Veredicto Capítulo 9. El juicio - Día 2
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Capítulo 9. El juicio - Día 2

Era el segundo día de juicio. Maite había seguido el consejo de Silvia y estaba sentada en primera fila, mostrando un apoyo incondicional a su hijo.

Desde allí, podía verlo perfectamente, sentado en su sitio y con expresión seria mientras Silvia le explicaba que iban a comenzar con los testimonios de los testigos, y que oír lo que tuvieran que decir podría ser complicado para él. Debía estar preparado.

—Vas a escuchar cómo hablan de ti como si no estuvieras presente.

Entrarán en tu vida, en tu intimidad, y habrá cosas que no te gusten, pero tienes que ser fuerte.

No te estoy pidiendo que ni te inmutes, porque eso tampoco ayuda.

Si escuchas una mentira, lo que se espera de ti es que se te note la indignación, aunque no puedes hacer gestos exagerados.

Que el jurado vea que eres humano, pero no que pierdes el control.

No quiso darle más detalles. Sabía que iba a ser un día crucial, pero prefirió no explicarle por qué. Quería que se centrara en reaccionar de una manera adecuada ante los testimonios.

Tras la entrada de la jueza a la sala de vistas, el funcionario auxiliar del juzgado hizo pasar al primer testigo bajo la atenta mirada de los miembros del jurado.

Un joven alto y delgado, vestido con unos vaqueros oscuros y una sudadera azul, se sentó en la silla destinada a los testigos.

Su mirada recorrió la sala con cierta incomodidad.

Cuando se cruzó con la de Lander, lo saludó con un leve gesto.

Silvia lo observó con atención. Sabía quién era y lo que iba a decir.

Tenía sus preguntas preparadas, pero era el fiscal quien debía interrogarlo primero.

—Buenos días, ¿nos puede decir su nombre y de qué conoce al acusado? —le pregunto la jueza Solozábal al joven.

—Me llamo Kerman Arriola y conocí a Lander en la Facultad de Criminología. Éramos compañeros de clase y de grupo.

La jueza asintió y se dirigió al fiscal.

—Puede proceder.

Daniel Vilariño se ajustó las mangas de su camisa bajo la toga y se acercó al micrófono. Su imagen seguía siendo impecable, como siempre.

—Con la venia, señoría. —Se giró hacia el chico y le lanzó su primera pregunta—. Buenos días. ¿Conocía usted a Borja Miranda, la víctima? Y si es así, ¿cómo lo conoció?

—Sí, fue a través de Lander. A finales de 2021, ellos se conocieron en la cafetería del campus, y Lander presentó a Borja al grupo de amigos de la uni. Borja era el único que no estudiaba con nosotros, pero nos veíamos mucho, porque cursaba la carrera de Psicología en la facultad de al lado.

—¿Cómo definiría la relación entre Lander y Borja?

Kerman se tomó unos segundos antes de responder.

—Al principio, muy buena. Borja congenió enseguida con Lander. Se les veía pasar mucho tiempo juntos, tanto en la universidad como fuera. Había muy buen rollo entre ellos. Incluso se fueron a vivir juntos. Borja se quedó sin piso y Lander lo invitó a quedarse en su casa.

—¿Cuándo fue eso?

—Unos meses después de que se conocieran.

—¿Diría que su relación cambió cuando se fueron a vivir juntos?

—No, seguían llevándose muy bien.

—¿Y cuándo diría que se enemistaron? ¿Qué fue lo que notó?

—Varios días antes de la muerte de Borja nos reunimos en la cafetería del campus, como hacíamos siempre, y nos extrañó que Borja no apareciera.

Le preguntamos a Lander por él, y nos dijo que esperaba no volver a verlo nunca más.

Estaba muy enfadado. Nos sorprendió mucho, porque, hasta entonces, habían sido muy buenos colegas.

—¿Y no le preguntaron por qué se habían enfadado?

—Sí, pero nos contestó que no nos metiéramos, que eran movidas entre ellos.

Daniel Vilariño hizo una breve pausa para beber un poco de agua y continuó.

—Hábleme de los vídeos. ¿De quién fue la idea de grabarlos? ¿Cuál era el objetivo de estos?

Kerman se sonrojó. Sabía que habían cometido varias ilegalidades y que él no estaba exento de culpa. Contestó que la idea provenía de Borja, y que el objetivo no era otro que ganar dinero en la Deep Web vendiendo vídeos en los que recreaban crímenes reales o leyendas urbanas.

—¿Obtuvieron algún beneficio económico con alguno de ellos?

—No. Grabamos varias escenas para reproducir una historia, pero no llegamos a terminar el vídeo.

—¿Le consta que Borja, durante esas grabaciones, consiguió material en el que se reconocía a Lander cometiendo alguna ilegalidad? ¿Le consta que Borja usó esos vídeos para chantajearlo?

—No sabía que hubiera grabado a Lander, pero tampoco me extraña. Estaba todo el tiempo con el móvil. Pudo habernos grabado a cualquiera. Y no, nunca supe nada de ningún chantaje.

—¿Cree que esos vídeos podrían ser una amenaza para Lander?

—Ya le he dicho que nunca los vi —respondió Kerman incómodo.

—¿Qué ocurrió la noche en la que murió Borja? ¿Estuvo esa noche con Lander?

—Sí. Quedamos como cada viernes. Lander sí que vino, pero Borja no.

Era la misma semana en la que se enfadaron.

Salió el tema de las grabaciones y le echamos en cara a Lander que, por su culpa, Borja no apareciera.

Él tenía el material, y pensamos que lo habíamos perdido todo.

Tanto trabajo para nada. Discutimos y Lander se largó.

—¿Qué fue lo último que dijo antes de desaparecer?

Kerman hizo una pausa y suspiró.

—Que nos fuéramos todos a la mierda —dijo lamentando tener que reconocerlo.

—¿Era habitual que Lander les tratara así? A mí, desde luego, mis amigos no me suelen hablar de esa manera. ¿Considera que tiene un carácter violento?

Silvia puso los ojos en blanco, aunque enseguida se recompuso. Sabía que a Vilariño le iba el drama y no sería la última pregunta de ese tipo que tendrían que escuchar.

—No era lo normal, pero ese día estaba muy enfadado. Y no, Lander nunca me pareció violento —se apresuró a añadir.

Las miradas de Kerman y Lander se cruzaron, y Lander le hizo un leve gesto de agradecimiento.

—No hay más preguntas, señoría.

Silvia decidió contrainterrogar al testigo, aunque no había mucho más que añadir. Lander ya había reconocido lo que Kerman había contado: el enfado con Borja, el chantaje y la discusión con el grupo.

—Con la venia, señoría. —Se dirigió al joven con una expresión seria pero amable—. Usted ha reconocido que era amigo de ambos y que los conocía bien. ¿No le parece extraño que alguien tan cercano a Lander lo chantajeara de esa manera?

—La verdad es que sí. Lander acogió a Borja en su grupo de amigos y en su casa, fue muy enrollado con él, un buen amigo.

—Y a pesar de todo, Borja utilizó esa amistad para sacar un beneficio económico.

—Eso parece.

—¿En algún momento vio que Lander manipulara y usara a Borja de alguna manera para su propio beneficio?

—No, nunca.

—¿Y al revés? ¿Imaginó en algún momento cuáles eran las intenciones reales de Borja? ¿Lo creía capaz de algo así?

—No, nunca lo imaginé. A mí Borja me caía muy bien, pero parece que nos engañó a todos.

Lander lo miró incrédulo. Su amigo mentía.

A Kerman nunca le había gustado que Borja entrara como un torbellino en el grupo y se convirtiera en líder de la noche a la mañana, relegándolo a él a un segundo plano.

A punto estuvo de acusarlo en voz alta de mentir, pero Silvia le había explicado muy bien las reglas del juego. Y eso era algo que no podía hacer.

—No hay más preguntas, señoría —respondió Silvia dando por finalizado el testimonio.

El siguiente testigo en comparecer fue un amigo cercano de Borja, parte de su grupo de amigos de toda la vida, con quien había compartido su infancia y su juventud en el barrio de Alza.

Llevaba los brazos llenos de tatuajes y varios piercings en la cara.

Sus pantalones, tres tallas más grandes, caían sobre sus caderas, y sus manos quedaban ocultas bajo las mangas del jersey.

Parecía que en cualquier momento podría ponerse a rapear.

El fiscal, buscando reforzar una imagen favorable de Borja, le lanzó preguntas generales enfocadas en el lado positivo de su amistad, y el chico describió a Borja como una persona sociable y divertida, destacando su capacidad para hacer reír a los demás y sus ganas de pasárselo bien.

Las preguntas de Silvia, en cambio, fueron mucho más directas, y se centraron en un periodo específico de la vida de Borja: el tiempo en el que comenzó a salir con Lander y sus amigos.

—¿Se vio con su amigo muy a menudo en esa época?

—No, anduvo desaparecido —reconoció el chico—. Apenas quedábamos.

—¿Quiere decir con eso que se distanciaron?

—Sí, eso.

—¿Dónde le dijo que estaba? ¿Qué excusas le dio para no salir juntos?

—Me dijo que andaba metido en algo, pero que era temporal y que ya quedaríamos más adelante.

—Tengo entendido que, por el mes de abril, un mes y algo antes de su muerte, se vieron un día por el centro. Usted iba con el grupo de amigos de Borja de toda la vida, y él iba con otro grupo de gente. ¿Nos puede decir qué hizo cuando se vieron?

—Pasó de nosotros olímpicamente —respondió el chico molesto.

—Explique qué pasó con exactitud.

—Pues eso, que lo vimos con otra gente, y cuando nos acercamos a saludarlo, se piró y nos dejó allí plantados. Se hizo el loco, como si no nos conociera.

—¿Por qué cree que hizo eso?

—No tengo ni puta idea. Perdón —reculó enseguida—. Vamos, que no lo sé.

—¿Cuándo lo volvió a ver?

—De ahí a un mes o así. Apareció en el barrio y vino como si no hubiera pasado nada. Se había comprado un móvil nuevo de última generación y un peruco de los buenos. Además, nos enseñó un buen fajo de billetes y anduvo invitando a medio barrio.

—¿Eso no fue la misma semana de su muerte?

—Sí.

—¿De dónde les dijo que había sacado el dinero?

—De un buen negocio. No dijo más.

Silvia no quiso seguir preguntando. Su objetivo era desmentir la imagen de buen amigo que la acusación había intentado pintar, y creía que lo había conseguido.