Veredicto Capítulo 16. El asesino de Gros
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Capítulo 16. El asesino de Gros

EL ASESINO DE GROS

En los últimos meses había tocado fondo, como si fuera el mismísimo infierno el que ardía en su interior.

Pero era consciente de que, cuando uno desciende hasta lo más profundo, tan solo le queda una opción: encontrar el modo de emerger a la superficie.

Asumir que no tenía otra alternativa hizo que experimentara una extraña sensación de alivio.

Por eso, aceptó la única salida posible: debía matar.

Solo así encontraría de nuevo la paz que tanto necesitaba.

Elegir cuál de ellos sería su primera víctima fue sencillo. Ella era la más débil, la más vulnerable. Rechoncha, torpe y vieja, sería incapaz de ofrecer resistencia, lo que la convertía en el blanco ideal. Además, vivía sola. Como primer objetivo, era perfecta.

La observó durante algo más de dos semanas, anotando cada paso que daba, y pudo comprobar que sus horarios eran siempre los mismos y que era una persona predecible hasta el extremo.

Salía de casa a las once en punto, empujando el carro de la compra con una mano mientras sujetaba el bolso con la otra.

Le gustaba dar una vuelta por las tiendas del barrio y nunca regresaba a casa después de las doce y media.

Por la tarde, salía a las cinco para ir al hogar de los jubilados, donde pasaba el rato jugando a cartas con sus amigas, tan mayores como ella.

Cuando daban las ocho, se despedían y cada una se iba por su lado.

Con pasos lentos pero constantes, regresaba a casa, donde permanecía hasta el día siguiente.

Nunca cambiaba su rutina, y lo único que la rompía era ir a misa los domingos y recibir la visita de sus hijos los sábados al mediodía.

Esas visitas a veces incluían a los nietos también.

Decidió que cualquier día entre semana sería perfecto para matarla y eligió un martes. El momento ideal, al mediodía.

La noche anterior dio varias vueltas a la manzana hasta encontrar un aparcamiento frente al portal.

Estacionó el coche, comprobó que todo estuviera preparado y se marchó caminando hacia su casa.

Antes de acostarse, se tomó dos Orfidales.

Era la única manera de poder pegar ojo, y necesitaba estar bien descansado.

Al día siguiente, después de seguirla durante toda la mañana, en cuanto vio a la mujer entrar en el portal con la compra del día, se metió en el coche y, con los ojos cerrados, hizo un último repaso mental del plan. Tenía que salir perfecto.

Diez o quince minutos más tarde, abrió el portón trasero y sacó la bolsa deportiva del maletero.

Echó un vistazo rápido a su alrededor para asegurarse de que nadie reparaba en él y cruzó la calle.

Después, utilizó el nudillo para tocar el timbre del 4.

º B. No podía arriesgarse a dejar la huella de su dedo.

—¿Quién llama? —oyó que decía la voz gastada de la mujer a través del interfono.

—Policía municipal, señora —respondió procurando no llamar la atención de ningún viandante—. Venimos a hacerle unas preguntas.

La anciana no contestó de inmediato y el silencio se alargó durante varios segundos.

Un escalofrío le recorrió la espalda mientras esperaba una respuesta que tardaba en llegar, y comenzó a ponerse nervioso.

¿Y si la vieja no le abría? De pronto, oyó el zumbido del portero automático y soltó de golpe todo el aire que había estado conteniendo en sus pulmones.

De momento, seguía con el plan. Empujó la puerta y se metió en el ascensor.

Utilizando de nuevo el nudillo, pulsó el botón del cuarto piso.

Cuando oyó el leve crujido metálico de las puertas al cerrarse, se preparó para lo que estaba por venir.

Lo había ensayado tantas veces que sabía con exactitud el tiempo que necesitaba: treinta y cinco segundos, más o menos lo mismo que tardaba el ascensor en llegar hasta la cuarta planta.

Se apresuró a abrir la bolsa de deporte y sacó, con movimientos rápidos, unas plantillas adhesivas para zapatos.

Les quitó el plástico protector y las pegó a las suelas de sus botas.

Acto seguido, extrajo la chaqueta y la gorra de plato del uniforme de guardia municipal y se las colocó.

Por último, se enfundó unos guantes de látex de color negro, mucho menos llamativos que los azules que usaban en los hospitales.

Para cuando el ascensor se detuvo, estaba listo, y la bolsa de deporte volvía a colgar de su hombro.

En su interior, tan solo un objeto: el arma con la que cometería el crimen.

La anciana lo esperaba en el umbral de su puerta. En cuanto la vio, le pareció aún más insignificante, más odiosa.

—Pase, pase. ¿Viene usted solo? Pensé que solían ir siempre de dos en dos.

—Así es —respondió él con amabilidad—, pero mi compañero se ha puesto enfermo y hoy me ha tocado trabajar solo.

Cruzó el umbral mientras pronunciaba la mentira. Ya estaba dentro.

—Al lado de la cocina, a la derecha, está el salón —indicó la mujer mientras cerraba la puerta tras él—. Ahí podremos hablar tranquilos.

Caminó delante de ella, observando cada detalle.

—No suelo recibir muchas visitas, así que las pocas que tengo, las recibo con gusto.

Mis hijos vienen con mis nietos los fines de semana, pero nada más.

El resto del tiempo suelo estar sola, así que no nos molestará nadie.

Justo ahora estaba preparando un caldo. Me ha quedado riquísimo.

Luego, si quiere, le puedo servir un poco.

La verborrea de la vieja le resultó insoportable y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no girarse, agarrarla del cuello y silenciarla para siempre estrangulándola con todas sus fuerzas.

Pero no lo hizo. Respiró hondo obligándose a reprimir sus impulsos y mantener el control.

Esa no era la manera en la que debía morir.

—Puede preguntarme todo lo que quiera, majo. ¿De qué se trata?

—Un momento, señora —respondió él esforzándose para que su voz sonara amable—. Déjeme sacar el cuaderno y ahora se lo explico.

Le dio la espalda y dejó la bolsa sobre el sofá. Deslizó la cremallera lentamente y sacó lo único que había en su interior: un bate de béisbol. Lo agarró con ambas manos sintiendo la dureza de la madera a través de los guantes, levantó los brazos extendiéndolos al máximo y se giró hacia ella.

La anciana se quedó sin aliento ante semejante visión.

Fue en ese preciso instante cuando entendió el grave error que había cometido al abrirle la puerta a un completo desconocido.

Quiso gritar, correr, huir, pero no tuvo ocasión.

Antes de que pudiera hacerlo, sin tiempo para lamentos ni súplicas, él descargó el bate con todas sus fuerzas contra la cabeza de ella.

El impacto fue brutal. El sonido seco y contundente del golpe se propagó por toda la estancia, y la anciana cayó al suelo de inmediato.

Él, con los brazos todavía tensos y sin soltar el bate, permaneció inmóvil durante unos segundos.

No podía apartar los ojos del cuerpo inerte tendido a sus pies. La adrenalina corría aún por sus venas.

Sabía lo que debía hacer a continuación.

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y extrajo un pendrive .

Se inclinó sobre la mujer y, con movimientos precisos, lo introdujo en el interior de su cavidad bucal.

Recordaba perfectamente la palabra que contenía el archivo guardado en el dispositivo: « EGOÍSTA ».

Lejos de arrepentirse, se convenció de que el final que había tenido la anciana no era otro que el que merecía, ni más ni menos.

Guardó el bate de béisbol en la bolsa y, antes de marcharse, echó una última ojeada. No podía permitirse ningún error.

Algo llamó su atención. Sobre la mesa del salón, había un costurero abierto junto a un par de tijeras, varias bobinas de hilo y una prenda a medio coser.

A simple vista no era nada extraordinario, la anciana había estado cosiendo, pero no pudo evitar sentir un tirón en el pecho.

Por un momento, en su mente se agolparon las imágenes de una vida pasada, repleta de momentos ligados a la aguja y el hilo.

El peso de esas emociones amenazó con hundirlo, pero se obligó a no permitir que lo dominara.

Cerró los ojos un segundo y decidió interpretar la presencia del costurero como una señal.

Era la confirmación de que lo que acababa de hacer no solo era justo, sino también necesario.

Por eso, extendió la mano enguantada y extrajo un dedal del costurero.

Después, se acercó al cadáver, se agachó y lo colocó con cuidado en la mano de la anciana.

Apretó el puño de la mujer sobre el dedal y murmuró en voz baja: «Por ellas».

Regresó a la puerta de entrada. A través de la mirilla, comprobó que el rellano estaba despejado y se apresuró a abandonar el piso.

Cerró la puerta con cuidado de no hacer ningún ruido y caminó con paso firme hasta el ascensor.

Dentro, repitió los mismos movimientos que había realizado al subir, pero en sentido inverso: despego las plantillas, se despojó de los guantes, la chaqueta y la gorra, lo guardó todo en la bolsa de deporte y esperó a que el ascensor llegara a la planta baja.

Ya en el exterior, cruzó la calle y se subió al coche.

Desde allí, se tomó unos segundos para observar que nadie había reparado en su presencia.

A simple vista, todo seguía su curso habitual.

La ciudad continuaba su marcha sin saber que, para él, ya nada volvería a ser igual.