desaparece, simplemente queda reprimido. Basta con un detonante emocional o vital para reactivarlo: una pérdida, un cambio drástico, un fracaso en algún aspecto de su vida...
—¿Quiere decir que pudo haber un detonante que reactivara esa necesidad de matar?
—Es posible, sí. El asesino de Gros responde a un perfil organizado, meticuloso.
Y eso es precisamente lo que se percibe en este cuarto crimen, igual que en los anteriores.
Es cierto que hay diferencias, como la localización, por ejemplo, pero que las tres primeras víctimas residieran en un mismo barrio podría ser fruto de una casualidad, no algo buscado.
—Por lo tanto, su conclusión es que este crimen perfectamente podría haber sido obra del mismo asesino, ¿no es así? —insistió Silvia.
—No puedo decir quién mató a Borja Miranda, pero puedo afirmar dos cosas: la primera, que este crimen es compatible con los tres anteriores y pudo haber sido obra del mismo autor, sin duda.
Y la segunda, que el perfil psicológico del acusado no encaja en absoluto con el de un asesino.
Lander Foronda no tiene ni la estructura emocional, ni la frialdad, ni la trayectoria vital de alguien capaz de actuar con ese nivel de control, desapego y simbolismo.
Cuando Carmen Soto concluyó su exposición, la magistrada le ofreció al fiscal la posibilidad de formular sus preguntas, pero este prefirió no hacerlo y dieron por concluida la cuarta sesión del juicio.
La sala se vació poco a poco, con la sensación de estar ante el posible regreso del asesino de Gros flotando aún en el ambiente.