Veredicto Capítulo 19. Laia
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Capítulo 19. Laia

LAIA

Laia salió de la sala de vistas visiblemente enfadada.

Caminaba con pasos rápidos y el ceño fruncido.

El juicio le estaba pareciendo un circo, y ya estaba harta.

¿Cuántas sorpresas más les tendrían guardadas?

Le parecía vergonzoso que jugaran con ellos de esa manera.

Les habían confiado una responsabilidad enorme y así era imposible cumplirla.

A su lado, Rosi comentaba que no revelar ciertos detalles como el dedal era una práctica habitual de la policía.

Según decía, los llamaban «datos de control», y los reservaban para comprobar si una confesión era auténtica o para vincular a un sospechoso con un crimen, asegurándose de no estar ante algún pirado repitiendo lo publicado en los medios.

Laia podía entender que se guardaran esa información, pero una cosa era ocultar un dedal, y otra muy distinta no incluir en los informes que la víctima tenía un pendrive en la garganta con una palabra escrita.

Agustín salió en defensa de la policía con voz calmada.

Según él, habrían generado un pánico innecesario, tal y como apuntaba el especial del asesino de Gros que había publicado el Donostia Press , y la conversación comenzó a girar en torno al artículo.

Laia comentó que había estado a punto de no leerlo por no contaminarse, y uno de los ingenieros admitió que no sabía de qué especial estaban hablando.

—Eso tiene fácil solución —respondió Rosi animada—. Vamos a crear un grupo de WhatsApp, y así estaremos todos al día. Podremos compartir noticias, enlaces y cualquier otra cosa relacionada con el juicio. ¿Os parece?

Después de compartir su número, uno a uno fueron despidiéndose y saliendo de la sala. Los últimos en abandonar los juzgados fueron Rosi, Agustín, Laia e Irene.

—¿Sabéis? Leyendo el especial dominical sobre el asesino, descubrí que conocía a una de las víctimas, Kepa Muñoa —les confesó Laia. No había querido decirlo delante de todos, pero con ellos tenía la suficiente confianza—. Era amigo de mi exnovio.

—¿Teníais mucho trato? —Rosi parecía impresionada por la revelación.

—No, lo justo. Nos saludábamos y poco más, pero impresiona saber que lo asesinaron.

—A mi mujer le pasó lo mismo. —Agustín sonrió con tristeza al recordarla—. Ella conocía a Pepi. Se llevó un gran disgusto cuando ocurrió todo aquello.

—¿Quién es Pepi?

—Josefa Reboredo, la primera víctima. Todos la llamaban Pepi. Se habían conocido años atrás en un curso de costura.

Laia se quedó pensativa al oír ese nombre.

Algo se removió en su interior, y pronto recordó la imagen nítida de una página concreta escrita con su letra.

Las alarmas se encendieron de golpe y, sin perder un segundo, se despidió de sus acompañantes y emprendió el camino de vuelta a casa.

Tenía que comprobar si estaba en lo cierto o no.

Caminó con paso firme hasta llegar a la plaza Pío XII y se adentró en la avenida de Madrid, con el estadio de Anoeta al fondo.

Veinte minutos más tarde estaba rebuscando en su viejo archivador.

Cogió el mismo diario que había estado leyendo el día anterior, lo abrió por la página del día 11 de octubre de 2007 y leyó en voz alta:

«Hoy ha llovido muchísimo. Por un momento he pensado en no ir a correr, pero sabía que después me arrepentiría, así que he dejado la pereza a un lado, me he puesto el chubasquero y he salido, como siempre. Ahora me siento orgullosa de haberlo hecho, aunque me he llevado un susto de muerte.

»Después de llegar al Kursaal, he seguido un par de kilómetros más, y luego me he puesto a callejear por el barrio de Gros.

Justo al pasar por delante de un bazar chino, me he cruzado con un amigo de Fer, del club ciclista.

Lo he saludado, pero iba mirando el móvil y no me ha visto.

Me ha llamado la atención que, con la que estaba cayendo, no llevara paraguas.

Seguro que ha llegado a casa tan empapado como yo.

Cruzarme con él me ha removido y he vuelto a pensar en Fer, en lo mal que ha terminado todo, pero ha sido solo un pensamiento fugaz, porque unos segundos después he oído un golpe muy fuerte.

Un sonido seco, como un crujido de metal.

»Al girarme, he visto que un coche se había salido de la carretera y se había estrellado contra un árbol, atropellando a una mujer mayor.

La mujer, tirada en el suelo, gritaba de dolor.

Ha sido muy impactante. Los dueños del bazar han salido enseguida.

Debían de conocerla, porque ella se ha puesto a gritar “¡Pepi!, ¡Pepi!” y ha salido corriendo a socorrerla, mientras su marido llamaba al 112.

Un señor y yo nos hemos acercado al coche, pero la conductora parecía estar bien.

Tenía el susto metido en el cuerpo, aunque estaba consciente.

Como había bastante gente ayudando y la ambulancia ya estaba de camino, me he marchado.

Seguía lloviendo a mares y, de continuar allí parada, iba a terminar cogiendo una pulmonía.

»De camino a casa, incluso después de presenciar un accidente, no he podido dejar de pensar en Fer, en cómo estará, en lo último que me dijo, en cómo voy a reaccionar cuando lo vuelva a ver... Y así no puedo estar. Creo que voy a tener que marcharme lejos. Si no, terminaré perdiendo la cabeza».

Evitó pensar en el último párrafo, el que seguía removiéndole viejos recuerdos a pesar del paso del tiempo, y se centró en la parte que había ido buscando: la anciana atropellada se llamaba Pepi, igual que la primera víctima del asesino de Gros.

¿Podría tratarse de la misma persona? ¿O era una simple coincidencia?

Decidió que no perdía nada por comprobarlo y, después de comer, se acercó a Gros.

Callejeó tratando de dar con el lugar del accidente.

No lo recordaba con exactitud, pero sí conservaba en la memoria el aspecto que tenía el bazar chino por fuera y también que había un semáforo cerca, al final de una ligera pendiente.

Se dejó guiar por su instinto y, al cabo de un rato, lo encontró.

Se detuvo frente a un local que encajaba en sus recuerdos, pero en vez de hallar un bazar, se dio de bruces con una tienda de electrodomésticos.

El escaparate estaba lleno de lavadoras, secadoras, robots de cocina, microondas, tostadoras...

Decidida, entró y le preguntó al dependiente si antes el local había sido un bazar chino.

—Así es —le respondió el hombre tras el mostrador—. Trasladaron el bazar al centro y nosotros les compramos el local.

—¿En qué dirección están? Me gustaría hablar con ellos.

—No sabría decirte exactamente, pero me suena que la dueña montó un salón de uñas cerca de la iglesia de San Vicente. Alguna vez le tuvimos que llevar la correspondencia que seguía llegándoles a esta dirección.

Laia le dio las gracias y se dirigió a la Parte Vieja.

Atravesó el bullicio de las calles estrechas, llenas de bares y turistas, y encontró lo que buscaba en una bocacalle cercana a la iglesia: «Salón de uñas Mei Yang».

Era un local pequeño pero luminoso, con grandes ventanales y varias mesas alineadas.

Dentro, un grupo de mujeres orientales se afanaban en recortar, limar y adornar las uñas de las clientas con una paciencia minuciosa.

Laia las observó con discreción. Algunas eran demasiado jóvenes para ser la mujer que buscaba; otras podrían encajar, pero no estaba segura.

Entró y, sin rodeos, preguntó por la propietaria.

—La que tenía un bazar en Gros hace años —añadió para que no hubiera confusión.

Unos segundos más tarde, una mujer de mediana edad apareció desde la parte trasera del local.

Vestía una bata de distinto color a la de sus empleadas, algo más elegante, y sonreía con amabilidad.

Laia no estaba segura de que fuera ella, por lo que, con cautela, comenzó a hablarle del accidente ocurrido años atrás frente a su bazar.

—¿Lo recuerdas?

—Oh, claro —respondió la mujer asintiendo con la cabeza—. Recuerdo accidente. Llovía mucho. Mi marido y yo salimos a ayudar.

—Sí, yo también estaba allí. Lo que me gustaría saber es si recuerdas a la mujer que fue atropellada. Era una mujer mayor.

La expresión de la dueña cambió, se tornó más seria.

—¿Cómo no? Señora Pepi. Clienta muy buena. Muy simpática —dijo haciendo memoria. Luego, tras una breve pausa, añadió con gravedad—: Se murió.

—Pero ¿murió a causa del accidente? —preguntó Laia sorprendida. No lo esperaba.

La mujer negó con la cabeza. Miró a un lado y a otro para asegurarse de que nadie las estaba escuchando y se inclinó ligeramente hacia Laia, como si fuera a revelarle un gran secreto.

—No. Golpe en la cabeza. ¡Pam! —Hizo un gesto brusco con la mano—. Asesino matar señora Pepi.

—¿Te refieres a que la mató el asesino de Gros? —Laia notó cómo se le aceleraba el pulso.

La mujer asintió con determinación.

—Sí, ese. Asesino muy malo. Todos mucho miedo.

Laia salió del salón desconcertada. El cielo se estaba volviendo cada vez más oscuro y unas gotas comenzaron a caer sobre ella, finas pero persistentes: el txirimiri que tan bien conocían por el norte.

Pero ella ni siquiera lo notó. Estaba demasiado absorta ordenando sus pensamientos, que se amontonaban unos sobre otros.

Pepi, la mujer del accidente, era la primera víctima del asesino de Gros.

Kepa, el amigo de Fer, fue la segunda.

Y ella había coincidido con ellos.

Con los dos.

El mismo día.

A la misma hora.

¿Podía ser una casualidad?

Laia Ortiz

ANOTACIONES - DÍA 3 DEL JUICIO

JUICIO LANDER FORONDA

15.04.2024 – lunes

SESIÓN

Testimonios:

Amiga de Lander: no ve a Lander capaz de matar a nadie.

Madre de Lander: está destrozada. Le dio los cinco mil euros. Si le hubiera pedido veinticinco mil, también se los habría dado.

Suboficial de la Ertzaintza: en la primera parte, me he convencido de que Lander mató a Borja y después preparó la escena para que pareciera obra del asesino de Gros. Todo encajaba: Lander culpable.

En la segunda parte, sin embargo, la abogada defensora ha revelado la existencia del dedal..., y me ha explotado la cabeza. Si Lander no conocía este dato, ¡TIENE QUE SER INOCENTE!

LANDER

Durante la primera parte del interrogatorio del suboficial de la Ertzaintza, transmitía impotencia y unas ganas enormes de gritar.

En la segunda parte, por el contrario, juraría que estaba tan sorprendido como el resto. O no tenía ni idea del asunto del dedal o es un actor de primera.

MIEMbrOS DEL JURADO

Todos hemos alucinado con los últimos acontecimientos excepto Monti, a quien nada hará cambiar de opinión. Y de Aroa no sé qué pensar. Sigue sin abrir la boca.

PREGUNTAS

¿Tiene lógica que un asesino espere catorce años para volver a actuar?

El móvil de Lander estaba roto y no se pudo rastrear su ubicación.

Las imágenes de las cámaras no son concluyentes.

Podría ser él quien estaba en el parque o no serlo.

¿Y ya está? ¡Ahí está la clave! Si era él, es inocente.

Si no lo era, podría ser culpable... o no.

A ver qué dice la vecina que asegura haberlo visto salir de casa a medianoche.

¿Existió la filtración del detalle del dedal por parte de la policía?

Si no hubo filtración → el culpable solo ha podido ser el asesino o alguien del equipo de investigación que conocía ese dato.

Si hubo filtración → el culpable ha podido ser cualquiera que tuviera esa información.

Borja para Lander era un «TRAIDOR». Vale, encaja. Pero una persona sin escrúpulos como Borja, ¿no se la habría jugado antes a alguien más? ¿Ha investigado la Ertzaintza a fondo el pasado de Borja?

Desde que sé que el fiscal fue uno de los que decidió ocultar las pruebas que apuntaban al asesino, me crea desconfianza.

PORCENTAJE DE CULPABILIDAD

Si el juicio terminara hoy, el jurado votaría la culpabilidad del acusado en un 50 % .

Al pendrive hay que sumarle el dedal, y la impresión de que la policía no ha hecho una investigación exhaustiva es cada vez mayor. Lo que no interesa se ignora.

¿Se puede mandar a alguien a la cárcel con esta sensación constante de que nada en este caso tiene sentido?