Veredicto Capítulo 21. Silvia #2
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Capítulo 21. Silvia #2

—Lo siento, señora —le dijo el conserje—. El apartamento está vacío. He llamado al timbre y he esperado, pero no ha abierto nadie, así que he entrado con mi llave, y allí no hay nadie.

Silvia colgó sin entender nada. ¿Dónde estaba? ¿Le habría pasado algo?

Entre el dolor por la pérdida de su padre y la preocupación por no saber dónde estaba su marido, ya no pudo conciliar el sueño, y se pasó la noche dando vueltas y más vueltas en la cama sin pegar ojo.

A primera hora, mientras se tomaba un café, Iñigo la llamó.

—¿Ha pasado algo? Tengo varias llamadas tuyas.

Silvia, entre lágrimas, le contó que su padre había muerto, que su madre estaba destrozada y que los dos próximos días iban a ser horribles. Él trató de consolarla.

—¿Dónde estabas? Te llamé al móvil y al apartamento.

—Lo siento, cariño. Estaba tan cansado que me acosté pronto. Seguramente ni oí el teléfono.

Silvia sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Su marido le estaba mintiendo.

Iñigo cogió el primer vuelo a Bilbao y, esa misma tarde, ya estaba de regreso. Fue directo al tanatorio. Entre saludos y condolencias, apenas cruzaron una palabra y, esa noche, casi sin hablar, Silvia se metió en la cama con Maialen como si fuera un día cualquiera.

Durante el funeral, Silvia lloró como nunca, aunque no solo por tener que despedirse de su padre.

En realidad, ella ya lo había perdido tres años atrás.

Desde entonces, aquel hombre que la observaba desde su silla de ruedas, con la cabeza ladeada y las manos agarrotadas, ya no era el padre que ella recordaba.

A nadie le extrañó verla tan afligida y no tuvo que ocultar su dolor.

Al regresar a casa, supo que no podía quedarse de brazos cruzados.

Necesitaba saber la verdad. Sospechaba que Iñigo la estaba engañando, pero ella necesitaba pruebas para poder enfrentarse a la situación.

Por eso, armándose de valor, un par de días después se puso en contacto con un detective privado que había testificado en varios de los juicios en los que ella había ejercido como fiscal.

Le explicó la situación y le pidió que viajara a Suiza para corroborar sus sospechas.

La confirmación llegó tras apenas unas semanas.

El detective le explicó que Iñigo no siempre se encontraba en Suiza cuando aseguraba viajar allí.

Y cuando sí lo hacía, no estaba solo. Las imágenes que le mostró no dejaban lugar a dudas.

En ellas, aparecía entrando y saliendo de un apartamento que no era el suyo, agarrando de la cintura a una mujer esbelta, guapa y con pinta de ejecutiva. Siempre la misma.

A Silvia se le vino el mundo abajo. Necesitó coger la moto y conducir un rato sin rumbo fijo para asimilar lo que acababa de ver.

El aire frío en su cuerpo y el ruido del motor la ayudaban a ordenar sus pensamientos.

En sus peores momentos, la moto había sido su vía de escape.

Cuando regresó a casa, no estaba más tranquila, pero al menos había tomado una decisión: no se precipitaría ni se lanzaría a un enfrentamiento.

Deseaba encararse con él, decirle que sabía lo que estaba haciendo y que no quería volver a verlo, pero necesitaba tiempo. Tiempo para pensar.

Había días en los que la rabia la consumía, incapaz de ver más allá de una traición.

¿Acaso una infidelidad no era algo injustificable?

¿Acaso los cuernos no eran cuernos fuera cual fuera el contexto?

Otras veces, sin embargo, con tristeza y honestidad, reconocía que ambos eran culpables de dejar que la relación se enfriara.

Con el paso del tiempo y después de mucho pensarlo, comprendió que solo tenía dos opciones: la primera, enfrentarse a él, decirle que lo sabía y romper su matrimonio.

Y la segunda, hacer como si nunca hubiera visto esas fotos e intentar recuperar lo que un día hubo entre ellos, lo que habían dejado morir.

Pero ¿sería capaz de seguir adelante como si nada? ¿Podría fingir que ignoraba lo que su marido hacía cuando nadie lo veía? A pesar de saber que el rencor que sentía podía ser un impedimento demasiado grande, eligió luchar por su matrimonio.

No fue sencillo hacerlo. Tuvo que armarse de una gran fuerza interior, dejar la rabia en un segundo plano y acercarse a él con pequeños gestos: enviarle un mensaje que lo hiciera sonreír, un roce fugaz en su mano, ayudar a Mikel a escribir una redacción sobre su padre que luego leerían en familia...

Iñigo siempre había sido un padre fantástico a pesar de sus ausencias, y eso tampoco podía olvidarlo.

Una noche, Silvia decidió volver a dormir en su cama después de acostar a Maialen.

Iñigo la recibió sorprendido y agradecido a la vez y, en cuanto se tumbó a su lado, la abrazó como si no quisiera volver a soltarla jamás.

Esa noche, Silvia volvió a sentirse querida.

Sabía que aún quedaba mucho por reconstruir, pero se alegró de haber elegido callar y apostar por dar una segunda oportunidad a su relación.

Desde aquella primera noche, la complicidad regresó poco a poco.

El cariño y el amor que sentían el uno por el otro florecieron de nuevo, y con ellos volvió también el deseo.

La primera vez que hicieron el amor después de tanto tiempo, Iñigo le demostró que para él era la mujer más deseada del mundo, y la hizo suya con tanta intensidad y pasión que ella se sintió más viva que nunca.

Ese encuentro, y los que se sucedieron a partir de entonces, hicieron que cualquier resquicio de duda se desvaneciera por completo.

Nunca se arrepintió de su decisión. En más de una ocasión pensó en volver a contratar los servicios del detective para saber si Iñigo le había vuelto a ser infiel.

Aunque ¿qué haría si descubría que sí? Sabía que no sería capaz de perdonarlo una segunda vez, no ahora que su relación estaba en su mejor momento. Por eso, decidió no hacerlo.

Años después, su marido seguía siendo un pilar fundamental en su vida, alguien con el que quería contar siempre, para todo. Y le estaba muy agradecida por lo pendiente que había estado de Mikel mientras ella preparaba el juicio de Lander.

Iñigo había acompañado a su hijo a la tercera sesión del juicio, sentándose a su lado en el fondo de la sala.

—Hubiera preferido que os sentarais delante, pero no he querido insistir —le comentó Silvia esa noche, ya en la cama.

—A Mikel le duele ver a Lander en una situación tan horrible, y creo que se siente mal por haber seguido con su vida.

—Espero que todo se solucione —murmuró ella abrazándose a él con fuerza—. Me da tanto miedo que sea declarado culpable...

—Con la abogada que tiene, dudo mucho que lo condenen. —Iñigo hizo un gesto exagerado con la mano—. Pitbull, Dóberman o algo así la llaman. ¡Menuda es! La he visto en acción y no me gustaría cruzármela por los pasillos. ¡Acojonadito me tiene!

Silvia soltó una carcajada y le agradeció con un beso en los labios que fuera capaz de bromear y arrancarle una sonrisa hasta en los momentos más difíciles.

—Te quiero, Iñigo Ajuria.

—Yo también te quiero, mi amor. Pase lo que pase.