Veredicto Capítulo 13. Maite #2
22%

Capítulo 13. Maite #2

Cuando una comunidad se resistía a vender, Lurberri comenzaba a presionar utilizando tácticas tan poco éticas como ilegales.

La práctica más habitual consistía en adquirir uno de los pisos del bloque y alojar en él, a cambio de cero euros, a personas problemáticas, cuya misión era generar un ambiente insoportable para el resto del vecindario: gritos a cualquier hora, fiestas de madrugada con música a todo volumen, peleas domésticas, buzones rotos...

Otra estrategia habitual era iniciar obras interminables en el piso adquirido, con martillazos desde primera hora de la mañana, ruido de taladro constante o cortes de luz y agua sin previo aviso.

Todo perfectamente orquestado para desgastar a los vecinos hasta que abandonaran sus casas por pura desesperación.

La indignación de los residentes de la zona no tardó en estallar.

Se organizaron protestas masivas frente al ayuntamiento exigiendo una solución inmediata y se crearon plataformas vecinales para exigir que se investigaran los desahucios encubiertos y se pusiera límite a los pisos turísticos.

Cuando el tema estaba en su punto más álgido, Karmele Beltrán publicó un nuevo reportaje que supuso un auténtico bombazo informativo: detrás de Gestiones Lurberri estaba, ni más ni menos, Construcciones Foronda.

Tras una ardua investigación, había descubierto que los socios de Lurberri eran en realidad testaferros de Josean Foronda, y que el dinero que financiaba las operaciones más turbias provenía directamente de su propia constructora de chalets de lujo.

Además, un extrabajador arrepentido había filtrado unos correos electrónicos en los que el propio Josean daba instrucciones claras sobre cómo presionar a las comunidades, acelerar los desalojos y dejar algunos edificios medio inhabitables para facilitar su vaciado.

El reportaje incluía también testimonios desgarradores de varios de los vecinos que se habían visto obligados a abandonar el hogar en el que habían vivido durante toda su vida, hablando sin tapujos de la angustia, la impotencia y la desesperación que habían sufrido.

Aunque Gestiones Lurberri fuera objeto de numerosas denuncias, Josean se blindó tras una red de abogados y contactos políticos.

Los procesos judiciales se alargarían durante mucho tiempo sin resolverse.

Por ese lado, podía estar tranquilo, pero no pudo evitar el desplome fulminante de su reputación.

De la noche a la mañana, pasó de ser un empresario admirado a convertirse en el enemigo público número uno de muchos donostiarras.

En la Parte Vieja no tardaron en aparecer pintadas con mensajes como «Foronda kanpora » («Foronda fuera») o «La Parte Vieja no se toca».

Maite cayó en una depresión. No pudo soportar la vergüenza ni el escarnio público, y se aisló por completo de todo y de todos.

Ya no quiso asistir a ningún evento social más, y tampoco accedió a quedar con sus amigas para tomar un café.

Se acabaron el gimnasio, la peluquería, maquillarse por las mañanas o comprar ropa en las boutiques más exclusivas, aquellas en las que tan bien la conocían y la vestían con elegancia.

Confinada en Villa Maite, ya no necesitaba nada de eso.

Cuando creía que había tocado fondo, sin embargo, sucedió algo que hizo que rozara el infierno con las manos: Lander fue acusado de asesinato.

En un principio, quiso creer que todo había sido un error, una confusión absurda, una acusación sin fundamento.

Pero, poco a poco, la pesadilla fue cobrando fuerza.

Lo que hasta entonces tan solo había sido vergüenza, se convirtió en desesperación, y aquella fue la verdadera caída, la que dolía de verdad.

La actitud de su marido cuando supo lo ocurrido la exasperó. En lugar de preocuparse y hacer lo impensable por ayudar a su hijo, se mantuvo al margen, como si no fuera con él. ¿Cómo iba a poder ella perdonar algo así?

Esa mañana, después de diez horas durmiendo en las que se había permitido el lujo de no pensar en nada, Maite se levantó y se dirigió al salón.

Encontró a Josean concentrado en la pantalla de su ordenador.

Siempre trabajando, siempre anteponiendo su maldita empresa a todo lo demás.

Apenas se dirigían la palabra ya, pero Maite sentía tanto rencor hacia él que no pudo quedarse callada.

—Dos días de juicio, Josean. Dos —le dijo a modo de saludo—. Y no te has dignado a aparecer por los juzgados.

—Ni lo pienso hacer —respondió él sin apartar los ojos de la pantalla.

—¡Es tu hijo, por el amor de Dios!

—No lo es, y nunca lo será.

Maite cerró los ojos para soportar el golpe. No era la primera vez que Josean le echaba en cara que Lander no era su hijo, pero escucharlo seguía provocándole el mismo dolor que si le hubiera asestado un puñetazo.

—Está viviendo el peor momento de su vida y lo has dejado solo —continuó Maite en un tono más bajo—. ¿En qué clase de monstruo te has convertido? ¿No vas a hacer nada?

Josean no sucumbió a la provocación de su mujer, pero tampoco se quedó callado.

—No pienso sacarle las castañas del fuego —dijo con la misma seguridad que mostraba siempre—. Tú lo has hecho durante toda su vida, siempre dando la cara por él, y mira cómo le ha ido: has criado a un delincuente.

—¿¡Y tú me hablas de delincuentes!? El único delincuente que hay en esta casa eres tú, que estás tan podrido de ambición que has sido capaz de amargarle la vida a esa pobre gente con tal de ganar dinero. No tienes escrúpulos.

—¿Y cómo te crees que se pagan estas vistas? —replicó él señalando al enorme ventanal desde el que se veía la isla de Santa Clara—. ¿O crees que todo esto se mantiene yendo de fiesta en fiesta?

—No necesito nada de esto. —Maite no disimuló su rabia—. Solo necesito una familia en la que mi hijo tenga un padre que lo quiera, que le demuestre un apoyo incondicional, haga lo que haga.

—¿Haga lo que haga? —preguntó él incrédulo—. Pero ¿tú te estás oyendo? ¡Tu hijo ha matado a una persona! ¿Es que no lo ves? ¡Es un criminal!

—No lo es.

—Pues yo creo que sí. Y no me pidas que apoye a un criminal, porque nunca lo haré. Y ahora, si no te importa, déjame tranquilo. Tengo trabajo que hacer.

Maite se dio la vuelta. Con lágrimas en los ojos, regresó a su habitación y se metió de nuevo en la cama, deseando poder dormirse otra vez y no volver a despertar.