Capítulo 15. Laia
LAIA
Tras una noche de sueño agitado en la que se despertó varias veces, Laia madrugó el domingo para salir a correr.
Era su forma de reiniciar el cuerpo y, sobre todo, la mente.
Se había pasado la noche entera dándole vueltas a cada una de las cuestiones relacionadas con el juicio y necesitaba desconectar, silenciar el ruido.
Mientras corría, todo quedaba en pausa. Solo existían el paisaje, el ritmo y su respiración.
Estaba molesta con el rumbo que habían tomado los acontecimientos.
Odiaba la sensación de pérdida de control, y eso era justo lo que sentía: que todo era un caos.
Lo que en un principio parecía una trama clara y bien delimitada en la que el acusado era culpable, ahora tambaleaba.
Había tenido la certeza de que, para el final del juicio, habría logrado encajar todas las piezas, pero, de pronto, suprimían datos, ocultaban pruebas, mentían.
Su naturaleza la había empujado siempre a ser racional, objetiva, pero le faltaba información.
No soportaba no entender, y ahora no entendía nada.
Disfrutó recorriendo el trayecto de siempre, el que solía hacer antes de marcharse a vivir fuera: salía de casa de sus padres, en la avenida de Madrid, y corría hasta el Peine del viento , al final de la playa de Ondarreta.
Desde allí, bordeando la costa, seguía hasta el Kursaal y regresaba a casa adentrándose por las calles de Gros, cada vez por una ruta distinta.
Cerca de diez kilómetros. Una hora. Lo justo para volver renovada.
Esta vez, sin embargo, continuó por la avenida de la Zurriola hasta llegar a la Paloma de la paz .
Era una escultura de hierro de siete metros de altura que, durante su infancia, había permanecido —de manera provisional— en la rotonda situada frente al estadio de Anoeta, a escasos metros de su casa.
Mientras ella estaba en el extranjero, el ayuntamiento había decidido devolverla a su ubicación original, y echaba de menos no tenerla tan cerca.
Se detuvo junto a la escultura y apoyó la mano sobre la superficie fría. Las formas suaves de la paloma y el blanco tan intenso la devolvían a otra época que recordaba con cariño.
Al cabo de unos segundos, con el mar de fondo, suspiró y se giró para regresar a casa, retomando el ritmo de la carrera. No sabía explicarlo, pero recorrer su ciudad, admirarla y sentirla tenía en ella un efecto reparador.
De vuelta en casa, encontró a Iker desayunando con sus padres. Parecía que seguía viviendo allí.
—¿Cómo va el juicio? —le preguntó su hermano mientras se llevaba a la boca su cuarta magdalena—. Te he traído algo que te va a interesar.
Iker le tendió un ejemplar del periódico. Laia lo abrió y leyó el titular del especial que contenía en su interior: «¿Ha vuelto el asesino de Gros?».
—No sé si debería leerlo —murmuró ella dejando escapar un suspiro.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero contaminarme, Iker, por eso. Se supone que tengo que ser imparcial, mantener la mente limpia, comenzar desde cero. No sé nada de ese asesino, y quizá debería seguir así.
—No estoy de acuerdo, hermanita. Lo estaría si el artículo hablara de Foronda, de cómo se cargó a su compañero. Pero solo cuenta lo que hizo un asesino en serie hace años, cuando mató a varias personas. Si ahora quieren cargarle también este muerto, tendrás que saber qué hizo y cómo lo hizo, ¿no?
Laia dudó. Desde el principio había querido hacer las cosas bien, cumplir su deber con rigurosidad e imparcialidad, pero cada vez se lo estaban poniendo más difícil.
—Yo lo he leído, maitia —intervino su madre—. Solo cuenta lo que pasó entonces. Creo que te vendrá bien conocer los detalles.
Laia mantuvo el periódico en las manos un instante, en silencio, sin saber qué hacer. Después, cedió y comenzó a leer.
¿HA VUELTO EL ASESINO DE GROS?
Por Karmele Beltrán
Esta pregunta resuena con fuerza desde ayer en Donostia, después de que la segunda sesión del juicio contra Lander Foronda, acusado de asesinar a su compañero de piso Borja Miranda, diera un giro inesperado.
Fue la abogada de la defensa, Silvia Legarre, quien provocó el asombro de los presentes al desvelar un dato desconocido hasta el momento.
Según sus palabras —confirmadas instantes después por Javier Larrañaga, jefe de investigación de la Ertzaintza—, en la cavidad bucal del cadáver fue hallado un pendrive que contenía un mensaje en formato de texto.
Inexplicablemente, este hallazgo no había salido a la luz hasta el momento, y ha reavivado uno de los episodios más oscuros de la crónica criminal de la ciudad, ya que el detalle del pendrive fue, en su día, la firma de un asesino en serie que sembró el terror entre la ciudadanía: el asesino de Gros.
¿Estamos ante una coincidencia macabra? ¿O podría este dato cambiar el rumbo del juicio?
Esta nueva información, sin duda, abre la puerta a hipótesis que hasta ahora nadie se había planteado. Pero ¿quién fue el asesino de Gros? ¿Qué hizo? ¿Cómo actuaba?
Nos remontamos al año 2008, cuando en apenas un intervalo de cuatro meses fueron cometidos tres asesinatos que mantuvieron en vilo al barrio donostiarra de Gros, poniendo en jaque a la Ertzaintza.
Las víctimas fueron encontradas sin vida en sus respectivos domicilios, sin que la puerta de ninguna de ellas hubiera sido forzada.
Todas las muertes se produjeron por un golpe seco en la cabeza —dos golpes en el caso de uno de ellos— y todas tenían en la boca un pendrive que contenía un archivo de texto con una única palabra.
Sin huellas, sin metadatos y sin ninguna otra pista de la que tirar.
La identidad de las víctimas
1. Josefa Reboredo . 82 años. Natural de Burgos.
Vivía sola desde hacía una década, tras enviudar.
Llegó a Donostia de joven con su marido, que entró a trabajar en la antigua fábrica de tabacos.
Tenía dos hijos y llevaba una vida tranquila.
Fue hallada sin vida en su salón con un fuerte golpe en la cabeza.
La palabra que contenía el pendrive encontrado en el interior de su cavidad bucal fue « EGOÍSTA ».
2. Kepa Muñoa . 51 años. Casado y con dos hijos en la universidad.
Comercial en una empresa que se dedica a fabricar moldes industriales.
Aficionado al ciclismo y miembro del coro Easo.
Su mujer lo encontró muerto en el salón de casa una noche que había salido a cenar con sus amigas.
La causa de la muerte también fue un solo golpe mortal, y la palabra encontrada en el pendrive , « INSENSATO ».
3. Gorka Téllez . 23 años. Acababa de independizarse y alternaba trabajos temporales con liderar un grupo de rock llamado Garraxi, en el que era vocalista.
El grupo había comenzado a ganar cierta popularidad y Gorka era cada vez más conocido.
Su muerte fue la más violenta: recibió dos golpes mortales en la cabeza.
La palabra encontrada en el pendrive fue « INCOMPETENTE ».
Un misterio no resuelto
La Ertzaintza no llegó a encontrar ninguna relación aparente entre las víctimas, más allá de vivir en el mismo barrio, lo que dificultó la resolución del caso.
A pesar de los esfuerzos de la unidad de homicidios, en ningún momento hallaron la relación de las víctimas con las palabras encontradas en sus gargantas.
Tampoco dieron con un móvil, ni atraparon nunca al asesino, que había sido sumamente cuidadoso.
A partir de la segunda víctima, la prensa comenzó a referirse al autor de las muertes como «el asesino de Gros», nombre que se consolidó con la tercera muerte, perpetrada también en dicho barrio.
El caso generó una gran alarma social. Durante meses, el pánico inundó las calles del barrio, pero no hubo más crímenes.
Quizá porque el asesino ya había cubierto su necesidad de matar, porque siguió haciéndolo en otro lugar o porque estaba fuera de juego, nunca se supo más de él.
Con la ausencia de nuevos crímenes y nuevas pistas, la investigación se fue enfriando.
¿Un nuevo asesinato?
La muerte de Borja Miranda y el hallazgo de un pendrive en su boca han reabierto viejas heridas.
El modus operandi es el mismo: puerta sin forzar, golpe en la cabeza, dispositivo en la boca con un mensaje de texto.
Sin embargo, no todo coincide. Este último crimen no tuvo lugar en el barrio de Gros, como los anteriores, sino en la cuesta de Aldapeta, frente a la playa de la Concha.
Este nuevo giro ha hecho que las preguntas se multipliquen, mientras las respuestas escasean.
¿Estamos ante la reaparición del asesino de Gros, que ha vuelto a actuar después de tantos años de silencio?
¿O se trata de una maniobra de Lander Foronda para desviar la atención y sembrar la duda?
¿Cómo es posible que la Ertzaintza haya ocultado un dato tan relevante?
¿Es una negligencia o una decisión deliberada?
La policía autonómica tiene muchas explicaciones que dar, tanto por el silencio mantenido hasta ahora como por la palabra encontrada en esta prueba, aún desconocida.
Habrá que seguir muy de cerca las sesiones restantes del juicio para saber si este dato cambia el rumbo del caso.
Ya no se trata solo de determinar la culpabilidad o la inocencia de Lander Foronda, sino de saber si estamos ante la reaparición de un asesino que creíamos enterrado en la historia negra de nuestra ciudad.
El artículo incluía la fotografía de las tres víctimas. Laia las observó con detenimiento, sobre todo a una de ellas.
—A este lo conozco. —Señaló a la segunda víctima—. Estoy segura. Qué fuerte que lo matara el asesino de Gros.
—Kepa Muñoa —leyó su hermano en voz alta—. ¿Y de qué lo conoces?
—Era amigo de Fer.
Laia notó cómo la expresión de su madre se tensaba. Aunque habían pasado muchos años, Fer seguía siendo alguien a quien su madre prefería olvidar. No le gustaba oír hablar de él.
—¿Amigo? Si cuando lo mataron, en 2008, tenía cincuenta y un años, era mucho mayor que Fer. ¿De qué se conocían?
—Eran miembros del mismo club de ciclismo. Alguna vez recuerdo haber charlado con él y con su mujer. Si nos veíamos por la calle, nos saludábamos.
—Ya no creo que te salude más —comentó Iker con una sonrisa, haciendo gala de ese humor tan suyo.
—Creo que... —Laia se quedó pensativa un momento, tratando de hacer memoria—.
Recuerdo la última vez que lo vi. Era invierno, o quizá todavía no, pero hacía frío y llovía a mares.
Yo iba corriendo y me lo crucé. Me giré para saludarlo, pero no me vio.
Debió de ser poco antes de que me marchara al extranjero.
—Joder, ¡vaya memoria! Yo no me acuerdo ni de lo que cené ayer.
—Ni yo tampoco, no te creas. Pero recuerdo ese día porque, si no me equivoco, justo después hubo un accidente. Ahí mismo, en esa misma calle.
Laia no sabía si era un recuerdo real o uno inventado. Hacía años que no pensaba en él, pero ver la foto de ese hombre en el periódico lo había devuelto a la superficie. Aun así, no podía estar segura.
—Ama, ¿todavía guardas mis diarios de aquella época?
—Yo no tiro nada, ya lo sabes. Estarán en tu viejo archivador.
Laia se fue a su habitación y sacó del armario un archivador rojo.
Estaba bastante estropeado, pero ella le tenía un cariño especial.
Allí era donde guardaba sus apuntes del instituto, los boletines de notas, las cartas que se enviaba con sus amigas cuando todavía no existían los emails ...
y sus diarios, tan personales, tan íntimos.
Pensó que aquel sería un buen lugar para guardar también las anotaciones sobre el juicio.
Sacó los diarios uno a uno y los colocó sobre la cama.
Comenzó a hojear uno de ellos y sintió una punzada en el estómago al pasar las páginas.
El protagonista indiscutible de todos aquellos escritos era Fer.
Siempre Fer. No pudo evitar detenerse en fragmentos que no tenían nada que ver con lo que había ido buscando.
Primero fueron frases sueltas: «Hoy me ha vuelto a pedir perdón».
Luego, párrafos completos: «Se ha vuelto a enfadar.
Creo que no le he dado motivos, pero quizá tenga razón y sea yo la que está equivocada». Y, después, páginas enteras.
Se sorprendió al releerlas. Estaban plagadas de señales que indicaban que aquella era una relación más que tóxica.
Red flags , como decían los jóvenes en Londres.
Y no entendía cómo, en su momento, le había costado tanto verlas: anulación, dependencia, aislamiento...
Todos, excepto ella, se dieron cuenta de que Fer era un manipulador de manual y de que no le convenía.
Ella no lo vio hasta que su madre la llevó a un psicólogo que, poco a poco, le fue abriendo los ojos.
Fue él quien le explicó que tendía a dulcificar los recuerdos dolorosos con el paso del tiempo, haciendo que una discusión que en el momento le había hecho daño luego le pareciera menos grave.
Por eso, le recomendó dos cosas muy concretas: que escribiera todos los días en un diario para tener un registro fiel de sus emociones en cada momento y que empezara a correr.
Ambas le ayudarían a pensar con claridad.
Y así fue. Con el tiempo, Laia entendió que debía recuperar el control de su vida.
Dejó a Fer y se marchó, consciente de que, si no ponía un océano de por medio, nunca conseguiría romper por completo los lazos que la ataban a él.
Sumida en esos recuerdos, llegó al diario que había estado buscando y localizó la fecha concreta: 11 de octubre de 2007. Según sus notas, ese día se había cruzado con un amigo de Fer del club de ciclistas —que debía de ser Kepa Muñoa— y, justo después, había presenciado un accidente.
Se quedó un momento contemplando la página, con el diario sobre sus rodillas, y sintió un escalofrío al pensar que, tan solo unos pocos meses más tarde, Kepa moriría a manos de un despiadado asesino.