Veredicto Capítulo 8. Lander
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Capítulo 8. Lander

LANDER

Comenzar a estudiar Criminología en una universidad donde no conocía a nadie se convirtió en un alivio inesperado para Lander.

Mudarse al piso de Aldapeta, cambiar de carrera, de campus, de ambiente...

era una forma de empezar de cero, y le gustaba esa sensación.

Allí no era el que nunca aprobaba un examen, ni el que se saltaba las clases para matar el rato en la cafetería, sino un estudiante más, sentado en la última fila del aula con su sudadera negra y los cascos puestos.

Durante las primeras semanas se mantuvo al margen.

Le gustaba observar a sus compañeros con cierta distancia, sin entrar en conversaciones ajenas ni esforzarse en hacer amigos a toda costa, como había visto que hacían otros.

Lander iba a su bola, sin preocuparse demasiado por lo que los demás pensaran de él.

Una tarde, sentado en las escaleras de la facultad, alguien se colocó a su lado sin pedir permiso.

—Tú tienes pinta de no conocer a nadie —oyó decir a una chica con una sonrisa divertida y un montón de apuntes en la mano.

Lander la miró de reojo. Morena, de pelo liso y bajita, le sonaba de haberla visto en clase, aunque no sabría decir en qué asignatura. Tenía una sonrisa bonita, aunque no era especialmente guapa ni atractiva. Como habrían dicho sus amigos de Deusto, una chica del montón.

—Y tú tienes pinta de acercarte a los que no conocen a nadie —respondió él, procurando no sonar muy borde.

Ella se rio bajito, y Lander vio cómo se le marcaban dos hoyuelos en las mejillas.

—No a todos. Solo a los que parecen interesantes. Soy Amaia.

No fue una conversación larga ni demasiado profunda, pero sí la primera de muchas.

Al día siguiente, Amaia se sentó con él en la última fila y, al salir de clase, le propuso tomar un café.

Después empezaron a compartir impresiones sobre las asignaturas y llegaron los primeros trabajos en grupo.

Con el paso de los días, su amistad se afianzó y fue ella quien le presentó a sus amigos: Kerman, Paule, June...

Lander se dejó llevar. Sin apenas pretenderlo, un mes y medio después de empezar el curso, se había convertido en uno más del grupo.

Y, contra todo pronóstico, se sentía realmente a gusto con ellos.

Amaia tenía algo que le resultaba cómodo.

Irradiaba una alegría contagiosa y con ella todo era muy sencillo.

Era inteligente, hablaba sin parar y no era nada entrometida.

Le gustaba su compañía y quería tenerla cerca.

Con el tiempo, Lander comenzó a notar que ella lo buscaba más de lo normal, que siempre se sentaba a su lado o que lo miraba cuando creía que él no se daba cuenta.

Y él, quizá porque le gustó saberse observado y admirado, no hizo nada para frenarlo.

Había aprendido que el afecto no era algo fácil de conseguir y, simplemente, se dejó querer.

Durante esos primeros meses, Lander sintió que todo empezaba a encajar. Vivía a su aire, hacía lo que quería, le gustaban las clases y estaba rodeado de gente con la que podía ser él mismo. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba en el lugar adecuado.

Se encontraba en su mejor momento cuando todo se vino abajo al estallar el escándalo sobre los chanchullos de su padre con la constructora.

El artículo, firmado por una periodista de investigación, no dejaba lugar a dudas: fechas, pagos, nombres...

Lo leyó con atención. Aunque creía a su padre capaz de hacer aquello de lo que se le acusaba, no entendía cómo podía haber sido tan torpe como para dejarse pillar.

De la noche a la mañana, vio cómo el apellido Foronda se convertía en sinónimo de corrupción y escándalo, y él se encontró atrapado en medio de aquel desastre.

A pesar de tener que soportar las miradas acusadoras y los desprecios de muchos, su nuevo grupo de amigos, lejos de apartarlo, lo apoyó incondicionalmente, igual que hizo Mikel.

Pero fue Amaia quien más se volcó en él.

Desde el primer momento, lo defendió a capa y espada, enfrentándose sin que le temblara el pulso a quienes lo señalaban.

Dispuesta a escucharlo y consolarlo, Amaia siempre estaba ahí, a su lado, para cuando él la pudiera necesitar.

Aun así, no fueron tiempos fáciles para Lander.

—Oye, perdona, tú eres el hijo de Josean Foronda, ¿verdad? —oyó que le preguntaba un chico que tendría más o menos su edad, acercándose a él en la cafetería del campus.

Lander, que llevaba días sin quitarse la capucha de su sudadera, se la ajustó con más fuerza. Estaba harto de que lo reconocieran. La prensa había publicado imágenes de él con su padre y no pasaba un solo día sin que alguien lo identificara.

—Mira, tío, déjame en paz. Si vienes a decirme que eres otro de los afectados, mejor te lo ahorras. Yo no tengo nada que ver con eso.

—No, no, tranquilo. —El chico levantó las manos en son de paz—. Solo quería decirte que te entiendo. Sé lo que es que te echen la culpa de lo que ha hecho tu viejo, sin más. A mí me pasó algo parecido. Pero perdona si te he molestado.

La respuesta del chico sorprendió a Lander. No se la esperaba.

—¿Y eso?

—Mi padre estuvo en la cárcel. Entraba y salía de prisión una y otra vez, y en el barrio me hicieron sentir como una mierda. Me trataron como si fuera tan culpable como él —aseguró extendiendo su mano hacia Lander—. Soy Borja, por cierto.

Lander le dio la mano y se sentaron juntos a tomar una cerveza. Sin entrar en demasiados detalles, Borja le contó que fue complicado ver a su padre entre rejas y que la gente de alrededor les hiciera el vacío a él y a su familia.

—Ahora ya da igual. Poco después de salir de la cárcel, murió junto a mi madre en un accidente de coche. Así que ya ves, estoy solo.

Lander lamentó la mala suerte de aquel chico que parecía un buen tío, y se dio cuenta de lo afortunado que era él por tener el apoyo incondicional de su madre. Siempre.

—¿Qué estudias, Borja? —preguntó queriendo cambiar de tema.

—Psicología, estoy en primero. ¿Y tú?

—Criminología. Estoy esperando a unos compañeros de clase. Quédate, seguro que te caerán bien.

Borja conoció al grupo y, poco a poco, empezó a salir con ellos, tanto por el campus como fuera de él.

Se integró en las conversaciones como si llevaran toda la vida juntos y se sintió atraído, como estudiante de Psicología que era, por las materias que estudiaban Lander y sus amigos.

Cada vez que tenían que hacer un trabajo, no dudaba en hacer sugerencias, aunque a veces resultaran ser un tanto disparatadas.

—Me cae bien este tío —le comentó Lander a Amaia después de tomar unas cañas.

—A mí también —respondió ella sin dudarlo. Aunque, en realidad, ella lo prefería a él.

Borja se convirtió, de una forma natural, en un incondicional en las salidas del grupo, y pronto comenzó a proponer nuevos proyectos y actividades para pasar el rato.

—He tenido una idea —les comentó un par de meses después a Lander y a Amaia—, pero no me atrevo a plantearla delante de todos por si alguien se lo toma a mal.

Lander frunció el ceño. Amaia se sintió intrigada al momento y, con una sonrisa, levantó la barbilla invitándolo a hablar.

—Siempre estáis comentando los distintos casos que estudiáis en clase: que si el asesinato de este, que si el secuestro del otro...

Y sabéis de sobra que me parecen historias superin­teresantes —aseguró—.

Creo que a todos nos fascinan estos temas, y no solo a nosotros, sino a muchísima gente más.

Así que se me ha ocurrido algo: ¿por qué no recreamos nosotros mismos algunas de esas historias y las grabamos? Puede quedar superchulo.

—¿Recrear qué, exactamente? —preguntó Amaia.

—Pues casos reales. Bueno, o inventados, aunque yo creo que recrear casos reales o leyendas urbanas mola más. Por ejemplo, el caso del asesino de la baraja, o el de los Galindos, que nunca se esclareció. Podríamos decidir nosotros quién fue el culpable y montar toda una historia alrededor.

—A mí me molaría.

—¿Y eso con qué objetivo? —preguntó Lander.

—El principal, pasarlo bien, está claro, pero también podríamos hacer algo más. —Borja bajó la voz y se inclinó hacia ellos, asegurándose de que nadie más lo escuchara. Ese gesto hizo que la curiosidad de sus amigos aumentara—. Podríamos venderlos en la Deep Web .

—Pero ¿tú sabes cómo se entra ahí, o qué?

—Yo no, pero tengo un colega que sí. Os lo comento primero a vosotros a ver qué os parece, pero si lo hacemos bien, podríamos ganar un montón de pasta. Mi amigo nos ayudaría.

—Pero para eso hacen falta material, actores y un montón de cosas más.

—No te creas. Lo he pensado, y los actores podríamos ser nosotros mismos. Y hoy en día con un buen teléfono no necesitas una cámara profesional. Graban de puta madre.

—¿Y dónde grabaríamos las escenas? —preguntó Amaia cada vez más entusiasmada.

—Depende del caso. En cementerios, casas abandonadas. Puede ser una pasada, y encima ganaríamos pasta, a saco de pasta.

Justo en ese momento aparecieron los demás miembros del grupo. Amaia, incapaz de contener su emoción, fue la primera en hablar.

—Chicos, tenéis que escuchar esto. —Les dirigió una sonrisa cómplice—. Borja ha tenido una idea que es una locura.

Los recién llegados, todos estudiantes de primero de Criminología y también unos frikis del truecrime , la miraron con curiosidad. Borja tomó la palabra y les explicó la idea de recrear crímenes reales y grabarlos.

—Pero no en plan cutre, sino como si fueran verdaderos, supercurrados.

Después, bajando la voz de nuevo, les habló de la idea de ganar dinero vendiéndolos en la Deep Web . Los ojos de los recién llegados se abrieron de par en par.

—Pero ¿la gente pagaría por ver eso? —preguntó Kerman, que no terminaba de fiarse.

—Por supuesto. La Deep Web es un mundo aparte.

Ahí hay gente que paga por contenido que en la superficie de internet ni se ve ni se permite.

Hay comunidades enteras de frikis obsesionados con los crímenes reales, gente que devora todo lo que tenga que ver con asesinatos, desapariciones, juicios sin resolver...

Y, si lo hacemos bien, si le damos el realismo suficiente, podríamos hacerles creer que nuestro material es auténtico.

—¿Y cuánto se paga por algo así? —June nunca andaba sobrada de dinero.

—Depende de la calidad de los vídeos, pero mi colega me ha dicho que hay peña pagando cientos de euros por material bien hecho.

Pensadlo: lo grabamos una vez y lo vendemos un montón de veces.

Son ingresos pasivos, y de los buenos. Mi amigo sabe cómo subirlos con Tor y unas VPN bien configuradas, imposibles de rastrear.

Yo de eso no tengo ni idea, pero él sí. Y cobraríamos en criptomonedas. Totalmente anónimo.

Amaia se mordió el labio emocionada. Era lo más loco que había oído en mucho tiempo, y le apetecía la idea. Además, se habría metido de cabeza en cualquier cosa si Lander lo hacía con ella.

—Hagámoslo —le dijo a Lander mirándolo a los ojos.

Lander lo pensó un instante. Todos estaban entusiasmados con la propuesta, y tenía que reconocer que la cosa pintaba bien. Sintió la mirada de Amaia clavada en él, expectante, deseosa de que aceptara participar.

—Vale, me apunto —respondió provocando en ella una enorme sonrisa.

La idea le parecía original, diferente a cualquier plan que hubieran hecho antes.

Y, total, ¿qué podía salir mal?