Veredicto Capítulo 18. El juicio - Día 3 #2
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Capítulo 18. El juicio - Día 3 #2

La expectación en la sala era evidente. Tras la bomba que la fiscal había soltado durante la sesión anterior, el jurado, el público y la prensa estaban deseando escucharle. La policía tenía muchas explicaciones que dar.

—Ertzaina 12773. ¿Podría decirnos su rango y cuál fue su papel en esta investigación? —comenzó la jueza.

—Soy suboficial de la Unidad de Investigación Territorial de la Ertzaintza —respondió con voz firme y clara.

Vilariño comenzó con el interrogatorio mostrándose igual de tranquilo que el testigo.

—Buenos días, suboficial. Antes de lanzarle la primera pregunta, quiero ponerle en contexto.

El viernes, en la segunda sesión del juicio, la abogada defensora reveló la existencia de cierto objeto que no figura en el atestado oficial.

Me refiero al pendrive hallado en la garganta del cadáver.

¿Tenía usted conocimiento de este objeto?

—Sí, así es.

—¿Podría explicar cómo y cuándo lo encontraron, por favor?

—Por supuesto —respondió con tranquilidad—. El dispositivo fue hallado durante la autopsia, no en el levantamiento del cadáver. Estaba incrustado en la garganta y, a simple vista, no era visible. Lo analizamos y encontramos en su interior un archivo de texto con una sola palabra: « TRAIDOR ».

—¿Y eso no les recordó a cierto asesino que actuaba de la misma manera?

—Claro que sí —admitió—. Eso y varias cosas más: la puerta no había sido forzada, la víctima había muerto de un golpe en la cabeza, no encontramos el arma del crimen... Había ciertas similitudes que nos hicieron considerar esa posibilidad.

—Y, sin embargo, decidieron no seguir por esa línea de investigación. ¿Por qué motivo?

—Porque, aunque al principio encontramos varias coincidencias, pronto vimos que las diferencias eran demasiado significativas.

Vilariño asintió de nuevo. Silvia se dio cuenta de que habían planificado el interrogatorio cuidadosamente. Ambos sabían lo que el otro iba a decir incluso antes de que lo dijera.

—¿Podría enumerarlas?

Iñaki asintió.

—La más evidente era la ubicación del crimen.

Al asesino de Gros se le llamó así porque siempre actuó en el barrio de Gros.

Y la cuesta de Aldapeta no está precisamente cerca, sino a un kilómetro y medio más o menos.

Tampoco terminaba de encajar que faltaran el ordenador y el móvil de la víctima.

El asesino nunca se llevaba nada de la escena del crimen.

Mataba, dejaba el cuerpo y se iba. Además, nos costaba creer que hubiera matado a tres personas en pocos meses y luego hubiera permanecido inactivo tantos años.

—Hizo una pausa para coger aire—. También estaba la vecina que decía haber visto al acusado salir de casa a medianoche, portando algo debajo de la sudadera.

Y con lo que descubrimos después, ya lo terminamos descartando por completo.

—¿A qué se refiere? —preguntó el fiscal haciéndose el sorprendido.

—Enviamos el pendrive y el ordenador de Lander al departamento de informática de la Ertzaintza.

Allí confirmaron que ese dispositivo había sido conectado a ese equipo, y que el archivo de texto que contenía la palabra « TRAIDOR » fue creado en ese mismo ordenador, esa misma noche y con el perfil de usuario de Lander.

—¿Sabemos la hora en la que se generó el archivo?

—Sí, aunque los metadatos del archivo habían sido borrados, los registros del sistema permitieron determinarlo con precisión: la una y ocho de la madrugada, es decir, catorce minutos antes de la llamada a emergencias.

—Curioso... —añadió Vilariño mirando al jurado—. Continúe.

—Sospechábamos de Lander desde el principio, desde que descubrimos el tema del chantaje, y lo del pendrive terminó de inclinar la balanza.

Consideramos que mató a Borja y trató de simular al asesino de Gros replicando su modo de actuar.

Era estudiante de Criminología y perfectamente podía conocer los detalles del caso.

Cogió un pendrive , lo conectó a su propio ordenador, creó el archivo y borró los metadatos creyendo que así no dejaría rastro.

—Explíquenos, por favor, el motivo de ocultar el tema del pendrive y cómo se tomó esa decisión.

—El oficial y yo nos reunimos con el juez de instrucción y el fiscal del caso.

—Si me lo permite —lo interrumpió Vilariño levantando la mano y girándose hacia el jurado—, quiero hacer una aclaración.

Miembros del jurado, cuando el suboficial se refiere al fiscal de este caso, se refiere a mí.

Por lo tanto, nos reunimos el juez Barros, el oficial Larrañaga, él y yo. Prosiga, por favor.

—En esa reunión se concluyó que lo del asesino de Gros no había sido más que una pantomima orquestada por el acusado para desviar la atención, y que no convenía que esa información trascendiera.

—¿Y por qué no?

—Porque habría generado una enorme alarma social.

Sacar a la luz al asesino de Gros habría causado un pánico innecesario en la población y habría desatado una tormenta mediática, tal y como ha ocurrido estos días.

No merecía la pena. El juez Barros y usted estuvieron de acuerdo y, para la Ertzaintza, no habría sido plato de buen gusto recordar un caso en el que no se había conseguido atrapar al asesino.

A pesar de los años, sigue siendo una espina clavada, un tema delicado.

Volver a hablar de él habría sido como reabrir una herida que aún escuece.

¿Para qué, si todo apuntaba a que había sido un burdo teatro de Lander Foronda?

—Entonces se decidió no incluir el hallazgo en el atestado oficial, ¿no es así?

—Exacto. El juez de instrucción decretó el secreto de sumario y el forense recibió instrucciones de no mencionar el pendrive en su informe.

—¿Estuvo usted de acuerdo con esa decisión?

Iñaki tardó un instante en responder, aunque seguía mostrándose tranquilo.

—No era una decisión que me correspondiera a mí, sino a mi superior y a ustedes dos, pero entendí los motivos. Se evitó generar una alarma innecesaria que podría haber hecho mucho daño.

—Gracias. No hay más preguntas, señoría.

Vilariño, con una sonrisa de satisfacción, regresó a su asiento. Todo había ido sobre ruedas.

Era el turno de Silvia. Con una libreta en la mano, se puso en pie y caminó hacia el centro de la sala con paso firme.

Sabía exactamente lo que tenía que hacer.

El jurado acababa de escuchar un testimonio convincente, lógico y muy bien argumentado.

El golpe de efecto que ella había conseguido al final de la sesión anterior revelando el hallazgo del pendrive había quedado en nada.

El jurado volvía a creer que Lander había matado a Borja y, además, que había hecho una vulgar imitación del asesino de Gros.

Pero ella aún no había terminado. Guardaba un as bajo la manga, y había llegado el momento de sacarlo.

—Con la venia, señoría —comenzó—. Buenos días, su­bo­ficial.

—Buenos días.

—No quisiera alargarme, así que iré al grano, si me lo permite.

Iñaki asintió. Seguía mostrándose tranquilo.

—Usted acaba de explicar por qué dedujeron que mi defendido había matado a la víctima.

Pero dígame una cosa: ¿existe alguna posibilidad de que el autor fuera, en realidad, el asesino de Gros?

Porque hemos escuchado una serie de argumentos por los que creen que fue Lander, pero ninguno de por qué es imposible que fuera el asesino.

Me va usted a perdonar, pero frases como...

—Silvia consultó su libreta y leyó—: «Nos costaba creer que hubiera matado a tres personas en pocos meses y luego hubiera permanecido inactivo tantos años», o esta otra: «Tampoco terminaba de encajar que faltara el ordenador y el móvil de la víctima».

A mí, desde luego, no me parecen argumentos especialmente rigurosos.

Ahí lo que yo veo es que les resultaba más cómodo justificar que lo hizo Lander en lugar de plantearse otras opciones.

Iñaki se limitó a encogerse de hombros y no dijo nada.

—Respóndame a varias preguntas —prosiguió Silvia—. ¿Es absolutamente imposible que alguien que ha cometido varios crímenes en un lugar los cometa en otro? Es decir, si alguien roba en varios comercios del barrio de Amara, ¿hay algo que le impida robar después en el Antiguo?

—Supongo que no. —Iñaki intuía hacia dónde se dirigía la abogada.

—Y si en esos robos de Amara solo se ha llevado el dinero de la caja, ¿hay algo que le impida, en un robo posterior, llevarse la caja fuerte también?

—Supongo que no.

—Y si usted roba tres veces en un mes, ¿hay algo que le impida volver a robar unos años después?

—Supongo que tampoco.

—Bien, hablemos ahora del ordenador. El pendrive hallado en el cadáver fue conectado al ordenador de Lander, donde se generó el archivo de texto.

¿Es imposible que el asesino de Gros utilizara ese mismo equipo para hacerlo después de matar a Borja?

¿Acaso no podía estar la sesión de Lander abierta?

Tan solo tendría que insertar el dispositivo, generar el archivo y listo.

—En su día, nunca actuaba así. Llevaba el pendrive preparado —replicó Iñaki a la defensiva.

—Lo sé. Pero no le estoy preguntando cómo solía actuar, sino si, en esta ocasión, es absolutamente imposible que lo hiciera allí mismo, utilizando un ordenador que ya estaba encendido.

Iñaki dudó. Empezaba a ponerse nervioso.

—Me parece poco probable.

—Pero no imposible.

—No, imposible no es.

—Bien, recapitulemos. —Silvia se giró hacia el jurado—. El asesino sí pudo actuar en otra ubicación. Sí pudo hacerlo muchos años después. Sí pudo llevarse objetos que antes no se llevaba. Y sí pudo preparar el pendrive en la misma escena. Y, aun así, la policía descartó esa línea de investigación.

Detectó en las expresiones de varios miembros del jurado lo que estaba buscando: comenzaban de nuevo a dudar. La semilla de la duda estaba ahí, y decidió que había llegado el momento de dar la estocada.

—¿Conocía usted los detalles del caso del asesino de Gros? —preguntó volviéndose hacia el suboficial.