Capítulo 13. Maite
MAITE
Después de dos intensos días de juicio, el viernes por la noche, Maite se metió en la cama deseando poder dormir del tirón.
La cantidad de somníferos y ansiolíticos que estaba tomando superaba con creces lo que le había prescrito su psiquiatra, pero a esas alturas ya le daba igual.
Lo único que quería era dormir. Dormir de verdad y olvidar.
Olvidar que su vida se había convertido en una auténtica pesadilla; olvidar que su hijo estaba sentado en el banquillo por un crimen que no había cometido y que, si todo salía mal, la cárcel se llevaría los mejores años de su vida; y también olvidar que hacía tiempo que no reconocía a su propio marido.
Josean ya no era el mismo hombre del que se enamoró cuando tenía apenas diecinueve años, y eso era, quizá, lo que más escocía.
¿Cómo había tardado tanto en ver su verdadera cara?
Con el tiempo, había llegado a la conclusión de que ser tan joven había jugado en su contra.
Josean la deslumbró, la embaucó, y ella se dejó llevar.
Maite provenía de una familia humilde de cuatro hermanos.
Ella era la tercera. Mientras estudiaba secretariado, trabajaba por las tardes en una boutique de moda masculina en plena avenida de la Libertad, en el centro donostiarra.
El sueldo no le daba para mucho, pero era suficiente como para no tener que pedir dinero en casa.
Una desapacible tarde de invierno, mientras la lluvia caía a cántaros y golpeaba con fuerza los cristales del escaparate, Josean entró en la tienda.
Llevaba el pelo mojado, vestía de traje y tenía el nudo de la corbata algo suelto, como si acabara de salir de una reunión que no había ido del todo mal.
Buscaba un paraguas. En ese momento, Maite estaba recibiendo una bronca monumental de su jefa por haber doblado mal unas corbatas de seda recién llegadas de Italia.
Según ella, estaban tan arrugadas como si las hubieran sacado de la lavadora.
Josean llegó a tiempo para presenciar la escena y ver cómo a la joven dependienta se le encendían las mejillas por la vergüenza. Con paso decidido, se acercó a ellas.
—Buenas tardes —dijo dirigiéndose directamente a Maite—. Señorita, quisiera cinco corbatas como estas.
—Estas no, señor, están arrugadas —saltó la jefa, alarmada—. Ahora mismo le saco de dentro unas que estén bien planchadas.
—No hace falta —respondió él con la mirada fija en Maite—. A mí me gustan estas. Tienen un toque especial. Y, si no le importa, prefiero que me atienda ella.
Maite no pudo evitar que se le escapara una sonrisa, aunque la borró en cuanto su jefa le dio un puntapié por debajo del mostrador.
Cuando esta se retiró, continuó atendiendo al cliente, que irradiaba seguridad por los cuatro costados.
Al cabo de un rato, Josean salió de la tienda con cinco corbatas, dos camisas, el paraguas que había ido buscando y una cita con Maite para el domingo por la tarde.
Ella se sintió la mujer más especial del mundo y, a partir de ahí, todo fue rodado.
Josean tenía diez años más que ella y acababa de fundar una constructora inmobiliaria, Construcciones Foronda.
Por aquel entonces, su empresa no era más que una discreta oficina, una carpeta de proyectos modestos y una enorme ambición: iba a por todas.
Hablaba de planes urbanísticos como si fuera a construir Manhattan en mitad de Donostia y transmitía una energía arrolladora que envolvió a Maite por completo.
No era el más alto ni el más apuesto, pero tenía una seguridad en sí mismo que actuaba como un imán que la atraía con fuerza.
Maite dejó la boutique y también sus estudios de secretariado para echar una mano a Josean con la gestión de facturas, presupuestos y llamadas a los clientes, y fue testigo directa del crecimiento de la empresa: de los proyectos iniciales en barrios obreros a las primeras licitaciones públicas, y de ahí a la rehabilitación de edificios históricos en pleno centro.
Varios años después de comenzar su noviazgo, con un futuro prometedor por delante, se compraron un piso en la cuesta de Aldapeta con vistas al mar y celebraron una boda por todo lo alto.
El cuento de hadas de Maite no había hecho más que empezar.
A medida que la empresa escalaba, también lo hizo su vida social, y comenzaron a recibir invitaciones para inauguraciones de hoteles y museos, eventos de sociedad y diversos actos en el Palacio Miramar, donde compartían espacio con las familias más influyentes de la ciudad.
Josean supo manejarse entre la élite donostiarra con gran destreza.
Tenía labia, olfato y ambición, y pronto Construcciones Foronda se consolidó como una firma de referencia entre directivos de multinacionales, jugadores de fútbol y empresarios importantes, para quienes construyó viviendas exclusivas con vistas al mar, materiales nobles, gusto por los detalles y jardines diseñados por paisajistas de renombre.
Cuando estaban en su mejor momento, Josean compró un enorme chalet en el paseo del Faro.
Lo rebautizó como Villa Maite y lo reformó de arriba abajo convirtiéndolo en una casa de ensueño con vistas a la bahía de la Concha.
Según él, debían dar ejemplo: ellos vendían lujo, y su hogar tenía que ser su mejor escaparate.
Con el éxito alcanzado, Maite, tras años de trabajo que ayudaron a consolidar la empresa, dejó de trabajar.
No lo necesitaba. Fue entonces cuando centró todas sus energías en alcanzar su verdadero sueño: ser madre.
Lo intentaron durante meses, pero el embarazo no llegaba.
Así empezaron las citas médicas, los análisis, los tratamientos hormonales...
Maite se sometía a todo sin protestar. Deseaba ser madre a toda costa y sabía lo que suponía para Josean tener un hijo, un heredero, alguien a quien legarle el apellido y también la empresa que tanto le había costado levantar.
Siguieron intentándolo hasta que una serie de pruebas más exhaustivas cambiaron el rumbo de los acontecimientos: el problema estaba en él.
Josean sintió que su virilidad y su valía como hombre estaban siendo puestas en entredicho por un informe, y su orgullo quedó herido.
Maite dejó pasar un tiempo prudente para que su marido pudiera asimilarlo y, después, le propuso la inseminación artificial con donante.
Josean se ofendió, y la respuesta fue un «no» rotundo, categórico.
—No voy a criar al hijo de otro —respondió con rabia.
Maite insistió. Le habló con dulzura, con paciencia. Le aseguró que ese niño sería de los dos y de nadie más.
—Lo querrás desde el primer segundo, ya lo verás. Y nunca nadie sabrá nada porque será nuestro secreto, mi amor.
Josean terminó cediendo. No por convencimiento, sino porque se sintió acorralado, y porque no había otra opción.
El embarazo llegó y, en un principio, se sintieron felices. La casa se llenó de preparativos, pintaron la habitación del bebé y compraron todo lo necesario para recibirlo. Pero, cuando Lander nació, todo se vino abajo.
La primera vez que Josean lo sostuvo en brazos, no sintió ternura ni amor, sino un rechazo profundo, y lo único que pudo pensar fue que el niño no era suyo.
Por mucho que llevara su apellido y que Maite le asegurara que era de los dos, se sintió incapaz de querer al hijo que su mujer había engendrado con el esperma que un tipo cualquiera había depositado en un bote de plástico por dinero cuando no tenía nada mejor que hacer.
Maite lo intentó todo para forjar un vínculo entre ellos, pero Josean respondió refugiándose en el trabajo.
Cuanto más insistía ella, más horas pasaba él en la oficina, donde centraba todo su esfuerzo en seguir expandiendo Construcciones Foronda a otros lugares.
El tiempo para pasar con su familia comenzó a escasear y el distanciamiento se hizo costumbre. La indiferencia hacia su hijo, también.
Lander creció buscando la aprobación de su padre, pero pronto comprendió que nada de lo que hiciera sería suficiente.
Y esa búsqueda, con el paso de los años, se transformó en rabia, en desafío.
Con la llegada de la adolescencia, la situación se agravó, y Maite entendió que la batalla estaba perdida.
El muro entre padre e hijo se había convertido en un abismo, y ya no había vuelta atrás.
Ella sufrió mucho durante esa época. Josean era muy frío, exigente, demasiado duro con Lander.
Y sentía que con cada discusión que presenciaba, con cada bronca, se desenamoraba un poco más de él.
Aun así, la auténtica decepción llegó después, cuando una periodista de investigación llamada Karmele Beltrán destapó la verdadera cara de su marido.
Karmele era conocida por su compromiso con las causas sociales y se había metido de lleno a investigar el creciente malestar entre los vecinos de la Parte Vieja.
Cada vez eran más los que denunciaban las subidas descontroladas del precio de los alquileres, el aumento imparable de los pisos turísticos y la desaparición del vecindario de toda la vida.
Los comercios iban cerrando uno a uno para dar paso a establecimientos pertenecientes a grandes franquicias, más pensados para los turistas que para los residentes.
Ruido, calles masificadas, robos... La Parte Vieja, para sus vecinos, se había convertido en un lugar inhabitable.
Tras varios meses de trabajo, la periodista sacó a la luz el nombre de la empresa que estaba detrás de la mayoría de las operaciones que habían causado tanto malestar entre los vecinos: Gestiones Lurberri, una intermediaria dedicada a comprar bloques enteros a bajo precio y reconvertirlos en alojamientos turísticos, administrados a través de plataformas online , violando las restricciones municipales sobre el alquiler vacacional.