Capítulo 20. Karmele
KARMELE
El tercer día de juicio resultó para la prensa tan interesante y fructífero como el segundo.
Después de escuchar el testimonio del suboficial Iñaki Ansa y tener cada vez más claro que lo del pendrive no había sido más que una maniobra de Lander Foronda para despistar a la policía, la abogada de la defensa había vuelto a provocar un giro inesperado con el asunto del dedal, poniendo todo patas arriba de nuevo y reforzando aún más la posibilidad de que el asesino de Gros fuera el verdadero culpable.
Karmele salió de la sala de prensa con la adrenalina disparada y la mente en ebullición, barajando los posibles titulares.
El becario rubito de Noticias de Gipuzkoa no se había despegado de su lado en toda la mañana, lanzándole una pregunta tras otra, y ella había terminado agotada.
Aun así, tenía que reconocer que el interés del chico le gustaba.
Le recordaba mucho a sí misma recién salida de la universidad, hambrienta de buenas historias que contar.
La actitud de Unai era justo la que debía tener un buen periodista, y pensó en recomendárselo a Néstor.
Se cruzó con Alberdi a la salida del juzgado.
—¿Qué te está pareciendo? —le preguntó él con una sonrisa.
—Brutal. Me está pareciendo brutal. Ojalá fueran todos los juicios como este.
—Néstor tiene que estar encantado con el especial de ayer. Lo habéis petado, ¿no?
—Pues no lo sé. Aún no he estado con él. Ahora voy, a ver qué me cuenta.
Karmele entró en la redacción del Donostia Press y caminó entre las mesas con paso firme.
Saludó a unos y otros apenas con un gesto y fue directa al despacho de Néstor.
Entró, como siempre, sin molestarse en llamar.
El humo que flotaba en el aire le dio la bienvenida y no pudo evitar comenzar a toser.
—¡Joder, Néstor! No sé cómo puedes seguir vivo con toda la porquería que tragas.
Movió la mano en el aire intentando hacerse un hueco entre la humareda. Néstor apagó inmediatamente el cigarro y se acercó a ella con los brazos abiertos. La abrazó un instante y le palmeó la espalda.
—¿Y a ti qué te pasa? —le preguntó Karmele sorprendida. Néstor era más de gruñidos y protestas que de abrazos, pero ese día parecía estar de buen humor.
—¿Pues qué va a ser? ¡El especial del domingo! Ha ido como un tiro. Setecientos cincuenta ejemplares más que el domingo pasado. Y en digital, más de doce mil visualizaciones. ¿Tú sabes lo que es eso para un periódico como este?
—Claro que lo sé. —Sonrió orgullosa.
—Vamos bien, Beltrán, vamos bien. —Néstor se encendió otro cigarro. Era su manera de celebrar las buenas noticias—. Y dime, ¿cómo ha ido hoy?
—Mejor que bien. Cuando parecía que la opción del asesino de Gros se desinflaba, ¡otra vuelta de tuerca más!
Karmele le puso al tanto de lo ocurrido en la tercera sesión del juicio. Néstor la escuchaba con atención, mientras su mente se ponía a trabajar a toda máquina, pensando en la mejor manera de sacar el máximo provecho al asunto.
—Tengo clarísimo por dónde debemos tirar. Esto nos da pie para otro especial, y este también va a ser cojonudo.
—¿Otro especial sobre qué? ¿Sobre el juicio?
—No. —Néstor estaba visiblemente excitado, sin poder dejar de pasearse por la oficina—. ¡Un especial sobre ella, la abogada defensora!
Karmele frunció el ceño.
—Piénsalo —insistió él—. Toda la prensa está cubriendo el juicio, repitiendo más o menos lo mismo.
Por eso, nosotros vamos a hacer algo distinto: centrarnos en la Rottweiler.
De los Foronda se ha hablado hasta la saciedad.
Ya no hay nada nuevo que contar. Pero sobre ella apenas se tiene información, y está siendo la protagonista indiscutible, la que ha puesto en jaque a la Ertzaintza, sacándose varios ases de la manga. ¿Qué me dices?
—Pues que, aunque me joda que no se me haya ocurrido a mí antes, tengo que reconocer que la idea es muy buena.
—Esa es la actitud, Beltrán. Escribes la crónica de hoy y luego te pones con esto.
Y sí, ya sé que me va a costar un ojo de la cara, porque vas a tener que tirar de hemeroteca, buscar fuentes...
Pero si vas a empezar a quejarte porque se te acumula el trabajo y te genera estrés, haberte dedicado a plantar lavanda en una campiña francesa.
Karmele soltó una carcajada. Ella no habría durado ni dos días en un trabajo así.
Salió de la redacción y se fue directamente a casa.
Kris seguía viajando por el sur de África y no volvería hasta un par de semanas después, así que no tendría distracciones.
Comió algo rápido, encendió el ordenador y se puso manos a la obra.
En menos de una hora tenía escrita y corregida la crónica de la tercera sesión del juicio.
Se la envió tanto a Néstor como al jefe de cierre y, sin perder un minuto, se metió de lleno a investigar para el especial sobre Silvia Legarre.
Tenía claro el enfoque que quería darle al artículo: contar su pasado como fiscal, el origen de su apodo, su abrupta salida de la fiscalía por problemas médicos y su espectacular reaparición, años después, convertida en abogada defensora del caso más mediático de los últimos tiempos.
Accedió a la hemeroteca del Donostia Press a través de la intranet del periódico y realizó varias búsquedas.
Fue revisando una a una las noticias antiguas, pasando a un documento de Word los fragmentos más relevantes: crónicas judiciales, titulares que hablaban de condenas ejemplares, referencias al estilo directo y algo agresivo de sus interrogatorios e incluso la primera vez en la que se le atribuyó el apodo con el que sería conocida en los juzgados.
Karmele siguió buceando y tomando notas hasta que dio con lo que había estado buscando desde el principio.
La noticia era del año 2010, y era bastante escueta.
Informaba de un parón inesperado en el juicio contra un hombre llamado Antonio Hervás debido a la baja médica de la fiscal titular.
Apenas se mencionaba que la segunda sesión del juicio no había podido celebrarse ya que la fiscal, embarazada de seis meses, se había sentido indispuesta nada más llegar a los juzgados y había sido trasladada a un centro hospitalario.
El juicio quedaba suspendido hasta que se designara a un nuevo fiscal que pudiera asumir el caso. Nada más.
Karmele sabía, porque así se había comentado en los pasillos del juzgado varios meses después, que a la hija de Silvia le habían detectado problemas graves, y que la fiscal había decidido dedicarse al cuidado de su familia antes que regresar a su puesto.
Esa decisión sorprendió a más de uno, incluida ella.
Loaba el gesto, anteponer la vida familiar a la profesional, pero recordaba cómo, en su día, le extrañó mucho.
Quizá fuera porque siempre se había sentido identificada con Silvia: luchadora, obstinada, implacable, de las que no se dejan doblegar a la primera de cambio.
Precisamente por eso, le costaba imaginarla bajándose del tren en marcha, renunciando a su carrera y a lo que tanto había luchado por conseguir.
Pensó que ser madre debía de cambiarlo todo.
Ella no tenía hijos, ni los tendría, y tal vez por eso le costaba imaginar la magnitud de esa fuerza capaz de hacerte dejarlo todo sin mirar atrás.
Pensó que resaltar el esfuerzo que había hecho la fiscal por el bienestar de su hija era un buen enfoque para el artículo.
Le daría un toque muy humano y personal, y contribuiría a que Silvia estuviera bien considerada por el público.
De la Rottweiler siempre se había destacado su dureza, su carácter implacable en la sala, pero Karmele quería mostrar que, detrás de esa imagen férrea, había una mujer dispuesta a dejar atrás una carrera brillante en beneficio de un ser querido.
Una historia de prioridades y amor por la familia.
Debía encontrar a alguien que conociera bien a Silvia y le hablara de ella como persona, no solo como profesional.
Alguien que le contara cómo era fuera de los juzgados.
Quería ir más allá de lo que decían las noticias, descubrir a la mujer detrás del personaje, con sus manías y defectos.
Solo así conseguiría que el artículo tuviera alma.
Pero antes de ponerse a buscar a esa persona, decidió hacer una llamada rápida que le permitiría dejar cerrada la parte médica de la historia.
Josune trabajaba como administrativa en la Policlínica Gipuzkoa.
Durante los meses más duros de la pandemia, había formado parte de una trama en la que varios miembros del personal se enriquecieron ilegalmente con la venta masiva de mascarillas.
Karmele llegó hasta aquella historia porque alguien, desde dentro, se encargó de hacerle saber que las cuentas no cuadraban.
La periodista prometió proteger a su fuente, pero le faltaba información.
Por eso, abordó a Josune sabiendo que estaba implicada, y le propuso un trato: si no quería verse mencionada en el reportaje como una de las responsables, debería proporcionarle la información que le faltaba y estar disponible siempre que Karmele lo necesitara, como en aquella ocasión.
Josune no tuvo más remedio que aceptar. En silencio, vio cómo el escándalo estallaba y cómo algunos de los implicados eran despedidos mientras ella conservaba su puesto.
Desde entonces, cada vez que Karmele se lo pedía, se saltaba la ley de protección de datos con la misma ligereza con la que se saltaba la dieta los fines de semana.
Sabía que estaba cometiendo un delito castigado con hasta cinco años de prisión, pero también que negarse no era una opción.
Josune respondió al segundo tono y Karmele fue al grano tras un saludo rápido.
—Necesito que me mires algo. ¿Estás trabajando?
—Por suerte para ti, sí —respondió molesta. Odiaba que Karmele se cobrara el favor—. Me quedan diez minutos para salir.
—Perfecto, tiempo de sobra para que me mires si Silvia Legarre es paciente de la Policlínica, aunque supongo que sí.
—Los fiscales tenían acceso a la sanidad privada gracias a un régimen especial de la Seguridad Social—.
Y, si lo es, dos cosas: la primera, qué clase de problemas tuvo en el embarazo que le hicieron coger la baja cuando estaba de seis meses; y la segunda, el nombre de la enfermedad que padece su hija.
—En un rato te llamo.
Josune colgó el teléfono sin despedirse y, con resignación, se dirigió a un despacho contiguo al suyo.
Era una pequeña sala que apenas se usaba, pero que seguía teniendo un ordenador operativo.
Allí solía hacer siempre las consultas que Karmele le pedía, lejos de miradas curiosas y sin dejar rastro en su ordenador habitual.
Además, se identificaba en el sistema con el usuario y la contraseña de una compañera que se había jubilado hacía más de un año, cuyos datos seguían activos porque nadie en el departamento informático se había tomado la molestia de eliminar.
Una vez dentro del sistema, encontró lo que buscaba y lo anotó en un folio que después destruiría en la trituradora. Todo muy profesional.
—¿Qué me cuentas? —preguntó Karmele al contestar a su llamada.
—He encontrado varias cosas, así que vamos por partes. La niña padece una enfermedad rara: síndrome de Mowat-Wilson. Por lo poco que he leído en su historial, es una enfermedad muy jodida.
—Vale, anotado —respondió Karmele con el bolígrafo y el cuaderno en mano—. ¿Y qué más?
—Silvia Legarre no tuvo ningún problema durante el embarazo.
—¿Cómo dices? —Karmele frunció el ceño. Después, buscó entre sus anotaciones—. En marzo del año 2010, dejó un juicio a medias alegando problemas médicos en el embarazo y cogió la baja.
—Exacto, en marzo de 2010, como dices, cogió la baja, pero fue porque así se lo pidió a su ginecóloga alegando cansancio y estrés laboral, no por ningún problema médico.
El embarazo transcurrió con normalidad, sin ningún contratiempo.
Incluso el parto fue bien. De hecho, la enfermedad de la niña no fue detectada hasta meses después de nacer.
—No me cuadra nada. —Elevó el tono de voz. Era algo que hacía sin darse cuenta cuando algo no encajaba—. He encontrado una noticia en la que se dice que dejó un juicio a medias por molestias en el embarazo, por lo que fue trasladada al hospital.
—¿Y esa noticia de qué fecha es?
—Del 17 de marzo, así que esto pasó el 16, martes.
—Pues el periodista no se informó muy bien, porque Silvia no acudió al hospital hasta dos días después, el 18. Ese día, la ginecóloga le dio la baja, pero eso sí, con fecha del 16.
Karmele agradeció la información a Josune y colgó el teléfono muy desconcertada. No entendía nada. ¿Por qué había dejado Silvia Legarre un juicio a medias si podía haberlo continuado? ¿Por qué alegar complicaciones en el embarazo cuando en realidad nunca las hubo?
Volvió a sentarse frente al ordenador, consciente de que el especial que Néstor le había encargado iba a ser más complicado y laborioso de lo que había imaginado. Nunca le habían gustado las medias verdades, y esta vez no iba a ser diferente.
La Rottweiler había mentido, y ella indagaría hasta descubrir la realidad de lo ocurrido, por incómoda que fuera.