Capítulo 18. El juicio - Día 3 #3
—Sí. En aquella época era agente primero y participé en la investigación bajo el mando del oficial Anselmo Dávila, actualmente retirado.
—Entonces, conoce bien ese caso.
—Sí, así es.
—¿Podría recordarnos qué patrón repitió el asesino en sus tres asesinatos?
—La puerta no estaba forzada, las víctimas murieron por un golpe en la cabeza, tenían un pendrive con una sola palabra en la cavidad bucal, no se encontró el arma del crimen en la escena... —enumeró como si le molestara repetir algo que ya había dicho con anterioridad.
—¿Algo más?
Silencio.
—Dígame, ¿hubo algún otro elemento que se repitiera en los tres asesinatos y que debamos conocer?
Iñaki la miró con recelo. Silvia le sostuvo la mirada y elevó ligeramente el tono.
—¿Quizá algo que las víctimas tuvieran en la mano? ¿Algo que la policía no hizo público? ¿Algo tan particular como... un dedal? ¿No es cierto que el asesino dejó en la mano de cada una de ellas un dedal y la policía decidió ocultarlo?
El murmullo en la sala fue inmediato. La jueza Solozábal pidió silencio, pero tardó unos segundos en restablecer el orden. Iñaki carraspeó y se tomó unos instantes para responder.
—Sí —admitió al fin—. Cada una de las víctimas sostenía un dedal en la mano.
—Señoras y señores del jurado. —Silvia se dirigió a ellos—. En la época en la que el asesino de Gros tenía a la población atemorizada, la policía ocultó información, igual que ha hecho ahora. Parece que es una costumbre esto de guardarse lo que no conviene que se sepa, ¿no creen?
Volvió a mirar al suboficial.
—¿Por qué lo hicieron? Supongo que usted podrá explicarlo, ya que formó parte del equipo.
—Era un dato reservado. Se utilizó como elemento de control. Algo que tan solo el asesino y nosotros conocíamos. Si algún día dábamos con él, podríamos utilizar ese dato para confirmar que se trataba de la persona correcta.
Silvia se colocó frente a él, se irguió con decisión y levantó el mentón. Llegaba el momento clave.
—¿Puede decirnos si el cadáver de Borja Miranda tenía un dedal en la mano?
El silencio en la sala fue inmediato, como si todos los presentes estuvieran conteniendo la respiración.
Iñaki se removió en su asiento. Ya no se mostraba tan tranquilo como al principio.
—Sí. —Bajó la mirada. Esa pregunta no la llevaba preparada—. Lo tenía.
La sala estalló. Se oyeron exclamaciones y murmullos de incredulidad. Los miembros del jurado cuchicheaban entre ellos. Incluso la jueza Solozábal alzó las cejas antes de pedir silencio de nuevo.
Silvia permaneció callada. La grieta ya estaba abierta. Solo le quedaba rematar el golpe.
—El dato del dedal no apareció nunca en ningún medio —continuó dirigiéndose de nuevo al jurado—.
Ni en artículos, ni en reportajes, ni en ningún otro sitio.
Pueden buscarlo en internet y verán que no encuentran nada.
El asesino se lo guardó. La policía también.
Años más tarde, Borja Miranda aparece muerto con un dedal en la mano, un detalle que no hace otra cosa que aumentar el número de coincidencias con el modus operandi del asesino de Gros, pero que la policía decide callar, una vez más, porque le da la gana.
—Letrada, por favor. —Carmen Solozábal no dudó en reprenderla—. Está usted en un tribunal. Absténgase de ese tipo de expresiones.
Silvia asintió. Tenía la atención de todos los presentes y debía aprovechar el momento.
—Hace unos días les dije que a veces no se investiga lo que se debe, sino lo que conviene.
—Miró uno por uno a los miembros del jurado—.
Es imposible que mi defendido conociera ese detalle.
Y por si a la policía se le ocurre ahora acusarlo también de haber matado a aquellas tres personas hace tanto tiempo, les recuerdo que Lander tenía entonces tan solo cinco años.
Las caras de desconcierto entre el jurado le confirmaron que iba por buen camino. Había conseguido el golpe de efecto deseado.
—Una última cosa, suboficial. Puede que el señor Larrañaga, el juez de instrucción y el señor Vilariño no supieran lo del dedal, pero usted sí lo sabía. ¿Acaso no lo puso en su conocimiento?
—Sí, lo hice —se apresuró a responder—. Se lo expliqué a mi superior y, después, cuando decidieron descartar la hipótesis del asesino, insistí.
Les dije que, aunque todo apuntaba a Lander, el dedal seguía sin encajar.
Les aseguré que era imposible que conociera ese dato, porque solo lo conocíamos unos pocos, los que participamos en aquella investigación.
—Y, aun así, no le hicieron caso.
—No. Dijeron que cualquiera de nosotros podría haberlo filtrado y haberle llegado a Lander.
—¿Y tienen alguna prueba de esa supuesta filtración?
—No.
—Muy bien —replicó Silvia con ironía—. La policía no solo oculta información, sino que, cuando algo no encaja, lo argumenta de la manera más conveniente para que todo apunte en una misma dirección.
En este caso, en una posible filtración.
Se empeñaron en ver como una imitación lo que podría haber sido una firma auténtica.
Una firma que llevaba muchos años dormida.
—Letrada. —La jueza la volvió a reprender—. Guarde sus alegatos para el final y limítese a interrogar.
Silvia asintió y volvió la vista hacia el suboficial. Iñaki Ansa parecía avergonzado, y ella decidió que era suficiente. Tenía lo que quería.
—No hay más preguntas, señoría.