Veredicto Capítulo 7. Laia
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Capítulo 7. Laia

LAIA

El primer día de juicio, en cuanto la jueza entró en la sala, Laia sintió un leve nudo en el estómago, pero lo que realmente la impresionó fue tener de frente al acusado, el joven del que tanto se había hablado en los medios, cuya imagen de chico malo habían reproducido hasta la saciedad.

Quería observarlo, concentrarse en él, analizar cada uno de sus gestos.

Ver qué transmitían sus ojos cuando el fiscal remarcaba su culpabilidad, pero también cuando su abogada lo defendía a capa y espada.

Solo apartó la mirada de él para anotar sus impresiones a toda velocidad, reviviendo las maratonianas clases en la universidad, cuando su muñeca terminaba dolorida por intentar seguir el ritmo del profesor.

Al finalizar la sesión, salió de la sala de vistas con la cabeza llena de información que necesitaba procesar. En la salita de descanso que se les había asignado, en la que guardaban sus pertenencias durante la jornada, los miembros del jurado comentaban lo sucedido en el estrado.

—Primer día intenso, ¿eh? —oyó decir a una de sus compañeras. Se llamaba Irene y era enfermera—. Escuchas al fiscal y crees que tiene razón. Después escuchas a la abogada de la defensa... y también crees que tiene razón. Y resulta que lo que acaban de decir se contradice por completo.

Laia asintió. No podía estar más de acuerdo.

Mientras se ponía la cazadora, observó uno por uno al resto de sus compañeros. Procedían de distintas localidades de la provincia y formaban un grupo muy variopinto, quizá demasiado.

Por un lado, estaban Rosi y Agustín, los más mayores. Él era viudo y hacía tiempo que había rebasado la edad de jubilación. Y ella, un ama de casa amante de los true crime , emocionada ante la idea de formar parte del jurado.

En el extremo opuesto estaban Aroa y Jontxu, los más jóvenes. Ambos estudiaban en la universidad, y todo lo que él tenía de hablador lo tenía ella de callada.

Entre unos y otros se encontraban Ramón y Monti, y Laia no habría sabido decir cuál de los dos estaba más cabreado por tener que estar allí.

Ramón era dueño de un taller mecánico y tenía mucha prisa por marcharse, y Monti era un conductor de autobús enfadado con el mundo.

Todo el tiempo con los brazos cruzados y el ceño fruncido, era el mismo que el día anterior, durante el proceso de selección del jurado, no había dejado de protestar; el de los ojos azules.

Después estaban Irene, la enfermera, y Marta, la joven que le había llamado la atención el primer día por llevar unas pisamierdas. Laia creía haber encontrado en ellas, tanto por edad como por mentalidad, a las personas con quienes podría tener más afinidad, aunque aún fuera pronto para afirmarlo.

Y, cerrando el grupo, estaban Jokin y Alberto, los suplentes. Curiosamente, ambos eran ingenieros.

—Me sigue tocando los cojones tener que estar aquí —oyó decir a Monti mientras recogía su chaqueta—. Está más que claro que ese chaval es culpable, así que, de seis días de juicio, me sobran cinco.

A Irene se le endureció la expresión. Fue a reprenderle por el comentario, pero Laia se le adelantó.

—Quizá te estás precipitando un poco, ¿no? No deberías hacer ese tipo de afirmaciones antes de tener toda la información. Aún nos tienen que explicar muchas cosas.

—Mira, guapa —respondió Monti con retintín—.

Tú a lo mejor sí que necesitas más información, pero te aseguro que yo ya tengo la suficiente.

El niñito de papá este, el Foronda, ha hecho siempre lo que le ha dado la gana, que para eso su papaíto está forrado de dinero a costa de engañar a los demás.

Un buen día aparece un tío que le planta cara por primera vez en su vida y le dice: «Ahora el que va a soltar la pasta eres tú».

¿Y qué hace el niño rico? Pues soltarle una hostia y cargárselo. Blanco y en botella.

Laia notó cómo algunos miembros del jurado, de manera discreta, asentían dándole la razón.

Le pareció increíble que ya tuvieran una opinión tan firme antes siquiera de empezar el juicio.

Quiso contestarle, pero Rosi se le adelantó proponiendo que fueran todos juntos a tomar algo y así compartir impresiones.

—No creo que haya problema en que hablemos entre nosotros, ¿no?

—Nadie nos lo ha prohibido —aseguró Irene.

Los ingenieros declinaron la invitación alegando que se les hacía tarde, al igual que Ramón, que debía volver cuanto antes a su taller para supervisar el trabajo de sus empleados, de los que no terminaba de fiarse.

Aroa desapareció casi sin que nadie se diera cuenta, y Monti ni siquiera se molestó en dar ninguna explicación.

Soltó una especie de gruñido a modo de despedida y se marchó.

Los demás miembros del jurado se dirigieron a un bar cercano a los juzgados, donde se acomodaron en una mesa y pidieron algo de beber. La conversación fluyó con naturalidad y pudieron charlar y conocerse mejor.

Laia apenas compartió detalles sobre su vida.

Escuchar a sus compañeros le resultaba más útil que hablar de sí misma.

Era lo que había hecho durante muchos años en su trabajo: analizar comportamientos, detectar patrones y anticipar reacciones.

Cada comentario, cada gesto y cada detalle le daban información sobre quiénes eran, cómo pensaban y cómo podrían actuar cuando llegara el momento de deliberar.

—¿Y qué opináis sobre el caso? —les preguntó al cabo de un rato—. ¿Lo veis tan claro como Monti?

Se hizo un breve silencio. Algunos asintieron, mientras que otros se encogieron de hombros, dejando entrever que no tenían muchas dudas.

—Hombre, yo creo que no hace falta ser un genio para verlo —dijo Irene.

—¿No tenéis ni una mínima duda? Todavía no sabemos casi nada.

—Se nota que has pasado mucho tiempo en el extranjero. Nosotros llevamos un par de años con la matraca. Hemos oído hablar del caso hasta la saciedad.

—Bueno, pero la prensa puede haber dado una versión interesada y parcial, ¿no creéis? Quizá las cosas no son lo que parecen.

—El noventa por ciento de las veces, las cosas son tal y como parecen. —Rosi sorprendió a todos con la afirmación—. Lo escuché decir en un programa de crímenes de la tele.

—Si te sirve de consuelo, yo no lo tengo tan claro —comentó Agustín con voz pausada—. Ese chico no tiene cara de mala persona.

—Permíteme el atrevimiento —le dijo Irene al jubilado—. Apenas nos conocemos, pero mi intuición me dice que eres tan bueno que, aunque te pusieran delante al mismísimo Jack el Destripador, también pensarías que tiene cara de buena persona.

Las carcajadas relajaron el ambiente y la conversación fluyó como si fueran un grupo de viejos amigos en lugar de los miembros de un jurado con una gran responsabilidad sobre sus hombros. Al cabo de un rato, se despidieron hasta el día siguiente.

Esa noche, en la tranquilidad de su casa, Laia pasó sus apuntes a limpio, anotando sus impresiones y tratando de organizar sus ideas de la mejor manera posible.

Laia Ortiz

ANOTACIONES - DÍA 1 DEL JUICIO

JUICIO LANDER FORONDA

11.04.2024 – jueves

SESIÓN

Aceptada la petición de la defensa para que Lander testifique el último.

Lectura de los hechos:

Versiones iniciales del fiscal y la abogada → son iguales.

Versiones de lo que ocurrió a continuación:

Fiscal → Lander y Borja discutieron y Lander lo mató.

Abogada → Ni siquiera se vieron ese día. Lander no mató a Borja.

1. Discurso del fiscal:

Fiscal muy seguro de sí mismo. Demostrará que Lander mató a Borja.

2. Discurso de la abogada defensora:

Buen discurso también. Conoce a Lander desde siempre. Cree en su inocencia. Parece sincera.

LANDER

Bien vestido y con el pelo bien recortado, distinto a las imágenes que he visto en los medios. Parece un niño bueno. ¿Es un disfraz? Mira constantemente al público, busca a alguien.

MIEMbrOS DEL JURADO

Titulares:

Rosi - ama de casa: feliz de participar. Se lo toma como un juego.

Irene - enfermera: me gusta. La líder del grupo. Lo hace bien.

Agustín - jubilado: buen hombre. Espero que pueda con la presión.

Monti - chófer: maleducado, imbécil. No conoce la presunción de inocencia.

Jontxu - estudiante: simpático. Como Rosi, se lo toma como un juego.

Aroa - estudiante: muy callada y vergonzosa. Poco carácter.

Ramón - mecánico: prisa por terminar. Tiene la cabeza en su taller.

Marta - hippie : un remanso de paz.

Suplentes: los ingenieros (Jokin y Alberto).

PREGUNTAS

Demasiadas preguntas para las que no tengo respuesta. Esto acaba de empezar.

PORCENTAJE DE CULPABILIDAD

Si el juicio terminara hoy, el jurado votaría la culpabilidad del acusado en un 90 % .