Capítulo 22. Lander
LANDER
Después del intento fallido de colarse en el cementerio de Polloe para grabar unas cuantas escenas, el grupo de amigos decidió dejar a un lado las grabaciones, al menos por un tiempo.
El entusiasmo inicial se fue diluyendo y cada uno volvió poco a poco a su rutina.
Aun así, seguían hablando del proyecto como algo en marcha, algo que tan solo habían postergado.
Durante ese tiempo, Vega comenzó a aparecer con más frecuencia.
Al principio coincidía con ellos en momentos puntuales, pero, gradualmente, su presencia se fue haciendo cada vez más habitual hasta convertirse en una más.
Lander la invitaba a todo: cafés después de clase, cenas improvisadas, salidas al cine...
Ella siempre se apuntaba, y nunca pasaba desapercibida.
Le agradaba destacar, con esa actitud de chica mala que tanto le gustaba transmitir y que a nadie parecía resultarle molesta.
Excepto a Amaia.
No era solo ella la que le molestaba, sino cómo había cambiado todo desde su llegada.
Las conversaciones ya no eran las mismas.
Ahora todo giraba en torno a ella: siempre tenía una anécdota que contar o una opinión que compartir.
Incluso había logrado quitarle protagonismo a Borja, algo que, hasta hacía bien poco, parecía imposible.
A Amaia no le dolía que Vega brillara. Le dolía haberse convertido en una persona invisible, sobre todo a ojos de Lander, con quien apenas había vuelto a tener una simple conversación a solas.
Mientras Amaia se sentía cada vez más apartada, Borja, por su parte, empezó a estar cada vez menos presente. Casi no se pasaba por la cafetería del campus y participaba muy poco en el chat del grupo. Una tarde, llamó a Lander. Necesitaba hablar con él.
—Claro, estoy en casa —respondió Lander, que estaba terminando de pasar unos apuntes a limpio—. Pásate cuando quieras.
Borja llegó en menos de media hora. Parecía cansado. Se dejó caer en el sofá, como si llevara días sin dormir.
—¿Todo bien? —le preguntó Lander.
—Todo mal. —Borja resopló—. Me largan del piso. La casera no quiere renovarme el contrato.
—No sabía que vivieras de alquiler.
—Mis padres siempre vivieron en esa casa. Cuando murieron, mi tía habló con la casera y me dejó quedarme, pero ahora dice que va a hacer reformas para volver a alquilarlo por más dinero. Y me tengo que marchar.
—Joder, qué putada. ¿Y tu tía qué dice?
—Vive en La Rioja. Siempre me ha echado una mano con los gastos, pero ha hablado con la casera y no hay nada que hacer. Las obras van a empezar ya, en una semana —se lamentó—. Mi tía me dice que me vaya a vivir con ella, pero cambiar de universidad a mitad de curso es una putada.
—Ya lo creo.
—Hemos mirado alguna otra cosa, por lo menos para quedarme hasta junio, pero no hay nada. Está todo carísimo, y solo para unos meses, o me piden una pasta o directamente no me lo alquilan.
Lander se levantó, fue a la cocina y volvió con un par de cervezas. Le ofreció una a su amigo.
—Siento pedirte esto —continuó Borja después de darle un buen trago a la cerveza—. Y, si no estuviera en esta situación, no lo haría nunca, pero ¿crees que podría quedarme aquí contigo?
Lander se le quedó mirando unos segundos, y no tardó en responder.
—Claro, tío. Aquí hay sitio de sobra, y son solo unos meses. Además, no hace falta que me pagues nada. Seguro que a mi madre también le parece bien.
Borja lo miró aliviado.
—¡Joder, gracias! No sabes cuánto te lo agradezco.
—No hay de qué. —Lander sonrió—. Esta zona está genial, y solo hay un paseo hasta la uni. Así puedes terminar el curso tranquilo.
—Ahora mismo llamo a mi tía para contárselo, y voy trayendo mis cosas, ¿te parece?
—Perfecto. Solo una cosa, Borja —añadió Lander antes de dar otro trago a la cerveza—.
Hay una mujer que viene una vez por semana a hacer la limpieza y, además, mi madre suele pasarse los lunes por la mañana a recoger un poco.
Estaremos en clase, así que ni la verás.
¡Ah! Y los sábados suelo quedar aquí con mi amigo Mikel, solos.
No hacemos nada especial, pero me gustaría que siguiera siendo así. Hay costumbres que no hay que perder.
—Claro, claro. Los sábados me doy una vuelta, ceno algo por ahí y os dejo tranquilos. Por eso no te preocupes.
Lander, acostumbrado a entrar y salir cuando le diera la gana y a recibir cada sábado la visita de Mikel, pensó que compartir piso con Borja no resultaría nada complicado. Se llevaban bien y, al fin y al cabo, tan solo sería por unos meses.
¿Qué podía haber de malo en querer ayudar a un amigo en apuros?