Veredicto Capítulo 17. Lander
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Capítulo 17. Lander

LANDER

La idea de recrear crímenes para grabarlos y comerciar con ellos había calado hondo entre el grupo.

Desde que Borja lo propuso, Lander se había metido de lleno a investigar otros vídeos similares, analizando estilos y anotando lo que le gustaba y lo que no.

Le parecía que, si lo hacían bien, podía salir algo realmente potente de todo aquello, y estaba entusiasmado con el plan.

Tanto, que se pasaba horas y horas buceando en foros y plataformas de contenido criminal.

—¿Cómo llevas el trabajo de Fundamentos Criminológicos? —le preguntó Amaia un día al salir de clase.

—¡Hostia! —Lander se llevó la mano a la frente—. ¡Se me había olvidado por completo!

—Pues siento decirte que es para mañana —dijo ella ladeando la cabeza con una sonrisa.

Lander soltó un bufido.

—Joder, pues ya no me da tiempo. ¡Qué putada!

Amaia lo miró durante varios segundos con esa expresión protectora que reservaba solo para él.

—Bueno... Si quieres te paso el mío. Tendrás que cambiar un par de cosas, pero te puede valer. —Sonrió con dulzura.

—Muchas gracias, tía. No sé qué haría sin ti. —Sabía que era exactamente lo que ella quería oír—. Aunque...

—¿Aunque qué?

—Pues que justo esta noche quería conectarme a un foro de internet donde la peña sube cosas de crímenes reales. El administrador lleva toda la semana anunciando que hoy desvelaría información de un crimen cometido en Australia muy bestia. Ya me jode perdérmelo por el puñetero trabajo.

Volvió a poner cara de fastidio y Amaia no tardó en acudir al rescate, tal y como él esperaba que hiciera.

—Venga, no te preocupes. Ya me encargo yo del trabajo. Tú conéctate y mañana me cuentas qué tal.

—¿De verdad? ¿No te importa?

—Qué va —respondió ella quitándole importancia con un gesto—. No me cuesta nada.

Lander le regaló una sonrisa enorme. A veces se preguntaba hasta dónde estaría dispuesta a llegar por él. Y, aunque no tenía intención de averiguarlo, le divertía ponerla a prueba de vez en cuando.

Esa misma semana, mientras se bebían unas cervezas en un bar cercano al campus, decidieron poner en marcha el proyecto de las recreaciones y dar ideas.

Al principio todo eran menciones a casos famosos: el asesino de la catana, el crimen del juego de rol, el del matamendigos...

, pero pronto los descartaron. Algunos eran demasiado complejos de recrear, y otros habían sido muy explotados ya.

—Los que yo he leído en los foros son demasiado bestias —aseguró Lander—. Quedan descartados.

—¿Y qué tal el tiroteo de Texas? —June parecía ilusionada—. 2017, una iglesia, veintiséis muertos, un montón de heridos, una persecución con disparos.

—Imposible —protestó Borja—, necesitaríamos a demasiada gente.

—Y más difícil que eso. Necesitaríamos una iglesia en la que nos dejaran liar una buena.

—Vale, algo más reducido —cedió June—. ¿El asesinato de alguna joven? Casos reales hay mil.

—¿Y qué tiene eso de llamativo? —Borja volvió a la carga—. Eso no tiene ninguna gracia.

—¡Pues ya me diréis entonces qué!

—Yo tengo una propuesta que creo que puede funcionar de puta madre. —Borja se inclinó hacia ellos y siguió hablando con un halo de misterio—. No es un crimen real, es una leyenda urbana, la leyenda del señorito burgalés. ¿La conocéis?

La mayoría negó con la cabeza.

—¿La del granero? —preguntó Amaia.

—Exacto. —Borja esbozó una sonrisa—. Cuenta la leyenda que, hace muchos años, el hijo de una familia adinerada de un pueblo de Burgos se mató en un accidente de coche.

Esa fue la versión oficial que dio la familia, pero la realidad era que lo habían encontrado ahorcado en el granero.

Lo enterraron deprisa y corriendo, antes de que nadie pudiera ver el cuerpo sin vida y, sobre todo, las marcas que la cuerda le había dejado alrededor del cuello.

Se trataba de una familia muy conocida en la zona, y que su hijo se hubiera quitado la vida era una gran deshonra, una vergüenza total.

Después de eso, la madre cayó en una profunda depresión y dejó de hablar.

Muchas noches bajaba sola al granero y se pasaba las horas llorando.

Dicen que sus sollozos se podían oír desde varios kilómetros a la redonda.

Un mes después de la muerte del chico, también murió su perro.

Conscientes de lo unidos que estaban, la familia decidió darles sepultura juntos.

El enterrador, tras levantar la lápida, colocó el cuerpo del animal sobre el ataúd del joven, pero la madre le pidió que lo metiera dentro, con él.

Era la primera vez que la mujer rompía su silencio desde la muerte de su hijo.

Fue tan impactante oír de nuevo su voz que nadie se opuso a su petición.

El enterrador obedeció y, al abrir la caja, se quedaron todos de piedra.

El chico tenía el rostro desencajado, con una expresión de puro terror.

Sus uñas estaban destrozadas, y sus manos, ensangrentadas.

Y la tapa del ataúd estaba llena de arañazos por dentro. Lo habían enterrado vivo.

—¡Joder! —exclamó Paule.

—Esa misma madrugada —continuó Borja—, la madre volvió a bajar al granero, pero no para llorar. La encontraron unas horas después colgada de la misma cuerda que había utilizado su hijo.

El grupo guardó silencio. Algunos, sorprendidos por la historia, y otros, pensando en si podría funcionar.

—Yo creo que podemos hacerlo —concluyó Borja—. Hay un montón de caseríos abandonados con un granero o establo al lado. Solo tenemos que encontrar uno.

—Ya, ¿y el tema del ataúd? A ver cómo simulamos un cementerio, listo. —A Kerman, a pesar de gustarle la idea de la recreación, le molestaba el protagonismo que había alcanzado Borja en el grupo, llevando siempre la voz cantante. No pensaba ponérselo tan fácil.

—¿Simularlo? No, hombre. Lo que hay que hacer es meterse directamente en uno. En el cementerio de Donostia, por ejemplo, no hay cámaras.

—¿Cómo no va a haber cámaras en Polloe? —volvió a protestar Kerman como si Borja hubiera dicho una estupidez.

—Solo en la entrada, pero dentro no hay. Mis padres están enterrados allí y lo sé de sobra. Si nos colamos por cualquier parte del perímetro, menos por la entrada principal, nadie nos verá.

—Joder, a mí me da mal rollo —dijo Paule.

—¿Y qué quieres subir a la Deep Web ? Cuanto más tétrico sea todo, mucho mejor, y un cementerio mola mucho.

—Venga, va. Puede quedar genial —June trató de animarlos.

—Yo digo que lo hagamos. —Amaia miró a Lander buscando su aprobación—. Si tú te apuntas, yo voy de cabeza.

Poco a poco, la idea de recrear la leyenda urbana del señorito burgalés fue tomando forma y el entusiasmo por parte de todos aumentó. Amaia se caracterizaría como la madre de la familia, Kerman haría de padre, Paule sería la chica del servicio...

—Yo podría ser el muerto —dijo Lander con una sonrisa.

—No, joder, el señorito burgalés era rubio, alto y con buen porte.

—¿Me estás diciendo que no tengo buen porte? —fingió haberse ofendido.

—No, pero rubio no eres, y tan alto como él, seguro que tampoco.

—Pues tendrá que valer. Me pongo una peluca y listo.

—No, eso es una chapuza —se negó Borja—. Si lo vamos a hacer, lo hacemos bien. Nada de pelucas.

—Pues aquí rubios no somos ninguno.

—Entonces habrá que encontrar uno.

—Sí, claro, uno que esté dispuesto a meterse en un agujero en Polloe y hacerse el muerto —añadió Kerman—. Facilísimo de encontrar. ¡No te jode!

Borja se giró hacia Lander.

—¿Y tu amigo?

—¿Qué amigo?

—El pijo, con el que sales en mil fotos en Facebook. Alto, rubio, guapete...

—¿Mikel? —preguntó Lander soltando una carcajada—. A Mikel no le convences para algo así ni harto de vino.

—Pues sería perfecto —Borja decidió insistir—. Igual si se lo pides como un favor...

—Que no, que no. Ni lo voy a intentar. Sé de sobra qué va a decir.

Según Borja, Mikel era ideal para encarnar al señorito burgalés. De tanto perseverar, al final consiguió que Lander accediera a preguntárselo, pero la respuesta fue justo la que había anticipado: un «no» rotundo.

—Pues vaya mierda. —Borja parecía enfadado—. ¿No sois amigos? Cuando un amigo me pide un favor a mí, se lo hago. ¿Le has explicado lo importante que es para nosotros? Repartiríamos las ganancias con él.

—A Mikel no le hace falta la pasta. Y si ha dicho que no, es que no.

Borja se mostró disgustado. Ese día, mientras decidían dónde grabarían las escenas del suicidio tanto del hijo como de la madre, apenas participó en la conversación.

Al día siguiente, Lander apareció con el pelo teñido de rubio y todos se echaron a reír en cuanto lo vieron.

Todos menos Borja. Lo que a algunos les pareció una broma divertida, a él no le hizo tanta gracia.

Sin duda, seguía molesto porque Lander no había conseguido que su amigo participara.

Poco a poco y a lo largo de las semanas, el proyecto fue tomando forma.

Encontraron un caserío a las afueras de Donostia que, pese a estar deshabitado, se conservaba en bastante buen estado.

Había muebles, cortinas, adornos... Era perfecto.

Allí grabaron las primeras escenas: la familia recibiendo la noticia de la muerte del señorito, los llantos desgarrados de la madre...

Volvieron un par de fines de semana más para grabar las escenas del establo y, armados con linternas, trípodes y una cuerda gruesa, consiguieron que pareciera que Lander —el señorito burgalés— se había colgado de una viga.

Después, repitieron la escena con Amaia, que interpretaba a la madre.

Improvisaban el guion sobre la marcha, lo que provocó más de una toma falsa y muchas risas entre ellos.

Grababan con distintos dispositivos, desde varios ángulos.

Borja, metido en su papel de director, lo grababa todo también con su móvil, incluso lo que pasaba entre toma y toma.

Cuando ya tenían toda la parte del caserío grabada, decidieron centrarse en lo más difícil: las escenas del cementerio.

—Podríamos ir de día, verlo todo bien y decidir qué lápida es la adecuada —propuso June.

—No, nos colaremos de noche, aunque solo sea para echar un vistazo. —Kerman quería liderar la situación—. Así vemos cuánta luz hay en cada zona del cementerio y elegimos el mejor sitio.

Decidieron que entrarían esa misma semana, la noche del jueves al viernes. Cargados con linternas y el resto del material necesario para grabar, se colarían por un lateral, lejos de las cámaras de seguridad.

Amaia y Lander habían quedado para ir juntos hasta el punto de encuentro.

Ella estaba nerviosa. Sabía que si los pillaban podrían meterse en un buen lío, pero justo eso era lo que lo hacía más emocionante.

Se vistió de oscuro para pasar desapercibida, se descargó el plano del cementerio en el móvil, por si luego no sabían por dónde salir, y se sentó a esperar a que diera la hora.

De pronto, le llegó un mensaje de Lander: «Ando liado. Nos vemos directamente allí».

Amaia respondió con un simple «OK», pero no pudo evitar sentirse decepcionada. Le habría gustado compartir un rato a solas con él antes de que llegaran los demás.

A las diez en punto, todos estaban ya junto al muro del cementerio que pensaban escalar, excepto Lander. Algunos estaban nerviosos, como Amaia, y Borja quería entrar cuanto antes.

Cuando por fin lo vieron aparecer, Lander no venía solo.

A su lado caminaba una chica que algunos conocían de vista. Alta, con el pelo negro rapado por un lateral, vestía completamente de negro. Llevaba botas militares y varios piercings en la cara. Con los ojos y los labios pintados de negro, su estética era agresiva, imponente.

Lander caminaba junto a ella sonriente.

—Ya estamos aquí —dijo a modo de saludo en cuanto llegaron hasta ellos—. Esta es Vega, de segundo curso. Se ha enterado de lo que estamos haciendo y le ha molado la idea. Se apunta.

Vega los saludó con un leve gesto y Amaia la miró con recelo. ¿Qué pintaba ella allí?

—¿Ya habéis elegido tumba o improvisamos? —preguntó, como si colarse en un cementerio de noche fuera lo más normal.

Lander la miró con fascinación mientras los demás la observaban boquiabiertos. Amaia tampoco podía apartar la vista de ella. Vega tenía algo que atraía todas las miradas y, sin duda, la de Lander también.

Saltaron el muro y se adentraron en el enorme cementerio, con sus calles formando un damero, árboles, mausoleos, panteones y nichos. Allí descansaban personas ilustres como Clara Campoamor, el duque de Mandas o el marqués de Riscal. Pero, en ese momento, a ninguno de ellos le importaba demasiado.

Pasearon entre las tumbas como si fueran niños en una excursión prohibida en la que buscaban un tesoro.

Vega se movía con soltura; parecía que no era la primera vez que hacía algo así.

Encontró una lápida medio rota y se sentó encima con las piernas cruzadas.

Con toda la tranquilidad del mundo, se encendió un cigarro como si estuviera en el salón de su casa.

—Esta podría valernos. Os dejo que me metáis, si queréis.

Amaia volvió a ver en los ojos de Lander la misma mirada de admiración de antes, una mirada que nunca le había dedicado a ella. Vega había aparecido de la nada y, en apenas unos minutos, había acaparado todo.

Borja y Kerman comenzaron a mover la piedra.

Casi lo tenían cuando, de pronto, desde el otro lado del muro, alguien gritó que eran unos gamberros y que iba a llamar a la policía.

Entre risas nerviosas, echaron a correr como si los persiguiera el diablo, saltaron de nuevo el muro por donde habían entrado y, con la adrenalina disparada, lograron escapar.

Lo último que alcanzó a ver Amaia antes de que cada uno desapareciera corriendo en una dirección distinta fue a Lander cogiéndole la mano a Vega y saliendo a toda velocidad calle abajo, riendo a carcajadas.