Capítulo 11. Karmele
KARMELE
El edificio de la Audiencia Provincial de Gipuzkoa contaba, además de la sala de vistas donde se celebraba el juicio, con otra sala habilitada para seguir el desarrollo del proceso a través de una retransmisión en directo.
Se hallaba en la parte izquierda del hall y era un espacio amplio, bien iluminado y diseñado para ser funcional.
Las mesas estaban colocadas en forma de U y, frente a ellas, una gran pantalla ocupaba buena parte de la pared principal, mostrando en tiempo real lo que ocurría en la sala de vistas.
Además, cada mesa estaba equipada con un sistema de auriculares que permitía escuchar con claridad todo lo que ocurría en el juicio.
A Karmele le gustaba seguir los juicios desde ese lugar.
El ambiente que se respiraba allí distaba mucho de la solemnidad que reinaba en la sala principal y, mientras algunos periodistas se concentraban en el juicio con los auriculares puestos, otros aprovechaban para contestar llamadas o intercambiar comentarios sin molestar a sus compañeros.
Había seguido las dos primeras sesiones del juicio sin perder ni un solo detalle, examinando cada palabra y cada gesto, y habían sido muy interesantes.
Los amigos tanto de la víctima como del acusado habían hecho declaraciones de lo más reveladoras, y Karmele ya tenía en mente varios posibles titulares que podían dar mucho que hablar.
Sin embargo, no esperaba que la mayor sorpresa de la segunda jornada, y sin duda el titular más jugoso de todos, llegara durante el interrogatorio de Silvia Legarre al jefe de la investigación.
Cuando la abogada acusó al ertzaina de no haber sido del todo sincero, Karmele se sorprendió mucho.
Pero, cuando lo acusó de obviar el hallazgo de un pendrive en la garganta de la víctima, el impacto fue absoluto.
Dio un respingo en su asiento y se quedó boquiabierta.
No fue la única. A su alrededor, varios periodistas se quedaron petrificados.
¿Habían oído bien? ¿La abogada había mencionado al asesino de Gros?
Karmele observó cómo Unai, el rubito con pinta de becario, se quitaba los auriculares de golpe y se acercaba a ella con cara de preocupación.
—¿Qué es eso de los pendrives ? —le preguntó nervioso—. ¿Y de qué asesino están hablando?
—¿No sabes quién es el asesino de Gros? —se extrañó ella.
—No tengo ni idea.
Karmele puso los ojos en blanco. A sus cincuenta y dos años, se sintió muy mayor rodeada de gente tan joven.
Unai representaba a una nueva generación de periodistas que, afortunadamente, jamás tendrían que cubrir el estallido de un coche bomba en pleno centro de la ciudad, ni escribir sobre el sufrimiento de tantas familias devastadas por la epidemia de la heroína.
Se sintió como un fósil hablando de sucesos que algunos habían olvidado y otros ni siquiera conocían.
—¿Y dónde estabas hace quince años?
—En Zerain —aseguró el chico con una mirada inocente—. Tenía siete años.
Karmele asintió con un gesto breve. Tenía sentido.
Estaba segura de que, en su día, la noticia de los asesinatos también habría llegado a Zerain, un pequeño pueblo del interior de Gipuzkoa de menos de trescientos habitantes, pero los padres habrían preferido no comentarlo con sus hijos.
En Zerain no había asesinos en serie, por lo tanto, ¿para qué preocuparlos?
—El asesino de Gros fue un criminal que sembró el caos hace mucho tiempo. Mató a varias personas, y todas vivían en el barrio de Gros. Por eso lo llamaron así.
Un murmullo recorrió la sala.
—Joder, ese era el que dejaba mensajes en la boca de sus víctimas —dijo alguien.
—El mismo. En forma de pendrive .
—¿Mensajes? —preguntó Unai alarmado—. ¿Qué tipo de mensajes?
—Si no recuerdo mal, eran palabras sueltas. Algo como «egoísta» y cosas por el estilo.
—¿Y qué pasó con él? —Unai tenía los ojos abiertos como platos.
—Nunca lo atraparon. La Ertzaintza encontró un patrón claro en los crímenes, pero nunca lograron identificar al asesino.
Un movimiento en la pantalla interrumpió la conversación.
La jueza acababa de anunciar que daba por concluida la sesión.
Karmele guardó su libreta con rapidez y salió de la sala a toda prisa, sin darle tiempo a Unai a preguntarle si creía que el asesino podría haber vuelto para matar a Borja también.
Bajó las escaleras del juzgado con paso ligero mientras sentía cómo su móvil vibraba en el bolsillo. Era Alberdi. Le había escrito un mensaje desde la sala de vistas del juzgado, desde donde había presenciado la sesión: «Joder con la Rottweiler. ¡Empieza fuerte!».
Karmele dejó escapar una leve sonrisa. Claro que empezaba fuerte. A pesar de los años, Silvia Legarre seguía en plena forma y había vuelto dispuesta a pelear.
Decidió quedarse a la salida para ver si conseguía arrancarle alguna declaración a la abogada.
Mientras tanto, redactó una noticia breve con un titular llamativo sobre la mención en la sala del asesino de Gros y la envió a la redacción para que la subieran inmediatamente a la web.
Al ver que Silvia se demoraba más de la cuenta, decidió no esperar más y llegar cuanto antes a las dependencias del Donostia Press , a solo diez minutos del juzgado.
Entró ignorando a todo el mundo y abriéndose paso entre los escritorios.
Llegó al despacho de Néstor y, sin molestarse en llamar, empujó la puerta y entró.
El director estaba de espaldas, apoyado en la ventana, con el móvil en una mano y un cigarrillo en la otra.
Escuchaba a su interlocutor mientras daba rápidas caladas que, cada cierto tiempo, le arrancaban un ataque de tos.
Karmele se dejó caer en una de las sillas frente al escritorio y lo observó en silencio.
No pudo evitar pensar que, si ella se sentía mayor en la profesión, Néstor era prácticamente una reliquia.
Había comenzado en el oficio cuando las máquinas de escribir dominaban las mesas y las redacciones eran auténticas nubes de humo.
Ahora que fumar en el interior de los edificios estaba prohibido, Néstor seguía haciéndolo como si la prohibición no fuera con él.
Cuando por fin colgó el teléfono y se giró hacia ella, Karmele no perdió el tiempo y le relató con rapidez lo que acababa de presenciar desde la sala de prensa del juzgado. Néstor levantó una ceja, consciente de la magnitud de lo ocurrido.
—No basta con una noticia breve y una crónica, Néstor —dijo Karmele con firmeza—.
¡Estamos hablando del asesino de Gros! La Rottweiler nos ha dejado a todos boquiabiertos.
La Ertzaintza encontró un pendrive en la garganta de Borja Miranda y no dijo nada.
¡Esto es la hostia y se tiene que saber!
Dame un par de horas y tendrás la noticia lista.
—Vale, hazlo e irá en portada —aceptó emocionado—. Pero de esto podemos sacar algo mejor.
Karmele lo miró con el ceño fruncido. Conocía bien esa expresión en el rostro de Néstor. Era la señal inequívoca de que se avecinaba más trabajo.
—Quiero que escribas un especial sobre el asesino. Lo publicaremos en el suplemento del domingo, y también lo subiremos a la web.
Karmele se echó hacia atrás en la silla y entrelazó sus manos colocándolas detrás de la nuca.
—Creo que podría funcionar muy bien —reconoció ella—.
Después de lo de hoy, está claro que todo lo relacionado con el asesino va a despertar muchísimo interés.
Pero, para que salga el domingo, tendría que pasarme todo el sábado trabajando.
Tengo que meterme en los archivos, recopilar toda la información, ordenarla, escribir el artículo...
—¿Y qué quieres? ¿Que se lo encargue a otro? —Néstor sabía perfectamente que Karmele no iba a permitirlo.
—No, lo haré yo. Es más, sabes que nadie lo va a hacer mejor que yo —respondió con un toque de arrogancia—. Solo te advierto que no te va a salir barato.
Néstor soltó algo parecido a un gruñido que sonó más a resignación que a protesta. Estaba acostumbrado a que los trabajos de Karmele no resultaran muy económicos desde que se había puesto por su cuenta, pero siempre habían valido la pena.
—Cómo me sangras, Beltrán, ¡cómo me sangras!
—¡Y tú cómo te quejas! Pero te conozco y sé que eso es un «sí», así que me marcho pitando. En un rato te enviaré la crónica de la sesión de hoy y después me pondré con el especial sobre el asesino.
Se levantó de la silla y caminó hacia la puerta. Justo antes de salir, se giró para lanzarle una última pregunta.
—Oye, Néstor. ¿No estaremos provocando una enorme alarma social de nuevo? Mira que aquello fue muy gordo.
Néstor la miró con seriedad, dejando el cigarrillo en el cenicero.
—No es obra nuestra, Karmele. Ha sido esa abogada la que ha sacado al asesino a la palestra. Nosotros solo estamos aprovechando el tirón.
Karmele asintió dando por buena la respuesta y salió del despacho decidida a ponerse en marcha. Tenía mucho trabajo por delante.