Capítulo 6. El juicio - Día 1
Tras la lectura de los hechos, llegó el turno del fiscal. Por debajo de la toga asomaba el traje gris oscuro, casi negro, y la corbata combinaba a la perfección con su camisa. El pelo engominado hacia atrás le daba un aspecto impecable.
Silvia se fijó en un detalle curioso: a pesar de la seriedad de su atuendo, le había añadido un toque divertido a su look con los cordones de sus zapatos, de un rojo vibrante, que contrastaban con la sobriedad del conjunto. Todo un acierto.
Daniel se colocó justo en medio de la sala, frente a los miembros del jurado. Sujetaba el micrófono con firmeza y, como si estuviera a punto de actuar en un auditorio, se tomó un instante para aclararse la garganta antes de comenzar su discurso.
—Buenos días. Me llamo Daniel Vilariño y soy el fiscal asignado a este caso.
Hoy nos encontramos aquí con un propósito claro: encontrar la verdad y hacer justicia.
Y para eso, ustedes, los miembros del jurado, juegan un papel fundamental, por lo que quiero comenzar mi intervención agradeciéndoles su participación.
—El fiscal se interrumpió unos segundos para mirar fijamente a algunos de ellos a los ojos—.
A lo largo de este juicio, deberán mantener la mente abierta, escuchar con atención a los testigos y evaluar las pruebas con objetividad, porque al final de este proceso, tendrán que tomar una decisión.
Emitirán un veredicto que, sin duda, cambiará la vida de muchas personas.
»Entiendo que es una gran responsabilidad y que puede resultar abrumador, pero no se preocupen.
No están solos. Tendrán toda la información y el apoyo necesario.
Deben ser conscientes de que, si están aquí, es porque consideramos que están más que capacitados para comprender lo que se les va a explicar en este tribunal.
Todos ustedes tienen cierto nivel intelectual, un mínimo de estudios.
Y con esto no estoy diciendo que estemos pidiendo licenciados universitarios, no.
Lo que necesitamos es que tengan la visión del ciudadano de a pie, y también cierto sentido común.
Estoy completamente seguro de que todos ustedes lo tienen.
Y pueden estar tranquilos, porque en ningún momento se les va a pedir que se pronuncien sobre leyes.
Deberán pronunciarse sobre hechos, que es muy distinto.
Y para ello, para saber si algo está probado o no, la mirada de personas como ustedes, que no están condicionadas por conocimientos jurídicos, es más que suficiente.
La palabra veredicto significa literalmente «decir la verdad», y ustedes deberán hacerlo con la perspectiva y el razonamiento propios de un ciudadano.
Tras asegurarles que eran perfectos para cumplir la tarea que se les había encomendado, Vilariño se dio la vuelta, dio un par de pasos y se giró de nuevo hacia ellos.
—Hay algo imprescindible que no deben olvidar a lo largo de este proceso: la presunción de inocencia, un principio fundamental en nuestro sistema judicial.
Todo acusado es inocente hasta que se demuestre lo contrario, más allá de toda duda razonable.
Estoy seguro de que todos ustedes conocen lo que es una duda, pero ¿saben qué significa el término duda razonable ?
Se lo voy a explicar de una manera muy sencilla.
—Hizo una breve pausa. Quería captar la atención de toda la sala.
Tenía el discurso muy bien aprendido y estaba disfrutando—.
Si salto de un quinto piso, ¿me voy a matar?
Puede que sí o puede que no. Eso es una duda razonable.
Ahora bien, si salto de un quinto piso, ¿me voy a quedar flotando en el aire?
Les puedo asegurar que no. Y eso es una duda no razonable.
Silvia pensó que lo estaba haciendo muy bien.
En primer lugar, había buscado empoderar a los miembros del jurado, con el objetivo de transmitirles la confianza necesaria para creer que eran capaces de hacer lo que se les pedía.
Y, después, les había explicado el concepto de la duda razonable como si fueran niños de primaria, de un modo tan sencillo como eficaz.
—Hay algo que debo aclarar, a pesar de saber que estoy echando piedras sobre mi propio tejado —prosiguió elevando la voz y dándole a su discurso una solemnidad demasiado dramática para el gusto de Silvia—.
La carga de probar la culpabilidad más allá de toda duda razonable recae enteramente sobre la acusación, es decir, sobre mí.
A falta de una acusación particular, seré yo quien deba presentarles pruebas tan convincentes que no les permitan dudar de la culpabilidad del acusado.
Con todo ello, ustedes deberán llegar a una conclusión sin ninguna duda razonable.
Daniel Vilariño continuó su discurso reforzando de varias maneras distintas lo que ya había explicado con anterioridad. Silvia comprobó que le gustaba el estrado, que gozaba siendo el centro de atención y que era un orador excepcional.
—La justicia no se mide en opiniones ni conjeturas, señoras y señores, sino en pruebas y hechos —concluyó—. Cuando hayan escuchado todo lo que tengo para presentarles, no me cabe duda de que su veredicto será el único posible.
La última frase del fiscal fue un buen golpe de efecto. Bastaba con observar las expresiones de los miembros del jurado para ver que los había convencido, que les parecía alguien en cuya palabra podían confiar.
Silvia respiró hondo mientras Daniel volvía a su asiento.
Con movimientos lentos, se levantó, cogió el micrófono y se colocó frente al jurado, tal y como había hecho su contrincante.
Sabía que su imagen proyectaba profesionalidad y confianza, justo lo que quería transmitir.
Antes de comenzar, echó un vistazo rápido al público, donde familiares, periodistas, estudiantes de Derecho y algunos curiosos observaban el juicio.
Por primera vez en su carrera, Silvia se vio obligada a adaptar su discurso inicial sobre la marcha.
Acostumbrada a ser la primera en hablar desde su puesto en la fiscalía, ahora que estaba al otro lado, debía ir ajustando su estrategia según las palabras de su adversario.
El discurso de Vilariño había sido claro y contundente, pero al mismo tiempo frío e impersonal, evitando mencionar a Borja o a Lander.
Ese discurso bien podría haber servido para cualquier otro juicio, por lo que Silvia decidió centrarse en un enfoque más cercano y racional, buscando conectar con el jurado sin caer en excesos dramáticos.
Ya habría tiempo para sacar la artillería pesada.
—Buenos días, mi nombre es Silvia Legarre y soy la abogada defensora de Lander Foronda —se presentó—.
He escuchado con atención el discurso del Ministerio Fiscal y debo admitir que estoy de acuerdo con buena parte de lo mencionado.
«Ustedes están aquí para hacer justicia» ha sido la frase que ha utilizado, y tiene razón.
Pero permítanme añadir algo más: no solo están aquí para eso, sino también para evitar que se cometa una injusticia, una gran injusticia.
Silvia hizo una pausa. Quería que el jurado tuviera unos segundos para reflexionar.
—La acusación nos ha presentado su versión de los hechos, una historia cerrada, pero quiero que se pregunten lo siguiente: ¿es esa la única versión posible?
¿Es la verdad absoluta o existen elementos que no encajan?
¿Hay detalles que se han pasado por alto?
Estarán de acuerdo conmigo en que condenar a alguien no puede basarse en suposiciones, mucho menos en una historia con cabos sueltos.
Bien, pues yo les mostraré, señoras y señores, que aquí los hay.
En la muerte de Borja Miranda no todo es lo que parece a simple vista y, al final de este juicio, les aseguro que entenderán que no fue Lander quien lo mató.
—Hizo una pausa sosteniéndoles la mirada—.
¿Han pensado alguna vez en cómo se sentirían ustedes si fueran acusados de matar a un amigo, a un familiar o incluso a un desconocido?
¿En la impotencia que sentirían si todo se volviera en su contra aun sin ser culpables de nada?
Conozco a mi defendido desde que era un bebé.
Lo he visto crecer y he sido testigo de cómo se convertía en la persona que es hoy, sin duda una buena persona.
Lander no es capaz de matar, lo sé yo y lo saben los que, como yo, lo conocen bien.
Y puedo asegurarles que, si no tuviera la más absoluta certeza de que es inocente, yo no estaría aquí, frente a ustedes, defendiendo su honor y su libertad.
Un sollozo ahogado se oyó desde el fondo de la sala.
Silvia sabía que era Maite. Aunque le había pedido que se dejara ver, que se sentara en primera fila para mostrarle apoyo a su hijo y que todos lo vieran, había preferido esconderse.
Tendría que insistir. El jurado tenía que verla, ser testigo de su dolor.
Ese sufrimiento podía ser la clave que inclinara la balanza, y no podían permitirse dejar pasar esa oportunidad.
—Sé que han oído hablar de la familia Foronda en los medios.
Sé que todo lo que se ha dicho podría haber influido en su percepción, generando una imagen negativa de mi cliente.
Pero les pido que hagan un esfuerzo y dejen sus prejuicios a un lado.
Esos hechos que ustedes conocen nada tienen que ver con Lander.
Por eso, les voy a pedir que comiencen de cero y se basen solo en lo que van a escuchar aquí, en este juicio.
Silvia se dirigió a su sitio, pero, antes de sentarse, se detuvo y se giró hacia el jurado. Con la mirada firme y en un tono amigable, se dirigió a ellos una última vez.
—Les animo a que escuchen, analicen y valoren cada prueba con la rigurosidad que se espera de ustedes.
Y no olviden algo importante: tal y como ha dicho el fiscal, yo no estoy aquí para demostrar la inocencia de mi defendido.
Es él quien debe probar que Lander mató a Borja más allá de toda duda razonable.
Si al terminar este juicio tienen alguna duda sobre su culpabilidad, por mínima que sea, ya saben cuál debería ser su veredicto.