Capítulo 14. Silvia
SILVIA
Silvia se pasó el sábado entero trabajando en el caso de Lander.
Se había descargado los vídeos de las dos primeras sesiones del juicio y quería visualizarlos hasta aprendérselos de memoria.
El discurso de Vilariño, el suyo, los testimonios de los primeros testigos...
, todo. Le daba mucha importancia a recordar cada detalle, por mínimo que fuera, y necesitaba grabárselos a fuego en la mente para no pasar nada por alto ni cometer un solo error.
Iñigo le había prometido que cuidaría de Maialen durante el fin de semana para que ella pudiera centrarse por completo en el caso, pero a uno de sus clientes ingleses le había dado por jugarse una buena parte de su herencia en la Bolsa por su cuenta y riesgo, y había sido un desastre.
En pleno ataque de pánico, el cliente lo había llamado para pedirle ayuda.
La reacción de Iñigo fue echarle una buena bronca.
El inglés había heredado una enorme fortuna tras la muerte de su padre y se la estaba cargando a pasos agigantados, comportándose como un niño grande.
Iñigo le había recalcado en incontables ocasiones que no hiciera nada sin consultárselo antes, pero estaba claro que no le había hecho caso.
Tras una discusión que parecía más una regañina que una conversación entre cliente y asesor financiero, el viernes por la noche Iñigo terminó cogiendo un avión a Londres con la intención de hablar con él en persona, conocer de primera mano el detalle de las operaciones y ver cuál era la mejor manera de arreglar el incidente, si es que había alguna.
Silvia tuvo que acudir a Greta. Aunque estaba cansada de que su marido viajara tanto al extranjero, entendía que era una situación inusual y que tenía que atender a su cliente después de lo ocurrido, pero ella no podía pasarse el fin de semana cuidando de Maialen.
Tenía demasiado trabajo que hacer. Por suerte, Greta no puso ningún impedimento para encargarse de ella.
—Siento no dejarte tranquila el fin de semana.
—¡No te preocupes! —respondió Greta con su alegría habitual al llegar el sábado por la mañana. Vestía un chándal de colores vivos que encajaba a la perfección con su carácter optimista. También acentuaba sus redondeces, que no se molestaba en disimular—. Estoy libre como el viento.
Y, sin más, según entraba en la casa, comenzó a cantar la canción Libre , de Nino Bravo.
Silvia oyó las carcajadas de Maialen que provenían del interior.
Sin duda, Greta había sido un gran fichaje, y ver que su hija se divertía tanto con ella era el mejor regalo.
Podía volver a lo suyo con la tranquilidad de saber que la dejaba en las mejores manos, y el día se le pasó casi sin darse cuenta.
—¿Cómo lo llevas? —le preguntó Greta a última hora señalando las notas de Silvia. Estaba a punto de marcharse.
—Creo que bien. Para esto me preparé durante tanto tiempo.
—Permíteme decirte que lo de ayer fue... ¡Madre mía lo de ayer!
Greta sacudió la mano en el aire con energía.
—Que sepas que en mí tienes una fan indiscutible.
Te imagino en el estrado, tan guapa y tan impecable como siempre, con esa seguridad aplastante, retando al testigo con preguntas incómodas.
Y después, cuando ya lo has dejado con el culo al aire, dándote la vuelta con elegancia y diciendo: «No hay más preguntas, señoría». ¡Uff, se me ponen los pelos de punta!
Greta giró sobre sí misma de forma teatral e imitó a Silvia en el estrado, levantando la barbilla con solemnidad y haciendo un gesto exagerado con la mano.
La redondez de su cuerpo y el vaivén de sus rizos al girar hacían que pareciera una caricatura.
Esta vez fue Silvia la que no pudo contener la carcajada.
—Señora letrada —añadió Greta en tono solemne—, sepa usted que estoy a su entera disposición si mañana vuelve a necesitar mis servicios.
—Gracias, Greta. Me vendría genial que vinieras. Iñigo vuelve esta noche, pero mañana por la mañana tiene que ir a buscar a Mikel al aeropuerto. Viene a pasar unos días. Si pudieras encargarte de Maialen hasta la hora de comer, te lo agradecería muchísimo.
—Eso está hecho. A las diez en punto aquí estaré. Y traeré churros, que a Maialen le encantan, y a mí... ¡ni te cuento!
Silvia la vio alejarse, tan rebosante de buen humor, con su silueta rechoncha balanceándose mientras cruzaba la calle.
Después, se subió a su Fiat Punto, de un color naranja chillón y lleno de abolladuras, que parecía tan alegre y peleón como ella.
La escena le arrancó una nueva sonrisa. Al cerrar la puerta, percibiendo aún las buenas vibraciones que Greta había dejado en el ambiente, recordó el regreso de Mikel. Estaba deseando verlo.
Hacía más de un año que no venía a casa, desde que se había marchado a Suecia para continuar sus estudios de Derecho.
Su mejor amigo se había visto envuelto en una situación terrible y eso era algo difícil de digerir.
Por eso, ella insistió en que cambiar de escenario le ayudaría a seguir con su vida.
Silvia rememoraba muchas veces la reacción que tuvo Mikel dos años atrás cuando le dieron la noticia del arresto de Lander.
Sabían que el golpe sería duro, e Iñigo insistió en que debían ser ambos quienes le informaran de lo sucedido.
Lo sentaron en el salón y, de una manera tranquila pero directa, se lo contaron.
La reacción de Mikel fue de horror, de incredulidad.
Por un momento se quedó paralizado, en shock , pero a medida que su padre le fue dando los detalles del chantaje al que Borja lo había sometido, se puso furioso.
Estaba seguro de que su amigo no era capaz de matar a nadie y no entendía cómo Borja le había podido hacer algo así, cuando Lander le había abierto las puertas de su casa.
Aunque se movían en círculos distintos, Mikel había coincidido varias veces con Borja, sobre todo en el piso de Lander.
Desde el principio le pareció un tipo que iba de enrollado, un tanto sobreactuado, pero Lander le tenía aprecio, y eso para él era suficiente.
Antes de marcharse al extranjero, Mikel acudió a la prisión una sola vez, pero no pudo ver a su amigo.
Entró en la cárcel de Martutene con los nervios a flor de piel y esperó durante un buen rato en una sala oscura, con el estómago encogido y las manos heladas.
Hasta que un guardia se acercó para informarle de que Lander se encontraba indispuesto y no recibiría visitas ese día.
Lo habían llevado a la enfermería y no lo podría ver.
Cuando Silvia pidió explicaciones, la informaron de que había habido un altercado en el patio.
Al parecer, Lander no había salido muy bien parado.
No necesitó mucho más para imaginarse lo ocurrido: algún afectado por el caso de Josean Foronda se había tomado la justicia por su mano.
Mikel sintió rabia e impotencia, y la tristeza se le instaló dentro como un inquilino al que nadie ha invitado, pero que no tiene intención de marcharse.
Su novia trató de consolarlo, de animarlo, y tuvo una paciencia infinita, pero la relación se fue debilitando hasta que, finalmente, decidieron romper.
Fue entonces cuando, sin ataduras, Silvia insistió en que debía cambiar de aires y comenzar de nuevo.
Su hijo aceptó, se marchó y pronto notaron que el cambio le había venido bien.
Con el inicio del juicio, sin embargo, Mikel había sentido la necesidad de coger un avión y volver por primera vez. En las próximas sesiones se decidiría el futuro de su mejor amigo y él quería estar presente.
Silvia se acostó el sábado por la noche sin que Iñigo hubiera regresado aún de Londres. Cuando abrió los ojos a la mañana siguiente, lo encontró durmiendo plácidamente a su lado, y se sintió más tranquila. Aunque estaba acostumbrada a sus ausencias, le gustaba tenerlo en casa.
Desayunaron junto a Maialen y, sobre las diez de la mañana, justo en el momento en el que Greta llegaba con su bolsa de churros recién hechos, Iñigo partió hacia el aeropuerto de Bilbao para recoger a su hijo. Casi tres horas después, ambos entraban por la puerta de casa.
El recibimiento que Maialen le hizo a su hermano fue muy emotivo.
En cuanto lo vio, se le iluminó la cara con una sonrisa que no le cabía en el rostro y gritó su nombre con todas sus fuerzas, como si no pudiera creerse que Mikel estuviera allí.
Se levantó del sofá con movimientos torpes y Greta tuvo que sujetarla para que no perdiera el equilibrio.
Con la ayuda de su cuidadora se acercó a él y le dio un abrazo enorme.
A pesar de la diferencia de edad, siempre habían tenido un vínculo especial entre ellos, uno que no se había roto con la distancia.
Ella apoyó la cabeza en el hombro de su hermano y él le acarició el pelo con ternura.
—¡Pero si es mi pequeñaja! —dijo tratando de no emocionarse—. Estás muy mayor, y muy guapa.
Maialen, que a veces tenía dificultades para expresar lo que sentía, no necesitó decir ni una sola palabra para que todos entendieran lo feliz que estaba de tenerlo a su lado.
Silvia observó la escena en silencio, sintiendo un nudo en la garganta por la emoción. En cuanto Maialen lo soltó, fue ella quien se acercó y lo abrazó con fuerza, pues tenía una necesidad casi desesperada de hacerlo.
Agradeció que Mikel la correspondiera con la misma efusividad.
El joven la atrajo hacia él y la estrechó con intensidad.
Refugiarse en los brazos de su madre seguía teniendo un efecto balsámico.
Silvia cerró los ojos queriendo guardar ese momento en su memoria y no lo soltó en un buen rato.
¡Echaba tanto de menos tenerlo cerca! Cuando por fin se separaron, se miraron a los ojos.
—Me alegro mucho de que estés aquí, cariño. —Le acarició el pelo como cuando era un niño.
Él asintió y le dio a su madre un beso en la mejilla. Después, subió sus cosas a su habitación acompañado de Maialen, que no pensaba separarse de él ni un segundo, por si acaso se volvía a marchar. Greta los siguió por detrás.
—¿Cómo lo has visto? —Silvia aprovechó que se habían quedado solos para interrogar a su marido.
—Bien, lo veo tranquilo.
—¿Te ha preguntado por el juicio?
—Sí, y le he dicho que estás removiendo cielo y tierra para sacar a Lander de la cárcel.
Ella lo miró con gratitud. Su marido siempre sabía qué decir y cómo hacerlo.
—Por cierto, tienes que ver esto —añadió Iñigo mostrándole un ejemplar del periódico Donostia Press . Lo abrió por la mitad y sacó lo que parecía ser el suplemento dominical—. Es un especial sobre el asesino de Gros. Deberías leerlo. Lo firma la misma periodista que destapó lo de Josean, Karmele...
—Beltrán. —Silvia terminó la frase mientras le arrebataba el periódico de las manos y comenzó a leerlo con atención, paseándose por la estancia mientras lo hacía.
—Supongo que tú has tenido mucho que ver en eso —comentó Iñigo cuando ella terminó de leer.
Silvia asintió.
—Así es, y este artículo es exactamente lo que estaba buscando.