Veredicto Capítulo 9. El juicio - Día 2 #2
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Capítulo 9. El juicio - Día 2 #2

La siguiente en testificar fue la madre de Borja.

Silvia sabía que el fiscal intentaría, una vez más, presentar a la víctima como a una buena persona, el niño bonito de su madre.

Daniel Vilariño no la defraudó. En un interrogatorio cargado de sentimentalismo, tan edulcorado como lacrimógeno, la madre de Borja no dejó de llorar en ningún momento.

Silvia observó con atención las reacciones de los miembros del jurado y, por sus expresiones, pudo comprobar que al fiscal le estaba saliendo bien la jugada.

Estaban sintiendo una gran lástima por esa madre a la que le habían arrebatado a su único hijo de la manera más horrible.

—Usted es viuda, ¿verdad?

—Sí, primero murió mi marido y después mi hijo —respondió entre sollozos con la voz temblorosa.

—¿Cómo falleció su marido?

—Un coche lo atropelló cuando cruzaba la calle. —Se cubrió la boca con las manos para contener el llanto.

—Tengo entendido que su marido pasó un tiempo en la cárcel y que les dejó en una situación económica delicada cuando murió. ¿No es así?

—Sí, tenía algunas deudas por pagar.

—¿Cómo las afrontaron?

—Yo no sabía qué hacer y mi hijo me ayudó a hipotecar la casa. Si no fuera por él... Borja era muy buen hijo, y ahora me he quedado completamente sola.

Se secó las lágrimas agarrando un pañuelo con fuerza y miró al techo un segundo queriendo recomponerse, pero no lo logró y emitió un gemido profundo. Vilariño aprovechó el dramatismo del momento para finalizar su interrogatorio.

Silvia fue mucho más directa.

—Lamento profundamente su pérdida, y creo que ninguna madre debería perder a un hijo, mucho menos de esta manera tan trágica.

Siento que tenga que estar pasando por esto, créame.

Por eso, le voy a hacer solo una pregunta —dijo con voz suave pero firme—.

Usted ha contestado a las preguntas del fiscal dejando claro que su hijo no tenía malicia, que era una buena persona y que se querían mucho.

Es más, ha dicho que la relación entre madre e hijo era maravillosa.

Siendo así, dígame: ¿sabía usted que su hijo iba diciendo por ahí que usted estaba muerta?

El barullo en la sala se desató de inmediato, y los murmullos de asombro crecieron. La madre de Borja quedó paralizada y su rostro palideció. Completamente desconcertada, apenas pudo pronunciar un «no» tembloroso, y Silvia dio por concluido el interrogatorio.

La jueza, viendo la tensión que se había generado, decidió que era un buen momento para hacer un receso de quince minutos.

Era necesario calmar los ánimos y permitir que todos se tomaran un respiro.

La madre de Borja fue acompañada fuera de la sala, mientras algunos miembros del público se levantaban para ir al baño o tomar un poco de aire.

—Ha sido muy rastrero, lo sé —le reconoció Silvia a Lander al oído—, pero era necesario. Su imagen de madre desconsolada y afligida no nos estaba haciendo ningún bien, y ella tampoco ha sido sincera retratando a su hijo como a un bendito.

—De bendito no tenía nada —respondió Lander con rabia casi sin mover los labios para que nadie pudiera entender sus palabras.

Maite aprovechó que la sala se fue vaciando para acercarse a su hijo.

Lander pidió permiso a los dos ertzainas que lo custodiaban para acercarse a ella y se lo concedieron.

Con un policía a cada lado, pudo abrazar a su madre.

Ella lo besó varias veces y no dejó de repetirle que todo iría bien.

Silvia lamentó que, en ese momento, solo estuvieran en la sala tres de los miembros del jurado.

Le habría gustado que lo hubieran visto todos.

La calma se restableció a la vuelta del receso, y la jueza indicó que la siguiente testigo podía entrar en la sala.

Era una mujer de unos cincuenta años que caminaba con seguridad.

Al haber sido propuesta por la defensa, sería Silvia la primera en interrogarla.

El fiscal, si lo deseaba, podría hacerlo después.

—¿Podría presentarse e indicarnos en qué trabaja? —le pidió la jueza a la testigo.

—Mi nombre es Mariaje Lerma, y soy administrativa en la Universidad del País Vasco.

—¿Puede describirnos brevemente cuáles son sus funciones?

—Soy la encargada principal de las matriculaciones.

Gestiono las inscripciones de los estudiantes, asegurándome de que cumplen con todos los requisitos y de que aportan toda la documentación necesaria.

También me ocupo de mantener un registro actualizado de estudiantes, verificando su información personal o si han solicitado alguna beca, entre otras cosas.

La jueza Solozábal asintió y dio paso a la abogada de la defensa.

—Buenos días, señora Lerma. ¿Cuánto tiempo lleva desempeñando esa labor en la universidad?

—Más de veinte años.

—¿Podría decirnos si en algún momento ha habido en la Universidad del País Vasco un alumno matriculado con el nombre Borja Miranda?

—No, nunca —respondió tajante ante el asombro de los presentes.

—Esto es importante y quiero que no quede ninguna duda. ¿Está usted afirmando que Borja Miranda nunca se matriculó ni en la carrera de Psicología ni en ninguna otra? ¿Está segura?

—Completamente. He revisado varias veces todas las matriculaciones, y nunca hemos tenido un alumno con ese nombre.

—No hay más preguntas, señoría.

—¿Desea el señor fiscal interrogar a la testigo? —preguntó la jueza.

—No, señoría —respondió Vilariño con cara de pocos amigos.