Veredicto Capítulo 10. Silvia
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Capítulo 10. Silvia

SILVIA

Aún quedaba un último testigo por declarar antes de que concluyera la segunda sesión, y Silvia sabía que era el más importante de todos: el jefe de la investigación. Su nombre era Javier Larrañaga, aunque todos en el Cuerpo lo conocían como Larra.

Con más de veinte años de experiencia a sus espaldas como jefe de investigación criminal, Larra era un viejo conocido de Silvia, ya que sus caminos se habían cruzado en varias ocasiones.

Silvia aún recordaba cómo, en aquella época, Larra se saltaba los protocolos e ignoraba las reglas, poniendo sus juicios en jaque.

Para él, la burocracia no era más que un estorbo cuando se trataba de atrapar a los malos.

Aun así, no se podía negar que era un buen investigador.

Entró en la sala con paso firme y decidido.

Con su metro ochenta y cinco de estatura, era un hombre de complexión fuerte que se mantenía en una forma física aceptable.

Silvia lo observó y pensó que también los años y el estrés habían dejado huella en él.

Rondaba los cincuenta y cinco años, su cabello clareaba por la coronilla y las arrugas en su rostro eran más profundas que la última vez que lo vio.

El fiscal comenzó el interrogatorio lanzándole una pregunta abierta.

—Cuéntenos, por favor, qué es lo que se encontraron en el lugar del crimen la noche de los hechos.

Acostumbrado a testificar en numerosos juicios a lo largo de su carrera, el ertzaina tomó la palabra con calma y comenzó con el relato mostrándose tranquilo y seguro.

—El servicio de emergencias recibió una llamada a la una y veintidós minutos de la madrugada del viernes al sábado.

Inmediatamente, enviaron una ambulancia al lugar.

En cuanto los sanitarios comprobaron que la víctima había fallecido y que presentaba signos evidentes de violencia, nos avisaron.

Al llegar, encontramos a la víctima en el suelo del salón.

Tenía un fuerte golpe en la cabeza causado por un objeto indeterminado.

Había sangre por todas partes y, tal y como nos habían asegurado los compañeros sanitarios, no presentaba signos vitales.

—¿Quién llamó a emergencias? —lo interrumpió Vilariño.

—Lander Foronda, el mismo que encontramos junto al cadáver cuando llegamos.

Tenía la ropa manchada de sangre y no hacía más que llorar.

Lo llevamos a otra habitación y, antes de que dijera nada, le pedimos que se cambiara de ropa y guardamos la suya en las bolsas correspondientes para su posterior análisis.

—¿Dijo algo después?

—Sí. No dejaba de repetir que él se lo había encontrado así. Aseguraba que había llegado a casa sobre la una y cuarto de la madrugada y que, al ver a su amigo en ese estado, había intentado reanimarlo, pero que no pudo hacer nada por él. Después, realizó la llamada a emergencias.

—Entre la una y cuarto y la una y veintidós hay exactamente siete minutos. ¿Estuvo siete minutos intentando reanimar a la víctima?

—Eso mismo le pregunté yo, porque es mucho tiempo. Dijo que se quedó unos minutos en shock y que, cuando reaccionó, hizo la llamada.

—¿Qué nos puede decir de la escena del crimen?

—Faltaban cosas —aseguró Larra—. Encontramos el cargador de un portátil, presumiblemente de la víctima, pero el ordenador no apareció.

Su móvil tampoco. Es muy raro que un chaval de esa edad no llevara el móvil encima.

Tampoco encontramos el arma del crimen. Y nos fijamos en que la puerta no estaba forzada.

Vilariño esperó unos segundos antes de formular la siguiente pregunta. Quería darle tiempo al jurado para procesar la información.

—Muy bien. ¿Qué hicieron a continuación?

—Le pedimos a Lander que nos diera su teléfono y nos dijo que estaba roto. Lo sacó de un cajón y comprobamos que era cierto: no encendía. Nos lo quedamos para hacer unas comprobaciones y le pedimos que nos acompañara a comisaría. Una vez allí, mantuvimos con él una charla... amistosa.

A Silvia no le gustó el comentario de Larra. Daba a entender que aquella charla con Lander no había sido tan amistosa como él insinuaba, y el jurado podía interpretar que no lo fue porque Lander se había comportado de una manera inadecuada, cosa que no sucedió.

—¿Qué dijo en esa conversación? —preguntó Vilariño.

—Al principio, no mucho, así que nos centramos en su móvil.

Sacamos al juez de guardia de la cama para que redactase un auto urgente de intervención de comunicaciones desde casa y, en cuanto llegó, metimos la tarjeta SIM de Lander en otro móvil.

Iniciamos sesión en WhatsApp y recuperamos el historial de chats guardado en la nube.

Ahí fue cuando descubrimos que la víctima lo estaba chantajeando.

—Entiendo que le mostraron esos mensajes y le preguntaron al respecto. ¿Qué respondió?

—No lo negó. Nos contó que Borja lo había estado extorsionando con cierto vídeo.

La primera vez, le pidió cinco mil euros a cambio de no hacerlo público, y Lander admitió haber pagado el dinero.

Cinco días después, el mismo día del asesinato, la víctima volvió a exigirle más dinero en una llamada de teléfono.

Esta vez, sin embargo, Lander se negó a pagar.

—¿Les sorprendió que admitiera el chantaje y el pago?

—No. Todo estaba en los chats, así que no tenía otra opción. Solo había que leer las conversaciones para saber si decía la verdad o no.

—¿Y qué dijo cuando le preguntaron si había matado a la víctima?

—Juró y perjuró que él no había visto a Borja ese día. Dijo que, tras discutir con su grupo de amigos, se fue a dar una vuelta por el parque de Aiete. Según él, necesitaba tranquilizarse.

—¿Ha tenido la Ertzaintza acceso al vídeo objeto del chantaje?

—No. Suponemos que estaba en poder de Borja, pero al no encontrar ni su móvil ni su ordenador, no hemos podido verlo.

—¿Qué ocurrió después?

—Intuíamos que Lander era el responsable del asesinato de Borja, pero no teníamos pruebas suficientes, así que lo dejamos marchar. A lo largo de la semana, sin embargo, la situación cambió.

—¿Qué encontraron exactamente?

—Para empezar, el laboratorio confirmó que la sangre en su ropa pertenecía a la víctima.

No nos sorprendió, pero tampoco era una prueba concluyente, puesto que se podía haber manchado mientras lo reanimaba.

Luego, su madre admitió haberle dado los cinco mil euros y, tras verificar sus movimientos bancarios, confirmamos que el chantaje se había llevado a cabo, lo que establecía un móvil claro.

Hizo una breve pausa y continuó.

—También interrogamos a los amigos de Lander.

Admitieron estar presentes cuando Borja lo llamó para exigirle más dinero.

Todos oyeron cómo Lander le decía que lo iba a matar.

—Larra hizo una pausa para coger aire—. El móvil de Lander ya estaba roto con anterioridad a la noche del crimen, lo que nos impidió rastrear su ubicación mediante la triangulación de la señal.

Por eso, intentamos ubicarlo en el parque de Aiete, revisando todas las cámaras del parque y de los alrededores.

Hicimos un trabajo exhaustivo, pero no fue concluyente.

En los vídeos se veía a una persona vestida completamente de negro, con la capucha puesta, pero fue imposible determinar si era él o no.

Él aseguraba haber llegado a casa pasada la una de la madrugada, pero una vecina declaró haberlo visto salir de casa sobre las doce de la noche.

Según su testimonio, le pareció que el acusado escondía algo bajo la sudadera negra que vestía habitualmente. Con todo ello, lo detuvimos.

Vilariño le agradeció su participación y se retiró a su asiento.

Silvia respiró hondo. El testimonio del jefe de la investigación había sido demoledor, aunque contaba con ello.

Ahora le tocaba contraatacar. Había llegado el momento para el que llevaba meses preparándose, probablemente el más importante de todo el proceso.

Su intervención sería breve, pero crucial.

Aquello podía cambiar el rumbo del juicio.

Se tomó unos segundos para mirar a Larra a los ojos. El ertzaina no se lo iba a poner fácil, pero ella tampoco a él. Comenzaba el desafío.

—Dígame, oficial —comenzó con voz serena—. Ustedes decidieron, casi desde el primer momento, que mi defendido era el culpable de la muerte de Borja Miranda. ¿Cree usted que el escándalo en el que se vio envuelto su padre contribuyó a que lo consideraran culpable a la primera de cambio?

—De ninguna manera.

—¿Está seguro?

—Absolutamente.

—Pero no me negará que, siendo hijo de quien es, el caso se volvió muy jugoso, ¿verdad?

—Igual que cualquier otro —respondió tajante, aunque sabía que no era verdad—. El apellido no nos importa. Investigamos los hechos.

Silvia asintió levemente, como si esperara esa respuesta.

—Entonces, puede asegurar que sus prejuicios no nublaron su juicio y que fueron completamente imparciales a la hora de evaluar las pruebas contra él. ¿No es así?

—Sí, se lo aseguro —no le gustaba que lo acusaran de falta de objetividad y contestó con brusquedad.

—Tampoco sería tan descabellado pensar eso de «de tal palo, tal astilla», ¿no? No serían ustedes los primeros en hacerlo.

—Le he dicho que no —insistió él visiblemente molesto.

—Muy bien. Entonces, permítame otra pregunta. ¿Ha sido usted completamente sincero durante su declaración ante el fiscal?

—¿Cómo dice? —Larra no pudo evitar fruncir el ceño.

—Le pregunto si nos ha contado todo lo que este jurado necesita y debe saber. Todo.

—Así es —afirmó con rotundidad. Estaba comenzando a enfadarse y Silvia lo sabía.

—Según su testimonio, desde el principio afirmaron que todo encajaba.

Como se suele decir de manera coloquial, estaba más claro que el agua que mi defendido era culpable, ¿verdad?

Pero, y corríjame si me equivoco, la Ertzaintza no suele descartar otras líneas de investigación tan rápido, ¿no es así?

Al menos, hasta donde yo sé, no debería.

¿No es cierto que ustedes siempre trabajan con varias hipótesis?

—Sí. Consideramos otras vías, pero en este caso ninguna tenía el peso suficiente.

Silvia hizo una pausa para mirarlo fijamente. Luego, dio un paso hacia él.

—Permítame recordarle algo, oficial: usted está declarando bajo juramento. Y se lo digo porque tengo la impresión de que se le ha olvidado.

El murmullo del público se extendió por toda la sala. Silvia se mantuvo en silencio para que se escuchara bien y Larra la miró rabioso.

—No sé a qué se refiere, y me está faltando al respeto —dijo con evidente irritación.

—Ha afirmado que mi defendido tenía un motivo claro, que tuvo la oportunidad de cometer el crimen y que no tenía coartada —Silvia alzó el tono de voz a propósito—.

Pero ¿no es cierto que había indicios más que evidentes que apuntaban en otra dirección?

¿No es cierto que ha omitido deliberadamente cierto detallito que el forense encontró en el cuerpo de la víctima?

¿Acaso se le ha pasado mencionar que Borja Miranda tenía incrustado un pendrive en la garganta?

El murmullo creció más y más. El desconcierto entre los presentes en la sala de vistas era cada vez mayor, y a Silvia no se le escapó la mirada atónita que intercambiaron Larra y Vilariño. Se estarían preguntando cómo había obtenido ella esa información.

Larra fue a contestar, pero Silvia no le dio oportunidad. Siguió bombardeándolo a preguntas.

—¿Y qué me dice del mensaje en formato de texto que contenía ese dispositivo? —insistió—. ¿No recordaba ese detalle o ha preferido ignorarlo? ¿O es que no era lo suficientemente relevante?

El bullicio en la sala fue en aumento. Larra volvió a abrir la boca para responder, pero tampoco esta vez pudo hacerlo.

—Dígame, oficial. ¿No les recordó ese hallazgo a un caso anterior? ¿Quizá a cierto asesino en serie que atemorizó a la población hace unos años? ¿No es, acaso, el mismo modus operandi que utilizaba el asesino de Gros? ¿No dejaba él un objeto idéntico en la boca de cada una de sus víctimas?

Larra se quedó petrificado en su asiento.

Al igual que los miembros del jurado.

Al igual que el resto de los presentes.

Todos.

—Señoras y señores del jurado. —Silvia giró la vista hacia ellos y habló despacio, remarcando sus palabras—.

La Ertzaintza sí encontró más hilos de los que tirar, razones de peso para seguir investigando otras hipótesis, pero decidió no hacerlo.

¿Por qué? Vayan ustedes a saber. Quizá porque era la mejor manera de castigar a uno de los hombres más odiados de la ciudad, encerrando a su hijo de por vida.

O quizá porque señalar a Lander como culpable era la opción más fácil. No lo sé.

La conmoción en la sala era palpable. La jueza tuvo que intervenir para restablecer el orden. Le llevó unos instantes conseguirlo. Cuando por fin se hizo el silencio, Silvia se dirigió una última vez al jefe de la investigación.

—Una última pregunta. —Silvia fijó la vista en él—. ¿Es mentira la presencia de dicho dispositivo en la garganta del cadáver?

Larra apretó los dientes. Parecía a punto de abalanzarse sobre ella en cualquier momento.

—No —respondió finalmente con voz tosca.

Silvia le sostuvo la mirada durante un par de segundos más antes de girarse hacia la jueza.

—No hay más preguntas, señoría.