Veredicto Capítulo 21. Silvia
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Capítulo 21. Silvia

SILVIA

Silvia había vuelto a sentir la adrenalina correr por sus venas durante los dos últimos días de juicio, en especial, durante los interrogatorios al oficial Larrañaga y al suboficial Ansa.

La expresión de desconcierto en sus rostros cada vez que ella sacaba a relucir información que, en teoría, no podía conocer, había resultado profundamente satisfactoria.

El pacto de silencio entre Vilariño, Larra, Ansa y el juez Barros para hacer desaparecer de los informes el pendrive en el cuerpo de Borja habría funcionado de no ser porque el forense encargado del informe se había sincerado con ella.

No tenía la conciencia tranquila y, bajo la promesa que le hizo Silvia de no revelar nunca el origen de la información, había terminado contándole la verdad.

Rocío era una compañera fiscal nacida en Rosal de la Frontera, un pequeño pueblo de Huelva, y desde niña había tenido muy claro que quería ser juez.

Sus padres, dueños de una ferretería que había ido pasando de generación en generación, solían reírse con ternura cuando la oían decirlo, pero dejaron de hacerlo cuando vieron que la niña sacaba matrículas de honor hasta en las asignaturas más difíciles.

Durante la carrera de Derecho, sin embargo, cambió de idea: le gustaba participar, construir argumentos, pelear.

Por eso, eligió la fiscalía, y consiguió destino en Huelva capital.

Allí pasó sus primeros años como fiscal, hasta que llegaron aquellos Sanfermines.

Lo que en un principio iba a ser un viaje de amigas para pasárselo bien terminó convirtiéndose en el viaje que le cambiaría la vida.

Conoció a un gipuzkoarra alto, corpulento y con el sentido del ritmo tan atrofiado que bailaba fatal, y el flechazo fue inmediato.

Unos meses después, Rocío terminó pidiendo el traslado a la Fiscalía de Gipuzkoa para comenzar una nueva vida junto al chicarrón del norte que le había robado el corazón.

Al principio todo fue bien, pero un par de años después de casarse, la madre de Rocío murió de un cáncer fulminante, dejando a su padre destrozado.

El día del funeral, las vecinas le aseguraron que no se preocupara: aunque el hombre no fuera capaz ni de freír un huevo porque su mujer siempre se lo había dado todo hecho, ellas se turnarían para encargarse de él.

Y cumplieron su palabra durante un tiempo, hasta que él comenzó a mostrar signos de demencia.

Hija única, Rocío tuvo que afrontar la situación sola.

Su marido dejó muy claro desde el principio que no se mudaría a Huelva.

Su vida estaba en Gipuzkoa: su trabajo, su familia, sus amigos.

Ella comenzó a viajar a Rosal con frecuencia, encajando viajes imposibles y faltando al trabajo más de lo que podía permitirse.

Hasta que las llamadas de las vecinas cambiaron de tono: su padre ya no podía quedarse solo.

Sin otra alternativa, decidió llevárselo a vivir con ellos.

El traslado no hizo más que empeorar su estado.

Lejos de su pueblo, de su gente y de todo lo que conocía, su padre se desorientó por completo y cayó en una confusión constante.

Ella, consciente de que su marido no deseaba aquella convivencia, buscó un lugar donde pudieran atenderlo de forma permanente, pero solo consiguió que lo aceptaran en un centro de día.

Hasta conseguir una plaza en una residencia, tendría que pasar las noches con ellos.

Y las noches eran lo peor. Enfados, gritos, intentos de huida...

Más de una vez su padre consiguió abrir la puerta y desaparecer escaleras abajo.

Rocío aprendió a dormir con un ojo abierto y a vestirse en segundos para salir tras él.

Recorría calles medio dormida, preguntaba a desconocidos por un hombre descalzo y desorientado, y acudía al trabajo sin haber dormido apenas.

Algunas noches lo encontraba deambulando cerca de casa, pero otras tardaba horas en dar con él.

La situación se volvió insoportable. Su marido no la apoyaba y Silvia se convirtió en su tabla de salvación, escuchándola cada vez que necesitaba desahogarse y ayudándola con sus casos, revisando su trabajo, tapando sus errores.

Rocío le aseguraba que era algo temporal y que pronto saldría de aquel agujero.

Pero no salió. Y cuando no pudo más, empezó a beber.

Primero por las noches, pero después también por el día.

Se le escapaban detalles importantes, confundía fechas, mezclaba declaraciones...

Silvia hizo todo lo que pudo, ayudándola en sus casos.

Uno de ellos fue el del asesino de Gros, en el que Rocío era la fiscal encargada de la instrucción.

Revisaron juntas la documentación y, aunque todos los informes llevaban la firma de Rocío, lo que nadie supo fue que más de uno había sido escrito por Silvia.

Poco después, Rocío se divorció de su marido y ese fue el golpe definitivo.

Sin fuerzas para seguir luchando por todo lo que había conseguido en la vida, al menos en lo profesional, hizo la maleta, dejó la fiscalía y volvió a Rosal de la Frontera con su padre, donde acabó reabriendo la ferretería familiar.

De todo aquello habían pasado muchos años, y Silvia nunca imaginó que ayudar a una amiga en su peor momento le vendría de vuelta de esa manera.

Utilizar esa información generando semejante impacto en la sala de vistas la había hecho sentirse viva.

Percibir las miradas del jurado, escuchar a los testigos o rebatir los argumentos del fiscal le habían bastado para recordar cuánto había echado de menos su profesión, y cada vez tenía más claro que no estaba dispuesta a renunciar a ello.

En cuanto terminara el caso de Lander Foronda, Silvia volvería a la fiscalía.

Y lo haría con el apoyo de su marido, estaba segura.

Iñigo se había convertido en un pilar importante en su regreso a los estrados.

La escuchaba con atención, la animaba y creía en ella más que nadie.

La hacía reír cuando se frustraba y la miraba embelesado mientras ella ensayaba los interrogatorios en voz alta, recorriendo el salón como si fuera la sala del juzgado.

Además, desde que decidió defender a Lander, Iñigo no dejaba de decirle lo orgulloso que estaba de ella.

A Silvia le costaba creer que estuvieran tan bien después de lo que habían pasado. Aunque, en realidad, él nunca supo que ella había estado a punto de tirar todo por la borda, dar por muerto su matrimonio y pedir el divorcio.

Ocurrió cuando ya habían aceptado la enfermedad de su hija y habían aprendido a convivir con ella.

La niña requería atención constante, y Silvia, sin descuidar a Mikel, se volcó en su hija.

Maialen la necesitaba con desesperación, solo se calmaba con ella y, casi sin pretenderlo, el vínculo que se formó entre madre e hija fue desplazando a Iñigo a un segundo plano, incluso por la noche, cuando Silvia comenzó a dormir con Maialen en lugar de hacerlo con él.

Hasta entonces, las noches siempre habían sido para ellos, un momento para estar a solas, charlar sin prisas, sentir que se tenían el uno al otro.

Pero, poco a poco y de manera involuntaria, ese espacio se desvaneció.

Silvia tardó en darse cuenta de cuánto se había enfriado la relación entre ellos.

Acostumbrada a las ausencias de Iñigo por sus viajes a Suiza, se había habituado a estar sin él.

Ahora que el cuidado de sus hijos llenaba cada instante, no advirtió que, cuando él sí estaba en casa, la complicidad que siempre habían compartido se había esfumado.

Dejaron de buscarse, de tocarse y de hablar más allá de lo imprescindible.

Ella permitió que la inercia siguiera su curso e ignoró la barrera invisible que se alzó entre ellos.

La realidad la golpeó de lleno justo cuando otra tragedia se cruzó en su camino.

Maialen tenía cinco años y Mikel acababa de cumplir doce. Era de madrugada cuando sonó el teléfono. Al otro lado, su madre se deshacía en lágrimas y apenas podía hablar. La habían llamado desde la residencia donde estaba ingresado su padre para decirle que había sufrido otro ictus y había muerto.

A pesar de creer que estaba preparada para ese momento, Silvia no pudo evitar venirse abajo.

Su padre había sufrido un primer ictus tres años atrás y, desde entonces, no había vuelto a ser el mismo.

Las secuelas cerebrales habían sido enormes, provocándole, entre otras cosas, dificultades para moverse y hablar.

Su madre se volcó en su cuidado con la misma entrega con la que Silvia se dedicaba a sus hijos, pero fue demasiado para ella, y al final tuvieron que ingresarlo en una residencia especializada.

Silvia lo visitaba siempre que podía, pero al ver que ni siquiera la reconocía, fue espaciando las visitas cada vez más.

Esa noche, tras colgar el teléfono, decidió avisar a Iñigo cuanto antes. Al día siguiente tendrían que estar en el tanatorio, recibir a los más allegados, preparar el funeral..., y su marido querría estar presente. Miró la hora en el reloj: las tres y veinte de la madrugada.

Marcó su número, pero saltó el contestador. Lo tenía apagado.

La empresa para la que Iñigo trabajaba en Suiza le había asignado un apartamento en un bloque propiedad de la compañía.

Era pequeño pero acogedor, contaba con seguridad privada y conserje las veinticuatro horas del día.

Silvia probó a llamar al teléfono fijo del apartamento, pero tampoco obtuvo respuesta.

Inquieta, decidió contactar con la recepción del edificio. Le explicó la situación al conserje de guardia y agradeció que se mostrara tan colaborador.

—No se preocupe —respondió él—. Yo mismo subiré al apartamento y le daré el recado en persona.

Silvia le dio las gracias y colgó, ya más tranquila. Al cabo de unos minutos, sin embargo, se llevó una desagradable sorpresa.