Capítulo 18. El juicio - Día 3
El lunes por la mañana, Silvia llegó a los juzgados dispuesta a enfrentar el tercer día de juicio. En cuanto entró en la sala de vistas, notó que se respiraba un aire distinto. Algo había cambiado.
Había visto llegar a uno de los miembros del jurado con el especial sobre el asesino bajo el brazo; los periodistas de los distintos medios cuchicheaban entre ellos y, entre las personas que habían acudido como público, se notaba cierta tensión.
La jueza Solozábal entró en la sala y saludó a los presentes con su habitual neutralidad. Lo más probable era que ella también hubiera leído el especial dominical, pero Silvia sabía que, aunque así fuera, no lo mencionaría.
Cuando todos los miembros del jurado estuvieron sentados y la sala quedó en completo silencio, la magistrada inició la sesión, indicando al auxiliar que hiciera pasar a la primera testigo del día: Vega.
Silvia notó cómo Lander se revolvía en su asiento al escuchar su nombre. No se habían visto desde hacía mucho, y volver a verla, en una sala repleta y con todas las miradas puestas en él, iba a ser complicado. Comenzar así la sesión no le resultaría fácil. Pero era inevitable.
Vega vestía completamente de negro, como siempre.
Se había cortado el pelo muy corto, casi rapado, e iba sin maquillar, lo que hacía que sus piercings resaltaran aún más.
Se sentó en la silla de los testigos sin mirar a Lander ni tampoco al jurado, y se limitó a esperar con la mirada fija al frente.
La jueza Solozábal comenzó lanzándole las preguntas generales, a lo que ella respondió que se llamaba Vega Díez y que era estudiante de Criminología. Después, la magistrada dio paso al fiscal.
Daniel Vilariño se levantó de su asiento, y Silvia se fijó en que, bajo la toga, lucía un traje distinto al de las dos sesiones anteriores, pero igual de elegante y caro. Una vez más, proyectaba una imagen de hombre seguro de sí mismo, un triunfador.
Él se acercó a la testigo y le hizo la primera pregunta:
—Con la venia, señoría —dijo y se giró hacia Vega—. Díganos, señorita Díez. ¿De qué conoce al acusado?
—Del grupo de amigos de la facultad.
—¿Mantuvieron ustedes una relación sentimental?
—No, solo éramos buenos amigos.
—Entonces, ¿podríamos decir que lo conoce bien?
—Lo suficiente como para creer que es incapaz de matar a nadie.
Lander bajó la vista. Aunque la afirmación de Vega lo beneficiaba, lo estaba pasando mal, y se notaba que deseaba que el testimonio terminara cuanto antes.
Vilariño, consciente de que no le convenía seguir por ahí, cambió de tercio.
—Hábleme de Borja. ¿Qué relación mantenía con él?
—Era uno más del grupo. Me caía bien, pero parece que me engañó como a todos los demás.
—¿Le contó Lander por qué se enemistaron?
—No. Sabía que se habían enfadado, pero no me dijo el motivo.
—¿Por qué cree que le ocultó que Borja lo chantajeaba?
—No lo sé. Supongo que no confiaba en mí lo suficiente.
Vilariño asintió y modificó el enfoque de sus preguntas una vez más.
—Por lo que sabemos, Lander y Borja estuvieron enemistados durante la semana anterior al asesinato. Y el mismo día de la muerte de Borja, ocurrió algo entre ellos que todo el grupo de amigos presenció. Me refiero al incidente con el móvil. ¿Puede contarnos qué pasó?
—Era viernes por la mañana y estábamos sentados en unos bancos frente al campus.
Lander llevaba toda la semana bastante raro.
De pronto, le sonó el móvil, y pude ver que era Borja.
Le colgó, pero Borja insistió. Lander se alejó un poco del grupo para hablar con él y cogió la llamada.
No pude oír lo que decía, hasta que empezó a gritar.
Estaba furioso, y entonces lo oímos todos.
—¿Y qué dijo? ¿Qué le dijo a Borja?
Vega no contestó de inmediato. Parecía debatirse entre contar la verdad o proteger a Lander. El jurado y el público estaban expectantes.
—Lo llamó hijo de puta y le dijo que lo iba a matar —respondió finalmente—. Después, estampó el teléfono contra el suelo y la pantalla se hizo añicos. Lo recogió, lo metió en el bolsillo de la cazadora y se fue sin decirnos nada.
—Muy bien, gracias. —El fiscal se giró hacia la jueza—. Esto es todo, señoría.
Era el turno de Silvia, y esta optó por reducir al máximo su interrogatorio.
Tenía claro su objetivo y no necesitaba extenderse demasiado, por lo que formuló solo unas pocas preguntas.
No buscaba poner en duda el relato de Vega, ni desmentir el episodio del teléfono.
Solo quería que hablara de Lander como amigo.
Vega lo describió como una buena persona, alguien con quien se lo pasaba bien y la hacía reír.
Durante el testimonio, Silvia miró de reojo a Lander, que permanecía inmóvil, con la espalda rígida, claramente en tensión.
Intuyó que, por alguna razón, no se sentía cómodo con ella allí, y decidió no alargarlo más.
Dio por terminado el interrogatorio y Vega salió de la sala acompañada del auxiliar.
La siguiente en testificar fue Maite, la madre de Lander. Apenas había pegado ojo la noche anterior y se notaba que estaba nerviosa incluso antes de sentarse.
Vilariño no tardó en centrar su interrogatorio en el tema que más le interesaba: los cinco mil euros.
No le preguntó por la relación entre madre e hijo, ni por la infancia de Lander o su carácter.
Lo que quería saber era cómo y por qué le había proporcionado esa cantidad de dinero unos días antes del asesinato.
Maite respondió que Lander, sin explicarle para qué lo necesitaba, le pidió el dinero. Ella fue al banco, lo sacó y se lo dio.
—¿Es habitual que le dé usted a su hijo todo lo que le pide? —atacó el fiscal.
—No, pero Lander no estaba bien. Noté enseguida que estaba muy preocupado y que, si no hubiera sido realmente importante, no me lo habría pedido.
—¿Y ya está? ¿Así de fácil? Según ha dicho, ni siquiera le explicó para qué lo necesitaba.
—No me lo dijo, pero decidí confiar en él —respondió Maite con firmeza.
No le gustaba que la cuestionaran como madre—.
No sé si usted tiene hijos, pero si los tiene sabrá que una madre o un padre, cuando ve que su hijo necesita ayuda, hace lo que sea necesario para ayudarlo, con explicaciones o sin ellas.
—Me atrevería a afirmar que algunos indagaríamos un poco más antes de entregar a un hijo semejante cantidad de dinero —apuntó Vilariño con cierto retintín—, pero no estoy aquí para cuestionar ese tipo de cosas. —Se giró hacia la magistrada—. No hay más preguntas, señoría.
Silvia se levantó y se acercó a Maite. Habían preparado el interrogatorio a conciencia, y tan solo tenía que abrirle el camino para que el jurado viera en Lander lo mismo que veía su madre.
Maite respondió con honestidad. Habló de su hijo con ternura, insistiendo en que nunca había sido una persona violenta, ni con ella ni con nadie.
Aseguró que era muy noble y que, si no le contó para qué necesitaba el dinero, fue porque intentaba protegerla.
También explicó lo mal que lo habían pasado ambos tras el escándalo inmobiliario que los salpicó por culpa de su marido, y lo mucho que Lander había sufrido sin tener ninguna culpa.
Lander la miraba sin apartar los ojos de ella, visiblemente emocionado. Sabía que, pasara lo que pasara, ella nunca le fallaría. Era la única que siempre estaría ahí.
—Una sola cosa más —dijo Silvia antes de terminar—.
Usted tenía la costumbre de pasarse al menos una vez por semana por el piso de la cuesta de Aldapeta, donde vivía su hijo.
¿Echó de menos algún objeto tras la muerte de Borja?
¿Algo que antes hubiera estado allí y que pudiera haber servido como arma del crimen?
—No, nada. —Maite negó con la cabeza—. Allí no falta nada.
Silvia le dio las gracias y dio por concluido el interrogatorio. La jueza aprovechó el momento para anunciar un descanso de quince minutos.
Maite miró a su hijo con cariño y salió de la sala manteniendo la compostura hasta cruzar la puerta.
Una vez fuera, soltó todo el aire de sus pulmones de golpe.
Esperaba que nadie se hubiera dado cuenta de que había mentido.
Sabía que no debía haberlo hecho, que había declarado bajo juramento, pero no se arrepentía.
Lo cierto era que sí había echado algo de menos: un trofeo.
Uno que solía descansar sobre el aparador del salón y que Josean había ganado jugando al golf muchos años atrás, cuando empezaba a codearse con las altas esferas de la ciudad.
Al mudarse a Villa Maite, ella había preferido no llevárselo.
No pegaba con la estética del nuevo salón, decorado con un estilo minimalista.
Después del asesinato de Borja, lo buscó por toda la casa, pero no lo encontró.
Consciente de que aquel objeto podría haber sido, perfectamente, el arma del crimen, nunca se lo contó a Silvia, ni tampoco se atrevió a preguntarle a Lander por él.
Le aterraba la respuesta que pudiera darle.
Prefería mirar hacia otro lado y convencerse de que tenía que haber una explicación lógica que justificara su desaparición.
Una en la que su hijo no tuviera absolutamente nada que ver.
Con ese pensamiento, cruzó la puerta principal de los juzgados y salió a la calle.
Necesitaba que le diera el aire.
El tercer y último testigo del día se llamaba Iñaki Ansa y era ertzaina.
En cuanto el auxiliar lo hizo pasar, caminó hacia su sitio con paso tranquilo.
Saludó al jurado con un leve gesto y se sentó con naturalidad.
De complexión delgada y definida, rondaba la mediana edad.
Llevaba el pelo corto y unas gafas redondas, y su aspecto cuidado dejaba claro que mantenía una rutina deportiva constante.
No parecía nervioso ni incómodo por tener que testificar.
Se notaba que no era la primera vez que lo hacía.